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Vuelta
a
Fernando Núñez Noda
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Un
cuento de la obra inédita
Otro inquilino de Plaza Odot
de Fernando Núñez Noda
LONGA ESTONIA
1.
PRÓLOGO
Longa
Estonia es una extravagancia de los ricos de la capital. Su entorno
es cautivador, una frondosa falda de la Cordillera de la Costa bañada
por el Caribe en cuya cumbre se abre un espectáculo de mar
y horizonte panorámicos. Imaginen, solamente, la redondez
del mundo. Digo extravagancia porque Longa Estonia está a
120 km de la gran ciudad y a 14 km de la población más
cercana, Maruto (pob. 5.500 habitantes), que no es decir mucho.
Uno llega -usualmente por el oeste- sobre una delgada carretera
susceptible de deslizamientos y, a veces, de mar de levas que la
llenan de arena y piedras. Encima, cada tantos años, hay
deslaves que sepultan largos trechos limpiados por las autoridades
con demasiada parsimonia. Por el este el camino (si se puede llamar
así) sólo es apto para los autos rústicos muy
resistentes, las bestias o a pie. El caserío más aproximado
hacia estos lares es Churitapo (pob. 425) a 28 km. No obstante,
desde siempre ha habido atracadero de botes y yates. También
se inauguró un servicio de traslado desde el Puerto de Guarimba
hasta Longa Estonia, que permitía dejar los autos a buen
resguardo y navegar 90 minutos hasta la colina vacacional. Como
ven, es un lugar aislado, a veces de complejo acceso, aunque fascinante
para los amantes del mar y la naturaleza.
La
larga colina de Longa Estonia era propiedad (junto a las montañas
circundantes) de una adinerada familia, banqueros mayormente. La
colina era apenas uno de los múltiples salientes de las faldas
de la cordillera costeña, que desembocaban en vastas y arenosas
playas. Al lado del muelle está Playa Lisa, una hermosa franja
de olas gentiles, oficialmente “la playa de Longa Estonia”.
Hacia la entrada oeste, más costas pedrosas y escondidas,
con largos y oscuros acantilados. Hacia el este, como a dos kilómetros,
una serie de ríos que desembocaban en el mar formaban múltiples
pozos y cascadas. En su momento de mayor crecimiento, Longa Estonia
tuvo más de 20 casas y seis edificios, algunos hasta de 50
apartamentos cada uno. Tenía su planta de agua, electricidad,
no había teléfonos y al final instalaron uno en 1965,
en la cabina de vigilancia y luego en las casas de los más
adinerados.
Dentro
de las quintas o conjuntos residenciales había todo lo que
se necesitaba para el ocio costero: piscinas, gimnasios, áreas
de juego, jardines, bohíos, mesas de ping—pong. Y,
por supuesto, abajo estaba la playa. Los temporadistas se bronceaban,
nadaban, esquiaban, navegaban, buceaban, hacían excursiones
con fogatas, se bañaban en los pozos y, en fin, todo un amplio
menú de delicias tropicales.
El
abuelo de mi amigo Guillermo Alberto Galíndez Santoro logró,
a costa de un préstamo y el resto de sus ahorros, comprar
un apartamento en las Residencias Malecón—Arrecife,
en el centro físico de Longa Estonia, en la terraza urbanizada
más alta. Le encantaba ir con su esposa, su hija mayor (la
mamá de Guillermo) y la menor, la tía Clarita y, a
veces, algunos familiares o amigos. En temporadas “altas”
(carnaval, Semana Santa) Facundo Santoro no se perdía un
“longaestoniazo”, como lo llamaba, aunque posteriormente
prefería el apartamento en temporadas solitarias, cuando
había apenas uno que otro reclusivo, jubilado o las muy pocas
personas que vivían allí.
El
abuelo de Guillermo murió hace unos meses y le contó
a su nieto dos historias de Longa Estonia sobre cuya veracidad no
sé qué pensar. Antes de partir hacia esa misteriosa
colina y rompiendo la promesa de secreto al abuelo, Guille me confió
tales episodios, de los cuales doy testimonio a continuación
mientras preparo un bolso y un morral para irme.
2. EL ESTANQUE DE LAS GOLONDRINAS
En
mil novecientos sesenta y tantos Facundo Santoro disfrutaba del
apartamento playero. Abajo había un gran terreno engramado,
con caminerías, columpios, bohíos en las esquinas,
duchas y baños, y en el centro una gigantesca piscina en
forma de bacteria, doblada hacia un lado y con una punta más
ancha que otra. Su esposa y las niñas habían subido
a cambiarse y ayudar en la merienda. El abuelo de Guillermo quedóse
un rato a orilla de la piscina, en la silla de extensión.
Le
encantaba contemplar una fascinante y extraña danza que ejecutaban
las golondrinas en esa piscina. Volaban desde todos los puntos en
líneas curvadas y confluían en lugares distintos de
la superficie, marcando con sus picos cortas y circulares líneas,
momentáneas, devueltas luego al oscilar del agua. Al rato
se retiraban y entonces venía un solo pájaro que trazaba
una ruta aérea y pronto lo seguían dos, cinco, quince
golondrinas. Las rutas variaban ligeramente, poco a poco, se ensanchaban
o achicaban, las aves hacían cabriolas a una velocidad de
vértigo entre los cocoteros. En la superficie clorídea
dibujaban todo tipo de pequeñas líneas. Un vecino,
de paso, le hizo un comentario extraño. “Las golondrinas
son estacionales, viajan de norte a sur y viceversa pero a mí
me parece que aquí están todo el año”.
Su esposa bromeó: “Es que se pierden, Juan Carlos,
por eso se quedan más de lo debido”. Rieron y se despidieron,
quizá para verse más tarde y conversar a la luz de
la luna.
Facundo
quedóse unos minutos contemplando esa bella coreografía
pajaril: la masa acuática cruzada por decenas de trazos,
de cortes salpicantes, precisos pero siempre distintos. Pensó
que tomaban agua, pero Juan Carlos le explicó que principalmente
cazaban insectos gravitantes a ras de la alberca... Posó
su cabeza en la silla de extensión y la delicia del lugar
lo invitó a dormitar. Al despertar contempló, del
otro lado de la piscina, a un extraño individuo, como ajeno
pero ensimismado. Era inmenso, de dos metros de altura, flaco pero
de ancho tórax, rojizo, semicalvo. Tenía una tabla
y papeles sobre los cuales anotaba mientras observaba las golondrinas
cruzar el agua con sus piquitos. Estaba tan absorto que no advertía
a los muchachitos que le pasaban al lado echándose agua entre
sí. Uno falló el “tobazo” y le mojó
una manga del pantalón. El hombre permaneció impávido,
sin perder detalle de los pájaros. El abuelo de Guille se
figuró que era un ornitólogo o algo por el estilo
y no se incorporó a preguntarle, no por falta de curiosidad
(el abuelo era famoso por su facilidad de abordaje) sino porque
la tela de la silla, las palmeras, los muchos pliegos del agua lo
atrapaban grácilmente... Cerró los ojos para retomar
el descanso y al abrirlos el individuo no estaba.
Un
par de años después, olvidado ya el larguirucho anotador,
se hallaba en el mismo escenario, esta vez en el bohío al
este. Malecón-Arrecife estaba íngrimo y solo. Facundo
jugaba con Clarita cuando observó a lo lejos una monja de
muy baja estatura con lentes oscuros, sin expresión, como
una máscara moldeada exclusivamente para un trabajo. A cada
dos o tres punzadas de las golondrinas, ella metía pelotas
de estos o aquellos colores en unas u otras bolsas, junto a arreglos
y rearreglos de una especie de rosario. El abuelo de Guille se acercó
con su “sonrisa rompe—hielos”, pero la mujer recogió
sus cosas y se marchó.
Dada la memoria volátil de Facundo José Santoro, hubiera
dejado el asunto hasta allí de no encontrarse apenas al día
siguiente con un personaje parecido a Don Quijote, delgado, con
barba y bigote, de frente amplia pero melenudo, hasta el cuello
de negro. Miraba con binoculares el paso de las golondrinas desde
el montículo noreste. El abuelo de Guille lo abordó
tan rápido cual pudo, mas Don Quijote también empacó
rápido y “puso pies en polvorosas”.
—
Amigo, disculpe, qué tiene de interesante cómo las
golondrinas cazan insectos en el agua de una piscina –le dijo
al trote.
El
personaje debatió internamente si contestarle, pero al final,
con ojos chispeantes, fue parco:
—
No son las ni una, sino éstas y ésa –dijo señalando
con sus ojos la piscina—. Y no cazan insectos, sino toman
agua.
—
Pero ¿son estudios, zoología..?
—
No lo sabemos, todavía. Verá gente. Por favor no las
moleste. No hable con nadie al respecto.
Ciertamente
vio gente, unas cuatro o cinco personas por espacio de dos o tres
años y las dejó tranquilas, tanto que lo olvidaba
y trataba infructuosamente de develar algo de la conducta de los
pájaros por sí mismo. Nadie más se daba cuenta.
Las personas que llegaban eran demasiado discretas y sistemáticas,
concentradas en algún tipo de observación y registro
de este espectáculo de precisión voladora y acuática.
Sobre la naturaleza, el entretelón y los fines de esos visitantes
(imaginen a cuántos jamás vio) no indagó excepto
en su propia mente, a ver si su sola razón podía darle
algo.
Y
como “el sueño de la razón produce monstruos”,
Facundo fue visitado por sus propias monstruosidades. La monja está
de espaldas y cuando la aborda es una Medusa desdentada y derretida.
Se sacude ligeramente en la silla extendida, ahora se acerca Don
Quijote y le dice que la piscina es la vida y las golondrinas el
tiempo, “que se lleva poco a poco lo que sois”. Se siente
débil de súbito y los pájaros, escasos al principio,
ahora son centenares que cubren la alberca y la vacían. Al
final quedan atascados, como globos llenos de agua, en el hueco
seco y agrietado que antes era el estanque.
Abrió
los párpados. Las golondrinas volaban sobre y alrededor de
él. El acto acrobático no se detenía por su
presencia, las voladoras eludían grácil y adaptativamente
cualquier curva de su cuerpo o de sus cosas. Si levantaba la rodilla,
la distancia con los acróbatas aéreos se ajustaba
sobre la marcha. Viró la mirada y allí estaba un monje
budista, del otro lado de la piscina, en posición de loto
que entintaba un pincel y hacía trazos en diversos pergaminos.
Se estrujó los ojos y al enfocar la imagen notó un
pequeño bolso de piel que colgaba de su hombro, con más
brochas, tintas y pergaminos desbordantes. Esta vez ya no pudo más
Facundo Santoro y trotó hacia el sacerdote, quien nerviosamente
se incorporó y aprestó a irse.
—
Espere por favor por qué estudian el vuelo de las golondrinas
es aquí o es en cualquier lugar o sólo “éstas”
y “ésa”...
El
monje comenzaba a asustarse. Jadeaba quedamente. Se escabulló
y prosiguió una escapada fácil de alcanzar (era bastante
anciano). “Sólo contésteme, sentémonos
a hablar un par de minutos.” El señor nada decía
y proseguía su huída. Desesperado de esa persecución
en cámara lenta, el abuelo de Guille le cerró el paso.
El monje profirió unas palabras inentendibles, acaso en chino.
Varios pergaminos volaron al suelo. El anciano los recogió
como pudo y forcejearon por el último. Con un tirón
el abuelo de Guille quedóse con casi todo y el monje apenas
con una esquinita. Sus gritos habían alertado a un chofer
o guardia que corría hacia Facundo, pero a tal distancia
que le dio tiempo de escapar con el tesoro.
Esa
tarde, bajo la excusa de un fuerte dolor de estómago, volvieron
a la capital (Facundo estaba muy asustado que lo buscaran en Malecón-Arrecife).
Ya en casa detalló la pieza: pergamino moderno con trazos
de tinta, líneas de distintos grosores cruzadas en múltiples
formas. No era una representación figurativa de los trazos,
sino una interpretación, porque las curvas hacían
espirales o se subdividían hacia atrás. Gastó
largas horas tratando de extraer un patrón, un dibujo, pero
sintió que era inútil.
Acudió
a un pariente matemático y geómetra, le solicitó
casi formalmente la mayor confidencialidad y le entregó el
pergamino. Pasaron semanas que nada arrojaron, ni una llamada, hasta
que en una reunión familiar Wenceslao (trajo el pergamino
escondido en una bolsa) urgió a Facundo a hablar a solas.
En un estudio, bajo llaves, le dijo que al analizarlos no obtuvo
valores fuera de lo común o relaciones curiosas. Obstinado,
alimentó las curvas en una computadora mainframe de procesadores
paralelos (hoy equivalente a mi obsoleta portátil) y las
transformó en ecuaciones. Esas ecuaciones las envió
por correo expreso a su alma mater en Europa, a ver qué le
contestaban. La respuesta, a los varios días, fue ésta
(sacó un documento membreteado, varias veces doblado): “Sus
ecuaciones han generado mucho interés. Casualmente uno de
nuestros catedráticos ha participado en investigación
aeroespacial y nos ha revelado cosas muy sorprendente de esos guarismos.
Primero, sin duda, son curvas de Lie, un tipo de representación
multidimensional de la energía en movimiento cuántico.
Ahora, no se comportan enteramente como curvas de Lie, ya que ocurre
una perturbación muy curiosa que genera patrones fractales
donde debería haber sucesiones completamente predefinidas.
Lo importante aquí es que, sin duda, ésta es la fracción
infinitesimal de una macrofórmula, que desdobla las curvas
de Lie en una polidimensionalidad nueva, desconocida y nos sumerge
en un campo de vital importancia para entender la energía
y el espacio—tiempo. La Universidad nos ha autorizado a proponerle
una reunión, en su país o en el nuestro, bajo nuestros
costos, para discutir esta extraña y enigmática pieza
de geometría espacio—temporal cuántica. Por
favor, hagámoslo sin perder tiempo”.
—
¿Qué quiere decir todo esto? –inquirió
desesperado Facundo Santoro.
—
No lo sé muy bien, las curvas de Lie son un terreno muy nuevo,
pero aparentemente éstas en particular están sometidas
a una deformación o distorsión tan grandes que presuponen
un nuevo sistema matemático o físico. No sé
más, excepto que este pergamino parece ser un átomo
en un tejido millones de veces mayor.
—
La verdad es que –y perdona— quedo en la misma.
—
Y yo también. Sin más información, haríamos
el ridículo ante esos catedráticos.
Los
observadores parecieron cambiar sus métodos. Vio varios desde
ventanas de edificios circundantes. Juró que algunos invitados
tomaban notas, pero cómo increparlos, cómo estar seguro...
Visitó
la máxima autoridad budista de la capital y le llevó
el pergamino (sin revelarle su origen, simplemente decía
que lo halló en una biblioteca y quería saber su naturaleza).
El anciano benévolo y pausado pidió unos días
para estudiarlo. Cumplido el plazo comentó:
“Los
trazos marcan un mapa mental, pero no humano, sino sagrado. Alguien
está develando cosas muy importantes pero sobrecogedoras.
La pequeña fracción que nos entregó parece
describir una separación de capas, un desmembramiento en
el tejido de algo, frágil y fuerte a la vez, podríamos
decir: la prolongación calamitosa de una realidad. Pero requiero
muchos más trazos para hacerme siquiera una idea inicial.
Perdone mi curiosidad, no tienen que responderme pero ¿de
dónde salió esta información? Es perentorio
hallar el resto.”
El
dictamen los dejó más ansiosos y frustrados. De tanto
no ver más a los anotadores, creo que el abuelo de Guille
incluso alucinó algunas cosas francamente risibles (dicho
por él mismo): le pareció que mientras la bandada
de golondrinas dibujaba mapas mentales en supra—curvas de
Lie, una en particular, posada en la rama de un cocotero, observaba
muy cuidadosamente moviendo su puntiaguda cabecita. Graznaba para
sí misma y luego volaba hacia algún registrador, que
la esperaba en las montañas o a muchos kilómetros
de allí para “contarle” todo. “Ellas mismas
anotan”, y se reía. Luego terminó por pensar
que la información ya había sido recogida o se había
mudado para otras piscinas. Los pájaros seguían haciendo
las trazas, pero no parecía haber quien anotara o no los
veía.
Fue
inevitable involucrar a otros. La conserje del edificio, una mujer
discreta, veía cada cosa en ese edificio y no hacía
la menor alusión. Parecía ser buena con los secretos.
El abuelo de Guille la interrogó con guantes de seda, pero
no hacía falta porque Doña Muti sabía más
de todo aquello que él.
—
Me han pagado buen dinero para que me calle, pero –en verdad—
yo misma estoy desesperada de saber algo, todo ha sido tan raro.
—
¿Han vuelto los observadores?
—
Sí, pero con mil mañas para no coincidir con usted
o para burlarlo. Comensales en el restauran [dominguero del bohío]
o reparadores de las tuberías, la gente que anota siempre
está allí. Adquirieron un apartamento... Han venido
como seis.
—
¿Qué más sabe?
—
Nada, excepto esto... venga.
Lo
llevó al extremo noroeste, una plataforma enrejada sobre
un acantilado, que recibe de frente un espectáculo imponente
de mar y lejanía.
—
Esto también lo han estudiado.
A
pocos metros, a su altura de observación, había una
hermosa confluencia de golondrinas que picoteaban una piscina imaginaria,
aérea, desde todos los puntos, sin superficie. Tejían
una especie de esfera que se abría y cerraba. Sintió
en su deliciosa confusión que había algo con el viento,
que creaba esos saltos giratorios y que las golondrinas simplemente
surfeaban los ríos de aire.
Junto
a Doña Muti, más Wasceslao, reactivaron la pesquisa
con mayor vigor del que jamás tuvieron. El abuelo de Guille
propuso hablar con la universidad europea, ansiosa de participar,
pero Wenceslao mismo recomendó esperar. Les costó
convencer a Muti que abriera el apartamento, piso 14. Muti había
soñado estar adentro, sola, el lugar completamente vacío,
polvoriento, pleno de ecos. Cuando gira para irse aparecen los observadores
y no la dejan salir. Facundo hábilmente la convenció
del significado opuesto de los sueños, y así una tarde
anodina subieron al apartamento 148, aterrados pero fortalecidos
por el ansia de saber.
El
lugar estaba polvoriento mas no vacío. Cajas arrumadas, unos
gabinetes con objetos desechables: ceniceros de aluminio, un marco
de fotografía sin fotografía, una pizarra borrada
donde todavía se podía leer algo, cuadros anodinos
adquiridos en ferias de pintura masiva, nada orgánico, como
hojuelas de maíz momificadas, apenas las cajas que Facundo
se apresuró a revisar (contenían revistas Life y otras,
en español y portugués). Wenceslao anotaba afanoso
lo que entendía de la pizarra borrada. Y Muti comenzó
a leer las revistas en portugués (era portuguesa, por cierto).
Cansados
de analizar las revistas y la pizarra, presionaron a Muti para que
llamara al teléfono contacto y pidiera una reunión.
Pero era tarde, porque el número estaba fuera de servicio.
Afuera, el vuelo continuaba y parecía que su registro ya
no ocurriría (desde el piso 14 la piscina y sus dibujos irrepetibles
se veían imponentes).
Lo
más extravagante e infructuoso fue intentar descifran algo
por sí mismos. Facundo insistía en comunicarse con
los catedráticos europeos, mas por alguna razón Wencenlao
pedía paciencia y que dejaran eso como último recurso.
Para Facundo había algo único en ese vuelo en esa
piscina, la cual quizá sustituía una laguna que existió
desde tiempos inmemoriales. Wenceslao teorizaba sobre ciertas relaciones
con otras dimensiones. Para Muti, el Malvado tenía sus garras
metidas en el asunto. Lo decía sin parar de persignarse.
3.
LA DAMA DE “CORALITO”
Ya
Doña Muti sospechaba algo. La paroniria continuaba, siempre
en escenario nocturno, alrededor de la calle principal de Longa
Estonia, la que bordea la pared posterior, llamada Cota 1001. En
esencia, el teatro onírico de Muti muestra la transmutación
de los habitantes y algunos temporadistas en extraños seres,
lívidos, zómbicos, que caminan sin rumbo en un extraño
culto de adoración a la luna entre nubes, sobre la cordillera
al fondo.
Muti
comenzó a sentirse muy afectada. Vivía sola, el edificio
a veces estaba prácticamente vacío y si había
gente daba igual, no les veía la cara. Su exesposo no portaba
por Malecón—Arrecife en más de año y
medio. La última ida a la capital ocurrió hace cuatro
años. Conocía a todas (creía) las personas
fijas de Longa Estonia: desde los guardias de la alcabala, hasta
los empleados de la marina y la proveeduría, pasando por
los cuidadores o propietarios de casas, unas quince personas, de
las cuales sólo cinco pernoctaban en Longa Estonia. El único
punto oscuro: una colinilla (el lugar más alto de Longa Estonia)
con tres grandes casas, a lo alto desde cualquier punto de la carretera
principal. Los postes allí no funcionaban y se percibía
la silueta de los muros y mangos y esquinas de casas, agujereadas
por pocas ventanas de luces tenues. A esa zona Muti no había
tenido acceso (ni quería pero...)
—
Aló señor Facundo, ayúdame: he tenido contacto
con ellos, los de la colina.
—
¿Por qué no vienes a la capital y te llevo a un médico,
para que le cuentes esos sueños?
—
No fue sueño. He jugado a las cartas dos o tres veces con
ellos. Dormir, lo que se llama dormir, últimamente no he
podido.
Por
mil y una razones, el abuelo de Guille sólo pudo bajar un
mes después, aunque con una excusa excelente para pasarse
varios días: una larga y compleja reparación que debía
supervisar y pagar. Wenceslao no pudo acompañarlo. Lo primero
que hizo fue visitar a Muti y le impresionó ver a la misma
mujer de siempre, pero tocada por una especie de deslumbramiento,
escondido y nada altruista, una especie de expectativa que la hacía
eludir la mirada.
—
Olvídelo Facundo, falsa alarma, se demoró tanto...
a mí me dio rabia llamarlo otra vez y a Wenceslao ni se diga,
enredado en no se qué asuntos del “cierre fiscal”.
—
No pude venir antes y Wenceslao ciertamente está complicado.
Hablemos.
Sólo
mencionó un encuentro intrascendente con los de la colina.
Samuel, un mandadero, ahora se lo consigue más frecuentemente
y son amigos. “Es un empleado. Sarita, que cuida “San
Judas Tadeo”. He jugado cartas con los esposos Sanabria, residentes
de “La Alameda” y con Juancha, de “Coralito”,
la quinta más alta. Gente común y corriente. Vienen
jardineros y limpiadores ocasionales. La verdad es que mis sospechas
eran falsas.”
El abuelo de Guille no insistió. Algo le dijo que dejara
las cosas así por el momento.
—
¿Y tus tensiones nerviosas y las pesadillas?
—
Desaparecieron. Tenían que ver con la colinilla, pero el
señor Sanabria tiene razón: al haber entrado allá
y ver que todo está normal, se fueron esos horribles sueños.
—
Bien, hablamos luego.
Al
día siguiente Facundo le sacó el cuerpo a Muti y decidió
deambular solo por las calles de Longa Estonia. Como no era temporada
vacacional, ni fin de semana, las calles estaban desoladas y ardientes.
El polvo las recorría, así como trozos de maleza arrancados
por el viento a la montaña. Como a 200 metros de Residencias
Malecón—Arrecife, a lo largo de la Cota 1001, había
una calle diagonal por la que Facundo jamás había
transitado. De hecho, era poco lo que conocía de la topografía
interna de la gran colina. El sol, como siempre, laceraba inclemente
y su resplandor desdibujaba las líneas rectas. Al final de
la calle encontró un codo hacia otra vía aún
más misteriosa, como imaginaria, onírica. Todo producto
de un calor sofocante.
Dobló esa esquina. Los altos muros cerrados impedían
ver las quintas, excepto sus segundos pisos, los techos de teja
con torres hispanas y los gruesos portones, no supo porqué,
casi todos pintados de negro. A media calle se abría una
subida hacia la mentada colinilla, la maleza se imponía a
la acera y las tres quintas a lo alto tenían ciertamente
el aspecto de palacios majestuosos pero ligeramente infernales.
A pesar de la complejidad de la arquitectura de todas las casas,
sus fachadas, las aceras y calles producían una soledad intolerable,
palpable, no de abandono sino de muerte. Facundo detuvo el paso
frente a la subida, con el corazón petrificado. El camino
doblaba unos metros más arriba en el saliente de una casa
y hacia esa esquina caminó, con abundante sudor cruzando
su rostro. Alcanzó el borde y a hurtadillas se asomó.
El
panorama era contundente y estático: una calle ciega flanqueada
por dos quintas monumentales, casi enterradas en xerófilos
cerros y en el centro, en el tope de la colinilla, “Coralito”,
de amplio terreno, de edificación más pequeña
pero no menos imponente. Facundo sintióse trasladado a otro
tiempo, a un tiempo fundacional, muy solo en el mundo. La soledad
no era aterradora en sí misma, sino una máscara que
escondía lo aterrador, un rostro encarnado en esas tres residencias
blanquecinas de astro rey, como óleo decolorado, entre sus
ventanas, chaguaramos, palmeras, cactus, torrecitas, la silueta
de éstas. Facundo no pudo resistir la visión.
Dio
vuelta y encontró su paso cerrado por un joven desgarbado
–el susto le hizo pensar en un hijo ilegítimo de la
monja, porque de verdad se parecían, sobre todo la inexpresividad.
Pero nada tenían qué ver. Era Samuel, empleado de
las tres casas que pernoctaba en un anexo de “La Alameda”.
Su actitud era paradójica, despreocupada pero sin intención
de cordializar. Bueno, eso creyó. Caminó a su lado,
le sonrió y murmuró: “No es por aquí”.
El joven, cargado de provisiones, retomó su paso hacia “Coralito”.
Facundo llegó exhausto a Malecón—Arrecife, de
modo que se quedó a descansar en su apartamento. La vista
imponente solía calmar todos los miedos. A las 4:30 pm apareció
apresurada Muti.
—
Facundo deje a esa gente tranquila. No saben nada del asunto, yo
lo verifiqué.
—
No, si eso no me preocupa es...
Miró
con cuidado su rostro y no dijo más. Muti ya no era la misma.
El abuelo de Guille creía que la crisis nerviosa, pesadillas
incluidas, habían cobrado su deuda y borrado en la lusitana
la línea entre lo imaginario y lo físico. “Viéndolo
bien”, se dijo, “Longa Estonia produce ese efecto”.
Tanto el vigilante de la caseta de Malecón—Arrecife,
como el jefe de reparaciones del conjunto asignaban a la colinilla
un carácter malvado, de apariciones insólitas, monstruos
que no eran muertos ni vivos.
Desesperado
sale a la Cota 1001. Pregunta a unos caminantes (casualidad, compañeros
del colegio) que le dicen: “Eso está en ‘Coralito’”.
Entonces va a “Coralito” y en la puerta lo recibe Juancha,
espigada, con aspecto de sacerdotisa hippy, su lengua llena de imperdibles,
sus ojos sobresombreados. Entran a una propiedad lúgubre,
con niebla parecida a telarañas en el suelo. Llegan a una
habitación. Ahora Juancha es gorda, con sostenes negros y
un bluyín. Facundo se sienta en la cama y casualmente tiene
al frente un gran espejo, donde observa a Juacha empuñar
un bate de béisbol, con el que en pocos segundos le aplastará
la cabeza. Facundo grita, salta, hace un gran alboroto y ante la
sorpresa de Juancha, escapa atropellando el mobiliario de una casa
donde estuvo de visitas en La Guiara en mil novecientos cuarenta
y algo.
Abrió
los ojos, enfocó lo que pudo (un espejo en el cuarto, por
casualidad). Creyó que el sueño corroboraba la tesis
de mejor no ir. Wenceslao no estaba disponible para consultas. Durmió
otro poco pero mal. Al día siguiente, extrañamente,
hizo las maletas y las dejó empacadas cerca de la puerta.
Se bañó con ahínco y vistió ligero,
para enfrentar la dura distancia, corta a la vista, entre Malecón—Arrecife
y la colinilla. Pocas veces dos cosas tan cercanas estuvieron tan
lejos. Abandonó a pie el edificio, seguido por la advertencia
silenciosa del guardia. Se dirigió a “Coralito”.
El
día estaba, cómo decirlo, deliciosamente nublado.
En la playa, para quien no busca playa, las nubes ante el sol son
oro, la oscuridad diurna es bendecida y la lluvia aplaudida. Llegó
al muro alto, cerrado. Sonó la campanilla. Al rato apareció
Samuel, quien lo condujo a través del jardín más
exquisito que jamás hubiera visto. Nada de calaveras tratando
de romper tumbas, ni mutantes a punto de lanzarnos una fuente. Gente
normal, como había dicho Muti. Nadie le pareció más
real y terrenal que Juancha. El sobrenombre era insólito,
porque Juancha se llamaba Juana Elena y era hermosa. Pálida,
pecosa, casi pelirroja, había un dejo de fragilidad última
junto a una fuerza inexplicable. Le calculó 25 años
aunque al rato pensó que había errado de plano.
Vivía
sola en un caserón de doce habitaciones. La familia venía
cada dos o tres años y algunos por su lado tres o cuatro
veces en el mismo período. Con un traje hasta las rodillas,
pero revelador por lo ajustado y cierto escote, sentada en un mecedor
habló al abuelo de Guille con una mezcla de proactividad
y autocompasión. Cuando Facundo preguntaba sobre “unos
investigadores que estuvieron, al menos, por la piscina de Malecón—Arrecife”
ella contaba la historia de Longa Estonia con pasmosa precisión
de detalles: qué familia se mudo dónde cuándo
desde su construcción en 1921, cuando el banquero fundador
del Longa Estonia moderno [su tío] ofreció parcelas
y casas en venta a sus amigos en círculos acomodados. Algunas
familias compraron y construyeron, formando el área de casas
de Longa Estonia, unas dieciocho quintas, algunas tan o más
grandes que “La Alameda”, de 15 habitaciones. También
reconstruyó el muelle, de modo que ahora podían atracar
barcos más grandes. Esta inesperada expansión de Longa
Estonia enfureció a los dueños de las tres casas originales,
todos miembros de la misma familia. Transformar ese paradisíaco
saliente en una comunidad vacacional era una idea genial ¡si
Longa Estonia estuviera ciento y tantos kilómetros al oeste!
De otro modo resultaba una extravagancia: imaginen marina, proveeduría,
dispensario, almacenes, cuartos eléctricos, para un grupo
de familias que vivía a cinco horas por lanchones y nueve
si venían por tierra, dado el estado de la carretera y que
sólo lo hacían en vacaciones y rara vez en fines de
semana. Luego, en los setenta, los grandes edificios y mejores carreteras
le dieron un carácter más accesible, pero de todas
maneras...
Facundo
fue más directo:
—
¿Qué sabe del vuelo de las golondrinas sobre la piscina
de Malecón—Arrecife y frente a la rampa del noroeste?
Juancha,
sin variar ni un grado la intensidad y velocidad de sus palabras
le habló de las golondrinas, de su clasificación,
de los tipos de pájaros viajeros, de sus hábitos migratorios
en América, África y resto del mundo. Se refirió
a diversas experiencias con golondrinas en el jardín y otros
puntos de la colina. Le habló de mitos e implicaciones religiosas
de la golondrina en diversas culturas, según había
leído y a veces vivenciado por sus familiares. Su hablar
contenía un toque de vastedad pero también de desesperación,
como si quisiese comunicar algo oculto en el discurso. Eso pensó
el abuelo de Guille. Juancha le explicó que las golondrinas
cazan insectos en los estanques y dejan huellas aleatorias, sin
significados, pero que vistas en parte y rodeadas de misterio, pueden
generar cualquier interpretación. Le pareció tan convincente
a Facundo, pero a la vez extraña. Sutilmente Juancha cortó
la conversación, lo convidó a la puerta y lo despidió
con la promesa de encontrarse otro día.
Camina
para irse pero se devuelve. Juancha sigue en el portón. Se
acerca y la besa. Ella no se opone. Reemprende el camino y quiere
besarla otra vez, al voltear Juancha es la gorda con el bate en
la mano y Samuel la sostiene para que no le salte encima... y lo
batee.
Despertó,
sudado. Miraba en su recuerdo a Juancha fabulosa (otra vez), pero
infeliz. Si él, quizá, pudiera rescatarla. Extrañas
insinuaciones lo visitaron en silencio. Pero no se atrevía
a volver porque Juancha expresamente rehusaría atenderlo
y además sentía, no sabía porqué, que
su visita había creado en la colinilla una pequeña
conmoción. Desde el pasillo posterior de su piso vio a Doña
Muti salir apresurada hacia allá y sumergirse en las sombras
que dan hacia las tres quintas. Más tarde vio a quienes no
dudó en identificar como los esposos Sanabria: pasaron furtivamente
de una casa a otra. Las luces de las ventanas se encendían
y apagaban con una frecuencia inusual en la colinilla. ¿Qué
haría mañana, dado que de noche ni loco se acercaría?
En medio de esas angustiosas disquisiciones, tocaron el timbre.
Era Samuel. La señorita Juancha quería verlo a las
6:00 am en “Coralito”.
Deshizo
las maletas, puso todo en su sitio de nuevo y se fue a dormir. A
las 5:45 am estaba en la puerta de la quinta. Samuel le abrió.
Juancha estaba en la parte de atrás, bajo un gigantesca y
frondosa mata de mango. Se balanceaba en un columpio. Saltó
delicadamente, caminó ensimismada, miró repetidas
veces a Facundo. Luego se acercó, el sol todavía no
se vislumbraba, le pareció tan blanco y descolorido su rostro,
con una capa de talco adicional, inclinarse hacia él a la
menor distancia que los había separado hasta ahora...
—
Voy a entrar en terapia de sueño –una especie de tristeza
le cruzaba el rostro.
—
¿Qué?
—
Sí, suelo hacerlo, me duermo por varios días seguidos
gracias a unos tés y cocimientos.
—
Bien ¿y yo qué pinto en todo esto?
—
Justamente ¿Te gusta la pintura, las bellas artes?
—
Bueno, lo normal... no soy fanático...
—
Por favor, ve la obra de Felipe Federmman.
—
¿Y... por... cómo?
—
Sobre todo lo que pintó en los patios de la capital... adiós.
Entró
apresurada, casi juguetonamente y al rato salió Samuel, para
acompañarlo a la salida. Se fue absolutamente desconcertado.
Ya las tres quintas no le daban miedo, sino una sensación
de absurdo y de locura que no quería descubrir. Hizo las
maletas por segunda vez en pocos días y se fue por mar hasta
Puerto Guarimba, donde tomó su auto y partió a la
capital. Camino a su casa, su mente era un hervidero: “Felipe
Federmman, lo recuerdo, es de la generación de 1868 o algo
por el estilo, junto al maestro Montenegro, lo vi en la escuela,
ayudé a Clarita en sus tareas, próceres de la pintura
de este país”. Desvió el auto hacia el Parque
de los Museos, de manera inexplicable, visitó el de Bellas
Artes. Recorrió sus salas y vio lo que había de Federmman:
“Comadres”, “Las Pléyades en Hisperia”,
“Cocotero de Maruto”, “La marquesa de Salsa”,
“El 15 de marzo de 1772”. Se sintió ligeramente
ridículo al escrutar nada concreto en la obra de un pintor
academicista del siglo anterior. Se acercó a una guía.
—
¿Es todo lo que tienen de Federmman?
—
No todo, es lo que exhibimos. El resto está en depósito,
cuadros menos importantes. Pero si quiere ver más vaya a
la Casa Federmman, en la urbanización La Pradera en el centro,
es su casa natal. Allí está la gran colección
de héroes, su serie de patios y la obra mitológica
que pintó en París.
—
¿La serie de patios?
—
Sí, Federmman pintó a muchas familias encumbradas
de la capital, pero siempre en el patio o jardín de sus respectivas
mansiones: los Moravia Olivo, los Wilckinsen, los Villadiego...
Agradeció
y se puso en camino de inmediato. En treinta minutos entraba en
la Casa Federmman, casi a la hora de cierre, una modesta residencia
con una placa que pregonaba que su construcción ocurrió
en 1837. La decoración de la casa era una mezcla entre mobiliario
original y réplicas, que daban una sensación decimonónica.
Había cuadros de gran formato y pequeños óleos
y bocetos en papel: el balneario en la playa, las calles centrales
de la capital, la Plaza del Prócer en diciembre.
En un gran comedor estaba la serie de patios: en efecto, los Wilckinsen
en pose rígida, las señoras sentadas, los caballeros
erguidos, impetuosos, los niños ligeramente distraídos;
más allá los Ávila Monsanto, más informales,
con trajes desahogados y claros; luego otro grupo familiar, entre
gladiolas y cayenas, la abuela enjuta, el pater familia orgulloso,
la madre como resignada, una joven altiva y... tuvo que sentarse
en una silla del comedor (aunque estaba prohibido), el impacto le
había producido una baja de azúcar y casi se desmaya.
“Es
Juancha, es ella, qué hace allí... debe ser una antepasada,
pero son iguales, las pecas, el cabello, los ojos, las manos largas
y lisas, las uñas de morado cardenal...” Un encargado
se acercó y le preguntó si se sentía bien.
“No”. Le trajo agua con azúcar y Facundo pudo
ponerse de pie, sacudirse un poco y acercarse a la placa del cuadro:
“Los Cordero—Alemán, c. 1876”. Buscó
un teléfono público.
—
Hola mi amor ¿cómo estás... y las niñas?
—
Bien todas ¿cómo te va?
—
Estamos por terminar el arreglo ya. En un par de días estoy
de vuelta.
—
Chao mi vida.
Tomó
el auto y volvió a Puerto Guarimba, se embarcó en
un viaje que debió contratar a un paquebote de paso, que
lo dejó en Longa Estonia casi al amanecer. En el paquebote,
de lo cansado, se tumbó a dormir.
Entra
en el comedor de Casa Federmman. Se acerca al cuadro “Los
Cordero-Alemán” pero Juancha no está, sino una
niña más pálida y mortecina, totalmente distinta.
Frustrado ante el hallazgo siente una presencia, detrás suyo.
¡Es Juancha y a su lado Federmman! Sumergidos en las sombras
(sólo se veían las sonrisas) le dicen: “Caíste
por inocente”.
Al
llegar y dejar sus enseres en el apartamento se dirigió decidido
a “Coralito”. Ya era de día. Subió la
calle que dobla y se encontró en la puerta, como esperándolo,
a Juancha. Más atrás Samuel barría la maleza
del jardín.
—
¿Ya se despertó la bella durmiente?
—
Tuve sueños muy inquietos. Pasa.
En
el camino soltó:
—
Vengo de ver “Los Cordero-Alemán” en Casa Federmman.
—
Ah ¿no está en Bellas Artes?
—
No, lo pasaron a su casa natal.
—
La conocí. Fui con mi padre a contratarlo.
Recorrieron
la quinta en silencio. Parecía como si Juancha quisiera que
viese con detenimiento: la sala comedor, la cocina, la escalera
a las habitaciones. Samuel en el jardín se afanaba con unas
ramas. Estos espacios tenían un aspecto antiguo pero, a la
vez, simulado. Como algunos museos que terminan por disecar lo que
antes fueron decorados espontáneos y frescos. Notó,
en una mesita varias fotos que no identificó, en blanco y
negro, en colores otras, vetustas casi todas.
Juancha
siguió de largo por las escalera, pero Facundo quedóse
sin subir. La niña trémula se detuvo, giró
su grácil cuello hacia él y lo invitó con los
ojos. Erotismo y miedo. Una sirena, quizá. La aventura de
una vida, tal vez.
Entraron
al cuarto de Juancha, quien se tumbó en la cama, derrotada,
debilitada por el aguante de llegar hasta allí sin decirlo
todo. Facundo se detuvo y escrutó el espacio: estilo hacienda
española, paredes claras pero pintadas de colores atípicos,
como ya cansados de probarlo todo. El mobiliario, la ropa cuidadosamente
desparramada y una flor marchita sobre un pequeño atrio daban
una atmósfera cinematográfica. Hasta imaginó
la filmación de una vesánica y escondida película.
— Mira –invitó Juancha al abrir la gaveta de
una cómoda, al pie de la cama. Sacó un paquete de
papeles sujetos por una liga. Los liberó y puso en manos
de Facundo, quien palideció al examinarlos (aunque sin el
soponcio de la Casa Federmman). Fotos de Juana Elena en 1894, 1915,
1946, siempre igual, con todas las modas de los siglos XIX y XX
pero ella en su íngrima identidad, ni dobles, ni antepasados.
—
Desde 1875 estamos, por lo menos yo, en Longa Estonia fija. Nací
aquí, mi padre poseía junto a otros familiares [entre
ellos el abuelo del banquero promotor de Longa Estonia] estos terrenos
y se construyó “La Alameda”. Dividido el terreno
entre hijos y primos, se anexaron “Coralito” y “San
Judas Tadeo” y luego nos separamos en parcelas distintas.
El resto fue construido lentamente por parientes, amigos, socios
y, finalmente, el público que pudiera comprarlo. En los cuarenta
esto se comenzó a prostituir.
“La
niña Juana Elena Cordero-Alemán Hidalgo de vacaciones
á París”, leyó de un recorte fechado
1873. Una foto en el balneario de Playa Uvero, 1901. El resto en
lo que parecía Longa Estonia sin carreteras, edificios y
sólo tres quintas en el tope de una colinilla. Postales,
recortes de revistas Trilliken y fotos buenas y malas. Juancha con
conejitos, Juancha dándose un chapuzón en un pozo
del este, sentada en un Buick 52 último modelo. No faltaban
datos sobre otros Cordero-Alemán: bodas, visitas a Longa
Estonia, construcción de casas, expansión familiar,
parrillas, algunos encuentros.
—
¿Y los demás?
—
Andan desatados. Bueno, es un decir, aquí estar “desatado”
significa para ti casi andar en cámara lenta. Pero, en fin,
han tomado decisiones con las que no estoy de acuerdo. Por eso debes
ver eso. –señaló el manojo que Facundo barajaba.
—
Sí, ya veo –Juancha arreaba un burrito y al lado un
¿hermano? Fechado 1926.
—
Muti se les ha unido, la han iniciado incluso sin decírmelo.
Pero ya me enteré, claro.
—
¿Qué tiene que ver con las golondrinas?
—
Nada y mucho.
Oyó
un silbido, se asomó por el ancho ventanal. Desde abajo Samuel
le comunicaba algo. Facundo nada oía.
—
¿Sarita? No, dile que ya voy para allá, que me espere.
— Volteó a Facundo.
—
Debes irte. Nos vemos esta noche, te visitaré en Malecón-Arrecife.
Sarita me llama. Es extraño.
Casi
lo empujó a salir. El abuelo de Guille apuró el paso
y se fue pegado a los muros, como para no ser visto de “La
Alameda”. Llegó a su apartamento y trató de
reconstruir la escena anterior, a ver si había hecho algo
mal.
Alrededor
de las 7:00 de la noche pasó Samuel por su apartamento. Le
informó que la señorita Juancha lo visitaría
en un rato. Facundo salió al pasillo y lo vio marcharse de
vuelta a las sombras de la colinilla. Tronó el intercomunicador,
había gran interferencia. Escuchó: “Baja”.
—
Voy Juancha.
Bajó
al lobby del conjunto residencial, pero no vio a nadie. Se acercó
a la caseta de entrada y el guardia, al despertar, no pudo contestar
con certeza si alguien había burlado su menguada vigilancia.
Se dirigió a la piscina de las golondrinas, visitada de vez
en cuando por algún pájaro impuntual. La rodeó
y se encaminó hacia el bohío noreste. La oscuridad
era cerrada, la mayoría de los postes apagados. Olor a Eucaliptus.
Escuchó un tintineo, abajo, donde las parrilleras. Bajó
las escaleras que pasan por una cancha de bolas y se asomó
a sombras totales.
El
sonido parecía venir del fondo, al cual se dirigió
a tientas. Entre las mesas y sillas de piedra, que no veía,
llegó a un claro y auscultó el área. Nada.
Súbitamente cayó sobre él una sombra (aunque
es una redundancia), con toda la violencia y empuje de un cuerpo
que echaba su peso. Facundo cayó al suelo polvoriento, de
bruces y quien lo atacaba comenzó a ahorcarlo con una fuerza
que jamás había enfrentado. A duras penas podía
poner sus dedos entre los fieros brazos que cerraban paso al aire
y su cuello. Se revolcó como pudo, no podía gritar,
de modo que sacudióse desesperado y con todas sus fuerzas,
tratando de zafarse o de aplastar a su atacante.
Pataleando,
pudo recuperar algo de verticalidad, pero la oscuridad lo hacía
más inerme. A los pocos segundos ya la lucha parecía
perdida y el abuelo de Guille comenzó a sentir la ingravidez
de la falta de oxígeno. Persuadido de que iba a morir, forcejeó
por última vez y, tan de repente como saltó sobre
sí, el atacante se quedó inmóvil, como presionado
desde atrás, dando el más espantoso e indefinible
alarido que hubiera escuchado jamás. El férreo abrazo
se aflojó y como un saco de carne cayó a su lado,
pataleando cual bestia herida.
Facundo,
sin poder siquiera verse a si mismo, sentía al atacante revolcarse
y convulsionar a pocos metros de él, sin detallar tan solo
un rasgo. ¿Qué hacer: huir, buscar luz, gritar? Oyó
un “clic” lejano, repetitivo. Los movimientos del atacante
se fueron atenuando, hasta cesar. Cuando intentó incorporarse
lo encandiló la luz de una linterna que, obviamente, sostenía
quien cliqueaba segundos antes. No podía detallar quién
era, pero le pareció una presencia fantasmal, como vestida
en velo (justamente como los supersticiosos describen la muerte).
—
Facundo ¿estás bien? – Era Juancha, que recorrió
con el haz de luz todo el cuerpo del atacado para comprobar su integridad.
—
¡Juancha, pero...! – Al levantarse pudo mirar, en el
centro del óvalo de luz apuntado al suelo, el rostro sin
vida de Muti, con una mueca indescriptible de furia. Instintivamente
Facundo se acercó a Juancha y le quitó la linterna,
para iluminarla de vuelta. Era Juancha, en efecto. Vestida de negro
cerrado, incompatible totalmente con el calor de la noche. Bajó
la luz y contempló un puñal ensangrentado en su mano.
—
Juana Elena...
—
Muti estaba fuera de control.
—
¿Y está muerta? ¿Cómo...?
—
Le hubiera tomado años, apenas la iniciaron. Estaba más
desatada que ninguno... Siempre ha sido “más papista
que el Papa”.
Recuperados
de la sacudida, la envolvieron en una lona vieja que encontraron
y luego de un agotador trabajo, la enterraron en el cañón
debajo de la plataforma noroeste, donde varios meses atrás
Muti misma le mostraba a Facundo el vuelo esférico de las
golondrinas. Subieron al apartamento, a asearse un poco y reponer
energías. Facundo prestó a Juancha unas ropas suyas,
dado que su vestido estaba ensangrentado y muy sucio.
Al salir de la ducha, se veía hermosa, con el pelo escurrido
y la ropa definitivamente grande, pero ajustada a la fuerza, con
correas y pinzas. Sin pensarlo mucho se fundieron en un beso, que
interrumpieron apenas despertaron de esa rápida e irresistible
embriaguez.
—
Tienes que irte de inmediato.
—
¿Y tú? No puedo dejarte sola.
—
Ve tranquilo, no es la primera vez que ocurre. Hubieras visto el
zafarrancho en 1911 y en el 36 y en el 61. Yo negociaré con
ellos.
— ¿Y qué quieren?
—
Quieren esparcir la sangre sagrada. Vengarse del mundo. Están
furiosos.
El
resto de lo que ocurrió esa noche fue mantenido en secreto
por Facundo a su nieto. Sólo le dijo que a la mañana
siguiente partió temprano a reencontrarse con su familia
y continuar su vida. A la 1:00 pm estaba entrando en casa, besando
a sus hijas. Luego pidió que no lo despertaran porque estaba
exhausto y, de hecho, prácticamente durmió corrido
hasta el día siguiente.
4.
EPÍLOGO
El
abuelo de Guillermo murió tres días después
de contarle lo anterior y, al parecer, murió en paz. Pero
dejó a un nieto en ascuas y ahora también a un cronista
invitado. Habían muchos agujeros negros en la historia: ¿Volvió
Facundo a Longa Estonia? ¿Qué pasó con Wenceslao,
y con Juancha y los demás? ¿Qué significaba
exactamente estar “desatado”? Antes de salir en expedición
a Longa Estonia, Guille me confirmó, por viajes anteriores
al apartamento (reconstruido por enésima vez), que en efecto
la desaparición de Muti quedó en el más absoluto
misterio. La teoría más plausible para la gente: se
ahogó en uno de los pozos al este, quizá en Pozo Pelón
(al cual se iba sola y sin avisar), “embrujado” según
los supersticiosos. Al intentar contacto con Wenceslao recibimos
la noticia que, luego de diversos conatos, había desaparecido,
probablemente con una amante. Ya antes se había perdido un
par de veces, pero ahora la cosa iba por año y medio sin
ser visto y sólo mandaba mensajes muy cortos a través
de un amigo anónimo. Guillermo y yo escuchamos la historia
de boca de la señora Clara [tía de Guille], imaginándonos
muy bien dónde debía estar nuestro errático
matemático.
Ahora
bien, hace dos años ocurrió un pavoroso deslave en
el litoral central. Las piedras y los ríos que se despeñaron,
las miles de toneladas de sedimento arrasaron y sepultaron poblaciones
e hicieron a Longa Estonia inaccesible por tierra. Para colmo, el
servicio de botes o los lanchones de alquiler ya no operaban de
modo que por mar, se hacía muy difícil y azaroso llegar.
Los deslizamientos incluso embistieron a Longa Estonia misma. Su
playa fue invadida por un río crecido de lodo, que tapó
el muelle y extendió la arena 100 metros más adentro.
Malecón-Arrecife vio inundados sus estacionamientos y, peor
aún, su majestuosa piscina. Estuvieron año y medio
sacando tierra, reparando y volviendo a operar la alberca y sus
áreas circundantes. Algunos edificios y casas se perdieron
porque la furia del pantano en cascada socavó sus bases,
derribó sus muros y paredes. Las casas no golpeadas, igual
fueron abandonadas, de modo que según reportaban, Longa Estonia
quedó como un edificio, Malecón-Arrecife y la colinilla,
a la que no llegaron las aguas. Dado lo difícil del acceso
y el escaso interés en recuperar, las otras residencias fueron
abandonadas e igual así algunos apartamentos del edificio
de Facundo. Los reportes han sido confusos: desde imposibilidad
de recuperar el lugar como un todo, hasta un cambio en la topografía
que presagiaba un renacimiento.
Hace
tres meses salió Guille para allá. Antes de irse me
pidió algo que, según él, le había sido
vedado por la naturaleza: “escribir de forma que la gente
entienda”. Él juzga que yo puedo hacerlo mejor. De
modo que he escrito lo que convinimos. No obstante...
(Me llama Guille desde Maruto, donde han restituido el servicio
telefónico.
—
Están como me dijo mi abuelo: “Desatados”. Ayer
vi a lo lejos a Wenceslao, está loco o en estado de gracia,
no sé. A Juancha la miré de lejos, no puedo explicarte,
tienes que venir... Recuperaron el estanque y las golondrinas...
— Se corta la llamada.
Me
veo en el mismo apartamento donde la Juancha gorda quiso desbaratarle
el cráneo a Facundo. Me digo: “¡Oh, oh, estoy
en problemas!” y suelto el teléfono, el cual se deshace
en recortes de periódicos, fotos viejas y postales en sepia.)
¿Ven?
Si algo no quiero tolerar son esos teatros del terror dentro de
mi propia cabeza, que ya se repiten con temas como Muti muerta en
vida vagando por la playa en las madrugadas; las golondrinas-globo
atoradas en la seca piscina o el monje budista volando junto a los
pajaritos frente a la plataforma noroeste.
Jamás
he pisado Longa Estonia, por cierto. Ésa es la razón
de mi prisa por partir, para espantar las pesadillas o para sumergirme
definitivamente en ellas. Y de allí este recuento del relato
de la narración de un moribundo.
Ustedes
saben, por si acaso no regreso.
Vuelta
a Fernando Núñez Noda
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