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La nueva obra nace después de varios meses de “perplejidad”, como asegura el autor. “Estoy acostumbrado a que tengo el tema de mi siguiente novela antes de terminar la que escribo, pero esta vez pasaron muchos meses y no tenía ninguna idea”, recuerda Saramago. “Me sentí tenso. Llegué a pensar que eso que hace que uno escriba se había acabado. Lo mejor que se puede hacer cuando esto pasa es decirse, o tener a alguien cerca que le diga: ‘todo lo que ibas a decir, ya lo dijiste. No puedes repetirte’. Y entonces hay que aceptar que la persona que fuiste ya no existe”.

La inspiración bajó el primero de noviembre, cuando Saramago estaba frente al espejo. “No soy narciso, no me estaba mirando. Me estaba afeitando y pensé qué pasaría si alguien idéntico a mí viviera en la misma ciudad”. Desde entonces comenzó a trabajar. “Ha sido escrita con más rapidez que otras, porque además de las ganas estaba conciente de los medios necesarios para llevarla al final. Terminé en agosto de 2002, más cerca del final del mes que del principio”.

Saramago se aventura en el tema de la identidad, no de los pueblos, como reconoce que le interesaba en sus primeros libros, sino en la personal. “Lo que plantea la novela no es quién es el otro, porque esa pregunta se hace cuando sabemos quién es uno”, resume. “El problema como yo lo veo es que no sabemos quiénes somos nosotros y es esa pregunta la que trata de responder el planteamiento, que trata de la usurpación del espacio de una persona por alguien que es idéntico, incluso en cuanto a conciencia. Esta novela es una tragedia”. ¿Saramago se duplicaría si pudiera? “Sólo con la condición de no perder la conciencia, para poder seguir viviendo con mi mujer que es más joven que yo. No duplicaría a nadie más, sólo a mí y sólo por ese motivo”.


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