escritores venezolanos de hoy
Fernando Núñez Noda

Vuelta a
Fernando Núñez Noda

Un cuento de la obra inédita
Otro inquilino de Plaza Odot
de Fernando Núñez Noda

LONGA ESTONIA

1. PRÓLOGO

Longa Estonia es una extravagancia de los ricos de la capital. Su entorno es cautivador, una frondosa falda de la Cordillera de la Costa bañada por el Caribe en cuya cumbre se abre un espectáculo de mar y horizonte panorámicos. Imaginen, solamente, la redondez del mundo. Digo extravagancia porque Longa Estonia está a 120 km de la gran ciudad y a 14 km de la población más cercana, Maruto (pob. 5.500 habitantes), que no es decir mucho. Uno llega -usualmente por el oeste- sobre una delgada carretera susceptible de deslizamientos y, a veces, de mar de levas que la llenan de arena y piedras. Encima, cada tantos años, hay deslaves que sepultan largos trechos limpiados por las autoridades con demasiada parsimonia. Por el este el camino (si se puede llamar así) sólo es apto para los autos rústicos muy resistentes, las bestias o a pie. El caserío más aproximado hacia estos lares es Churitapo (pob. 425) a 28 km. No obstante, desde siempre ha habido atracadero de botes y yates. También se inauguró un servicio de traslado desde el Puerto de Guarimba hasta Longa Estonia, que permitía dejar los autos a buen resguardo y navegar 90 minutos hasta la colina vacacional. Como ven, es un lugar aislado, a veces de complejo acceso, aunque fascinante para los amantes del mar y la naturaleza.

La larga colina de Longa Estonia era propiedad (junto a las montañas circundantes) de una adinerada familia, banqueros mayormente. La colina era apenas uno de los múltiples salientes de las faldas de la cordillera costeña, que desembocaban en vastas y arenosas playas. Al lado del muelle está Playa Lisa, una hermosa franja de olas gentiles, oficialmente “la playa de Longa Estonia”. Hacia la entrada oeste, más costas pedrosas y escondidas, con largos y oscuros acantilados. Hacia el este, como a dos kilómetros, una serie de ríos que desembocaban en el mar formaban múltiples pozos y cascadas. En su momento de mayor crecimiento, Longa Estonia tuvo más de 20 casas y seis edificios, algunos hasta de 50 apartamentos cada uno. Tenía su planta de agua, electricidad, no había teléfonos y al final instalaron uno en 1965, en la cabina de vigilancia y luego en las casas de los más adinerados.

Dentro de las quintas o conjuntos residenciales había todo lo que se necesitaba para el ocio costero: piscinas, gimnasios, áreas de juego, jardines, bohíos, mesas de ping—pong. Y, por supuesto, abajo estaba la playa. Los temporadistas se bronceaban, nadaban, esquiaban, navegaban, buceaban, hacían excursiones con fogatas, se bañaban en los pozos y, en fin, todo un amplio menú de delicias tropicales.

El abuelo de mi amigo Guillermo Alberto Galíndez Santoro logró, a costa de un préstamo y el resto de sus ahorros, comprar un apartamento en las Residencias Malecón—Arrecife, en el centro físico de Longa Estonia, en la terraza urbanizada más alta. Le encantaba ir con su esposa, su hija mayor (la mamá de Guillermo) y la menor, la tía Clarita y, a veces, algunos familiares o amigos. En temporadas “altas” (carnaval, Semana Santa) Facundo Santoro no se perdía un “longaestoniazo”, como lo llamaba, aunque posteriormente prefería el apartamento en temporadas solitarias, cuando había apenas uno que otro reclusivo, jubilado o las muy pocas personas que vivían allí.

El abuelo de Guillermo murió hace unos meses y le contó a su nieto dos historias de Longa Estonia sobre cuya veracidad no sé qué pensar. Antes de partir hacia esa misteriosa colina y rompiendo la promesa de secreto al abuelo, Guille me confió tales episodios, de los cuales doy testimonio a continuación mientras preparo un bolso y un morral para irme.


2. EL ESTANQUE DE LAS GOLONDRINAS

En mil novecientos sesenta y tantos Facundo Santoro disfrutaba del apartamento playero. Abajo había un gran terreno engramado, con caminerías, columpios, bohíos en las esquinas, duchas y baños, y en el centro una gigantesca piscina en forma de bacteria, doblada hacia un lado y con una punta más ancha que otra. Su esposa y las niñas habían subido a cambiarse y ayudar en la merienda. El abuelo de Guillermo quedóse un rato a orilla de la piscina, en la silla de extensión.

Le encantaba contemplar una fascinante y extraña danza que ejecutaban las golondrinas en esa piscina. Volaban desde todos los puntos en líneas curvadas y confluían en lugares distintos de la superficie, marcando con sus picos cortas y circulares líneas, momentáneas, devueltas luego al oscilar del agua. Al rato se retiraban y entonces venía un solo pájaro que trazaba una ruta aérea y pronto lo seguían dos, cinco, quince golondrinas. Las rutas variaban ligeramente, poco a poco, se ensanchaban o achicaban, las aves hacían cabriolas a una velocidad de vértigo entre los cocoteros. En la superficie clorídea dibujaban todo tipo de pequeñas líneas. Un vecino, de paso, le hizo un comentario extraño. “Las golondrinas son estacionales, viajan de norte a sur y viceversa pero a mí me parece que aquí están todo el año”. Su esposa bromeó: “Es que se pierden, Juan Carlos, por eso se quedan más de lo debido”. Rieron y se despidieron, quizá para verse más tarde y conversar a la luz de la luna.

Facundo quedóse unos minutos contemplando esa bella coreografía pajaril: la masa acuática cruzada por decenas de trazos, de cortes salpicantes, precisos pero siempre distintos. Pensó que tomaban agua, pero Juan Carlos le explicó que principalmente cazaban insectos gravitantes a ras de la alberca... Posó su cabeza en la silla de extensión y la delicia del lugar lo invitó a dormitar. Al despertar contempló, del otro lado de la piscina, a un extraño individuo, como ajeno pero ensimismado. Era inmenso, de dos metros de altura, flaco pero de ancho tórax, rojizo, semicalvo. Tenía una tabla y papeles sobre los cuales anotaba mientras observaba las golondrinas cruzar el agua con sus piquitos. Estaba tan absorto que no advertía a los muchachitos que le pasaban al lado echándose agua entre sí. Uno falló el “tobazo” y le mojó una manga del pantalón. El hombre permaneció impávido, sin perder detalle de los pájaros. El abuelo de Guille se figuró que era un ornitólogo o algo por el estilo y no se incorporó a preguntarle, no por falta de curiosidad (el abuelo era famoso por su facilidad de abordaje) sino porque la tela de la silla, las palmeras, los muchos pliegos del agua lo atrapaban grácilmente... Cerró los ojos para retomar el descanso y al abrirlos el individuo no estaba.

Un par de años después, olvidado ya el larguirucho anotador, se hallaba en el mismo escenario, esta vez en el bohío al este. Malecón-Arrecife estaba íngrimo y solo. Facundo jugaba con Clarita cuando observó a lo lejos una monja de muy baja estatura con lentes oscuros, sin expresión, como una máscara moldeada exclusivamente para un trabajo. A cada dos o tres punzadas de las golondrinas, ella metía pelotas de estos o aquellos colores en unas u otras bolsas, junto a arreglos y rearreglos de una especie de rosario. El abuelo de Guille se acercó con su “sonrisa rompe—hielos”, pero la mujer recogió sus cosas y se marchó.
Dada la memoria volátil de Facundo José Santoro, hubiera dejado el asunto hasta allí de no encontrarse apenas al día siguiente con un personaje parecido a Don Quijote, delgado, con barba y bigote, de frente amplia pero melenudo, hasta el cuello de negro. Miraba con binoculares el paso de las golondrinas desde el montículo noreste. El abuelo de Guille lo abordó tan rápido cual pudo, mas Don Quijote también empacó rápido y “puso pies en polvorosas”.

— Amigo, disculpe, qué tiene de interesante cómo las golondrinas cazan insectos en el agua de una piscina –le dijo al trote.

El personaje debatió internamente si contestarle, pero al final, con ojos chispeantes, fue parco:

— No son las ni una, sino éstas y ésa –dijo señalando con sus ojos la piscina—. Y no cazan insectos, sino toman agua.

— Pero ¿son estudios, zoología..?

— No lo sabemos, todavía. Verá gente. Por favor no las moleste. No hable con nadie al respecto.

Ciertamente vio gente, unas cuatro o cinco personas por espacio de dos o tres años y las dejó tranquilas, tanto que lo olvidaba y trataba infructuosamente de develar algo de la conducta de los pájaros por sí mismo. Nadie más se daba cuenta. Las personas que llegaban eran demasiado discretas y sistemáticas, concentradas en algún tipo de observación y registro de este espectáculo de precisión voladora y acuática. Sobre la naturaleza, el entretelón y los fines de esos visitantes (imaginen a cuántos jamás vio) no indagó excepto en su propia mente, a ver si su sola razón podía darle algo.

Y como “el sueño de la razón produce monstruos”, Facundo fue visitado por sus propias monstruosidades. La monja está de espaldas y cuando la aborda es una Medusa desdentada y derretida. Se sacude ligeramente en la silla extendida, ahora se acerca Don Quijote y le dice que la piscina es la vida y las golondrinas el tiempo, “que se lleva poco a poco lo que sois”. Se siente débil de súbito y los pájaros, escasos al principio, ahora son centenares que cubren la alberca y la vacían. Al final quedan atascados, como globos llenos de agua, en el hueco seco y agrietado que antes era el estanque.

Abrió los párpados. Las golondrinas volaban sobre y alrededor de él. El acto acrobático no se detenía por su presencia, las voladoras eludían grácil y adaptativamente cualquier curva de su cuerpo o de sus cosas. Si levantaba la rodilla, la distancia con los acróbatas aéreos se ajustaba sobre la marcha. Viró la mirada y allí estaba un monje budista, del otro lado de la piscina, en posición de loto que entintaba un pincel y hacía trazos en diversos pergaminos. Se estrujó los ojos y al enfocar la imagen notó un pequeño bolso de piel que colgaba de su hombro, con más brochas, tintas y pergaminos desbordantes. Esta vez ya no pudo más Facundo Santoro y trotó hacia el sacerdote, quien nerviosamente se incorporó y aprestó a irse.

— Espere por favor por qué estudian el vuelo de las golondrinas es aquí o es en cualquier lugar o sólo “éstas” y “ésa”...

El monje comenzaba a asustarse. Jadeaba quedamente. Se escabulló y prosiguió una escapada fácil de alcanzar (era bastante anciano). “Sólo contésteme, sentémonos a hablar un par de minutos.” El señor nada decía y proseguía su huída. Desesperado de esa persecución en cámara lenta, el abuelo de Guille le cerró el paso. El monje profirió unas palabras inentendibles, acaso en chino. Varios pergaminos volaron al suelo. El anciano los recogió como pudo y forcejearon por el último. Con un tirón el abuelo de Guille quedóse con casi todo y el monje apenas con una esquinita. Sus gritos habían alertado a un chofer o guardia que corría hacia Facundo, pero a tal distancia que le dio tiempo de escapar con el tesoro.

Esa tarde, bajo la excusa de un fuerte dolor de estómago, volvieron a la capital (Facundo estaba muy asustado que lo buscaran en Malecón-Arrecife). Ya en casa detalló la pieza: pergamino moderno con trazos de tinta, líneas de distintos grosores cruzadas en múltiples formas. No era una representación figurativa de los trazos, sino una interpretación, porque las curvas hacían espirales o se subdividían hacia atrás. Gastó largas horas tratando de extraer un patrón, un dibujo, pero sintió que era inútil.

Acudió a un pariente matemático y geómetra, le solicitó casi formalmente la mayor confidencialidad y le entregó el pergamino. Pasaron semanas que nada arrojaron, ni una llamada, hasta que en una reunión familiar Wenceslao (trajo el pergamino escondido en una bolsa) urgió a Facundo a hablar a solas. En un estudio, bajo llaves, le dijo que al analizarlos no obtuvo valores fuera de lo común o relaciones curiosas. Obstinado, alimentó las curvas en una computadora mainframe de procesadores paralelos (hoy equivalente a mi obsoleta portátil) y las transformó en ecuaciones. Esas ecuaciones las envió por correo expreso a su alma mater en Europa, a ver qué le contestaban. La respuesta, a los varios días, fue ésta (sacó un documento membreteado, varias veces doblado): “Sus ecuaciones han generado mucho interés. Casualmente uno de nuestros catedráticos ha participado en investigación aeroespacial y nos ha revelado cosas muy sorprendente de esos guarismos. Primero, sin duda, son curvas de Lie, un tipo de representación multidimensional de la energía en movimiento cuántico. Ahora, no se comportan enteramente como curvas de Lie, ya que ocurre una perturbación muy curiosa que genera patrones fractales donde debería haber sucesiones completamente predefinidas. Lo importante aquí es que, sin duda, ésta es la fracción infinitesimal de una macrofórmula, que desdobla las curvas de Lie en una polidimensionalidad nueva, desconocida y nos sumerge en un campo de vital importancia para entender la energía y el espacio—tiempo. La Universidad nos ha autorizado a proponerle una reunión, en su país o en el nuestro, bajo nuestros costos, para discutir esta extraña y enigmática pieza de geometría espacio—temporal cuántica. Por favor, hagámoslo sin perder tiempo”.

— ¿Qué quiere decir todo esto? –inquirió desesperado Facundo Santoro.

— No lo sé muy bien, las curvas de Lie son un terreno muy nuevo, pero aparentemente éstas en particular están sometidas a una deformación o distorsión tan grandes que presuponen un nuevo sistema matemático o físico. No sé más, excepto que este pergamino parece ser un átomo en un tejido millones de veces mayor.

— La verdad es que –y perdona— quedo en la misma.

— Y yo también. Sin más información, haríamos el ridículo ante esos catedráticos.

Los observadores parecieron cambiar sus métodos. Vio varios desde ventanas de edificios circundantes. Juró que algunos invitados tomaban notas, pero cómo increparlos, cómo estar seguro...

Visitó la máxima autoridad budista de la capital y le llevó el pergamino (sin revelarle su origen, simplemente decía que lo halló en una biblioteca y quería saber su naturaleza). El anciano benévolo y pausado pidió unos días para estudiarlo. Cumplido el plazo comentó:

“Los trazos marcan un mapa mental, pero no humano, sino sagrado. Alguien está develando cosas muy importantes pero sobrecogedoras. La pequeña fracción que nos entregó parece describir una separación de capas, un desmembramiento en el tejido de algo, frágil y fuerte a la vez, podríamos decir: la prolongación calamitosa de una realidad. Pero requiero muchos más trazos para hacerme siquiera una idea inicial. Perdone mi curiosidad, no tienen que responderme pero ¿de dónde salió esta información? Es perentorio hallar el resto.”

El dictamen los dejó más ansiosos y frustrados. De tanto no ver más a los anotadores, creo que el abuelo de Guille incluso alucinó algunas cosas francamente risibles (dicho por él mismo): le pareció que mientras la bandada de golondrinas dibujaba mapas mentales en supra—curvas de Lie, una en particular, posada en la rama de un cocotero, observaba muy cuidadosamente moviendo su puntiaguda cabecita. Graznaba para sí misma y luego volaba hacia algún registrador, que la esperaba en las montañas o a muchos kilómetros de allí para “contarle” todo. “Ellas mismas anotan”, y se reía. Luego terminó por pensar que la información ya había sido recogida o se había mudado para otras piscinas. Los pájaros seguían haciendo las trazas, pero no parecía haber quien anotara o no los veía.

Fue inevitable involucrar a otros. La conserje del edificio, una mujer discreta, veía cada cosa en ese edificio y no hacía la menor alusión. Parecía ser buena con los secretos. El abuelo de Guille la interrogó con guantes de seda, pero no hacía falta porque Doña Muti sabía más de todo aquello que él.

— Me han pagado buen dinero para que me calle, pero –en verdad— yo misma estoy desesperada de saber algo, todo ha sido tan raro.

— ¿Han vuelto los observadores?

— Sí, pero con mil mañas para no coincidir con usted o para burlarlo. Comensales en el restauran [dominguero del bohío] o reparadores de las tuberías, la gente que anota siempre está allí. Adquirieron un apartamento... Han venido como seis.

— ¿Qué más sabe?

— Nada, excepto esto... venga.

Lo llevó al extremo noroeste, una plataforma enrejada sobre un acantilado, que recibe de frente un espectáculo imponente de mar y lejanía.

— Esto también lo han estudiado.

A pocos metros, a su altura de observación, había una hermosa confluencia de golondrinas que picoteaban una piscina imaginaria, aérea, desde todos los puntos, sin superficie. Tejían una especie de esfera que se abría y cerraba. Sintió en su deliciosa confusión que había algo con el viento, que creaba esos saltos giratorios y que las golondrinas simplemente surfeaban los ríos de aire.

Junto a Doña Muti, más Wasceslao, reactivaron la pesquisa con mayor vigor del que jamás tuvieron. El abuelo de Guille propuso hablar con la universidad europea, ansiosa de participar, pero Wenceslao mismo recomendó esperar. Les costó convencer a Muti que abriera el apartamento, piso 14. Muti había soñado estar adentro, sola, el lugar completamente vacío, polvoriento, pleno de ecos. Cuando gira para irse aparecen los observadores y no la dejan salir. Facundo hábilmente la convenció del significado opuesto de los sueños, y así una tarde anodina subieron al apartamento 148, aterrados pero fortalecidos por el ansia de saber.

El lugar estaba polvoriento mas no vacío. Cajas arrumadas, unos gabinetes con objetos desechables: ceniceros de aluminio, un marco de fotografía sin fotografía, una pizarra borrada donde todavía se podía leer algo, cuadros anodinos adquiridos en ferias de pintura masiva, nada orgánico, como hojuelas de maíz momificadas, apenas las cajas que Facundo se apresuró a revisar (contenían revistas Life y otras, en español y portugués). Wenceslao anotaba afanoso lo que entendía de la pizarra borrada. Y Muti comenzó a leer las revistas en portugués (era portuguesa, por cierto).

Cansados de analizar las revistas y la pizarra, presionaron a Muti para que llamara al teléfono contacto y pidiera una reunión. Pero era tarde, porque el número estaba fuera de servicio. Afuera, el vuelo continuaba y parecía que su registro ya no ocurriría (desde el piso 14 la piscina y sus dibujos irrepetibles se veían imponentes).

Lo más extravagante e infructuoso fue intentar descifran algo por sí mismos. Facundo insistía en comunicarse con los catedráticos europeos, mas por alguna razón Wencenlao pedía paciencia y que dejaran eso como último recurso. Para Facundo había algo único en ese vuelo en esa piscina, la cual quizá sustituía una laguna que existió desde tiempos inmemoriales. Wenceslao teorizaba sobre ciertas relaciones con otras dimensiones. Para Muti, el Malvado tenía sus garras metidas en el asunto. Lo decía sin parar de persignarse.

3. LA DAMA DE “CORALITO”

Ya Doña Muti sospechaba algo. La paroniria continuaba, siempre en escenario nocturno, alrededor de la calle principal de Longa Estonia, la que bordea la pared posterior, llamada Cota 1001. En esencia, el teatro onírico de Muti muestra la transmutación de los habitantes y algunos temporadistas en extraños seres, lívidos, zómbicos, que caminan sin rumbo en un extraño culto de adoración a la luna entre nubes, sobre la cordillera al fondo.

Muti comenzó a sentirse muy afectada. Vivía sola, el edificio a veces estaba prácticamente vacío y si había gente daba igual, no les veía la cara. Su exesposo no portaba por Malecón—Arrecife en más de año y medio. La última ida a la capital ocurrió hace cuatro años. Conocía a todas (creía) las personas fijas de Longa Estonia: desde los guardias de la alcabala, hasta los empleados de la marina y la proveeduría, pasando por los cuidadores o propietarios de casas, unas quince personas, de las cuales sólo cinco pernoctaban en Longa Estonia. El único punto oscuro: una colinilla (el lugar más alto de Longa Estonia) con tres grandes casas, a lo alto desde cualquier punto de la carretera principal. Los postes allí no funcionaban y se percibía la silueta de los muros y mangos y esquinas de casas, agujereadas por pocas ventanas de luces tenues. A esa zona Muti no había tenido acceso (ni quería pero...)

— Aló señor Facundo, ayúdame: he tenido contacto con ellos, los de la colina.

— ¿Por qué no vienes a la capital y te llevo a un médico, para que le cuentes esos sueños?

— No fue sueño. He jugado a las cartas dos o tres veces con ellos. Dormir, lo que se llama dormir, últimamente no he podido.

Por mil y una razones, el abuelo de Guille sólo pudo bajar un mes después, aunque con una excusa excelente para pasarse varios días: una larga y compleja reparación que debía supervisar y pagar. Wenceslao no pudo acompañarlo. Lo primero que hizo fue visitar a Muti y le impresionó ver a la misma mujer de siempre, pero tocada por una especie de deslumbramiento, escondido y nada altruista, una especie de expectativa que la hacía eludir la mirada.

— Olvídelo Facundo, falsa alarma, se demoró tanto... a mí me dio rabia llamarlo otra vez y a Wenceslao ni se diga, enredado en no se qué asuntos del “cierre fiscal”.

— No pude venir antes y Wenceslao ciertamente está complicado. Hablemos.

Sólo mencionó un encuentro intrascendente con los de la colina. Samuel, un mandadero, ahora se lo consigue más frecuentemente y son amigos. “Es un empleado. Sarita, que cuida “San Judas Tadeo”. He jugado cartas con los esposos Sanabria, residentes de “La Alameda” y con Juancha, de “Coralito”, la quinta más alta. Gente común y corriente. Vienen jardineros y limpiadores ocasionales. La verdad es que mis sospechas eran falsas.”
El abuelo de Guille no insistió. Algo le dijo que dejara las cosas así por el momento.

— ¿Y tus tensiones nerviosas y las pesadillas?

— Desaparecieron. Tenían que ver con la colinilla, pero el señor Sanabria tiene razón: al haber entrado allá y ver que todo está normal, se fueron esos horribles sueños.

— Bien, hablamos luego.

Al día siguiente Facundo le sacó el cuerpo a Muti y decidió deambular solo por las calles de Longa Estonia. Como no era temporada vacacional, ni fin de semana, las calles estaban desoladas y ardientes. El polvo las recorría, así como trozos de maleza arrancados por el viento a la montaña. Como a 200 metros de Residencias Malecón—Arrecife, a lo largo de la Cota 1001, había una calle diagonal por la que Facundo jamás había transitado. De hecho, era poco lo que conocía de la topografía interna de la gran colina. El sol, como siempre, laceraba inclemente y su resplandor desdibujaba las líneas rectas. Al final de la calle encontró un codo hacia otra vía aún más misteriosa, como imaginaria, onírica. Todo producto de un calor sofocante.
Dobló esa esquina. Los altos muros cerrados impedían ver las quintas, excepto sus segundos pisos, los techos de teja con torres hispanas y los gruesos portones, no supo porqué, casi todos pintados de negro. A media calle se abría una subida hacia la mentada colinilla, la maleza se imponía a la acera y las tres quintas a lo alto tenían ciertamente el aspecto de palacios majestuosos pero ligeramente infernales. A pesar de la complejidad de la arquitectura de todas las casas, sus fachadas, las aceras y calles producían una soledad intolerable, palpable, no de abandono sino de muerte. Facundo detuvo el paso frente a la subida, con el corazón petrificado. El camino doblaba unos metros más arriba en el saliente de una casa y hacia esa esquina caminó, con abundante sudor cruzando su rostro. Alcanzó el borde y a hurtadillas se asomó.

El panorama era contundente y estático: una calle ciega flanqueada por dos quintas monumentales, casi enterradas en xerófilos cerros y en el centro, en el tope de la colinilla, “Coralito”, de amplio terreno, de edificación más pequeña pero no menos imponente. Facundo sintióse trasladado a otro tiempo, a un tiempo fundacional, muy solo en el mundo. La soledad no era aterradora en sí misma, sino una máscara que escondía lo aterrador, un rostro encarnado en esas tres residencias blanquecinas de astro rey, como óleo decolorado, entre sus ventanas, chaguaramos, palmeras, cactus, torrecitas, la silueta de éstas. Facundo no pudo resistir la visión.

Dio vuelta y encontró su paso cerrado por un joven desgarbado –el susto le hizo pensar en un hijo ilegítimo de la monja, porque de verdad se parecían, sobre todo la inexpresividad. Pero nada tenían qué ver. Era Samuel, empleado de las tres casas que pernoctaba en un anexo de “La Alameda”. Su actitud era paradójica, despreocupada pero sin intención de cordializar. Bueno, eso creyó. Caminó a su lado, le sonrió y murmuró: “No es por aquí”. El joven, cargado de provisiones, retomó su paso hacia “Coralito”. Facundo llegó exhausto a Malecón—Arrecife, de modo que se quedó a descansar en su apartamento. La vista imponente solía calmar todos los miedos. A las 4:30 pm apareció apresurada Muti.

— Facundo deje a esa gente tranquila. No saben nada del asunto, yo lo verifiqué.

— No, si eso no me preocupa es...

Miró con cuidado su rostro y no dijo más. Muti ya no era la misma. El abuelo de Guille creía que la crisis nerviosa, pesadillas incluidas, habían cobrado su deuda y borrado en la lusitana la línea entre lo imaginario y lo físico. “Viéndolo bien”, se dijo, “Longa Estonia produce ese efecto”. Tanto el vigilante de la caseta de Malecón—Arrecife, como el jefe de reparaciones del conjunto asignaban a la colinilla un carácter malvado, de apariciones insólitas, monstruos que no eran muertos ni vivos.

Desesperado sale a la Cota 1001. Pregunta a unos caminantes (casualidad, compañeros del colegio) que le dicen: “Eso está en ‘Coralito’”. Entonces va a “Coralito” y en la puerta lo recibe Juancha, espigada, con aspecto de sacerdotisa hippy, su lengua llena de imperdibles, sus ojos sobresombreados. Entran a una propiedad lúgubre, con niebla parecida a telarañas en el suelo. Llegan a una habitación. Ahora Juancha es gorda, con sostenes negros y un bluyín. Facundo se sienta en la cama y casualmente tiene al frente un gran espejo, donde observa a Juacha empuñar un bate de béisbol, con el que en pocos segundos le aplastará la cabeza. Facundo grita, salta, hace un gran alboroto y ante la sorpresa de Juancha, escapa atropellando el mobiliario de una casa donde estuvo de visitas en La Guiara en mil novecientos cuarenta y algo.

Abrió los ojos, enfocó lo que pudo (un espejo en el cuarto, por casualidad). Creyó que el sueño corroboraba la tesis de mejor no ir. Wenceslao no estaba disponible para consultas. Durmió otro poco pero mal. Al día siguiente, extrañamente, hizo las maletas y las dejó empacadas cerca de la puerta. Se bañó con ahínco y vistió ligero, para enfrentar la dura distancia, corta a la vista, entre Malecón—Arrecife y la colinilla. Pocas veces dos cosas tan cercanas estuvieron tan lejos. Abandonó a pie el edificio, seguido por la advertencia silenciosa del guardia. Se dirigió a “Coralito”.

El día estaba, cómo decirlo, deliciosamente nublado. En la playa, para quien no busca playa, las nubes ante el sol son oro, la oscuridad diurna es bendecida y la lluvia aplaudida. Llegó al muro alto, cerrado. Sonó la campanilla. Al rato apareció Samuel, quien lo condujo a través del jardín más exquisito que jamás hubiera visto. Nada de calaveras tratando de romper tumbas, ni mutantes a punto de lanzarnos una fuente. Gente normal, como había dicho Muti. Nadie le pareció más real y terrenal que Juancha. El sobrenombre era insólito, porque Juancha se llamaba Juana Elena y era hermosa. Pálida, pecosa, casi pelirroja, había un dejo de fragilidad última junto a una fuerza inexplicable. Le calculó 25 años aunque al rato pensó que había errado de plano.

Vivía sola en un caserón de doce habitaciones. La familia venía cada dos o tres años y algunos por su lado tres o cuatro veces en el mismo período. Con un traje hasta las rodillas, pero revelador por lo ajustado y cierto escote, sentada en un mecedor habló al abuelo de Guille con una mezcla de proactividad y autocompasión. Cuando Facundo preguntaba sobre “unos investigadores que estuvieron, al menos, por la piscina de Malecón—Arrecife” ella contaba la historia de Longa Estonia con pasmosa precisión de detalles: qué familia se mudo dónde cuándo desde su construcción en 1921, cuando el banquero fundador del Longa Estonia moderno [su tío] ofreció parcelas y casas en venta a sus amigos en círculos acomodados. Algunas familias compraron y construyeron, formando el área de casas de Longa Estonia, unas dieciocho quintas, algunas tan o más grandes que “La Alameda”, de 15 habitaciones. También reconstruyó el muelle, de modo que ahora podían atracar barcos más grandes. Esta inesperada expansión de Longa Estonia enfureció a los dueños de las tres casas originales, todos miembros de la misma familia. Transformar ese paradisíaco saliente en una comunidad vacacional era una idea genial ¡si Longa Estonia estuviera ciento y tantos kilómetros al oeste! De otro modo resultaba una extravagancia: imaginen marina, proveeduría, dispensario, almacenes, cuartos eléctricos, para un grupo de familias que vivía a cinco horas por lanchones y nueve si venían por tierra, dado el estado de la carretera y que sólo lo hacían en vacaciones y rara vez en fines de semana. Luego, en los setenta, los grandes edificios y mejores carreteras le dieron un carácter más accesible, pero de todas maneras...

Facundo fue más directo:

— ¿Qué sabe del vuelo de las golondrinas sobre la piscina de Malecón—Arrecife y frente a la rampa del noroeste?

Juancha, sin variar ni un grado la intensidad y velocidad de sus palabras le habló de las golondrinas, de su clasificación, de los tipos de pájaros viajeros, de sus hábitos migratorios en América, África y resto del mundo. Se refirió a diversas experiencias con golondrinas en el jardín y otros puntos de la colina. Le habló de mitos e implicaciones religiosas de la golondrina en diversas culturas, según había leído y a veces vivenciado por sus familiares. Su hablar contenía un toque de vastedad pero también de desesperación, como si quisiese comunicar algo oculto en el discurso. Eso pensó el abuelo de Guille. Juancha le explicó que las golondrinas cazan insectos en los estanques y dejan huellas aleatorias, sin significados, pero que vistas en parte y rodeadas de misterio, pueden generar cualquier interpretación. Le pareció tan convincente a Facundo, pero a la vez extraña. Sutilmente Juancha cortó la conversación, lo convidó a la puerta y lo despidió con la promesa de encontrarse otro día.

Camina para irse pero se devuelve. Juancha sigue en el portón. Se acerca y la besa. Ella no se opone. Reemprende el camino y quiere besarla otra vez, al voltear Juancha es la gorda con el bate en la mano y Samuel la sostiene para que no le salte encima... y lo batee.

Despertó, sudado. Miraba en su recuerdo a Juancha fabulosa (otra vez), pero infeliz. Si él, quizá, pudiera rescatarla. Extrañas insinuaciones lo visitaron en silencio. Pero no se atrevía a volver porque Juancha expresamente rehusaría atenderlo y además sentía, no sabía porqué, que su visita había creado en la colinilla una pequeña conmoción. Desde el pasillo posterior de su piso vio a Doña Muti salir apresurada hacia allá y sumergirse en las sombras que dan hacia las tres quintas. Más tarde vio a quienes no dudó en identificar como los esposos Sanabria: pasaron furtivamente de una casa a otra. Las luces de las ventanas se encendían y apagaban con una frecuencia inusual en la colinilla. ¿Qué haría mañana, dado que de noche ni loco se acercaría? En medio de esas angustiosas disquisiciones, tocaron el timbre. Era Samuel. La señorita Juancha quería verlo a las 6:00 am en “Coralito”.

Deshizo las maletas, puso todo en su sitio de nuevo y se fue a dormir. A las 5:45 am estaba en la puerta de la quinta. Samuel le abrió. Juancha estaba en la parte de atrás, bajo un gigantesca y frondosa mata de mango. Se balanceaba en un columpio. Saltó delicadamente, caminó ensimismada, miró repetidas veces a Facundo. Luego se acercó, el sol todavía no se vislumbraba, le pareció tan blanco y descolorido su rostro, con una capa de talco adicional, inclinarse hacia él a la menor distancia que los había separado hasta ahora...

— Voy a entrar en terapia de sueño –una especie de tristeza le cruzaba el rostro.

— ¿Qué?

— Sí, suelo hacerlo, me duermo por varios días seguidos gracias a unos tés y cocimientos.

— Bien ¿y yo qué pinto en todo esto?

— Justamente ¿Te gusta la pintura, las bellas artes?

— Bueno, lo normal... no soy fanático...

— Por favor, ve la obra de Felipe Federmman.

— ¿Y... por... cómo?

— Sobre todo lo que pintó en los patios de la capital... adiós.

Entró apresurada, casi juguetonamente y al rato salió Samuel, para acompañarlo a la salida. Se fue absolutamente desconcertado. Ya las tres quintas no le daban miedo, sino una sensación de absurdo y de locura que no quería descubrir. Hizo las maletas por segunda vez en pocos días y se fue por mar hasta Puerto Guarimba, donde tomó su auto y partió a la capital. Camino a su casa, su mente era un hervidero: “Felipe Federmman, lo recuerdo, es de la generación de 1868 o algo por el estilo, junto al maestro Montenegro, lo vi en la escuela, ayudé a Clarita en sus tareas, próceres de la pintura de este país”. Desvió el auto hacia el Parque de los Museos, de manera inexplicable, visitó el de Bellas Artes. Recorrió sus salas y vio lo que había de Federmman: “Comadres”, “Las Pléyades en Hisperia”, “Cocotero de Maruto”, “La marquesa de Salsa”, “El 15 de marzo de 1772”. Se sintió ligeramente ridículo al escrutar nada concreto en la obra de un pintor academicista del siglo anterior. Se acercó a una guía.

— ¿Es todo lo que tienen de Federmman?

— No todo, es lo que exhibimos. El resto está en depósito, cuadros menos importantes. Pero si quiere ver más vaya a la Casa Federmman, en la urbanización La Pradera en el centro, es su casa natal. Allí está la gran colección de héroes, su serie de patios y la obra mitológica que pintó en París.

— ¿La serie de patios?

— Sí, Federmman pintó a muchas familias encumbradas de la capital, pero siempre en el patio o jardín de sus respectivas mansiones: los Moravia Olivo, los Wilckinsen, los Villadiego...

Agradeció y se puso en camino de inmediato. En treinta minutos entraba en la Casa Federmman, casi a la hora de cierre, una modesta residencia con una placa que pregonaba que su construcción ocurrió en 1837. La decoración de la casa era una mezcla entre mobiliario original y réplicas, que daban una sensación decimonónica. Había cuadros de gran formato y pequeños óleos y bocetos en papel: el balneario en la playa, las calles centrales de la capital, la Plaza del Prócer en diciembre.
En un gran comedor estaba la serie de patios: en efecto, los Wilckinsen en pose rígida, las señoras sentadas, los caballeros erguidos, impetuosos, los niños ligeramente distraídos; más allá los Ávila Monsanto, más informales, con trajes desahogados y claros; luego otro grupo familiar, entre gladiolas y cayenas, la abuela enjuta, el pater familia orgulloso, la madre como resignada, una joven altiva y... tuvo que sentarse en una silla del comedor (aunque estaba prohibido), el impacto le había producido una baja de azúcar y casi se desmaya.

“Es Juancha, es ella, qué hace allí... debe ser una antepasada, pero son iguales, las pecas, el cabello, los ojos, las manos largas y lisas, las uñas de morado cardenal...” Un encargado se acercó y le preguntó si se sentía bien. “No”. Le trajo agua con azúcar y Facundo pudo ponerse de pie, sacudirse un poco y acercarse a la placa del cuadro: “Los Cordero—Alemán, c. 1876”. Buscó un teléfono público.

— Hola mi amor ¿cómo estás... y las niñas?

— Bien todas ¿cómo te va?

— Estamos por terminar el arreglo ya. En un par de días estoy de vuelta.

— Chao mi vida.

Tomó el auto y volvió a Puerto Guarimba, se embarcó en un viaje que debió contratar a un paquebote de paso, que lo dejó en Longa Estonia casi al amanecer. En el paquebote, de lo cansado, se tumbó a dormir.

Entra en el comedor de Casa Federmman. Se acerca al cuadro “Los Cordero-Alemán” pero Juancha no está, sino una niña más pálida y mortecina, totalmente distinta. Frustrado ante el hallazgo siente una presencia, detrás suyo. ¡Es Juancha y a su lado Federmman! Sumergidos en las sombras (sólo se veían las sonrisas) le dicen: “Caíste por inocente”.

Al llegar y dejar sus enseres en el apartamento se dirigió decidido a “Coralito”. Ya era de día. Subió la calle que dobla y se encontró en la puerta, como esperándolo, a Juancha. Más atrás Samuel barría la maleza del jardín.

— ¿Ya se despertó la bella durmiente?

— Tuve sueños muy inquietos. Pasa.

En el camino soltó:

— Vengo de ver “Los Cordero-Alemán” en Casa Federmman.

— Ah ¿no está en Bellas Artes?

— No, lo pasaron a su casa natal.

— La conocí. Fui con mi padre a contratarlo.

Recorrieron la quinta en silencio. Parecía como si Juancha quisiera que viese con detenimiento: la sala comedor, la cocina, la escalera a las habitaciones. Samuel en el jardín se afanaba con unas ramas. Estos espacios tenían un aspecto antiguo pero, a la vez, simulado. Como algunos museos que terminan por disecar lo que antes fueron decorados espontáneos y frescos. Notó, en una mesita varias fotos que no identificó, en blanco y negro, en colores otras, vetustas casi todas.

Juancha siguió de largo por las escalera, pero Facundo quedóse sin subir. La niña trémula se detuvo, giró su grácil cuello hacia él y lo invitó con los ojos. Erotismo y miedo. Una sirena, quizá. La aventura de una vida, tal vez.

Entraron al cuarto de Juancha, quien se tumbó en la cama, derrotada, debilitada por el aguante de llegar hasta allí sin decirlo todo. Facundo se detuvo y escrutó el espacio: estilo hacienda española, paredes claras pero pintadas de colores atípicos, como ya cansados de probarlo todo. El mobiliario, la ropa cuidadosamente desparramada y una flor marchita sobre un pequeño atrio daban una atmósfera cinematográfica. Hasta imaginó la filmación de una vesánica y escondida película.
— Mira –invitó Juancha al abrir la gaveta de una cómoda, al pie de la cama. Sacó un paquete de papeles sujetos por una liga. Los liberó y puso en manos de Facundo, quien palideció al examinarlos (aunque sin el soponcio de la Casa Federmman). Fotos de Juana Elena en 1894, 1915, 1946, siempre igual, con todas las modas de los siglos XIX y XX pero ella en su íngrima identidad, ni dobles, ni antepasados.

— Desde 1875 estamos, por lo menos yo, en Longa Estonia fija. Nací aquí, mi padre poseía junto a otros familiares [entre ellos el abuelo del banquero promotor de Longa Estonia] estos terrenos y se construyó “La Alameda”. Dividido el terreno entre hijos y primos, se anexaron “Coralito” y “San Judas Tadeo” y luego nos separamos en parcelas distintas. El resto fue construido lentamente por parientes, amigos, socios y, finalmente, el público que pudiera comprarlo. En los cuarenta esto se comenzó a prostituir.

“La niña Juana Elena Cordero-Alemán Hidalgo de vacaciones á París”, leyó de un recorte fechado 1873. Una foto en el balneario de Playa Uvero, 1901. El resto en lo que parecía Longa Estonia sin carreteras, edificios y sólo tres quintas en el tope de una colinilla. Postales, recortes de revistas Trilliken y fotos buenas y malas. Juancha con conejitos, Juancha dándose un chapuzón en un pozo del este, sentada en un Buick 52 último modelo. No faltaban datos sobre otros Cordero-Alemán: bodas, visitas a Longa Estonia, construcción de casas, expansión familiar, parrillas, algunos encuentros.

— ¿Y los demás?

— Andan desatados. Bueno, es un decir, aquí estar “desatado” significa para ti casi andar en cámara lenta. Pero, en fin, han tomado decisiones con las que no estoy de acuerdo. Por eso debes ver eso. –señaló el manojo que Facundo barajaba.

— Sí, ya veo –Juancha arreaba un burrito y al lado un ¿hermano? Fechado 1926.

— Muti se les ha unido, la han iniciado incluso sin decírmelo. Pero ya me enteré, claro.

— ¿Qué tiene que ver con las golondrinas?

— Nada y mucho.

Oyó un silbido, se asomó por el ancho ventanal. Desde abajo Samuel le comunicaba algo. Facundo nada oía.

— ¿Sarita? No, dile que ya voy para allá, que me espere. — Volteó a Facundo.

— Debes irte. Nos vemos esta noche, te visitaré en Malecón-Arrecife. Sarita me llama. Es extraño.

Casi lo empujó a salir. El abuelo de Guille apuró el paso y se fue pegado a los muros, como para no ser visto de “La Alameda”. Llegó a su apartamento y trató de reconstruir la escena anterior, a ver si había hecho algo mal.

Alrededor de las 7:00 de la noche pasó Samuel por su apartamento. Le informó que la señorita Juancha lo visitaría en un rato. Facundo salió al pasillo y lo vio marcharse de vuelta a las sombras de la colinilla. Tronó el intercomunicador, había gran interferencia. Escuchó: “Baja”.

— Voy Juancha.

Bajó al lobby del conjunto residencial, pero no vio a nadie. Se acercó a la caseta de entrada y el guardia, al despertar, no pudo contestar con certeza si alguien había burlado su menguada vigilancia. Se dirigió a la piscina de las golondrinas, visitada de vez en cuando por algún pájaro impuntual. La rodeó y se encaminó hacia el bohío noreste. La oscuridad era cerrada, la mayoría de los postes apagados. Olor a Eucaliptus. Escuchó un tintineo, abajo, donde las parrilleras. Bajó las escaleras que pasan por una cancha de bolas y se asomó a sombras totales.

El sonido parecía venir del fondo, al cual se dirigió a tientas. Entre las mesas y sillas de piedra, que no veía, llegó a un claro y auscultó el área. Nada. Súbitamente cayó sobre él una sombra (aunque es una redundancia), con toda la violencia y empuje de un cuerpo que echaba su peso. Facundo cayó al suelo polvoriento, de bruces y quien lo atacaba comenzó a ahorcarlo con una fuerza que jamás había enfrentado. A duras penas podía poner sus dedos entre los fieros brazos que cerraban paso al aire y su cuello. Se revolcó como pudo, no podía gritar, de modo que sacudióse desesperado y con todas sus fuerzas, tratando de zafarse o de aplastar a su atacante.

Pataleando, pudo recuperar algo de verticalidad, pero la oscuridad lo hacía más inerme. A los pocos segundos ya la lucha parecía perdida y el abuelo de Guille comenzó a sentir la ingravidez de la falta de oxígeno. Persuadido de que iba a morir, forcejeó por última vez y, tan de repente como saltó sobre sí, el atacante se quedó inmóvil, como presionado desde atrás, dando el más espantoso e indefinible alarido que hubiera escuchado jamás. El férreo abrazo se aflojó y como un saco de carne cayó a su lado, pataleando cual bestia herida.

Facundo, sin poder siquiera verse a si mismo, sentía al atacante revolcarse y convulsionar a pocos metros de él, sin detallar tan solo un rasgo. ¿Qué hacer: huir, buscar luz, gritar? Oyó un “clic” lejano, repetitivo. Los movimientos del atacante se fueron atenuando, hasta cesar. Cuando intentó incorporarse lo encandiló la luz de una linterna que, obviamente, sostenía quien cliqueaba segundos antes. No podía detallar quién era, pero le pareció una presencia fantasmal, como vestida en velo (justamente como los supersticiosos describen la muerte).

— Facundo ¿estás bien? – Era Juancha, que recorrió con el haz de luz todo el cuerpo del atacado para comprobar su integridad.

— ¡Juancha, pero...! – Al levantarse pudo mirar, en el centro del óvalo de luz apuntado al suelo, el rostro sin vida de Muti, con una mueca indescriptible de furia. Instintivamente Facundo se acercó a Juancha y le quitó la linterna, para iluminarla de vuelta. Era Juancha, en efecto. Vestida de negro cerrado, incompatible totalmente con el calor de la noche. Bajó la luz y contempló un puñal ensangrentado en su mano.

— Juana Elena...

— Muti estaba fuera de control.

— ¿Y está muerta? ¿Cómo...?

— Le hubiera tomado años, apenas la iniciaron. Estaba más desatada que ninguno... Siempre ha sido “más papista que el Papa”.

Recuperados de la sacudida, la envolvieron en una lona vieja que encontraron y luego de un agotador trabajo, la enterraron en el cañón debajo de la plataforma noroeste, donde varios meses atrás Muti misma le mostraba a Facundo el vuelo esférico de las golondrinas. Subieron al apartamento, a asearse un poco y reponer energías. Facundo prestó a Juancha unas ropas suyas, dado que su vestido estaba ensangrentado y muy sucio.
Al salir de la ducha, se veía hermosa, con el pelo escurrido y la ropa definitivamente grande, pero ajustada a la fuerza, con correas y pinzas. Sin pensarlo mucho se fundieron en un beso, que interrumpieron apenas despertaron de esa rápida e irresistible embriaguez.

— Tienes que irte de inmediato.

— ¿Y tú? No puedo dejarte sola.

— Ve tranquilo, no es la primera vez que ocurre. Hubieras visto el zafarrancho en 1911 y en el 36 y en el 61. Yo negociaré con ellos.
— ¿Y qué quieren?

— Quieren esparcir la sangre sagrada. Vengarse del mundo. Están furiosos.

El resto de lo que ocurrió esa noche fue mantenido en secreto por Facundo a su nieto. Sólo le dijo que a la mañana siguiente partió temprano a reencontrarse con su familia y continuar su vida. A la 1:00 pm estaba entrando en casa, besando a sus hijas. Luego pidió que no lo despertaran porque estaba exhausto y, de hecho, prácticamente durmió corrido hasta el día siguiente.

4. EPÍLOGO

El abuelo de Guillermo murió tres días después de contarle lo anterior y, al parecer, murió en paz. Pero dejó a un nieto en ascuas y ahora también a un cronista invitado. Habían muchos agujeros negros en la historia: ¿Volvió Facundo a Longa Estonia? ¿Qué pasó con Wenceslao, y con Juancha y los demás? ¿Qué significaba exactamente estar “desatado”? Antes de salir en expedición a Longa Estonia, Guille me confirmó, por viajes anteriores al apartamento (reconstruido por enésima vez), que en efecto la desaparición de Muti quedó en el más absoluto misterio. La teoría más plausible para la gente: se ahogó en uno de los pozos al este, quizá en Pozo Pelón (al cual se iba sola y sin avisar), “embrujado” según los supersticiosos. Al intentar contacto con Wenceslao recibimos la noticia que, luego de diversos conatos, había desaparecido, probablemente con una amante. Ya antes se había perdido un par de veces, pero ahora la cosa iba por año y medio sin ser visto y sólo mandaba mensajes muy cortos a través de un amigo anónimo. Guillermo y yo escuchamos la historia de boca de la señora Clara [tía de Guille], imaginándonos muy bien dónde debía estar nuestro errático matemático.

Ahora bien, hace dos años ocurrió un pavoroso deslave en el litoral central. Las piedras y los ríos que se despeñaron, las miles de toneladas de sedimento arrasaron y sepultaron poblaciones e hicieron a Longa Estonia inaccesible por tierra. Para colmo, el servicio de botes o los lanchones de alquiler ya no operaban de modo que por mar, se hacía muy difícil y azaroso llegar. Los deslizamientos incluso embistieron a Longa Estonia misma. Su playa fue invadida por un río crecido de lodo, que tapó el muelle y extendió la arena 100 metros más adentro. Malecón-Arrecife vio inundados sus estacionamientos y, peor aún, su majestuosa piscina. Estuvieron año y medio sacando tierra, reparando y volviendo a operar la alberca y sus áreas circundantes. Algunos edificios y casas se perdieron porque la furia del pantano en cascada socavó sus bases, derribó sus muros y paredes. Las casas no golpeadas, igual fueron abandonadas, de modo que según reportaban, Longa Estonia quedó como un edificio, Malecón-Arrecife y la colinilla, a la que no llegaron las aguas. Dado lo difícil del acceso y el escaso interés en recuperar, las otras residencias fueron abandonadas e igual así algunos apartamentos del edificio de Facundo. Los reportes han sido confusos: desde imposibilidad de recuperar el lugar como un todo, hasta un cambio en la topografía que presagiaba un renacimiento.

Hace tres meses salió Guille para allá. Antes de irse me pidió algo que, según él, le había sido vedado por la naturaleza: “escribir de forma que la gente entienda”. Él juzga que yo puedo hacerlo mejor. De modo que he escrito lo que convinimos. No obstante...
(Me llama Guille desde Maruto, donde han restituido el servicio telefónico.

— Están como me dijo mi abuelo: “Desatados”. Ayer vi a lo lejos a Wenceslao, está loco o en estado de gracia, no sé. A Juancha la miré de lejos, no puedo explicarte, tienes que venir... Recuperaron el estanque y las golondrinas... — Se corta la llamada.

Me veo en el mismo apartamento donde la Juancha gorda quiso desbaratarle el cráneo a Facundo. Me digo: “¡Oh, oh, estoy en problemas!” y suelto el teléfono, el cual se deshace en recortes de periódicos, fotos viejas y postales en sepia.)

¿Ven? Si algo no quiero tolerar son esos teatros del terror dentro de mi propia cabeza, que ya se repiten con temas como Muti muerta en vida vagando por la playa en las madrugadas; las golondrinas-globo atoradas en la seca piscina o el monje budista volando junto a los pajaritos frente a la plataforma noroeste.

Jamás he pisado Longa Estonia, por cierto. Ésa es la razón de mi prisa por partir, para espantar las pesadillas o para sumergirme definitivamente en ellas. Y de allí este recuento del relato de la narración de un moribundo.

Ustedes saben, por si acaso no regreso.


Vuelta a Fernando Núñez Noda


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