
Vuelta
a
Doña Inés
contra el olvido
Vuelta
a
Ana Teresa Torres |
Sobre
la autora y su obra
El
Universal, Verbigracia - Caracas, 4 de diciembre de 1999
Doña
Inés y su contexto
Oscar
Rodríguez Ortíz
Foto: Esso Álvarez
Desde
luego que el asunto central de Doña Inés contra el
olvido es la memoria, que con toda oportunidad, desde que fue publicada
la novela, ha sido relacionada, por contraste, con una conciencia
viva del país: en medio de los vaivenes históricos,
la lucidez de una mantuana, que es un personaje y la representación
de una clase social, proporciona el factor de inteligibilidad a
la continuidad de un proceso histórico, responde a la necesidad
de hacer frente a la desmemoria nacional y a la discontinuidad venezolana,
cíclicas como una maldición gitana. En lo individual
y subjetivo está el desorden de la mente, en lo objetivo
e histórico exterior está el orden de la cronología
de los grandes sucesos organizadores de la vida colectiva. Recordar,
tener memoria y pasado es una agonía en un país al
que se le ha enseñado a vivir sólo de la exaltación
del pasado glorioso y del rencor contra el presente.
En
la obra pareciera haber el constante enfrentamiento entre quienes
nada tienen que recordar y quienes únicamente acabarán
por tener recuerdos, haciéndolos dolorosos, vivos, patéticos.
¿Tener recuerdos es una exquisitez de los acaudalados? ¿Las
glorias de la épica nacional se inventaron para dotar de
un poco de memoria a quienes nada tenían? ¿Una ilusión?
¿Una alineación más en el sentido psicológico
y social o hasta político? Pero el puro recuerdo es una maldición
y una enfermedad: es de reminiscencias de lo que sufre el histérico,
decía Freud. Doña Inés, una criolla hacendada
y oligarca, defiende sus propiedades y privilegios, venidos de la
mano del propio rey de España, contra las usurpaciones que
nacen en la misma era colonial, después los defiende durante
el desorden de la Independencia, no se diga contra los desmanes
que aparecerán a partir de las prédicas liberales,
con Joaquín Crespo más tarde, cuando Gómez,
con todo lo que pasa luego de su muerte, en fin, hasta 1985.
Doña
Inés es una mujer de papel: existe por los papeles legales
que dieron origen a su linaje y posesiones, existe porque se escriben
nuevos papeles que acreditan a los primeros y toda la vida se le
va en mantener la vida mediante el papel. Cundo los papeles dejan
de tener valor, ella se extingue. Tres siglos después del
primer título, ella es un fantasma, un papel más.
Esta sería, en resumen, la primera interpretación
que espontáneamente ofrece la lectura de la novela de Ana
Teresa Torres. Es probable que incluso toda su obra deba ser apreciada
desde el gran asunto de la memoria, no sólo en tanto tema
sino en cuanto factor que da organización novelesca a sus
narraciones. Tal vez el éxito de la novela deba ser relacionado
entonces con un hecho básico: en la historia de la reciente
novela venezolana, pocas obras se habían propuesto o resuelto
artísticamente, otra vez, el objetivo de la totalización
de la realidad, esa especie de secreto anhelo de la novela occidental
según las pautas marcadas por los maestros universales del
siglo XIX. En estos términos, en los últimos treinta
años habíamos venido teniendo el auge de la novela
lírica, opuesta a la novela épica, que parecía
anticuada, de otro tiempo. Sin entrar en casos particulares, acaso
sólo se necesitaba hacer buen uso de los mejores instrumentos
legados por la modernidad novelística e insertarlos a la
raíz de la novela tradicional para que el panorama de la
novela venezolana de nuestra época no fuera expresión
de una única tendencia sino una necesaria diversidad. De
esta manera en Doña Inés contra el olvido no sólo
hay la viva memoria de la historia social y política sino
que, a lo mejor hasta involuntariamente, hay la memoria del proceso
de la literatura.
Secretas voces
quisieran dar una perspectiva a esta novela. Ella es también
evocación de momentos capitales de la novelística
venezolana, con lo que la obra se inscribiría asimismo en
el contexto de una continuidad. No porque haga citas o pastiches,
no porque deliberadamente quiera recordar las obras que la anteceden
como un ejercicio intelectual de referencias cruzadas. No, es otra
cosa. Por supuesto Doña Inés… puede ser fácilmente
clasificada como "novela histórica" y el hecho
de que aluda a la guerra de Independencia evoca filiaciones con
Las lanzas coloradas, pese a ser lógicamente distinta. No
se diga con la obra de Herrera Luque centrada sobre el mismo tema.
Claro que cualquier novela que se refiera a esa época puede
ser afiliada a sus antecesoras. Pero se trata de algo más
profundo e importante: el proceso de Emancipación, leído
desde la mentalidad del mantuanaje, se ofrece como un desorden,
o como diría Vallenilla Lanz, como una "guerra civil"
en la que el ingrediente racial, es decir, el miedo a los negros
alzados, aporta la indispensable estructura dramática para
que lo histórico objetivo sea calibrado por la conciencia
subjetiva desesperada. De ahí pues la cualidad especialmente
plástica que en la novela de Torres tiene el magnífico
capítulo en el que se narra la emigración a Oriente,
la huida de Caracas porque se acercaban las hordas de Boves a la
capital. Esto es, la novela sabe aprovechar muy bien la coyuntura
histórica de la quiebra de los patriotas para ofrecer el
dramático destino de quienes participan en la huida. El capítulo
recuerda la visualísima descripción que por su parte
hizo en su momento Ramón Díaz Sánchez del mismo
episodio de nuestra historia en una biografía del Libertador.
La analogía está en que se pinta el cuadro vívido
con una materia que ha tenido siempre las cualidades de lo trágico.
Como debiera
estar claro, estas asociaciones no pretenden hablar o rastrear las
"influencias" o los supuestos antecedentes de otros autores
sobre Torres, sino abordar el problema de las filiaciones, que es
más interesante y original. Frente al hecho de los conflictos
planteados por la guerra de Independencia a la conciencia artística
de los novelistas existe una tradición, que en este caso
no se ha violentado, de remitirse a una perspectiva que en la historia
del pensamiento forjaron Juan Vicente González y los positivistas,
que es algo más que una doctrina al uso y acaba por ser una
suerte de escuela estética aristotélica. Es decir:
la llamada "realidad" resulta reproducida y transfigurada,
"copiada", mimetizada.
Y lo racial,
entendido principalmente como las relaciones antagónicas
entre blancos y negros, se presenta en tanto peligro y amenaza,
con lo que la novela de Ana Teresa Torres acabará por ser
relacionable con ese pantanoso mundo secreto que bulle en la obra
de Gallegos: sus terrores a las mezclas raciales y el peligro de
los incestos.
Pero si en
la obra de Torres hay esta continuidad de las tradiciones venezolanas,
acaso ella deba ser entendida también en un marco mucho más
amplio que obliga a pensarla igualmente en relación con los
aportes de Alejo Carpentier y Carlos Fuentes, para quienes lo histórico,
lo nacional y la conciencia histórica son asuntos centrales
y no mera épica en el sentido tradicional. Aprovechamiento
de técnicas de narración, empleo del aparato novelístico
como complejo de ideas que se dramatizan.
¿Cómo
no pensar también, respecto a los delirantes monólogos
interiores de Doña Inés, en el aporte de Faulkner,
que, pese a ser un recurso característico de la novela lírica
y de vanguardia en este caso concluye por ser una facilitación
al buen desempeño de la novela histórica?
De
manera que el libro de Torres tendría acaso como peculiaridad
el ser una obra en la que se detecta sin complejos, sin problemas
generacionales, sin las angustias que en épocas recientes
hubo en la cultura venezolana respecto al pasado inmediato, una
saludable relación con una seguramente no buscada continuidad,
lo que constituiría una suerte de excepción en la
historia de la narrativa contemporánea de Venezuela.
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