
Foto: David Maris
Vuelta
a Sonia Chocrón |
Sonia
Chocrón
Fragmentos
inéditos
Del libro Falsas apariencias
LA
SEÑORA HYDE
Una
se mira en el espejo y sabe que algo está cambiando. Genéticamente.
Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos.
Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior. Excepto por
un único recuerdo que me queda de mi primer escarceo amoroso:
aquel libro de cuentos de un escritor español, Alvaro de
La Iglesia, donde leí, por primera vez, la sátira
al Doctor Jeckyll y los efectos de la transmutación. Quién
me iba a decir que lo viviría en carne propia, o en cuerpo
propio, para ser más exacta. El Doctor Jeckyll y Mister Hyde.
Yo soy la Señora Hyde. Lentamente me estoy convirtiendo en
animal. Trato de identificarme, no soy de la casta de los lobos.
Soy de otra raza, pero soy un animal. Lo primero que percibo es
que mis ojos tienen un brillo que no reconozco, casi atroz. Es como
si la transparencia del espejo se hubiera apoderado de mi mirada
que ya no refleja, absorbe. Y quién duda de los efectos de
la luna llena en mi cuerpo. Esa redondez absoluta y grosera que
me tienta, que me muestra quizás, esa parte sensual de mí
que hasta ahora no había descubierto. Me miro en el espejo
y lo corroboro: Mi silueta se hace más vasta, centímetro
a centímetro, va creciendo en volúmen, en masa de
carne robusta y fresca. Pero hay detalles aún más
alucinantes que ver crecer un par de nalgas o dos senos descomunales
rompiendo las fronteras de mi pecho, de mi cota, de mis miedos.
Los detalles… ah, los detalles. El dato pequeño, mínimo
a cualquier mirada dispersa. Las uñas de mis manos se estiran
como si se tratara de esas flores que se abren ávidas una
vez al año y cuyo tiempo los científicos estudian
segundo a segundo. Este alargamiento, desde el espejo, luce como
un acto de prestidigitación y no como el movimiento espontáneo
de la naturaleza impaciente y sabia. Mis uñas, ahora largas,
se tiñen de un rojo que me recuerda el espectro de un “cherrys
in the snow”, el labial que alguna vez tuve; se hacen amenazantes
y provocadoras. Cualquier mujer, con una manicure así, podría
convertirse en la asesina de las manos sangrantes. Pero mis manos
no están hechas para quitar la vida. No. Mis manos están
haciendo metamorfosis para dar placer. Eso creo. Lo mismo que mis
labios, ahora carnosos como una planta del vasto desierto. Esta
boca jugosa, conserva en su interior, en su cielo, la savia y el
sabor del deseo. Así se ha colmado. Mis ojos destellan y
succionan, eso ya lo mencioné. Qué más puedo
decir. La transformación se opera ante mis ojos y ante la
faz irrestricta del azogue. La luz y el tiempo del espejo saben
de mí, de esta que soy ahora. Nadie más asiste a este
espectáculo extraño. Sólo yo.
Pero el animal
no sólo hospeda su sombra en el espejo de la verdad, también
crece hacia adentro como un tubérculo porque mi pensamiento
también se trasmuta. Comienzo a soñar con un pene
enorme y afilado. En mi cabeza se mezclan aromas, fragmentos de
piel, nalgas de hombre velludas y rebosantes. Pantorrillas fuertes,
lenguas húmedas y brazos titánicos. En mi alma –si
es que los animales podemos tenerla- se va desvaneciendo el sentimiento,
se hacen ridículas algunas palabras como amor, cariño,
lástima, remordimiento. Frases como “Qué pensará
mi madre” pierden su sentido, adquieren una languidez que
titila hasta desvanecerse y en definitiva, en mi interior, sólo
queda espacio para el instinto, para el acecho, para el cálculo.
Un pene enorme e infinito. Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero
probar todo lo que ha sido creado para mí. Me perfumo, es
el único subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal,
pero no quiero tener el aroma de un animal. ¿A qué
huelen las zorras?
Estoy lista,
soy la Señora Hyde. Si el Doctor Jeckyll pudo crear al hombre
lobo, mis células han transformado mi propia composición
en la de una mujer zorra. Una zorra. El espejo me lo dice, la revelación
se ha consumado vastamente, el milagro está hecho. No me
pregunto quién soy ahora. Lo sé de sobra. No me pregunto
tampoco cómo soy. También conozco la respuesta. Sólo
hago caso a lo inmediato que es el ansia que siento.
Salgo a la
calle, estoy hambrienta. Son las diez de la noche. Y las sombras
me recubren solo un poco, porque de este cuerpo que ahora ostento,
debo asomar aunque sea el borde, la silueta. Cintura pequeña,
sesenta y siete centímetros de diámetro. Senos inflados,
par de esponjas de hormonas soñadoras, noventa y ocho centímetros
compungidos, comprimidos, canonizados. Mis caderas y mis nalgas.
Ah, mis nalgas. Masa sólida y blanda, dúctil, rosada,
fértil. Así salgo a la calle. Llevo puesto un vestido
rojo frambuesa de seda que se adhiere a estas curvas nuevas como
si desde siempre huebiera estado allí, rozando mis cueros.
Una sandalias desnudas, desprovistas de todo adorno innecesario
que pueda opacar las garras de mis dedos, tersos y encendidos con
el mismo esmalte de las manos. Todo lo demás me sobra. No
quiero excesos, no quiero ni joyas ni accesorios ajenos a esta transpiración
casi salvaje . Lo que distrae, aquello que brilla a la atención,
estorba a los sentidos y los neutraliza, los aleja de la verdadera
avidez.
Para iniciarme
deambulo por una calle céntrica de esas que a las diez de
la noche han mudado también su estirpe, se han enrarecido,
y sus pobladores incógnitos se debaten en la caza de la presa.
Yo también estoy al acecho. Yo también soy una vengadora
furtiva, un predador sediento que busca la purificación.
El Boulevard de Sabana Grande está repleto de gente joven.
Las calles empedradas apenas se iluminan con las miradas perdidas
de los mancebos y la luna redonda como mi desvelo. Aquí estoy
y la noche es joven y mis ojos vidriosos opacan cualquier claro
de luna.
El se llama
Huber, no estudia, es vendedor ambulante de muestras de medicamentos
allá en su país, su rostro es casi tan hermoso como
el de un angel. Todo él es traslúcido, blanco, glaciado.
Me gusta. Detrás de esa apariencia inocua y desteñida
tengo la certeza de que habita un animal de otra especie que no
es la mía. Nos tomamos una cerveza en un café donde
todos fuman. Es el contrasentido absoluto: tomar cerveza, en un
café, donde lo que se hace es fumar. Tomamos otra. Después,
nos camuflamos juntos en un baño público. Entramos
juntos y nadie nos mira. Antes de levantarme la falda de mi vestido
frambuesa, él me pregunta mi nombre. Sólo le respondo:
Soy la Señora Hyde. Él repite mi nombre en francés,
con su voz casi callada, y en sus labios, la hache de mi apellido
de estreno no suena, es totalmente muda, como debe ser la identidad.
Silenciosa para pasar inadvertida. Yo me apresuro y desabotono sus
pantalones de moda: unos levis de botones. La angustia se enciende
con cada botón. Se exasperan mis dedos, mis uñas rojas
tropiezan con todo lo que se le acerca, el metal de cada botón,
el ojal deshilachado, el promontorio crecido que guarda dentro.
La cuenta apenas comienza.
Un pene craso
y filoso. Pero no es el suyo. Es el de un hombre que entra borracho
a orinar y nos sorprende enredados sobre la pared. Pero ha bebido
demasiado. Huber no apaga mi furia, y el borracho tampoco.
Qué
es lo que busco, no tengo dudas. Dónde, he ahí la
incógnita. Mientras tanto engullo algo de comer para saciar
al menos mi apetito secundario. Escojo un tarantín ambulante
de comida mejicana. Delante de mí, una fiesta de perros,
una orgía de perros, me recuerda mi naturaleza animal. El
macho se me acerca con las mandíbulas abiertas. No tengo
miedo pues sé que no padece de rabia, sufre de instinto,
que es un padecer que subyuga, debilita, nos convierte en esclavos.
Dejo de mirarlo pero él a mí no. El vendedor de tacos
mejicanos lo espanta con la intención de hacerme fiesta.
No lo pienso, lo huelo. Es su sudor. En el fondo, el no dista tanto
del perro callejero. Un duelo de miradas se cruza entre los dos
machos -hombre y perro- y el hombre resulta vencedor. Allí,
en esa cama de hojalata improvisada que es el carromato de comida,
me toma por lo que soy, la mujer zorra, o sea, La señora
Hyde. Su falo no es una arista colosal, mucho menos un capullo de
alhelí, más bien parece un tamal, pas mal…Mi
perfume, afortunadamente lo opaca todo, llega a sedar la orgía
de perros que nos observa como quien asiste a una clase práctica
de anatomía conyugal, suaviza el espesor del picante y del
maíz en fritanga. Y todos los probables clientes de tacos
llegan al kiosco como si cada taco o cada tostada pudiera salir
premiado con mi persona –o con el animal que soy- . No exagero.
Podría haber inventado una cabellera tersa y plateada como
la que recubre a cualquier zorra, podría haber inventado
una dentadura nueva e incisiva para mí. Pero no es cierto.
Toda mi sensualidad se reduce a un aroma, a un deseo y, por supuesto,
a la masa crecida de mi cuerpo. Después de todo, menos mal.
No me habría gustado que la avaricia, la banalidad, y la
opulencia del lujo humanos me transformaran en abrigo de piel.
No he terminado
de exprimir aún el zumo de este hombre, del rey del taco,
cuando diviso por la ventanilla del carro de latón un rostro
único: él es. No está, no se asoma, no espera
por mí sino por su cena mejicana. Pero es él. Lo reconozco
de inmediato con mi olfato que desde hoy es mi sexto sentido, mi
tercer ojo y mi intuición femenina al mismo tiempo. El es
un pene magno e ilimitado. El es mi lobo. El desenlace está
cerca.
Me compongo
el cabello, desordenadamente defraudado del encuentro azteca que
acabo de concluir. Salgo apacible, manejando diestramente y en la
oscuridad, los tacones de mis sandalias que son como dos edificios
altos, delgados y desnudos. Como las Torres del Silencio. Tres escalones,
y estoy en tierra, junto a él.
-Podemos tener
algo, si quieres- Le digo –porque yo tengo algo… mucho
que darte, que te gustaría probar
-Ah, ¿si? .Y cómo lo sabes
-Se huele- afirmo con toda seguridad.
El se ríe
con una dentadura propia. Puedo ver que casi no tiene caries y que
su lengua es enorme. No sabe cuán intensamente penetran los
aromas y las imagenes en mi; seguramente a él, con esa lengua,
le caben en la boca todos los sabores del mundo. El sabor a párpados,
el sabor a ombligo, el sabor de los árboles de la mañana,
el sabor del agua espesa, del trueno, el de un pájaro inquieto
y atroz. –Ven para contarte, ven para decirte- le digo yo.
El comienza a caminar y yo le sigo. La luna está llena y
por tanto, la calle es menos inmunda con su luz higiénica
y blanca. Caminamos juntos, lo cual es un avance si se toma en cuenta
que caminamos juntos, solos, en la noche, y apenas quedan los perros,
la manada de machos que me acecha, pero que se da por vencida y
parte hacia la otra acera.
-Si quieres
podemos hablar.
-de qué- dice tan parco.
-de cualquier cosa, mi vida.
Y así
caminamos sin nada o poco que decirnos. Qué más dá.
Quién dijo que un pene tiene el deber de ser buen conversador.
Quién.
Llegamos a
una esquina donde un hombre arremete contra una mujer. La azota
con las manos, con los pies. Ella cae sobre la acera y grita herida,
pero nosotros no podemos hacer nada. Y mientras la mujer gime yo
miro al hombre que me acompaña y descubro que él podría
ser el hombre de mis sueños, es decir, un hombre alto y robusto,
de rostro anguloso y firme y seguramente de sentimientos convencionales;
solitario de profesión –si no, qué hace conmigo
a esta hora-; aventurero de oficio –si no, qué hace
conmigo a esta hora; amante apasionado y dueño, en fin, de
un pene afilado –si no, qué hago yo con él a
esta hora-. No me importa que piense que soy una zorra, qué
otra cosa podría ser yo. Todo lo contrario, la sola idea
de que lo piense me da placer. El no imagina quién era yo
hace dos horas, la perfección, la corrección y compostura,
el ser más digno de todos, la estrella de un manual de urbanidad;
siempre camuflando. Pero ahora soy la Señora Hyde, gracias
a Dios. Y yo me pregunto a estas horas por qué no se ha hecho
ninguna película sobre mí. Por qué tanto hablar
del hombre lobo y tal, y de mí, nada. Eso es discriminación.
Pero bueno, qué hago yo pensando en la discriminación
a estas horas y con este hombre idílico junto a mí?.
Llegamos a
las puertas de un hotel, quiero decir un hotel de paso, o sea un
hotelito, un lugar más feo que bonito, sucio, oscuro como
la boca del lobo –otra vez con lo del lobo, hasta yo me contamino
de Hollywood- un lugar que me recuerda que esto no es Londres y
me corrobora también a lo que he venido. A purificar mis
apetitos, Señores. El no me pregunta mi nombre pero sin embargo
le digo que me llamo Eduarda Hyde a lo cual él permanece
impertérrito porque claro, con estas tetas y este cuerpo
qué más da el nombre que tenga. No agrega el suyo
–a mí sí me habría gustado conocerlo-
pero de todos modos entramos los dos al vestíbulo, el toma
la batuta como lo hacen casi siempre los hombres y solicita la habitación.
Paga y toma la llave, luego subimos escaleras arriba, laberinto
arriba, supurando los dos, desde ya, ungüentos de amor; contrayendo
los dos, desde ya, el olfato, para no aspirar el hedor a orín.
Se escuchan algunos gritos, algunos jadeos que nos transportan al
placer con antelación y alevosía y llegamos al cuarto.
No hace falta describirlo, todo lo que es necesario saber es que
tiene una cama o algo que se le parece. Todo lo demás, lo
mismo que una joya, distrae, sobra.
Y allí
estamos los dos, el y yo, solos, con una cama. Tengo miedo. El espejo
nunca me dijo que tendría miedo. Trato de sobreponerme, pero
el temor se resiste a mí misma. El es, me repito. Es él.
Yo lo desvisto primero. Su pecho es muy velludo, es como un hombre
de peluche. Y sus brazos. Ay, sus brazos están hechos de
metales dúctiles y sellados con un tatuaje de serpientes
casi idescifrable. Los pantalones caen a tierra como un telón
repentino y allí, escondido, puedo distinguir lo que busco.
No quiero que el sienta que lo tomo como hombre-objeto, como objeto
sexual; en realidad, lo que quiero es su objeto sexual. Ahora el
va conmigo. Mi vestido frambuesa no rueda tan facilmente como un
pantalón cien por cien de algodón. La seda, por la
electricidad del cuerpo, se adhiere a mi piel, así que el
descubre lentamente mis hombros y los va besando con todo, sobre
todo con aquella lengua enorme tan presta a cualquier sabor del
mundo. Luego mis senos provocadores le causan un estupor de felicidad.
Puedo verlo y olfatearlo porque los animales tenemos un olfato demasiado
sensible y me doy cuenta que él ha comenzado a exhudar un
aroma un poco rancio y aterciopelado que lo desnuda ante mi nariz.
Me río adentro de mi cuerpo con una sonrisa amplia y triunfante
sin que él pueda notarlo, y sé a través de
mi mirada ancha y penetrante que él ya está contento.
De pronto
mi vestido cae inesperadamente y él se conmueve. Se estremece
todo al verme desnuda. Presiento que en segundos saltará
sobre mí, ávido.
Incomprensiblemente
el hombre parco se convierte en un hombre iracundo, balbuceante.
Luego vocifera, se hace hostil en sus gestos y en su voz. Qué
es lo que dice, no entiendo. Estoy muy nerviosa. Parece otro, como
si una metamorfosis extraña también acabara de eclosionar
dentro de él. Las cejas se le juntan, los colmillos se le
afilan como unas estacas. Dios mío, qué le ha pasado
a este hombre, al parco, al solitario. Parece un caballo salvaje.
O un lobo. Parece un lobo con mal de rabia. Se me avalanza a golpearme
porque mi pene es más grande y afilado que el suyo. Y yo
qué culpa tengo.
Intenta golpearme
con sus puños peludos pero yo, que tengo la fuerza de una
zorra y de una gata bocarriba también, me defiendo. El hombre
huye de mí y de él y me deja entonces con este sabor
amargo en la boca, con este olor a fracaso pegado como una estampilla
sobre mis sentidos.
Regreso a
mi casa con la certeza de que el mundo es injusto. Voy caminando
por las calles vacías y entiendo que sólo mis sinsabores
lo ocupan todo. No tengo ningún subterfugio para desvanecer
mi desconsuelo. Estoy desamparada, en la vastedad de esta noche,
y estoy presa también de la vastedad de mis instintos, de
esta naturaleza extraña, de mi imagen frente al espejo, de
lo auténtico de mí. Voy pensando. Y los perros ¿También
ellos huirán de mi esta noche? Pienso y sigo pensando. Yo
sufro mucho más que el Doctor Jeckyll y, sin embargo, de
él, hacen películas. Yo padezco mucho más.
Perdí tres de mis uñas carmesí y mi vestido
frambuesa y mi esperanza larga y mi estreno ilusionado se han malogrado
juntos.
Porque yo soy la Señora Hyde y no hay poción que me
devuelva otra imagen, ni siquiera otra sombra, frente al espejo.
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