
Foto: David Maris
Vuelta
a
Sonia Chocrón |
Sobre
la autora
El
Nacional, Papel Literario, Caracas, 10 de agosto de 2002
Como
una fiesta
María Antonieta Flores
La
poesía de Sonia Chocrón siempre ha estado vinculada
con la tradición: Se reconoce en ella mirándola y
mirándose amorosa e irónicamente. Sabe que no puede
negar lo que ha heredado y la define, pero también cuestiona
el peso que consigo lleva. Toledana
(Monte Ávila, 1992) y Púrpura
(La Liebre Libre, 1999), preceden a La
buena hora (Monte Ávila, 2002), su último
poemario publicado. Para quien quiera hacer una lectura cronológica
de su obra, ha de tomar en cuenta un aspecto muy frecuente, que
el tiempo escritural no coincide con el editorial. El tercero es
realmente el segundo en orden de escritura y en él encontrará
el proceso que sufre su discurso desde el primer poemario a Púrpura.
Sin La buena hora, el salto de uno a otro era un
tanto desconcertante. Ahora se puede apreciar el camino recorrido.
De hecho, en el poemario editado en 1999 reaparece el poema “Orden”
que en La buena hora posee otro sentido y lectura, sobretodo porque
lo anteceden poemas donde se ha establecido una ecuación
casa igual a cuerpo, cosa que no ocurre del mismo modo en Púrpura.
Es decir, el mismo poema no es una repetición al enlazarse
con los otros que lo acompañan. Esto da razón de algo
ya conocido: la palabra no es sólo palabra. Su sentido está
más allá de los propios significantes. Tradición
e ironía en juego.
Y
saliendo de este laberinto que ha trazado el tiempo y los avatares
editoriales, se puede comentar con más detenimiento la reciente
obra publicada de Sonia Chocrón.
La
buena hora evoca, al leer el poema que le da título al libro,
la persistencia de dos tópicos propios del barroco: el cuerpo
aprisionado que sólo será liberado con la muerte (“...la
buena hora de aniquilar/la atadura que aprisiona mi cuerpo”)
y, derivado de éste, el del cautivo (“ahora que me
sé cautiva”). También aparece el de la pérdida
de la juventud. La preocupación y angustia existencial de
aquella época, están reescritas y reactualizadas.
Su sentido se amplía cuando admite en su territorio discursivo
los tópicos de la maternidad deseada, tema trabajado con
tintes quizás medievales, quizás sazonados por la
poesía popular. El sentido de pertenencia al mundo judaico
está pleno de religiosidad, de conexión con lo sagrado.
Es esa conexión la que da presencias ineludibles a la vida
y la muerte. Allí evocadas, conjuradas, enlazadas dan cuenta
de lo esencial del ser humano.
En
“un cuerpo con el corazón desterrado” se enquista
legítimamente el deseo de muerte, deseo que surge de la pérdida
sufrida, de la desolación existencial reconocida: “Y
todo lado oscuro vence siempre/después que estoy despierta”.
La vigilia inextinguible del poeta ha llevado a esta voz femenina
a un descenso y a una inmersión en lo oscuro, sin dejar de
dialogar con lo luminoso, para encontrarse “deseando un claustro
como un túnel/que te lleve mansamente y en silencio/al otro
lado del descanso”.
Poemario
con dos partes, la primera con el mismo título y la segunda
con el de “Purísima”, también traza el
tradicional ciclo vida-muerte-resurrección. “Harto
sagrado para la mujer pequeña/entristecida de las horas y
la muerte acontecidas/es esa gracia de poder ser fiera/paridora
altiva”. Ante la muerte, el deseo de engendrar vida emerge
como elemento reparador y conciliador, y sólo así
puede desear “un final como una fiesta”.
Sin
obviar la conciencia del dolor y el fracaso ni el deseo de muerte
y de vida entrelazados, a través de la palabra se conjuran
las fuerzas más oscuras de la existencia, sus pulsiones básicas.
Vuelve el poder mágico de la palabra poética a reaparecer,
a hacerse sentir. En la palabra coagula el sentir. Primigenio lugar
donde se definen todas las batallas y donde sólo se puede
reconocer la buena hora de la vida y de la muerte.
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