escritores venezolanos de hoy
Ana Teresa Torres


Foto Karin Dannery

Vuelta a
Ana Teresa Torres

Sobre la autora

El Nacional, A Fuego Lento con - Caracas, 7 de junio de 2002

"La cultura requiere un genuino rango político"

Rubén Wisotzki

La novelista caraqueña, ampliamente reconocida como una de las escritoras venezolanas más importantes de la actualidad, dice que “sin mapa ni programa, no llevamos el país hacia ninguna parte”. Considera, además, que las instituciones del sector artístico se han quedado atrás y que hoy el Conac es tan pequeño como una casa de cultura

Ella, hace exactamente seis años, el 7 de junio de 1996, en una actividad que organizó la Fundación Herrera Luque, en el entonces llamado Centro Cultural Consolidado, y luego de ciertas consideraciones de interés –entre ellas, que el escritor no es una especie de ángel, que la política no es un oficio indigno o que el autor venezolano se siente “bastante desolado” por su exigua receptividad social–, remató su intervención de la siguiente manera: “Si lo político tiene que ver con la posibilidad de construir escenarios de representación, que permitan ofrecer al ciudadano posibilidades de entretenimiento y pensamientos libres de un cierto tono envilecido que marca el estilo de nuestros medios de masas; si político es, en fin, toda aquella posibilidad de construir una subjetividad enriquecida por los recursos creativos, entonces, me parece que sí, que la novela tiene algo que decir”. Ella no se equivoca: la novela, la buena novela, tiene algo que decir. Las suyas, algunas en su momento galardonadas, lo han dicho. Ahí están Doña Inés contra el olvido, Malena de cinco mundos, Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, y La favorita del Señor, entre otras. Pero también su autora, Ana Teresa Torres tiene algo que decir. O, más bien, mucho que decir.

—¿Qué le parece si empieza a decir en esta entrevista cómo ve al país en estos días?

–Creo que es evidente que se está debatiendo acerca de dos proyectos de país: un verdadero proyecto democrático que abarca la pugnacidad de la política y no de la violencia, en el que puede haber muchas diferencias, precisamente porque la democracia no sólo las permite sino que las incluye, y otro proyecto que no es democrático, el que impulsa el presidente Chávez y algunas personas cercanas a él. Yo siento que el primer proyecto me permitiría sentarme a discutir con alguien que no esté de acuerdo conmigo. Quizás nunca nos pongamos de acuerdo, pero existe esa posibilidad, aunque remota, y existe la discusión. En el segundo proyecto no encuentro la posibilidad de diálogo.

—¿No cree que la posibilidad de diálogo se perdió muchos años atrás?

—Todos sabemos que la democracia cometió muchos errores y esos errores le quitaron el aliento democrático a muchos sectores. No es algo que ocurrió solamente en Venezuela, lo mismo sucedió en otros países de América Latina. Pero lo que nos pasó después sí es un problema nuestro: la democracia no reconoció sus errores. Aquí todo el mundo tiene que legitimarse y demostrar que es capaz de afrontar el país de una manera distinta de como se hizo en el pasado. Eso no es algo que espero que suceda hoy, pero yo quiero mantener la esperanza. Yo quiero creer que los partidos políticos están realizando un examen de conciencia.

—¿Por qué el intelectual despierta hoy tan vehemente? ¿Qué fue lo que lo despertó?

—Yo creo que el intelectual se despertó al igual que todos los ciudadanos. El despertador fue el mismo para todos y sonó a la misma hora. No creo que los intelectuales fueran los únicos que estaban dormidos, sino toda la sociedad. Lamentablemente, el despertar fue brusco. Pero no podía ser de otra manera, si lo que se impuso fue el manual de cómo odiarnos. Ahora bien, lo importante es lo que hay que hacer. Si esto está roto, no importa quién lo rompió, sino quién lo va a arreglar y cómo.

—Pero hasta ahora no se ve nada de ese arreglo, ¿no?

—No hay nadie que ofrezca un programa. Sin eso es impensable un acuerdo de gobernabilidad. Sin mapa ni programa, no llevamos el país hacia ninguna parte. El país se ha desdibujado totalmente. Intuyo que cada quien, tú, aquél, y yo, tiene un mapa. Pero eso no convoca a la Nación. Para eso están los partidos políticos, para crear mapas. Ya sean dibujados un poco a la derecha o un poco a la izquierda, según la tendencia de los que agarren el papel y el lápiz. Pero esta efervescencia que vivimos no permite que alguien se siente y trace ni siquiera unas pocas líneas.


Por el barranco

—Pasemos a otro tema. Hablemos de las grandes editoriales. Las establecidas en el país aseguran que no editan más libros de autores venezolanos porque no llegan a sus manos...

—¿Y ellos salen a buscar esos libros? Un buen editor es aquel que busca, que se mete, que escudriña. Yo no he visto que hagan eso. Yo creo que esperan, es decir, tienen una actitud pasiva. Ahora bien, una editorial como Alfaguara ha tenido textos fantásticos como Criaturas de la noche de Israel Centeno, un libro precioso y además vendible, aquí y fuera de Venezuela. A mí, al menos, no me ha buscado ninguna editorial. A todas las he buscado yo.

—Busquemos, si le parece, qué es lo que pasa con Monte Ávila Editores.

—Monte Ávila vive una suerte de shock económico. Yo estuve un poco involucrada en un documento de apoyo a la institución, que hace algunas semanas elaboró un grupo de personas. Tuvimos contacto con unos expertos en ese tipo de problemas, y también con las cifras y el plan de reestructuración. La conclusión parece ser que, si la editorial no recibe cierto apoyo para su reflotamiento, vivirá permanentemente en un círculo vicioso. Editará uno, dos, tres, cuatro libros o algunos más, quizás en coedición con otras instituciones, pero no terminará nunca de despegar de la crisis.

—Las voces más agudas, otros dirían más cínicas, aseguran que Monte Ávila Editores tuvo unos primeros años de esplendor y que luego fue solamente un caer tras caer.

—Yo tengo otra visión. Yo creo que puede hablarse de puntos altos y bajos. Si tú ves el catálogo de Monte Ávila, todo el catálogo, no solamente esos primeros años, tienes que reconocer que es bueno. Puedes, obviamente, establecer distancias y diferencias con algunos títulos. Pero, más allá de eso, más allá de un director o de otro, de un presupuesto o de otro, es un buen catálogo. Claro que ahora no hay puntos altos o bajos. Ahora lo que hay es un barranco.


Sencillamente enterrados

—La realidad de Monte Ávila, al igual que la de otras instituciones culturales, no es nueva. ¿A qué atribuye usted que la cultura reciba ese trato? ¿Será ceguera, quizás torpeza o simple brutalidad?

—Ninguna de las tres cosas. Es, sencillamente, falta de interés. No hay ningún interés en sostener ese tipo de instituciones. Eso no está en los planes de los que gobiernan. Y no es solamente Monte Ávila, el mismo desinterés también se refleja en otras instituciones culturales. ¿Por qué? Porque no entran en los propósitos políticos de este Gobierno.

—¿Por qué cree que la cultura no entra en los propósitos políticos de este Gobierno?

—Mi percepción es que ve a esas instituciones, de manera equivocada, como representantes de una cultura de élite. No puedo creer que ignoren que la cultura no tiene adjetivo, que la cultura es para todo el mundo. Supuestamente, esa discusión ya estaba superada, ¿no?

—Si se reuniera con Manuel Espinoza, ¿qué consejo le daría?

—Es improbable eso porque no creo que Manuel Espinoza piense que yo tenga algo que decirle. Puedo contarte que fui invitada a una mesa de diálogo que organizó el Viceministerio de Cultura en el Celarg. Lamentablemente, el diálogo no existió, lo que existió fue un monólogo. Pero tampoco creo que haya un diálogo entre la cultura y el alto Gobierno. Creo que la cultura quedó completamente aislada. Eso es algo que se definió cuando fue adscrita al Ministerio de Educación. Los dos ministros de Educación que ha tenido este Gobierno hasta la fecha mostraron su interés por los problemas del renglón educativo y no del cultural. Recordarás, por ejemplo, que el ministro Navarro reconoció que nunca había ido al Teatro Teresa Carreño porque era muy caro. ¿Qué nos está diciendo con esa confesión? Que la cultura, tal como él la percibe en nuestro país, es clasista, es elitista. En otras palabras, lo que dijo fue: “A mí no me interesa el Teatro Teresa Carreño”. En esos términos, no hay diálogo posible.

—¿Y entre ustedes, entre la intelligentzia, no está la culpa de eso?

—No, sencillamente, no. Todos tenemos una cuota de responsabilidad en esta realidad, pero no creo que sea más ubicable en un sector que en otro. Creo que, más que echar culpas de aquí para allá, ayudarían ciertas medidas que considero indispensables. Por ejemplo, que el Conac sea un ministerio. No quiero más burocracia, lo que quiero es un mayor rango político para la cultura. La cultura requiere de un genuino rango político. Estuvimos cerca de eso con Abreu, luego echamos para atrás ese impulso y ahora estamos sencillamente enterrados. Casi diría que el Conac es tan pequeño como una casa de cultura. No estamos ni siquiera como en tiempos del Inciba. Definitivamente, nos hemos quedado atrás.

—Se sigue sin entender la importancia de la cultura...

—Se sigue sin entender que la cultura es una fuente importantísima de ciudadanía. Eso es algo que se puede ver en las democracias avanzadas. El papel que desempeña la cultura en ellas es fundamental. Es evidente que en Venezuela hay personas que han visto la cultura como algo superfluo, suntuoso. No podemos decir que ha habido una actitud contra la cultura, pero no se le ha dado la importancia que tiene, si se quiere un verdadero desarrollo del país. Y no hablo de exaltar a los grandes creadores o de formar a grandes artistas, algo que también es necesario. Me refiero a una acción cultural dirigida al ciudadano común, a esa persona que nunca será artista pero que merece disfrutar del arte.

—Pero alguien podría pensar que el arte se impone ante cualquier adversidad. Hasta usted puede ser un ejemplo: sus premios literarios fueron alcanzados en momentos de crisis del país.

—Lo que se impone es el trabajo, el sostenimiento del trabajo. Pero no se puede ser ingenuo en eso. La cultura cuesta dinero. La cultura necesita de inversión. La cultura necesita de una infraestructura. La cultura necesita de un espacio. La cultura necesita atención. Si no hay una política que le dé importancia, poco pueden hacer los esfuerzos individuales. El problema de Monte Ávila no se reduce a que se tenga un medio para publicar. Los libros también tienen que estar en las bibliotecas, la gente debe tener acceso a ellos.

Cuentos de novelista

Que una escritora publique novelas no necesariamente significa que sea, como se suele decir, novelista. También puede ser, por ejemplo, cuentista, aunque no haya publicado nunca un cuento. Tal es el caso de Ana Teresa Torres, quien próximamente sorprenderá a sus lectores con un volumen de relatos, escritos en su mayoría años atrás, antes de los premios y la consagración literaria.

“Víctor Bravo me leyó la mente cuando me propuso publicar en Ediciones El Otro, El Mismo, un sello maravilloso, mis Cuentos completos. Son una veintena de narraciones, que fueron escritas algunas de ellas en los años 60, cuando estaba en la universidad, otras más cerca de la actualidad, y que guardé en alguna carpeta. Realmente son mis cuentos completos porque, a decir verdad, no he escrito tantos cuentos”.

—¿Por qué? ¿No le gusta el género? ¿No se siente cómoda en él?

—No creo que sea el género en que me desenvuelvo mejor. Pero en estas semanas no me he podido entregar a la novela y por eso que me dediqué a los cuentos. Algunos de los que serán publicados son inéditos y otros, como el que ganó el concurso de El Nacional, tuve que releerlos para la edición.

—¿Y qué le pareció la Ana Teresa Torres cuentista? ¿Cómo se leyó a sí misma? —Ah, me leí con ternura. (Risas) Pero, hablando en serio, creo que están bien, que cumplen con un periplo. Además, siempre existe en la gente la impresión de que yo empecé a escribir hace poco. Entonces, ese libro servirá para demostrar lo contrario.

—¿Con qué se encontrará el lector cuando los lea? —No sé con qué se encontrarán los lectores. Yo me encontré un poco con mi vida, eso es algo que explico en el prólogo. Y, por supuesto, hay una manera de escribir que siento que está en mí desde esos años. Es como cuando ves una foto tuya de pequeño, si bien has cambiado con el paso de los años, sabes que estás allí, en esa imagen.

—¿Pero los corrigió? —Para nada. Quizás alguna coma porque me insultaba que estuviera puesta en ese lugar pero, más allá de eso, no toqué ningún cuento. No, eso sería corregir a otra persona, a una muchacha de 21 o 22 años que se llamaba igual que yo. Además, hubiese sido infructuoso porque, sencillamente, ya no puedo escribir de esa manera.

—¿Y qué critica la escritora de hoy a la escritora de ayer?

—A algunos cuentos los critiqué tanto que salieron del libro. Pero no los excluí porque fueran malos o estuvieran mal escritos, sino porque respondían a un momento muy particular de una joven y carecían seguramente de interés para el lector. No creo que sea una buena cuentista. Creo que en cada uno de los relatos lo que más se puede hallar son fragmentos de una novela.

—Escribió novelas, escribió cuentos, escribió ensayos, ¿y poemas? —Ah, no, ese pecado no.


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