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Vuelta
a
La rebelión de los espejos
Vuelta
a
Fernando Núñez Noda |
La
Rebelión de los espejos
Fernando Núñez
Noda
MÚSICA
DE ENTRECRÁNEO
I.
Las mejores melodías vienen poco a poco. Se liberan suavemente,
sin que sea posible forzarlas. Yo produzco música continuamente,
les diré, la oigo ahora, por ejemplo, y me deleita. ¿Que
no la podéis oír? Bueno, quizá no exactamente
ya, pero es algo que vendrá si Dios quiere. En mi
caso es cuestión de práctica, también. ¡Oh...,
qué melodía! Dulce tersura, tonada que se cuela por
mis arterias.
Incluso
sin que funcione ese gramófono de fondo en el cerebelo, que
se activa a cada instante como guiado por una mano interna, incluso
sin eso, el telón de atrás, la radiación musical
de fondo permanece cuando mi mente enhebra y últimamente
cuando mi corazón ama, como ahora, frente al gran patio de
la Casa de los Amigos o, lo que es mejor, cuando estoy descuidado,
que es casi siempre.
Todo
el tiempo una música retumba en esa bóveda, hogar
de Eco: súbitamente una percusión sin fin, las mil
canciones que he escuchado, así como melodías que
uno compone a fuerza de repetir patrones sonoros, por años
y a veces improvisaciones, que surgen en el momento y luego se olvidan
para siempre.
Cada
segundo vibra una armonía en mi masa cerebral, en mi materia
gris o en las membranas nasales, contagiando de ritmo mi espíritu
y haciendo que los actos heterogéneos, casuales o no, tengan
una especie de compás, de ilación dinámica
que hace presuponer un Destino, aunque no lo haya.
Cuando
la música se hace ubicua en el pensamiento, cuando se posesiona
del mismísimo espacio interno, entonces decimos que nuestra
vida, si se edita adecuadamente, puede tener una progresión
dramática.
La
música ocurre siempre pero no siempre se escucha. El agite
de la vida, la esclavitud de la culpa, la angustia del futuro o
simplemente el descuido, son circunstancias que nos hacen sordos
a la ubicua melodía. Luego, cuando no lo imaginamos, ella
surge como quien sube el volumen de un estéreo.
Ahora
¿cómo es eso? dirá usted. ¿Música? ¿Movimiento
vibratorio del tímpano e incluso representación mental
de la misma? ¿Me está usted hablando de música?
-Sí.
Este
sonido armonizado se manifiesta de diversas formas, de acuerdo con
los instrumentos y las pulsaciones espirituales que las produzcan.
Nunca lo mental y lo físico produjeron tal sinergia, os digo,
de eso pueden estar seguros.
Cuando
estoy nervioso, por decir algo, para no mover excesivamente el pie,
descargo energía con solos de batería "de lengua".
Una ocasión deliciosa se acompasa con un cuarteto de cuerdas
en la laringe. Los momento que llamo "griegos" van bien con un delicado
soplo de entredientes emulando platillos. A veces la situación
requiere un retumbe de tambores, ello es, aire que golpea el cielo
de la boca.
Más
allá -más adentro- la filarmónica completa
hace sonar todos los instrumentos con el orgánico
arsenal que guardamos en la cabeza. Más sorprendente aún
es la orquesta total que la mente es capaz de ejecutar sin que,
en efecto, nada vibre. Éste es un verdadero milagro de la
reconstrucción: música etérea, hecha de puro
pensamiento.
II.
Nadie me cree.
Por
eso estoy aquí, en la Casa de los Amigos, lugar donde he
encontrado la mayor cantidad de personas que me creen.
Ahora
¿cómo hago para producir física o etéreamente
esa música? ¿Cómo y por qué la oigo? Bien,
para eso os haré una gira (o como dicen ahora, robado de
los galos, un tour) por el teatro intracraneal, donde nace
y se exacerba este milagro eólico.
La
fábrica de melodías incluye principalmente la cara
y sus órganos del gusto, así como aquellos sub-sistemas
dedicados al intercambio de aire. Intervienen la boca: lengua y
cielo. La tráquea: las cuerdas vocales y aquella indecible
región donde lo nasal y lo bucal confluyen. El sentido auditivo
y su entera cadena de huesecillos también están involucrados.
Instrumento
fundamental es el tímpano, verdadero convertidor de vibraciones
en pensamiento. Todo temblor óseo o muscular halla en el
tímpano su centro vital, su imán. Para efectos musicales,
los pulmones se comunican con el cerebro vía tímpano.
Yendo
más allá, el tímpano es el auténtico
representante de los presentimientos, de esas sensaciones súbitas
de profunda comprensión que son mensajes que envía
el propio espíritu, mensajes hechos de casi imperceptibles
vibraciones, que el tímpano amplifica y distribuye, vía
piel.
Una
exacerbación del tímpano puede ser aniquiladora en
el sentido de un rock estridente, pero sublime e incluso
necesaria en otros momentos. El estómago es oído por
el tímpano, los intestinos también y, sobre todo,
el corazón. Bueno, el mío está roto y no es
para menos. Aunque guardo esperanzas, lo cual significa que no está
irremisiblemente roto.
Las
combinaciones que se pueden hacer con todos los sistemas orquestales
y el tímpano son vastas (debo pensar sin pausa para no recordar
la rotura), sobre todo cuando interviene la sensación táctil
interna, que le da una tridimensionalidad física a la música
de entrecráneo. Eso significa que el tímpano es capaz
de amplificar el estremecimiento interno de huesos y tejidos, el
batir de las pestañas, un corrientazo en las paredes del
estómago.
Ja,
ja. Perdonen la risa, pero es que me imagino a usted haciéndose
la pregunta: "¿Qué dice éste?". Y yo replico: música,
emulación de sinfonías mozartianas o largas repeticiones
de coros afrolatinos, no importa qué sino que ocurra. Aquí
la abundancia es bienvenida, porque debe llenar absolutamente todos
los momentos de la vida. Incluso el sueño.
Ja.
Soy como una estación de televisión, o una emisora
de radio, que emite información veinticuatro horas al día.
En mi caso, es música, a veces cantada, casi siempre no,
indetenible, a veces -lo confieso- no bienvenida, pero producida
bajo el imperio de una necesidad. De algo que soy yo.
El
sistema nasal es, a la vez, una orquesta de viento y un amplificador.
La lengua, sacudida como un látigo pero inmovilizada ipso
facto genera un golpe de batería. Las distancias entre
estos golpes, así como las variaciones de intensidad de los
mismos crean virtualmente cualquier ritmo, toda vez que son limitados
en sus patrones esenciales y se complementan con el choque -yo diría
castañeo- de los dientes. Puedo tocar jazz, blues y rock
and roll al combinar esta batería con el bajo nasal.
Para
vuestra sorpresa os digo que puedo hacer sonar golpes simultáneos
de batería y si necesito apoyo, mis dientes producen un límpido
aunque limitado rango de repiques de tambor. Estoy cubierto en la
percusión: el bajo son la nariz y la acústica del
oído interno. La batería es esa combinación
de lengua latigosa con dientes que castañean como movidos
por gélido clima.
El
instrumento más impactante es el respirón,
el acto de inhalar haciendo que vibren las mejillas, aunque muy,
muy suavemente.
Yo
empecé, entonces, por una consecuencia musical, una degeneración,
dirían muchos. El blues, el jazz y rock me parecían
géneros perfectos para el desarrollo de percusión.
El blues es un gran minimalismo, una reducción a lo básico,
por eso se resuelve con un golpeteo de tuntún tuntún
sobre el muslo, algo rápido. El bajo es fácil pero
la armónica no tanto. Se logra cerrando mucho la boca, pero
no como un agujero concéntrico, sino como una ranura de apertura
muy pequeña. Ese cerrar y abrir, por medio de la vibración
eólica de la comisura de los labios, junto a un aire exhalado
que suena a combinaciones de "u" (u, ua, iua), es una armónica.
El
jazz es más orquestal, pero en general no puede prescindir
de los platillos, que como generan un sonido de "chi", agudo, hace
mucho ruido aunque esté solo.
Si
me pongo a ver, la necesidad de producir sonidos armonizados -esa
bendición y esa condena, a la vez- me obliga a colocar automáticamente
largos, larguísimos estribillos y ritmos de batería
y bajo que duran horas y horas, mientras otras cosas hago, mientras
hablo, mientras duermo, lo que sea.
El
problema con la percusión es simple y Louis Armstrong lo
entendería al instante: me quedo sin capacidad para emular
la guitarra y el piano. La primera es lengua haciendo tarán
(o trán). El segundo es también nasal,
tarán linguístico y campaneo del cielo de la
boca transformado en improvisada "bóveda".
Pero
no puedo tocar los dos sistemas musicales (percusión y cuerdas)
a la vez. Mis capacidades aérea, muscular y adiposa no dan
para eso. De modo que imagino. Todo lo que no puedo tocar físicamente
lo imagino. Me imagino tocándolo.
Si
por medio de mis músculos organizo las vibraciones eólicas
u óseas, es por medio de mi imaginación que lleno
la galería con la música que no puedo tocar. El efecto
es sorprendente: una sola canción, simultánea y a
veces más ruidosa en el lado estrictamente imaginario, hace
que mi saco de átomos, entero, se sacuda, se transporte,
se separe del alma y deje llegar ese espíritu al paraíso
de los músicos, donde -se los juro- veo a Bach y al campesino
joropero, discutiendo precisamente de coplas.
No
sé porqué, pero siempre me imagino el cielo de los
músicos como un bar. Alguien inventó un malévolo
concurso: un genio musical saca un papel del sombrero de copa, allí
está escrito un género musical completamente nuevo.
A Mozart le toca un rock sinfónico; a Wagner un joropo aragueño
y a Dvorak una salsa.
No
me puedo imaginar la tertulia de Amadeus con Roger Waters. Ni la
teutona disquisición con Simón Díaz. Menos
la del genial checo con Héctor Lavoe.
-
Su pieza "Tiempo" de El Lado Oscuro de la Luna es original y tan
irónica. Sin embargo, le he hecho unos pequeños arreglos:
la dividí en tres secuencias, luego toqué cada una
al revés en dos tempos distintos.
-
Mire señor Ricardo, usted me está poniendo esa copla
demasiado espectacular.
-
No sé cómo armonizar el cuarteto de cuerdas con la
frase: "y nos vamo´al bembé".
Bueno,
estos divertimentos, imaginerías que me hacen divagar y olvidar
un poco mi dulcinea, mujer que cura heridas físicas pero
no espirituales, me distraen un poco aquí con mi bata de
baño, cruzada, sentado estoy y ya miro una estrella, a lo
lejos.
III.
Mis días en la Casa de los Amigos no siempre son felices.
De hecho, los caracteriza una cruel monotonía y los acontecimientos
relevantes implican el dolor de alguien. Mis compañeros son
solidarios, pero también pasan mucho tiempo ellos mismos,
dentro de sí mismos, escuchando su música esférica.
Tengo
dos días sin ver a Eurídice. Su perfil puntiagudo,
sus labios carnosos, como un corazón girado a la mitad.
Cuando
la vi entrar por primera vez a la Casa estallaron mil violines.
Suena cursi, digamos, demodè. Pero así fue,
el violento y seco choque de miles de cuerdas vibrando en la inmensidad,
dejadas en libre faena de deshacerse, para fundirse con el silencio
vibratorio de su paso. Las flautas comenzaron mucho después,
cuando penetró el caserón.
(La
Casa de los Amigos se divide en dos partes: el caserón y
lo demás.)
Me
gusta estar en lo demás: amplio patio y un paisaje
sin igual al frente, montañas nudosas y azules de la Cordillera
de la Costa, en este lado del mar. Siempre he sabido que Eurídice
es del mar, de la llanura que muere en las olas. ¡Ah, las olas,
las formas del universo, las ondas musicales de Pitágoras!
Formas,
que se solidifican en su torso, por ejemplo. Yo no puedo mirar su
perfil sin deslizar un dedo imaginario por las curvas que la separan
de la tarde y ese recorrido de mi índice ocurre como un solo
de cello. No se porqué, pero es así. Cuando se acerca,
a veces son tambores que laten en mi corazón o como gritos
lejanos que rebotan en mis paredes internas.
El
amor llena mis galerías con una música que fluye
sola, por sí misma, no necesita premeditación.
Pienso en otra cosa pero allí está. No me necesita,
la música.
Y
parece que ella tampoco. La otra. A quien llamo Eurídice.
Porque ella tiene otro nombre, un nombre falso con el que se burlan
de mí, porque la llaman así para que yo olvide esa
palabra original. De hecho, lo hago a cada instante y para mí
ya no tiene sentido otra cosa que Eurídice.
El
problema, lo diré, es que alguien, aquí, en la mismísima
Casa de los Amigos, le ha robado a mi amada mujer de blanco su sentido
más precioso. Es decir, no precioso en sí mismo, sino
en relación con mi exclusiva forma desbocada de expresar
mi totalidad. No sé porqué, pero como no me oye nuestro
amor atraviesa momentos tormentosos, al menos para mí. Antes
mis flautas llamaban su atención a muchos metros de distancia,
cuando sostenía esas extrañas piezas que yo me imagino
instrumentos musicales de mímica.
Se
acercaba, yo le hablaba de mis temas habituales: el bar de los músicos
muertos y cosas así, ella me acariciaba el pelo, me escrutaba,
quería saber tanto de mí. Ahora no, ahora pasa de
largo, dedica tanto tiempo a los otros, los celos (que aunque no
lo crean son cellos) me incineran por dentro.
No
sé qué pasa, repito. Yo la afronto, sin mirarnos,
pero ejecuto despacio y noble, como un largo suspiro que busca atrapar,
frenar ese caminar incesante. No hay eco. Luego voy más largo
que despacio, como un adagio o entre adagio y andante o moderato
o alegretto... A veces espeto los solos de trombón, libero
a Armstrong, a Von Karajan, a toda esa gente, Amadeus viene en mi
ayuda, sacudo el botiquín de los músicos: Dvorak,
borracho, me dice que no puede porque está ocupado.
A
veces he pensado que puede ser cera, creo incluso haberlos visto:
pequeños tapones de cera. Esa es una circunstancia que explicaría
muchos momentos... de incomprensión, de una mirada fugaz,
como indagando cuál es la motivación real del aria
de Rossini cuando ocurre en mis adentros y se proyecta al afuera.
Antes podía, ahora no puedo. Sin embargo, estoy en la Casa
de los Amigos ¿por qué no habré de poder?
Les
narraré esta imagen patética: ella entra, majestuosa,
de blanco velo ajustado, con sus instrumentos, yo me le acerco,
soy su sombra momentánea y toco con toda la orquesta, con
las cuerdas bucales y las imaginativas, las bato salvajemente, desato
los coros de cientos de voces que gritan mi hastío y Eurídice
no los oye. Me acerco más y nada. La Casa de los Amigos tiene
largos corredores. Llega el final de recorrido, ella sigue, yo me
detengo, aquí termina mi mundo.
Otra
noche sin entender, componiendo la próxima melodía.
Quizá mañana si penetre esa concha de silencio y de
distancia. Por ahora me voy porque veo a mis amigos, uno por uno,
ser gentilmente conducidos por los de blanco hacia el "ala norte".
Nos vamos a dormir y a soñar con el afuera.
Y
yo con mi melodioso tormento.
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