
Foto Esso Álvarez
Vuelta
a
Ana Teresa Torres |
Sobre
la autora
El
Universal, Verbigracia - Caracas, 4 de diciembre de 1999
Ana
Teresa Torres en la nave del olvido
Carlos
Pacheco
Calificada como una conciencia viva del país, la novela
Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres es
para Carlos Pacheco un viaje retrospectivo y prospectivo en el que
se encuentran la creadora y su criatura. Y Oscar Rodríguez
Ortiz descifra esa trama, no sólo de la memoria de la historia
social y política que la novela revela, sino también
de la memoria del proceso de la literatura que se halla en su contexto.
Alta es la expectativa frente a la nueva novela de Torres: Los últimos
espectadores del acorazado Potemkin, también editada por
Monte Avila.
"Esta
novela comienza como un trasatlántico", fue la frase
de un buen amigo y magnífico lector que, en 1992, cuando
acababa de aparecer, me llamó la atención sobre Doña
Inés contra el olvido. Ya adentrado en su lectura,
no pude menos que coincidir, pues ingresar en esta novela de Ana
Teresa Torres cuya reedición por Monte Avila celebramos hoy
es embarcarse en una gran nave del tiempo que zarpa con majestad
para llevar al lector a través de casi tres siglos en crucero
por un pasado que nos es común a todos los venezolanos, pero
que no habíamos mirado aún desde los ojos perspicaces
de Doña Inés.
Quisiera enunciar
aquí algunas de las razones de mi aprecio por esa obra, distinguida
en 1991 con el Premio de Novela de la I Bienal Mariano Picón-Salas
y ganadora el año pasado del Premio Pegasus de Novela, cuyo
jurado tuve el privilegio de integrar. Con esta suerte de voto razonado
personal, deseo curarme en salud de los riesgos laborales que corremos
en ocasiones los árbitros de los premios literarios. En efecto,
primero París, después Caracas, algunos intelectuales,
siempre a posteriori y desconociendo a veces el corpus evaluado,
nos bendicen de repente desde su altísima estatura crítica
con la revelación de cuáles son y cuáles no
son las verdaderas obras maestras de nuestra literatura nacional
o continental, aquellas que deberían por tanto, o que no
deberían, haber sido premiadas. Por el tono magistral de
sus discursos comprendemos pronto que sólo por la humildad
que los caracteriza se inhiben ellos de incluir sus propias obras
en esas brevísimas selecciones. Pero volvamos a la novela
celebrada.
"Mi vida
fue un atravesar mañanas lentas", dice Doña Inés
al comienzo del extenso monólogo que en cierta manera incluye
todo el relato, y continúa: "días largos que
el tiempo recorría despacio, vigilar el trabajo de las esclavas,
verlas barrer las lajas de los patios, dar lustre a las baldosas
y azulejos que hice traer de Andalucía […]". Este
recuento pormenorizado de la rutina doméstica de una casa
mantuana en la primera mitad del siglo XVIII es sólo el punto
de apoyo para un recorrido mucho más largo, donde la historia
personal y familiar de la protagonista y de sus descendientes se
va tejiendo ceñidamente con el proceso histórico de
la nación. "Estoy aquí", "Aquí
estamos", nos dirá más adelante, desde 1814 o
desde comienzos de la década pasada, para señalar
así el diseño narrativo que distingue nítidamente
a esta novela. Al continuar existiendo después de su muerte
física, Doña Inés se convierte en el testigo
transbiográfico de los acontecimientos, quien relata las
transformaciones de su propia casa, de la ciudad y del país
que siente suyos, y quien combate así tenazmente contra el
olvido.
Este fantasma
locuaz es la idea constructiva o eje estructurador de la novela.
Fantasma del pasado, como lo llamaría Michel de Certeau,
su discurso contiene una versión de los hechos, una perspectiva
y una entonación que habían estado sensiblemente ausentes
de las versiones historiográficas y hasta ficcionales de
nuestra historia. La novela de Ana Teresa viene a llenar este vacío,
ofreciéndonos una verdadera historia otra, una historia alternativa,
configurada como el testimonio oral de un sujeto femenino que de
ninguna manera hubiera tenido acceso en su momento a la escritura
ni a la vida pública. Doña Inés es una mantuana,
es cierto, y en ese sentido integrante de un estrato dominante;
pero en tanto mujer, lo suyo no era emitir opiniones o defender
sus derechos, sino más bien "bordar algún punto
de un mantel", o "procurar que todo estuviera de acuerdo
antes de que llegara Alejandro". Es el poder de la ficción,
entonces, el que permite que su voz sea escuchada y que su mirada,
esa mirada local, informal, doméstica, hasta íntima,
es decir, intrahistórica, sobre el devenir familiar y nacional,
contraste con la perspectiva solemne, panorámica y explicativa
de la Gran Historia. Como muchas recientes novelas de tema histórico,
al posar su atención sobre el ámbito privado y la
percepción que desde allí se tiene de lo público,
esta obra inaugura un nuevo calendario de fechas patrias, uno más
particular y más íntimo, pero no por ello menos valioso
como instrumento cognoscitivo e interpretativo del pasado.
Otro rasgo
distintivo de la novela es la elección del monodiálogo
como modo discursivo. Me explico. En la novela hay muchas voces,
pero todas ellas son introducidas y evaluadas por la protagonista.
Y cuando ella se dirige a los hombres que ostentan el poder (su
marido, los reyes de España, los capitanes generales, los
presidentes y hasta el propio esclavo Juan del Rosario, supuesto
usurpador de sus derechos patrimoniales), el discurso de estos antagonistas
queda elidido, silenciado, como silenciada hubiera quedado la voz
de Doña Inés de acuerdo con las políticas de
predominio patriarcal válidas para su momento y hasta no
hace muchas décadas. Con la fuerza y osadía que le
otorga su condición fantasmal, ella no sólo habla,
sino que increpa y cuestiona, ironiza y ordena, dirigiéndose
a tan importantes caballeros con una irreverencia que desata los
resortes del humor y refuerza la dirección de sentido del
monodiálogo, para invertir esa dinámica de silenciamiento
y exclusión, enriqueciendo y problematizando así nuestras
imágenes del pasado nacional.
La
traducción y edición en inglés asociadas al
Premio Pegasus y la reedición de Monte Avila darán
merecida difusión a una autora cuya trayectoria como novelista
ha cumplido ya un arco dilatado en El exilio del tiempo
(1990), Vagas desapariciones (1995), Malena
de cinco mundos (1997) y Los últimos espectadores
del acorazado Potemkin, que aparecerá también
bajo el sello de Monte Avila. Verdadera exploradora del pasado como
la mayoría de sus protagonistas, Ana Teresa Torres investiga
y documenta, inventa y escribe sus historias en un gran viaje hacia
el pasado en pos de la memoria y en contra del olvido. Doña
Inés, su personaje fantasmal e inolvidable, intenta comprenderse
y comprender su circunstancia en un desplazamiento también
temporal, pero hacia el futuro. Viaje retrospectivo y viaje prospectivo,
la novela reeditada es el lugar de un encuentro entre la creadora
y su criatura que vale la pena celebrar.
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