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Fernando Núñez Noda

Vuelta a
Fernando Núñez Noda

Un cuento inédito
de Fernando Núñez Noda

DETRÁS DE LA CUNA LUNA

Queridísimo hijo:

En esta carta postmortem, en el capítulo que dedico a la historia de la familia, me veo obligado a revelarte por fin el secreto de nuestra fortuna. De más está decirte que debes mantenerlo en el más obsesivo secreto. Como sabes, nuestro éxito comercial comprende una gran línea de productos para bebés e infantes, pero se centra en la celebérrima Cuna Luna, la única en el mundo que garantiza 100% de eficiencia en dormir a los recién nacidos.

El secreto de esta cuna ha sido nuestro más valioso activo y hemos logrado esconderlo, subsumirlo, diluirlo de tal forma que si alguien toma una Cuna Luna y la desarma, jamás podrá encontrar su ingrediente mágico, ni que diseccione los resortes o extraiga el sistema de sonido. Pero hoy inauguraré una tradición: el paso generacional de este dato hermético.

Todo comenzó cuando tus abuelos, desesperados por mi llanto sostenido, empezaron a buscar métodos para hacerme dormir. Yo tenía un mes de vida por decir algo. Mi madre resolvía el problema a largo plazo: teta y paseos mecidos en su hombro. Pero se cansaba y en las “primeras de cambio” , en ese preciso intervalo, los nervios de ambos estaban en ascuas. Bastaba que mi cabeza tocara la sábana para que todo el sistema llantístico se desatara. Como sabes, es el dormir del bebé una de las mayores preocupaciones de los nuevos y viejos padres.

Entonces papá lo solucionó, más que ingeniosa, desesperadamente. Un día, agobiado por mi imposibilidad de conectar con el mundo de Hipnos, sacudiendo mis manitos en señal de vigilia y con varios decibeles exacerbados, mi padre tomó el “portabebé” del carro, que tenía una fuerte asa de plástico y metal y comenzó a mecerme rítmicamente. Al rato de patalear un poco, me quedé dormido como un querubín. Mi papá había hecho algo bien.

Con esto logró vencer la vigilia involuntaria y ayudar a ajustar ese mecanismo que nos une con el interior de la mente, que nos sume en tranquilo pero intenso discurrir. El sistema resultó casi infalible, hasta los tres meses. Luego menos, pero siempre confiable en una emergencia.

El portabebés era una cunita acolchonada, en una estructura semicircular que le permitía balancearse, si estaba en el piso. Mi papá simplemente cargó el portabebés por el asa y lo osciló hacia atrás y hacia delante. Lo que mi mamá y papá dedujeron era que éste lograba una oscilación, un balance y velocidad perfectos para lograr el objetivo. Mi padre se colocaba, cual fiel de la balanza, con piernas en V invertida y dejaba mecer el portabebés unos centímetros sobre la línea horizontal de sus manos. Luego se colocaba de perfil, alternativamente izquierdo y derecha, para continuar la oscilación de lado, tomado el coroto con un solo brazo. Un secreto importante parecía ser la fluidez, la minimización del sobresalto, por lo cual papá desarrolló una pericia para que el movimiento fuera homogéneo y continuo.

Mamá me hacía dormir sin mayor problema con la teta, pero cuando me despertaba y no era hambre mi problema, para ayudarla a recuperarse del parto, mi padre me cargaba con sutileza, me mecía un rato en sus brazos a ver si me dormía así (nunca lo lograba). Generalmente mamá se levantaba y él le pedía opinión, como en el Zorro, cuando el uso del disfraz es la última instancia, se decían sin palabras: “Es hora de usar el portabebés”. Papá irrumpía feliz en mi cuarto (pataleaba yo desde un Moisés en la habitación paterna) para buscar su instrumento, me colocaba en él (usualmente protestaba con un berrinche) y comenzaba su suave paseo de medio círculo.

Luego desarrolló su célebre “adaptación motriz”, que consistía en moverse unos pasos adelante o a los lados cuando el bebé perdía concentración. La adaptación motriz evolucionó hacia pequeñas caminatas o circunvalaciones cada vez más cerradas, hasta que ya eran resueltas por puro ejercicio de los brazos.

Claro, el cariño cuenta y esto funcionaba porque papá era un ser bondadoso y amaba a los niños. Hasta bien entrados los seis meses todavía se podía aplicar en emergencias, aunque ya los ositos y el chupón resolvían el problema dentro de la cuna. En algunos casos colocaba, muy bajito, música de Mozart para ayudarse, en especial el Divertimento en Si bemol mayor y Cassattion en Sol mayor. Sin embargo, luego por lo difícil que era encender el equipo de sonido conmigo en brazos u oscilando, optó por silbar sencillas y repetitivas melodías que ajustaba a la velocidad de oscilación. A veces el arco era cerrado y rápido, pero a veces extendía el brazo como para enviarme lejos a ambos lados. Cuando me sumía en los brazos de Morfeo, papá posaba el portabebés en el suelo y gracias a sus bases curvadas, podía moverse cual mecedora. Luego minimizaba el impulso hasta detenerla, cargarme y colocarme en el Moisés.

Cuando cumplí un año ya mi sueño era de toda la noche y si tenía problemas bastaba mamá al lado con sus mágicas caricias y voz en la oscuridad, para devolverme a ese mundo donde también estaba ella, pero volando. Papá parecía liberado de la necesidad de mecerme y había sustituido el portabebés por otro más grande, en el carro y guardado el viejo en un clóset.

Un día sonó el timbre a altas horas de la noche. Una pareja de vecinos, dos pisos más abajo, pidió disculpas por lo tarde. Cargaban a su bebé, que no lloraba, pero apenas lo ponía en posición horizontal estallaba.

- Ay, discúlpennos de verdad - apuntó la señora-, no hallamos cómo decirlo pero ya que usted (mamá) me contó el otro día sobre lo de la cunita que se balancea y que ya no la usan, queríamos saber si nos la podrían prestar a ver si funciona con Jesús Alejandro y luego compramos una así, pero para ver...

- Claro.

Les entregaron el portabebés y colocaron al pequeñín en plena descarga de llanto, con una breve indicación de papá sobre cómo mecerlo. Se fueron y todo quedó en un silencio relativo. Al rato afinaron el oído y sintieron que el niño lloraba a todo pecho, con cortos intervalos de gimoteo. Papá se preguntaba si no sería indiscreto presentarse y ofrecer ayuda. Mamá especuló que tenían que afinar la técnica. Al rato el bebé se calmó.

A primera hora se presentó la señora con Jesús Alejandro en brazos.

- Ay gracias, pero el bebé no se pudo dormir en el portabebés, tuve que darle pecho porque si no...

- ¿No se durmió? Bueno, si quieren le digo a mi esposo esta noche que les explique un poco cómo lo hacía.

Esa noche, efectivamente, mi papá le dio una somera inducción al colega paternal, con ideas de cómo –de paso- podía entonar los bíceps con el levantamiento y movimiento. El vecino hizo lo mejor que pudo, pero el bebé se despertaba o no se dormía o no era profundo su sueño. Cuando mi papá lo cargaba y mecía, con el mismo instrumento, en la misma habitación, el bebé se dormía como un querubín. El vecino se afanaba, imitaba hábilmente la adaptación motriz ¡qué va!, el bebé se enrojecía de furia.

Otro día mis padres visitaban a mis tíos, que tenían un recién nacido también. No lo podían dormir. Mi papá buscó el portabebés, insertó al neonato, entró en una habitación y salió con el bebé rendido en sólo cinco minutos. Mis tíos no salían de su asombro y mi mamá tampoco. Si mi padre mecía a un niño, pero a su manera, sin público y en oscuridad, lo devolvía en sueño profundo en menos de diez minutos. Nuestros vecinos volvieron a la semana:

- Nada. Compramos un portabebés como nos indicó. Le he dado vueltas por todo el apartamento, “Baby Mozart”, le he silbado cuatro versiones del Himno Nacional.

- Y llora que llora –completaba la esposa.

- ¿Será que hay que hacerlo sin gente en el cuarto? ¿Usted le habla o no debe hacerse? ¿Será su portabebés específicamente?

Papá los visitó esa noche y lo durmió en pocos minutos ante su mudez. Al día siguiente una llamada telefónica:

- Soy su vecino, le propongo algo ¿por qué no nos cobra?

- Pero por favor, si lo hago con gusto...

- No, señor, de verdad... Así no nos daría pena llamarlo y usted se beneficia también.

Convinieron una tarifa puntual por llamada y contra resultado: un sueño prolongado del nené. Papá bajó esa noche, luego de dormitar un poco al final de la tarde. Les demostró que no era el portabebés, porque trabajó con el que habían comprado. Cierto que algunas veces se prolongaba el proceso, que había que rematar o insistir más, pero en la totalidad de los casos papá los dejaba dormido como un ángel. En la mesa del comedor contemplaba el cheque con cierto sarcasmo:

- ¿Qué te parece? –y mamá reía.

El chisme se corrió como pólvora. Hubo, literalmente, ruegos y una señora se puso a llorar si no la atendía esa misma noche. Como las peticiones se dieron en el edificio donde vivíamos y en las torres aledañas, papá se figuró un sencillo itinerario por el cual salía de casa, portabebés en brazos, a diversos apartamentos y regresaba rodeado por la incredulidad de los padres y sus devotos agradecimientos:

- No sé cómo lo hizo pero que Dios lo bendiga. Por favor, lo llamamos si se despierta.

A pesar de los cursos que llegó a dar a grupos crecientes de padres, ninguno era capaz de dormir a sus hijos la totalidad de las veces, obligándolos a acudir a la teta de mamá o al tetero, mucho más infalibles, pero que implicaban cansancio de la recién parida, del papá y posible soibrealimentación. Por eso el aplauso de papás y mamás era unánime y entusiasta. No importa cuán parecido fuese el portabebés, incluso el mismo (como constató su hermano), ni cuán fiel se siguieran sus instrucciones y movimientos, nadie –excepto papá- podía dormir un bebé en tan poco tiempo y por un período tan largo de sueño profundo.

La fama se extendió. Los pedidos abarcaban las urbanizaciones más pudientes, que pagaban mucho dinero por exclusividad. Los imitadores o competidores rápidamente revelaban sus debilidades, su falibilidad y papá se cotizaba más en tanto otros lo intentaran infructuosamente. Cuando cumplí dos años, papá dejó su negocio diurno y se alquiló por noches en mansiones, guarderías de clínicas y otros recintos de primeras dormidas. La vida en mi familia cambió, en principio por el extraño horario que obligó a mi papá a dormir más de día que de noche. En las mansiones solían prepararle una habitación con todas las comodidades (igual así en las clínicas) y cuando lo llamaban por “walkie-talkie” acudía, en traje de ejercicios, con portabebés en brazos al rescate. A esta ausencia nocturna se agregó un aumento muy significativo de los ingresos monetarios. Mi papá llegó a ganar hasta 15 veces su antiguo sueldo. Mamá lo ayudaba con las citas, las agendas y el equipo. A veces le preparaba un café muy especial, para las vigilias prolongadas, pero en general en las casas donde era huésped lo trataban de las mil maravillas, con comida, TV y uso del teléfono.

Su caso llamó la atención de la prensa, sobre todo las revistas dominicales, que acrecentaron su fama a tal punto que triplicó sus honorarios sin mengua de la demanda. De hecho, las parejas lo contrataban hasta nueve meses por anticipado, cuando se les anunciaba la concepción, con todo tipo de provisiones para los partos prematuros, etc. Esta ocupación, pues, llenó de prosperidad material a la familia.

Nunca pudo tener asistentes mi padre, por cierto, nadie logró imitar su método. De modo que el viejo se echó todo ese trabajo encima, literalmente. Ahora ¿cuál era su método? Muchos especialistas lo han estudiado, aunque nadie logró ni una línea de mi padre, ni siquiera mamá pudo. Han especulado que tenía que ver con el “swing”, con la oscilación lateral, con la altura, con la frecuencia, con la adaptación motriz, con el ángulo, mezcla de estos, combinaciones de aquellos... La verdad es que he recopilado como 50 teorías diferentes, incluso esotéricas. Nadie pudo figurarlo, excepto yo aunque él jamás me lo dijo y mamá también solía especular. Cuando hubo oportunidad de pedirle ese secreto a papá, yo estaba interesado en bienes raíces, con muy poco auspiciosos resultados.

Luego de su muerte el principal experimentador fui yo. Mamá suponía que, al ser el primer beneficiario de la mecida hipnótica, habría de reconstruir el método. Me dio lo que había conservado de los primero momentos: unas fotos donde papá Luna aparecía joven y vigoroso, meciéndome a mí frente al mar Caribe; una grabación de las palabras que decía y los silbidos repetitivos con los que reforzaba el movimiento y la barra original del portabebés primigenio (destruido en una de tantas mudanzas).

Empujado por presiones económicas intenté retomar el arte de tu abuelo. La ocasión más propicia, por supuesto, fue tu nacimiento. Llorabas a moco tendido y sólo la cálida leche de mamá te tranquilizaba. Asesorado por tu abuela, buscamos un portabebés similar al usado conmigo y te mecí según lo que ella recordaba. A veces te tranquilizabas, a veces llorabas más... yo como que no tenía “el toque”. Mi afán se incrementó con ciertos éxitos iniciales pero inconsistentes. Al mes estaba convencido que no las tenía conmigo. Mis estudios de ingeniería de nada me servían frente a la sabiduría autodidacta de mi padre. Eso lo reflexionaba mientras escuchaba su voz grabada, suave, bajita, hablarle y hablarle a los bebés, invitándolos a sumirse en el silencio y la oscuridad de Oneiros. También me gustaba su silbido fino, circular, ligeramente nostálgico, que lo envolvía todo. Pero capturar su secreto... no avanzaba ni un palmo.

Un día se me ocurrió una idea. Vi unas máquinas sencillas que, con un motor muy pequeño, hacían oscilar un portabebés. “Ah, han automatizado el asunto”, pero la oscilación es mecánica, monótona, no adaptativa, es como cualquier padre que intente. No obstante me gustó la idea de la máquina, porque me hacía pasar de lo artesanal (papá) a lo industrial (yo, o lo que quería ser) y vaya que lo logramos con Industrias Luna, fabricantes y ahora licenciadores de Cuna Luna, la única que duerme al bebé con 100% de efectividad. En ese momento entendí que no debía imitar a mi padre sino seguir mi propio camino. Construí diversos prototipos (de la que llegó a ser nuestro producto estrella) y los llevé a la Maternidad para, gratuitamente, ofrecerme a dormir varios bebés a la vez con mi máquina. Introduje en la mecida algunos movimientos de mi padre: la oscilación lateral, un sensor de sonidos para cambiar el ritmo cuando el bebé llorara, diversas alturas, arcos y ángulos... La eficiencia aumentó pero los resultados globales seguían siendo estándares. Estaba muy frustrado. Luego, en un rapto de desesperación, decidí dejarlo todo.

Soy ceremonioso, me gusta el ritual. Un día coloqué a los bebés en los portabebés mecánicos por centésima vez. Para ayudarme, para inspirarme, activé el equipo de sonido aunque, en vez de Mozart, puse la grabación única e inédita de mi papá donde hablaba a un bebé, silbaba e incluso cantaba. Apliqué todas las combinaciones de mi máquina, que observaba del otro lado de un cristal, junto a mis anotaciones.

Entré al retén para observar los resultados, la voz de mi papá al fondo: “Vamos chochito, a dormir mi niño lindo, a soñar con las nubes y las estrellas...”, pero nada: Jacinto dormido, sí, pero Rodolfito con los ojos como dos “para paras”, Alicia llorando, Polo en el quinto sueño, Laura jugando con el aire... Resultado estándar, curva normal. Decepcionante. Salí del retén muy deprimido, había perdido dinero, tiempo y sueño en un experimento sin futuro. Y ese Rodolfito... ese niño no duerme, si tan sólo pudiera doblegarlo mi producto tendría algún éxito, pero si no... Decidí dedicarme a otra línea de negocios, no sé, turismo. Papá hubiera sabido qué hacer y obviamente su arte era inimitable.

Cuando abrí la puerta vi a los primeros cuatro niños rendidos plácidamente, de los dos siguientes sus cabecitas, como burbujas de jabón reclamadas por la gravedad, se posaban en el tibio colchón, al fondo se escuchaba a papá silbar esa melodía melancólica, sostenida, lánguida –que un recordar inusitado me llevó a la primera mente, a ver el techo en movimiento-, una pieza de profunda belleza, repetitiva, llenaba por su agudeza todos los rincones del retén y luego vi, junto al resto de los bebés que ya cerraban sus ojos, el inefable rostro de Rodolfito que sucumbía a una melodía irresistible, más allá del movimiento, de la posición, allende el cuerpo y las circunstancias. Una ventana, una línea directa (como Mozart) al mismísimo canto de los ángeles.


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