La
Rebelión de los espejos
Fernando Núñez
Noda
EL
PASAJERO PICASSO
Una
mañana luminosa de domingo y una consideración sobre
la altura del césped son calmos placeres que Albert Banchank
conoce y practica. Su casa es amplia, con dos pisos y ático.
La
parte trasera tiene un largo jardín, tan grande que toma
varios minutos alcanzar una cerca de madera al fondo. En el extremo
oeste la piscina es peinada por una brisa ocasional. Albert se sienta
en el porche y mira la TV, o come alguna de las variadas cosas que
su esposa Audrey coloca. Ayer llegó de Nueva York, hizo excelentes
negocios.
A
los cincuenta años su vida es bastante satisfactoria: un
poco más arriba de la clase media y muy orgulloso de ello,
por cierto, porque prueba que el trabajo duro, bien hecho, produce
sus frutos.
Ejerce
el libre comercio desde 1978. Su esposa es contadora y él
es ingeniero químico, profesión que jamás ha
ejercido. Vive con ellos su hija menor, de quince años.
Lauren,
la segunda, está en la Universidad de Michigan. El mayor,
de veintiocho años y graduado, ya se encarga parcialmente
de la compañía (almacenes de mayoreo de herramientas)
y su probable matrimonio con una prestigiosa familia sureña
-digo, con una dama de esa familia- será tópico de
orgullo generacional para los Banchank.
Ese
día la cavilación es corta. Audrey trae el teléfono
inalámbrico, tapando con los dedos la bocina.
-
Es Bill, tu viejo compañero de la compañía
de taxis.
Albert
toma el aparato.
-
¡Bill, qué sorpresa!
-
Hola Albert, debo hablarte.
-
Dime.
-
Hace unos minutos salieron para tu casa dos agentes del FBI. Querían
saber quién había manejado el taxi # 25, el 2 de febrero
de 1973. De eso hacen veintidós años, tú sabes,
por eso tuvimos que cavar en los archivos y entonces averiguamos
que fuiste tú el chofer aquel día.
-
¿Y qué hay con eso?
-
Parece ser tremendamente importante un pasajero que llevaste ese
día. ¿Puedes recordar?
-
¿Recordar, Bill? No sé, a muy pocos, de eso hacen, a ver,
22 años.
-
¿Recuerdas algo en particular? ¿Un tal Herbert Avidson no hace sonar
una campanilla?
-
¿Avidson? No, bueno, no sé, para esa fecha... yo estaba en
College y era sustituto ¿o ya era titular?
-
Sustituto aún, creo.
-
Bueno, llámame luego, para saber.
-
Sí, - dijo separando las persianas con los dedos- deben ser
esos.
En
efecto, llegan los policías. Podría ser una pareja
de detectives de cine, excepto que ambos son blancos. Toman café
en la amplia cocina de los Banchank.
-
¿Estoy en problemas?, preguntó a secas Albert.
-
No se preocupe Sr. Banchank, usted no ha hecho nada. Nos interesa
un pasajero que tuvo hace veintidós años, cuando era
taxista. Su nombre es Herbert Avidson.
-
¿Le dice algo ese nombre? -dice el otro, acercándose insidioso.
-
No, en absoluto me dice nada ese nombre...
-
Acompáñenos, por favor.
Camino
a la oficina del FBI, un insólito domingo en la mañana,
Albert registra en su memoria los posibles inquilinos de viaje que
tuvo en aquel invierno sureño.
El
resto es silencio hasta que llegan. El edificio está vacío,
excepto por una oficina de improvisado ajetreo. Surgen de repente
asistentes y otros detectives. Están aquí por Albert,
o por lo que Albert pueda recordar.
Los
recibe un superior, de aspecto altivo pero de trato respetuoso.
Ésta, obviamente, no es su oficina, dado que todo lo amontonó
en una mesa lateral. El resto intacto.
-
Sr. Banchank, tome asiento, lamentamos quitarle tiempo pero el gobierno
está muy interesado en su colaboración.
-
Cualquier cosa que pueda hacer...
-
¿No recuerda usted a este hombre?
Saca
una fotografía tamaño carta, la ampliación
de una foto-carnet, que muestra a un hombre como de 35 años,
de rostro alargado, pelo muy liso con carrera del lado derecho,
labios delgados, pómulos suaves y cejas tenues. Sólo
se apreciaba un nudo de corbata grueso y un cuello de camisa blanco.
-
¿Es éste el tal Avidson?
-
Sí. Él dice que estuvo en su auto el 2 de febrero
de 1973, entre las 12:05 y las 4:00 am, según su diario.
Queremos verificar, en principio, si esto es cierto.
-
Creo que sí me acuerdo, no soy mal fisonomista. Este hombre
se parece... al de la (EN VOZ MUY BAJA): intldog astfh emation...
-
¡¿Cómo!?- casi a coro preguntó el escuadrón
federal.
-
...el de la intoxicación estomacal, incluso vómitos...
-
Sí, en efecto -dice el jefe- ése resulta el rasgo
distintivo de la historia.
-
Fue muy extraño, dimos muchas vueltas -murmuró Albert.
-
¿Cómo pudo recordar el episodio tan rápido?
-
Imposible olvidarlo, fue tan cómico y tan trágico.
-
¿Cómico? ¿Podría contárnoslo?
-Bueno,
puedo tratar. Aunque (parece despertar de un sueño)... ¿ustedes
no saben qué pasó? ¿El hombre no les contó?
-
Es muy importante escuchar su versión antes de contarle la
de él, Sr. Banchank.
-
O sea que no se murió... ¡Ja! ¿Y qué pudo hacer ese
pobre hombre esa noche? Estaba... acabado.
-
Cuéntenos...
-
Fue un... a ver...
-
...sábado en la madrugada -se apuró a decir Jackie,
un asistente con buena perspectiva de jefe de zona.
-
Recuerdo un frío insoportable, [tres grados centígrados
bajo cero]. Iba yo por la avenida Carrolton, la empresa de taxis
se llama "Carrolton", que raro ¿no? Conocía a Bill, entonces
pequeño accionista, quien me cedía taxis. Como era
novato, debía atenerme a las horas más incómodas,
casi siempre nocturnas.
Se
recuesta de la silla, disfrutando el recuerdo:
-
Esa noche creo que escuchaba una emisora de radio, mezclada con
mi CB, que esputaba sin cesar órdenes y diálogos entre
Bill y las decenas de taxistas que cruzábamos la ciudad.
"Siempre
lo mismo, usted sabe: los burdeles de la calle Decatur; la zona
del Hyatt o el Lakefront. Algún "preppie" cerca de Tulane.
El caso es que iba por ese túnel de árboles cuando
me informaron que alguien solicitaba un taxi en Audubon Place, uno
de los lugares más exclusivos de la ciudad.
"
'Propina' era la palabra mágica en esas llamadas. Al torcer
el codo de sur a este, entré en la calle Saint Charles...
seguí hasta cruzar hacia Audobon Place, cerca del parque
del mismo nombre. El guardia me dejó pasar... anotó
la placa.
"Audubon
Place es lugar de gente rica. Me dirigí a la dirección
y contemplé una enorme mansión de piedra que me gustaba
ver desde las afueras de la urbanización. El hombre estaba
allí, estático. Creo que fumaba. Se montó,
con un paquete o algo similar.
"Me
dio una dirección ¿un hotel de mala muerte o un bar? creo
que fue un hotel. ¡Ah sí! De allí sacó sus
cosas. El contraste me perturbó, pero decidí no hacerle
caso. Me dijo que había comido algo que le cayó muy
mal y pronto lo empecé a ver decaído. Pobre hombre.
Recuerdo su grito para que me detuviera, abrió la puerta
y vomitó.
-
¿Cómo vomitó, poco o mucho?
-
Levemente, tosiendo repetidas veces... Acostumbrado a estos menesteres,
le di agua de una cantimplora que llevaba en la guantera. La tomó
con desesperación, temblando.
-
Señor -le dije. Lo voy a llevar a un hospital...
Ríe
profusamente:
-
Siempre me he acordado de él, pero no sabía cómo
se llamaba y que lo estaban buscando o algo por el estilo...
-
Usted ofreció llevarlo a un hospital.
-
"No, no lo haga", me dijo, "ya estoy bien, sólo necesitaba
vomitar, ya estoy mejor..."
"Y
me dio otra dirección. Me pidió que me bajara con
él... era un callejón oscuro. Me compadecí
y lo acompañé. Lo esperé frente a un caserón
y, por un rato, pensé que se había escabullido. Al
voltear estaba allí, casi desmayado en la acera, vomitando
la bilis.
"Esta
escena, tan prosaica, no ocurrió una sino varias veces. El
hombre, sobrecogido por la verguenza, quería adentrarse en
los lugares más oscuros y solitarios para descargar su estómago.
Claro que me pareció un poco loco, pero me dio lástima
y lo acompañaba."
-
¿Recuerda alguna situación específica?
-
El Parque Audubon, a ver, sí, el bosque, tan tupido. Era
una noche clara, pero allí se veía más por
las luces laterales y artificiales de los postes. El individuo salió
disparado. Hablaba, más para sí, expulsando gruesos
vahos de vapor; se pedía perdón, parecía no
poder resistir esa situación de ridículo. Y le daba
mucha pena conmigo, estaba terriblemente avergonzado. En ese lugar
lloró, pero no entendí sus palabras. Vomitó
y lo dejé solo. Le di la espalda.
"Sentí,
no sé, que ese hombre estaba viviendo un tormento indescriptible,
un amor roto, la muerte de alguien, lo sentí solo y desvalido,
muy en el filo, usted sabe...
"Se
hizo un repentino silencio. Volteé y no estaba. El chasquido
de las hojas lo revelaron, daba vueltas, concentrándose para
recuperarse, caminando con paso marcial, recordándose una
y otra vez que estaba bien y que el malestar era una especie de
ilusión. Había mucho de una religión extraña
en ese individuo.
"Yo
cerré los ojos y me recosté del tallo de un árbol,
estrujándome el entrecejo: ´¿Por qué a mí?
¿Qué hago aquí?´ Entonces decidí llevarlo,
no a la fuerza, pero sí persuasivamente a un médico.
"Cuando
giré para ubicarlo ya no estaba. Fui hacia el lugar de su
incomprensible monólogo y no había rastros. Ya preparado
para irme al carro y esperarlo allá. Sentí una manos
que se posaron sobre mis hombros. Aquél pobre ser pedía
auxilio. Se desplomó frente a mí. Su ímpetu,
a pesar del colapso, era tal que parecía más bien
querer cargarme a mí.
"Lo
llevé en brazos al taxi. Murmuré, para mi que quizá
era mejor dejarlo directamente en la estación de bomberos
o en la policía. Como no parecía mejorar, por un segundo
pasó por mí el inquietante terror de que ese hombre
se muriera en mi carro. ¿No era negligencia de mi parte?
"Mas
cada vez que le hablaba de hospital se ponía frenético,
prometía mejorarse pero en realidad empeoraba. Nos bajamos
en muchos lugares y el hombre se perdía, para aparecer súbitamente
frente a mí, surgido de las sombras. Fue una locura, algo
absurdo.
"En
una de las estaciones lo vi a lo lejos, en la oscuridad. Caminaba
con extrema lentitud, pero se esforzaba en ir más rápido.
Al acercarme me di cuenta que cargaba una barra de hierro muy pesada,
la cual le hice soltar. Noté que el pobre estaba saliendo
de sus cabales.
"Especulé,
malévolamente, que este hombre huía de la ley o algo
por el estilo, porque rehusaba los lugares muy iluminados o concurridos.
Ese tipo estaba flirteando con el abismo, era un suicida y yo un
guardián no invitado, que una y otra vez lo ayudaría
a no morir. ¿Cómo me dijo que se llamaba?
-
Herbert Avidson.
Prosigue
Banchank:
-
Vaya periplo que hicimos: de Saint Charles a Decatur St.. Nos dirigimos,
creo, al Lakefront pero -según él- estaba muy concurrido.
Volvimos al Garden District, nos detuvimos en las veredas del Parque
Audubon. Bajamos por Napoleon St. e hicimos una parada en Tipitinas,
donde esa noche estaba, nada más y nada menos, que Johnny
Lee Hooker, un blusista de la calle. Lo que ocurrió allí
fue desastroso con ese pasajero.
"Terminamos
en una vereda del río, a lo largo de Magazine St. Allí
ocurrió lo terrible, por lo cual jamás olvidaré
ese pobre ser, varias horas después de haberlo recogido.
Me alejé del carro para orinar, había luna llena.
Al regresar aquel hombre tenía un cuchillo en la mano en
franca actitud de quitarse la vida.
"Me
lancé sobre él para detener tal acto, pero estaba
tan débil que no hubiera podido hundirse la hoja en lugar
alguno. Traté de someterlo, para llevarlo a un doctor a la
fuerza, y entonces sacó una energía contenida, se
escabulló y huyó para siempre.
"Recuerdo
ese rostro feroz pero debilitado, poblado de pedacitos de vómito
seco. Quiso pelear conmigo por escasos segundos, pero al constatar
que era pérdida segura, haló con inesperada fuerzas
su bolso, se fundió en la noche y no lo vi más.
"Dejó
en el asiento, atado por una liga, suficiente dinero para pensar
en una generosa propina. Aunque fue trágico no puedo dejar
de reírme ante la imagen de un hombre vapuleado, que decía:
‘Estoy bien, estoy perfecto, ya me curé’ y ¡búa! vomitaba
las entrañas por la ventana."
-
¿Es todo?
-
Una vez soñé con el son of the gun.
-
¿Sí? ¿Qué soñó?
-
El hombre estaba vestido de gris y me decía, varias veces:
"Algún día el sirviente será rey". Por supuesto
que jamás he tratado de explicarme estas palabrejas sin sentido.
Pero, no sé porqué, me asusté.
-
Usted habló mucho con él.
-
Supongo que sí, todo taxista es un sicólogo. En realidad
no recuerdo esa conversa. ¿Usted cree que ése fue el único
loco que me conseguí? Ahora dígame, porqué
es tan importante este episodio que yo recuerdo con cariño
pero que siento como una simple anécdota.
-
¿Ha oído usted hablar de "El Pasajero"?
-
Creo que sí, en la prensa, en la televisión, me parece...
-
Le refresco un poco la memoria.
Acto
seguido activa un VHS que contiene un fragmento del noticiero CNN.
Dice la narradora:
-
La policía de San Diego se mantiene hermética ante
la información extraoficial llegada hace unos minutos sobre
la supuesta captura del célebre asesino en serie "El Pasajero".
Dan Frigger, jefe del FBI en California, informó que el sospechoso
-cuyo nombre no ha sido revelado- es sometido a intensos interrogatorios
y que un equipo especializado revisa su casa para recolectar evidencia.
Como el Unabomber, que fue investigado y perseguido durante
19 años, el Pasajero ha frustrado a investigadores federales
por más de 25 años y tiene el dudoso honor de estar
en la Enciclopedia Guiness como el "Hombre más buscado por
mayor período de tiempo".
Corte
de edición casera. Abrupto. Prosigue un clip reporteril,
con diversas imágenes y voz en off del reportero:
[Mostrando
la última versión del famoso retrato hablado]: Con
un trabajo circunscrito al sur de los Estados Unidos, entre Florida
y California, el asesino en serie "El Pasajero" ha desconcertado
a las autoridades y también al gran público norteamericano
por casi treinta años. Considerado como uno de los más
sanguinarios asesinos, la policía ha logrado construir un
perfil sicológico más preciso pero no ha podido ponerse
sobre las pistas correctas. Otros, como el doctor Calvin Woodrow,
jefe de la Unidad de Siquiatria del FBI, no son tan optimistas:
[Declaración]:
"Excepto una inteligencia fuera de lo común y una especie
de obsesión seudo religiosa, no es mucho lo que podemos decir
de la mente de este individuo. Mi teoría es que sus cartas
están llenas de trampas. Recuérdese lo que pasó
en los setenta..."
Reportero:
En los años setenta, el FBI y la prensa se apresuraron a
etiquetar al Pasajero como un simple loco y a pronosticar su pronta
captura. Diez años después ya los especialistas estaban
convencidos que el hombre había construido, deliberadamente,
un falso perfil de sí mismo. Su locura era el disfraz de
otra, no menos terrible, pero sí más sutil...
[Otro
corte.]
Reportero:
¿Qué aspecto tiene el Pasajero?
M.
J., detective: Es blanco, fornido, debe tener casi sesenta años
actualmente. Hombre culto, de comportamiento social refinado. (RÍE).
Bueno, ese nos deja con quince millones de individuos.
[Fotografía
de víctimas; videos de cuerpos encontrados]: La ola de crímenes
de este asesino comenzó en 1971 y se ha extendido hasta 1987,
fecha de su último asesinato conocido. Desde siempre mantuvo
una intensa correspondencia con la policía, mucha de la cual
ha sido estudiada por los especialistas. Su carrera homicida se
desarrolló en las interestatales, en las carreteras de campo,
en las líneas de tren. Sus víctimas son preferentemente
camioneros, taxistas, choferes y conductores en general. Se le atribuyen
al menos 35 asesinatos, en los cuales desfiguraba salvajemente a
sus víctimas, haciendo lo que el llamaba una escultura humana,
un macabro arte corporal.
Fin
del video. Albert toma las fotos y comienza a compararlas con el
recuerdo.
-
Estuve con El Pasajero aquella noche -pensó y tragó
grueso en retrospectiva.
-
Nada más y nada menos que con Herbert Avidson, el hombre
más buscado del país, un loco de alto calibre, pero
de inteligencia superior, sabe, para poder burlar a la policía
por tanto tiempo. El caso es que, gracias a la casualidad más
inesperada, se le descubre ahora, casi septuagenario, con un diario
detallado de cada uno de sus crímenes.
-
¿Sí?
-
Sí. La prensa sería capaz de matar por esta obra maestra
del crimen. La seguridad que estamos aplicando es máxima.
Queremos verificar todo lo dicho en ese diario antes de hacerlo
público y, sobre todo, estudiarlo con equipos muy especializados
de sicólogos y expertos en conducta humana.
-
¿Tanta importancia tiene?
-
Sí, porque éste en particular expresa uno de los más
altos niveles de astucia que hemos encontrado. Pocas veces la policía
se mantuvo tan ignorante acerca de unos asesinatos tan aparatosos.
Además, hay una ola de admiración por estas lacras,
que propicia imitaciones o emulaciones y queremos detenerlas de
alguna manera. Como le dije, tenemos que verificar los hechos policialmente.
Ya luego tendrá oportunidad de hablar con los psicólogos.
-
¿Tendré que identificarlo en persona?
-
Quizá no... Herbert Avidson confesó ser El Pasajero,
de hecho, nunca lo negó.
Abre,
un tanto ritualmente, la gaveta de su escritorio. Saca un sobre
que contiene fotocopias de la transcripción del diario, junto
a algunos facsímiles del mismo.
-
El hombre narra todos y cada uno de sus crímenes, con lujo
de detalles y una prosa nada mala. Es usted, junto a Desiree Stanton
en Lake Charles y un anciano, Malcom Balder en Phoenix, Arizona,
el único que acepta que no pudo matar aunque lo quiso y lo
intentó. Ambos testigos ya han muerto, uno de viejo y la
otra de un infarto, no se asuste, usted es el único que nos
puede arrojar luz sobre la validez de este relato y, sobre todo,
del recuerdo que tiene de él.
Acto
seguido, exaltado por una curiosidad sobrehumana, Albert toma los
papeles y los hojea aleatoriamente.
-
Póngase cómodo ¿café?
-
Gracias.
Saca
los lentes y fija su vista, primero, en los facsímiles del
diario, de puño y letra de El Pasajero. Aunque la imagen
no es precisa, muestra claramente una letra serena pero firme, ligeramente
inclinada a la derecha. Luego enfoca la traanscripción, borrada
de su rostro la sonrisa inicial:
"02/03/73
12:15 a 4:00 am.
Albert...
Taxis Carrolton
Nueva Orleans, LA
El
método había sido exitoso desde Panama City. Llamar
de un público a la empresa de taxis, en un lugar glamoroso
pero oscuro, dar el teléfono del público y esperar.
Fumaba entonces, de modo que consumí un cigarrillo mientras
esperaba.
Audubon
Place tiene esa extraña combinación de bulevar hollywoodense
con aristocrática calle inglesa. Estaba nervioso porque demoraba.
Cuando ví las luces y el pequeño letrero de taxi,
me invadió la usual excitación sexual: una noche entera
de faena, de acto creativo sumergido en la oscuridad.
Me
preocupaba sobremanera el aliento. En realidad, mi afición
al alcohol era reciente en el viaje nocturno. La sensación
dionisíaca, el mareo impetuoso, la desinhibición mayor:
todo invitaba a pensar que Baco sería mi secuaz de muerte.
Pero el aliento a alcohol me asqueaba y avergonzaba.
Era
yo, pues, un ángel de la noche, un vampiro sediento de sangre,
un consumador de Thomas De Quincey. Cómo decirlo, una especie
de diablillo seducido por la luz del arte, un escándalo en
el cielo y en el infierno por igual.
Esa
lucha ¡el horror! se reproducía en mi barriga desde hacía
varios minutos.
La
comida y la bebida se entremezclaban en mí como lava sobre
agua de mar. Después de hacer la llamada me sentí
mejor, ya mi rescate venía en camino. Era vital que el nombre
dado a la compañía de taxis fuese una recomposición
del mío. Así manejaba mis seudónimos artísticos.
En
vez de nome de plumme, yo tenía nome de marteau.
En once veces que hice tal cosa, siempre mi nombre pudo haberse
encontrado con un trabajo más malicioso de investigación.
Cualquier detective televisivo lo habría resuelto en medio
capítulo.
Pero
volvamos al taxi que inundaba de luz el recinto de árboles
y muros donde me hallaba. Tengo por costumbre dejarme ver bien por
los beneficiarios de mi arte, de modo que me encantó ser
iluminado, como si en una obra teatral apareciera de entre las sombras
el personaje más misterioso: el pasajero Picasso.
En
pleno proceso de mariposas en el estómago, boté el
cigarrillo, porque jamás entro fumando a vehículo
alguno. Abrí la puerta y se desató la primera señal
de mi caída estomacal e intestinal.
Vestía
sobretodo y una ropa de algodón, muy mal planchada, por cierto.
Los días de mal vestir, para mí, son en compensación
jornadas de orden y concierto.
Soy
bastante inmune al frío, mi calor interno es tal que no puede
lacerarme ni el más despiadado viento del norte. Pero en
ese momento el temblor en el estómago me hizo momentáneamente
vulnerable a la gélida brisa.
Por
eso deseé entrar en ese taxi, para compartir su calefacción.
Así mi pesado maletín de médico y me puse en
posición, no hubo llamada de confirmación. Al conductor
le extrañó que estuviese afuera.
-
¿Mr. Daffy?
-
Sí.
-
Móntese antes de congelarse.
Así
hice, en el asiento trasero. A diferencia de Nueva York, donde las
había visto, en New Orleans no había separación
entre el chofer y su cliente. Mi cuerpo se sumergía en una
marejada de escalofríos.
Al
cerrar la puerta y arrancar, recuperé el bienestar. Miré
los robles y abedules impregnados del perfume de la magnolia. En
invierno prevalecía un olor a leña fresca. El taxi
llevaba calefacción, pero el aroma penetraba y se disfrutaba
en toda su tibieza.
-
¿Qué le pasa, señor?
-
Me siento mal, he abusado del Gumbo y de los mariscos. Pero estaré
mejor...
-
Espero...
-
¿Cómo se llama, amigo?
-
Albert...
-
Lléveme hacia el French Quarter.
"Sí
-pensé- llévame hacia mi orgía nocturna de
piel y sangre."
Porque
gustaba pensar que yo corregía con furia las deficiencias
que la naturaleza añade -o le niega- a la gente. Quedó
grabada en mí una frase de la película "El Mago" de
Igmar Bergman, donde un moribundo borracho dice que ama el cuchillo,
"una hoja filosa para cortar las deficiencias".
De
modo que yo los lijaba, los recomponía como Picasso hasta
lograr las formas que la desquiciada Natura perdía. Lejos
de ese superficial mote (El Pasajero, The Passenger, luego Passie
popularmente), debí haber sido llamado El Escultor o, más
audazmente, el "Rehacedor" (The Remaker) o incluso Picasso o NeoPicasso,
uno que hacía cubismo anatómico.
Lamento
profundamente no haber enviado esa carta al Houston Chronicle en
1975, habría cimentado mi leyenda desde hace buen tiempo
y dádome un nombre que sólo después de mucha
hermenéutica la prensa especializada ha logrado interpretar.
Mi
última víctima antes del taxista sin nombre es un
ejemplo perfecto de esta evolución que daba mi carrera: un
gran deseo de ser leído en mi trabajo, un esfuerzo honesto
por revelarme en mi inevitable destino de hombre escondido. Bernard
Cox (extraño nombre), era un miserable.
Su
vida estaba entregada a la más abyecta ruindad: en los bares,
escapando un Vietnam que sus hermanos no eludieron, borracho con
cerveza, como un niño. Jugaba mal pool ¡ay, no! había
que destrozarlo. Un animal.
Quien
crea que pretendo justificar mi acto se equivoca: yo sé quien
soy. Lo sentencié y murió. Punto. Algún día
la vida me sentenciará, pero igual será el mismo castigo
que le otorga al más piadoso. Por eso sentencié a
Bernie. Porque era un asno y no comprendía estas cosas.
Recuerdo
la nota que envié a la policía (nunca fue publicada,
al menos correctamente):
"Me
bastó una hora para saber que era un malnacido. Si fuera
ustedes me descubriría, en uno o dos meses. Yo debería
ayudarlos con otros asesinos. Soy el más grande y no me simpatiza
la competencia. Quiero el monopolio del anatema. Quiero posicionarme
como el asesino en serie."
Le
dí, muy secamente, un leñazo en la parte posterior
del cráneo. No murió; quedó agonizante en el
asiento, embebiendo la gamuza de sangre. Yo, temblando de la excitación,
tomé mi alicate y un bisturí para formar la primera
imagen cubista. Labios distribuidos, frentes surcadas, orejas en
el centro de la cara.
Con
los ojos no jugué sino mucho tiempo después, hacia
principios de los ochenta, como doy fe. Mi obra es un perpetuo y,
yo diría, enfermizo deseo de que la gente entienda qué
quiero decir, aun cuando no sepan quién soy. He sido y soy,
un mensaje sin emisor.
Mi
sensibilidad es tan grande que nadie me creería, jamás,
la circunstancia insólita de que no soy malo. Mi discurso
es riguroso para probar que no soy un loco, pero incluso eso se
dudará cuando diga que mi problema es que he sido demasiado
bondadoso.
Esa
excesiva bondad era inspirada por el miedo, el terror más
cruento. Era mejor entregar la totalidad de nuestra existencia que
tener (¡no!) que enfrentar un conflicto, alguien que nos levantara
la voz. La bondad era un deseo de conciliar con todos, sobre todo,
es decir, aniquilar con agria lentitud la vida.
Eso
intenté decirlo al Chronicle, pero nada, caso omiso.
"Loco, insano, monstruo". Volvamos al taxista.
No
sé porqué, pero el hombre me irritó. Al principio
su distancia me gustó, su porte lejano, pero cuando empezó
a congeniar con esas estúpidas frases hechas, mi sangre empezó
a hervir. Saqué la pequeña botella y absorbí
el escocés con frenesí. Mi maletín pesaba cuatro
kilos.
Bien,
me bajé frente al hotel, maletín en mano. Entré.
Transité hasta el fondo y salí, por la puerta de atrás.
Estaba cerca de Decatur St. Penetré el sórdido callejón,
con su olor a orine seco, a madera del sur, hasta llegar a la indecible
pocilga donde guardaba mis cosas. Era necesario que fuera así.
Recogí
lo mío, tomé el camino de regreso, excepto en su último
codo, donde me desvié para no entrar de nuevo al hotel. Bordeé
la cuadra y entré al taxi desde atrás. El chofer estaba
descuidado, de modo que el timing fue perfecto para retomar
mi asiento trasero y colocar mi maletín.
Mi
intuición, para entonces, se había aguzado. Por eso
me siento un vampiro, porque percibo cosas. Por ejemplo, capté
claramente que aquel ingenuo me creía salido del hotel. La
trayectoria de allí en adelante fue conflictiva: un penoso
malestar creciente, una puntada muy aguda, como un sable que atravesaba
mis intestinos, comenzaba a penetrar, soltando alrededor escalofríos
que me hacían temblar y pear. ¡Qué desastre!
Pensé
que la brisa del Lago Ponchatrain me calmaría y que, en todo
caso, su largo bulevar me ofrecería el sosiego para darle
a mi cuerpo un estado neutro y luego desatar mi crescendo
y para transformar a ese otro Bernie en un arreglo floral.
Pero
frente a esa gran masa oscura de agua, frente al vaivén de
una pupila lunar amplia y tétrica, mi cuerpo se estremeció.
El mareo era insoportable, resultaba impensable salir y vomitar
en público. Las parejas pasaban y yo, allí adentro,
paralizado por el escalofrío.
Me
preguntaba, no obstante, qué horrorosa justicia aplicaría
a tan insigne John Doe que me conducía. A ratos ¿se podría
decir? incluso lo sentía agradable, poco dado a hacer preguntas,
práctico como todo hombre de esta nación... Su manejar
era suave y eso más mi expectativa de trabajo hacían
que me recuperara lentamente.
Puras
ilusiones, sin embargo. A medida que nos desplazamos por esas galerías
vegetales, el Gumbo en mi estómago hacía estragos.
Detuve el auto seis veces para vomitar. Ese acto repulsivo de "devolver"
al mundo lo que nos ha dado en tan excelsa y olorosa presentación
en forma de engendro podrido... me hacía devolver más.
Mientras más devolvía, quedando por segundos asfixiado,
tosiendo como un tísico, más deseaba volcar mi furia
contra el chofer.
En
el llamado Garden District le pedí detenernos en el amplio
Parque Audubon, que se veía brilloso bajo la luna. Allí
decidí acabar con todo. Nos bajamos y comencé a deambular.
Me hablaba, o trataba de hablarme, para recuperar la compostura,
para saber que vivía y que mi misión requería
fuerzas más allá de la falibilidad humana.
Desde
entonces poco recuerdo, excepto el deseo punzante de matar. Sólo
eso me estabilizaba ¡así sería el temblor... el temor
y temblor de Kierkegaard, el que sintió Abraham al disponerse
a sacrificar a Isaac! ¿Qué es Abraham, un héroe o
un asesino? Yo respondo: uno como yo, pero ingenuo.
Entonces
colapsé y aquel chofer llamado Albert me llevó cargado
al taxi. Otra vez camino a ninguna parte, le ordené a mi
conductor que se detuviera. Vi algunos claros en el camino, ideales
para salir o minimizar mi infierno. Sudaba frío, incluso
llegué a temer por mi vida. Al detenernos salí aparentando
normalidad, dejé el maletín. Me adentré en
la oscuridad de un largo callejón, deseando que me siguiera
para aplastarle alguna piedra en la cabeza, llenar su boca de trapos
y buscar mi preciosa caja de herramientas estéticas.
Localicé
una barra de hierro, oxidada, pero imponente. Lo esperé detrás
de una vuelta de esquina, el infeliz sureño me buscaba con
una generosidad que no comprendía. En ese momento pensé
que la noche recobraría su gloria. Apreté la barra,
sentí sus pasos y, al alzar mis brazos, una descarga eléctrica
exaltó mis nervios y mi estómago saltó como
el interior de un volcán.
En
ese momento sólo pude salir patéticamente con la barra
en la mano, buscando fuerzas para activarla. Fue penoso. Me vomité
encima, me retorcí del dolor, el frío comenzó
seriamente a entumecerme.
Al
despertar de ese colapso estaba en el auto, otra vez. Mi mareo vomitivo
flirteaba con la vigilia, o con el esfuerzo de la vigilia, ante
el miedo extremo a que este hijo de vecino me llevara a un hospital.
No tanto por mí sino, obviamente, por mi maletín.
Pensé nebulosamente que podría simplemente bajarme
pero en pocos minutos la orden "¡detén el vehículo!"
era para una devolución engéndrica... Estaba a merced
de una gravedad infalible: el peso del cuerpo cuando se desploma
¿sería un mensaje, una metáfora para mi arte?
Albert,
un poco confuso él mismo, se detuvo frente a un local de
jazz y, no sé por qué vesánica circunstancia,
lo convidé a bajarnos. Quizá pensé que sería
mejor vomitar en un baño.
El
ambiente era ruidoso, humeante y el olor a cerveza y escocés
barato terminaron por alborotar mis náuseas. Fui al baño
y vomité. Mi taxista, obstinado -supongo- me siguió,
tomóme por un brazo y quiso sacarme a la fuerza. Claro, el
muy imbécil no notó que mi maletín yacía
en el suelo y que lo dejábamos atrás.
Entonces
me abalancé sobre él con la poca fuerza que tenía.
Intenté impulsiva y divagatóriamente ahorcarlo. Logré,
al menos, conectarle un buen golpe a la cara y derramar su vaso
de maloliente cerveza que había comprado. El hombre, mil
veces más fuerte que yo en ese instante, me sacudió
contra la pared y me sacó de ese lugar con violencia y no
sin antes arrastrar el maletín consigo. Yo pensé:
"Sí, Jesús, carga tu propia cruz".
En
el carro:
-
Ahora sí lo llevo a un hospital, usted está mal...
-
No, esta vez, le prometo Albert, me recupero, sólo deme un
paseo y disculpe por el golpe, estoy un poco abrumado y no sabía
que era usted -eso lo dije con un esfuerzo terrible por parecer
sincero.
Luego,
más americano aún:
-
Tendrá la propina de su vida, pero por favor déjese
de tonterías. Lléveme a un sitio cerca del río,
permítame tomar aire y luego déjeme botado en una
dirección que le daré. Perdone todas las molestias.
A
esas alturas estaba yo impregnado de vómito, muy sucio...
el maletín seguía allí, afortunadamente. Decidí
dar el finiquito en la rivera del Mississippi. Llegamos a la marginal
calle Magazine, con sus barriadas negras miserables, con casas de
madera cruzadas por vías férreas.
Nos
detuvimos en un banco de césped que, al cruzarse, conduce
a un trecho solitario del gran Mississippi. El hombre salió
muy rápido, a orinar, supongo. Yo acumulaba fuerzas, me resultaba
insoportable perder el tiempo de esa manera y sobre todo la última
oportunidad real de divertirme aquella noche. Abrí mi maletín
y saqué un puñal, muy efectivo en el pasado y participante
en el festín de Bernie.
Lo
empuñé y ya todo terminó. Tenía la puerta
abierta y Albert se acercaba. Ese hombre ahora era un monstruo para
mí. A todas estas nunca entendí cómo no se
daba cuenta. Forcejeó para quitarme el cuchillo. Yo tomé
una decisión, triste, pero ya incambiable.
Como
artista he de aceptar el fracaso cuando se presenta. Éste
era un bloque de mármol que rehusaba ser cincelado, un lienzo
impintable. Mi único consuelo era el futuro, la oportunidad
de volver y liquidarlo. Ya sabía dónde trabajaba,
encontrarlo no sería difícil.
Le
dije que me llevara a un hospital. Cuando giró para abordar
el carro, abrí la puerta, así el maletín y
emprendí una loca carrera hacia la oscuridad. Mi terror consistía
en que me persiguiera, cosa que nunca supe si ocurrió. Mi
miedo aumentaba, corriendo frenéticamente a través
de las altas hierbas ribereñas... sentía que pronto
sucumbiría y caería desmayado. ¿Qué pasa si
me consigue y lleva al hospital? ¿O si, me quita la vida? ¿Me deshago
del maletín?
En
efecto, me desboqué inconsciente a una vereda del río
y allí dormí hasta el día siguiente, cuando
me recuperé y pude llegar de alguna forma a la desvencijada
habitación. Tuve terribles pesadillas: aquel taxista era,
para mí, como yo he sido para mis víctimas.
Dejé
a Albert para después, esa tarde me fui en un Greyhound hacia
Missouri, donde resurgiría mi gloria con el caso de Bertha
Lowenstein, la primera fémina que recompuse". Registré
mucho y nunca encontré un paquete de billetes que tenía
en el bolsillo. Bueno, propina para un futuro cadáver prematuro..."
(Fin
del texto).
El
relato sigue, pero la copia fotostática llega hasta ahí.
Albert cierra los folios. Aunque al terminar de leer conversa mucho
con los policías y éstos toman abundantes notas, el
regreso a casa, en el asiento trasero del auto, es particularmente
silencioso.
-
Algún día el sirviente será rey... -piensa
una y otra vez.
Está
desesperado de llegar y contárselo todo a Audrey.
Eso
le hará ver que ese día, por fin y verdaderamente,
había pasado algo.
Vuelta
a La rebelión de los espejos
Vuelta
a Fernando Núñez Noda
|