Vuelta
a
La buena hora
Vuelta
a
Sonia Chocrón |
Sobre
el libro
El
Nacional, Papel Literario, Caracas, 15 de junio de 2002
El
buen padre, la mala madre, anhelo y transfiguración
Alicia
Torres
La
casa, sus ritmos y órdenes cotidianos, el cuerpo, el amante
y la oración fervorosa son abordados por Sonia Chocrón
en su más reciente entrega La buena hora
(Monte Ávila, 2002). Autora de los volúmenes Toledana
y Púrpura, la poeta se refugia en estos instantes efímeros
amenazados, por un desorden que es peor que la muerte, y que es
la esencia de la angustia metafísica
Conocí
a Sonia allá por los años ochenta, cuando yo andaba
afanada en la publicación de una revista de poesía
llamada Aljamía, y me acuerdo que fue Juan Calzadilla, ese
maravilloso e incansable aliado de los poetas jóvenes, quien
me dio unos poemas de Sonia para presentármela, y aun recuerdo
que me impresionaron inmediatamente como algo distinto a muchas
cosas que estaba leyendo, que eran palabras con ese sabor indefinible
de lo auténtico. Esa reunión de nosotras marcó
el comienzo de una amistad profunda y una complicidad literaria
que dura hasta hoy. Después de publicar Toledana,
ese libro tan bello que sigue siendo un punto de referencia importante,
Sonia empezó a escribir unos poemas que la estaban inquietando
bastante, y me los enseñaba muy mortificada, casi con culpabilidad,
y recuerdo bien que a veces me costaba mucho convencerla de que
eran interesantísimos y de que allí estaba naciendo
un libro bien importante. Ese manuscrito estuvo engavetado un buen
tiempo, escondido de sí misma, y es sólo ahora que
ve la luz. Éste es un poemario con un poder poético
innegable y raro; me da un inmenso alivio su existencia, pues estuvo
amenazado de gaveta perpetua.
La
buena hora es un libro ambivalente en el mejor de los sentidos,
y estoy segura, y esto nunca se lo he dicho a Sonia, de que –supersticiosas
con las palabras como somos– eligió ese título
como una especie de “contra”, para contrarrestar cualquier
efecto adverso que pudiera generar poner al descubierto tanta sombra
junguiana. Este es un libro inquietante porque se debate constantemente
entre dos polos donde el temor y la añoranza se alternan,
se mezclan, se huracanan alrededor de un mismo objeto, dándole
la tensión que lo hace tan fascinante. La casa, sus ritmos
y órdenes cotidianos, el cuerpo, el amante, la oración
fervorosa... todos se sienten como realidades que pueden ser sólo
refugios muy efímeros, muy amenazados, por un desorden que
es peor que la muerte, y que es la esencia de la angustia metafísica.
La muerte misma, la Parca, como ella la llama, deseada, cortejada,
esperada y temida al mismo tiempo, es una presencia constante en
el poemario, no como cesación de vida en sí misma
sino como contraparte de un anhelo que no puedo llamar sino de transfiguración.
El anhelo espiritual de la poeta se expresa en oraciones donde invoca
casi con codicia lo Divino, con la intuición de que sólo
de allí puede venir otra cosa que la libere de la insoportable
levedad de su propia identidad mortal: “Dame forma, Señor/Enciende
las pupilas que duermen en mi cuerpo/Perfúmame los labios
plenos con tu aliento/Moldea estos contornos con música y
ungüentos/Inventa una mujer de arcilla inmaculada/Y hazme de
tu médula”.
Este
anhelo de transfiguración y salvación tiene más
que ver con un eros cristiano que con el judaísmo, cuyas
formas culturales aparecen marcadamente en los poemas, y es el libro
complejo y provocador también en este sentido. La sombra
del padre amado y perdido, marca los ritmos de la nostalgia en los
textos para ser en un momento sublimado y proyectado sobre el Padre
Divino, haciéndolo presencia posible, espiritualmente accesible
y omnipresente. En contrapunto, la madre y la maternidad aparecen
como el punto más intensamente ambigüo y tenso. Detrás
de cada aparición de la madre viene la oscura intuición
de que ella es siempre feraz y devoradora, algo que tal vez tiene
que ver con la supresión de lo femenino en el imaginario
judío, donde la Madre Divina fue verdaderamente relegada
a la sombra del inconsciente colectivo de la raza, (¿será
por esto que el arquetipo de la “madre judía”
es tan devorador y Woody Allen necesita tantas horas de análisis?)
pero lo interesante es que este miedo se expresa en los poemas en
más de un aspecto: como juicio sobre la matriarca, como sospecha
de la terribilitá de la propia feminidad en relación
al hombre y como la amenaza de una condición autoaniquiladora.
En
esta época Sonia aun no había tenido a Ximena, y se
debatía entre el deseo de cumplir, como buena muchacha, judía,
con la conseja bíblica: “Fructificad y multiplicaos”,
y el miedo a que su propia maternidad fuera autodevoradora, intuyendo
tal vez, como lo ha dicho en términos míticos Joseph
Campbell, que el amor y su fructificación en hijos se entrelaza
con la muerte, pues una vez nacido el hijo, nuestras vidas individuales
dejan de importar y se pasa a ser meramente el protector de la nueva
criatura, lo que es una muerte simbólica o, al menos, una
etapa severa de la muerte del ego. Hoy, con la ventaja de la distancia
y disfrutando de una maternidad feliz, pareciera que la poeta hubiese
tenido que oficiar su propio rito de purificación, haciendo
consciente la sombra, para abrirle el paso a la plenitud.
El
hombre es una criatura hermosa, mitad barro, mitad ángel,
y en La buena hora Sonia celebra ambos afincándose en el
punto donde las dos naturalezas están en tenso equilibrio,
cada una amenazada por la otra, y es una celebración que
con el lenguaje espléndido que la caracteriza, alcanza un
nivel poético de esos que lo dejan a uno con la piel un poco
erizada –como decía Robert Graves que era la marca
de la poesía verdadera– y con un sabor a cosa eterna.
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