Nosotros
los inmortales
Maria Teresa Oglistri
Publicado
por Horizontes 21 Editores, Caracas, 1997.
Fragmentos
LA ÚNICA
PUERTA SEGURA HACIA LA LUZ
Hay
un niño que nos mira
a través del follaje
esperando una señal para
acunarse a un costado de mi luna.
No encuentro razón suficiente
que lo desaliente y aleje.
Sé que está impaciente.
Me niego, me resisto. Ya no es tiempo.
le ruego que se aleje, que desista,
pero vuelve y se acomoda en el sueño
tan seguro está que el sol
estallará en su frente.
CANCIÓN
DEL ENCUENTRO
Bienvenido, extranjero, a este lugar
¿Qué buscas?
vienes de lejos y estás muy cansado
recuéstate aquí, sobre mi falda,
sorbe higos maduros de mis manos
asienta tu carpa sobre la pradera
renace de ti a los antiguos
sella la alianza en venas y arterias
en esta casa de puertas abiertas
apacienta mis ovejas dispersas en el vértice
dirige el rebaño al cauce
y yace en mí
en el llano extenso.
EL
QUE SE VA
Una mano impaciente
levanta la cortina de encaje.
La mesa puesta. Dos comensales
apenas miran el blanco mantel.
¿El último
viaje?
La
vela Responde, la llama se hace larga,
crece el silencio. Un tren a lo lejos silba.
Al alejarse, pierde la casa y el hacha.
También la sombra.
¿Y
si no por qué tiembla la voluptuosa llama?
Poco importan las razones.
CUERPOS
VERDES
Como
dos árboles sembrados
uno al lado del otro,
árboles de ceiba,
dos cuerpos se presienten.
En
su distancia de cuerpos se añoran.
En su ignorancia se temen.
Como lobos exploran, intuyen
manos, bocas, extremidades.
Los ojos hundidos cabalgan mensajes
que sólo ellos entienden por ser árboles.
Y en ese constante estremecerse
se preguntan ¿nos mueve la brisa
o es la tierra que tiembla?
Semejantes,
en su condición de árboles
aguardan la noche,
coraza verde que nutre y expande.
Y
esos árboles,
Árboles de ceiba,
en sus profundas raíces se atan, se tejen
con un clamor de árboles se juntan bajo la tierra.
UN
RAPSODA EN NUEVA YORK
A
esta gente no le interesa la historia del valiente Aquiles ni se
conmueven cuando interpreto la muerte de Patroclo. Me gustaría
narrarles la Biblia de los griegos, contarles la prodigiosa lucha
de muchos héroes inmortales, pero es tal la algarabía
que me invade el desaliento y me refugio en el templo. Saint Patricks
acordonada por la policía mece las tres torres sobre la Quinta
Avenida. Afuera, en la puerta que da a First Street, hombres con
aretes y mujeres acuerpadas reparten panfletos que dicen: “Lesbian
and Gays are Gods Children”, mientras John O’Connor
lee la homilía en contra de abortos y engendros. Las carrozas
inician el carnaval dejando apenas escuchar al coro que canta “Holy
Holy”. Los de afuera están realmente enojados, John
O’ Connor no cede ni trata de calmarlos, su cara bizarra empuña
la espada ante blasfemos y herejes. Execrados del noble recinto,
asustados, en el miedo, a las puertas de Saint Patricks gritan:
“No popes, No Priest”, mientras los timbales del New
York Band estremecen las caderas al son de ritmos soul y latinos.
Creen que mi túnica es un disfraz, me empujan y se burlan
de mi canto. ¿Acaso no saben de mi fama? Me pregunto que
hago en esta ciudad tan lejos de la Ítaca de mis sueños.
Hasta aquí llega la voz del navegante cuya tumba es el mar.
HOSPITAL
Cuervos
hambrientos diluidos en morfina
Asaltan la mano azulada.
Finjo no verlos al tiempo que los ahuyento.
Un silencio estoico recibe los santos óleos.
La oración no salva del espanto
Ni impide al doble acechar amenazante.
Me
implora que sea pronto
Pero no me atrevo
Y sólo espero que amanezca.
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