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Vuelta
a
La rebelión de los espejos
Vuelta
a
Fernando Núñez Noda |
La
Rebelión de los espejos
Fernando Núñez
Noda
LAS
DOS VISITAS DEL SEÑOR F.
Un
sábado de 2010, 9:30 pm
Primera
Se
supone que es buen momento para hablar del futuro. Ayer le entregaron
el premio Nobel de Literatura. Se dijo que era el primer "Nobel
de la ciencia-ficción" y se le calificó de emblemático,
por lo justo aunque tardío. Ahora bien, nada de eso le importa.
La
ceremonia fue tensa, como esperaba. Sus nervios casi colapsan. Le
invadió un frío difícil de disimular. Lo asediaban
cámaras minúsculas desde los estrados, sobre los hombros
de operadores, colgadas en largos y finos brazos servos.
Como
es usual cuando el ambiente exige rigor, produjo su pequeño
teatro mental de desastres: imaginó el frac atorado en la
silla o todo él yéndose de bruces sobre el Rey de
Suecia o simplemente balbuceando a la hora del discurso. Mas esos
temores, sin embargo, fueron juego de niños versus lo que
imaginó después. Sintió que ayer confluían,
al menos, dos series temporales. Un choque de capas que producirían
un estallido o una aniquilación. Miró a los fotógrafos
y se dijo: "Uno de ellos tomará una foto que vi hace
36 años. La única evidencia que tengo de este momento
anunciado."
La
ceremonia se extendió. Se distrajo un poco alargando la mirada
a los oscuras postrimerías del Salón de Conciertos.
Su mente se evadió, como siempre sin percatarse, para caer
una vez más en aquella tarde de 1974, en casa de su abuela,
a donde solían ir siempre a pasar la tarde dominical. Solo,
en el jardín frontal, buscaba a su madre Isabel para mostrarle
un cuaderno. Era su primer intento de relato de ciencia-ficción,
en forma de historia ilustrada. Tardó semanas en realizarlo.
El
argumento era simple: los hombres colonizan la luna, los planetas
sólidos del sistema solar y después las estrellas
cercanas. Aquí en la Tierra se destruye la civilización
tal cual la conocemos y, parafraseando a Einstein, la próxima
guerra mundial se libra con piedras. Se reconstruye la sociedad
hasta un nivel de desarrollo similar al actual. Entonces llegan
los extraterrestres, humanos que partieron hace milenios y que no
recuerdan su origen. Grandes batallas de por medio, los alienígenas
descubren su pasado perdido y declaran al planeta "lugar sagrado",
especie de Jerusalén cósmico.
Se
detuvo en el césped. A lo lejos se acercaba un señor
vestido enteramente de negro, con un pequeño gorro y guantes.
Su rostro era agudo, encajado mas liso, ojos pequeños y juntos,
nariz ligeramente aperada, boca pequeña y barbilla prominente.
Su piel era blanquísima.
Se
detuvo frente al niño y lo miró como sabiendo quién
era.
- ¿Usted es Augusto Qui?
- Sí.
El
hombre miró a los lados, para cerciorarse que nadie más
lo oía.
- Tengo que hablar con usted.
Hizo
un ademán hacia un banco en el parque del frente, pasando
la calle. Con la típica confianza del niño, Augusto
cruzó el asfalto y se instaló en ese asiento de madera.
Su interlocutor sentóse ceremoniosamente, cruzó las
piernas y le dijo:
- No puedo creer lo que estoy viendo, ese cuaderno...
- ¡Ah, esto! Tiene cosas... que escribo...
- Quizá las he leído. Yo, querido Qui, soy su más
afanado lector.
- Pero si yo... nunca... debe estar equivocado.
Soltó
lo que tenía represado. Pareció como si lo hubiese
ensayado no pocas veces.
-
Me ofrecí como voluntario para un experimento de regresión
temporal, de acuerdo con los principios que usted mismo sugirió
pero que hoy ni se imagina. Fui voluntario, incluso a riesgo de
mi vida, con la única condición de ser dirigido hasta
aquí, para conocer a mi escritor favorito.
- ¿Quién?
- Usted, Qui. He leído su serie completa del Macrocosmos
y todas sus novelas, cuentos, ensayos y poemas. Usted elevó
la Ciencia-Ficción a categoría de clásico literario
e incluso dio los fundamentos para la moral científica que
caracteriza la sociedad de mi presente, que es su futuro.
- No entiendo nada.
- Señor Qui, he venido del mañana para decirle "gracias"
por lo que ha escrito.
- Pero eso es imposible ¿no? tengo nueve años ¿usted
dice que ya hice... lo que todavía no he hecho?
Saboreando
con ansias el momento, sacó de su bolsillo un recorte de
prensa algo deteriorado pero de lectura clara. Aparecía la
foto de un señor que, de momento, le pareció a Augusto
conocido, como su papá más joven.
Titular:
AUGUSTO QUI RECIBE EL NÓBEL DE LITERATURA.
Sumario: Gana el premio a los cuarenta y cinco años.
El
resto no pudo leerlo mucho, pero hablaba del primer Nóbel
de la ciencia-ficción y de cómo cuatro décadas
en el futuro (ayer) recibiría el galardón en Estocolmo
y pensaría tanto la mañana siguiente. Además,
se hizo merecedor de decenas de trofeos, medallas y el celebérrimo
premio Clarke. Una frase saltó a su vista: "Traducido
a treinta y dos idiomas".
Su
reacción fue, sencillamente, "hacerse el loco"
para no generar bulla en los alrededores. El visitante le quitó
el recorte.
- Lo siento, no puedo dejar nada del futuro en este tiempo. Por
otro lado, usted no puede contarle a nadie este episodio, porque
lo anularía por completo y quizá correría peligro.
¿Me lo promete?
- Sí...
- Ahora debo irme, sólo me han sido permitidos unos minutos.
Se
despidieron con un apretón y el hombre se perdió en
la lejanía. Augusto tuvo un impulso de seguirlo, pero algo
dentro de sí lo detuvo. Mejor. Lo que al principio fue una
experimentación que rivalizaba con la pintura al "guache",
pasó a ser una misión de vida. Isabel de Qui pareció
captar el impulso y lo estimuló con libros de Arthur C. Clarke,
Isaac Asimov y Phillip Dick. Desde entonces fue el más dedicado
y prematuro de los literatos.
La
ciencia-ficción también, si se quiere, vino por casualidad.
Se atravesó justo en el momento en que ese ángel,
ese hombre del futuro, le anunció un desenlace inevitable.
Augusto, claro, lo cultivó y -sin duda- ha aportado una cosa
o dos (aunque en el fondo siempre quiso escribir dramas teatrales).
Augusto Qui le preguntó al visitante su nombre.
- Llámeme "F"...
Y
se fue, para siempre, dejando su vida en una mágica ensoñación
de seguridad, de indudabilidad. Una especie de confianza muy bien
ayudada. Si le iba bien, decía: "Es que no puede ser
de otro modo". Si las cosas tomaban un rumbo quebradizo, entonces
repetía: "¡Bah! ya pasará, no se puede
cambiar lo que tiene que ocurrir". Esa vislumbre, incluso esa
increíble tranquilidad con la que atendió a su imposible
visitante y siguió el destino, todo ello, le hizo conducir
la vida por un trecho bastante fluido. Luchas internas, por supuesto,
incluso muy crueles... Dos matrimonios colapsados, tres hijos un
tanto abandonados.
Pero
eso es otra cosa. Su carrera literaria siempre estuvo exenta de
grandes lagunas o vacíos. Simplemente, las piezas debían
cuadrar sin tanto esfuerzo, para que pudiera cumplirse
la profecía de las cimas que conquistaría. De su obra
se han hecho doce películas (la mayoría muy malas),
tres series de televisión, se han editado cuarenta y dos
títulos con centenas de miles de ejemplares vendidos. Ha
monopolizado las listas de best sellers y autografiado tantos libros
que ya su firma es, según confesó en una entrevista,
"un gesto automático, como respirar".
Por otro lado, los escasos dramas que ha logrado publicar han sido
un rotundo fracaso, e igual así su obra filosófica,
materia interesante para un minúsculo público compuesto
mayormente por curas jesuitas.
De
vuelta a la ceremonia Qui fue pasando de terror en terror. Primero
la inseguridad de "meter la pata", luego el miedo a un
descalabro temporal -dado que ese día ocurriría algo
completamente paradójico, etcétera. La agonía
pasó a la máxima sutileza: volvió la convicción
(que creía en nanosegundos) de que aquella conversación
nunca ocurrió y el Sr. F. fue un invento creído con
tanta fuerza que se transformó en memoria. Esa sensación
lo hacía sentir traidor. Como si un tribunal lo interrogara
y él, mirando al Sr. F. a la cara, declarara sin embargo
que no, que aquel encuentro nunca había tenido lugar.
A nadie confesó su secreto, ni a sus padres, pero algo muy
distinto era lo que se decía y desdecía a sí
mismo...
Segunda
Los padres de Augusto se veían a lo lejos. De frac y trajes
cerrados. En sus ojos las lágrimas hacían una fiesta.
¡Qué bueno que estaban vivos y presentes! En el fondo,
el deseo de constatar la profecía tenía mucho que
ver con sus padres y lo que sentía que les debía.
No obstante, a quien no podían borrar de la mente era a César,
su hermano muerto. Acaso por la mente de sus progenitores también
cruzara en ese momento la imagen de ese hijo perdido.
De
César recordaba su mejor estampa, como de veintiún
años. Ojos inquietos, peinándose el cabello que se
le venía a la cara. Obstinado, impaciente, siempre queriéndose
ir a otra parte. Así lo veía. A César le gustaba
el mar, a Augusto la casa y la lluvia. Aquél era rebelde,
éste sólo disentía de vez en cuando. De niño
quiso ser como él y lo imitó hasta el cansancio. César
-como sus homónimos latinos- organizaba batallas, esta vez
en la arena del mar o lideraba jornadas de cacería de cangrejos
en las piedras azules. Pero su adolescencia lo alejó ferozmente
del distraído hermano. Cuando Augusto conoció al Señor
F... César tenía dieciocho años y parecía
destinado a un futuro agitado. No se sabe qué pasó
a los veintitantos, pero se fue al caño.
"César,
te hemos llorado de a poco, en dosis... al descarriado, al perpetuo
fracasado de la familia." Lo intentó todo, cruzó
muchas líneas, fue un visionario incapaz de realizar sus
ideas. Murió en Gallipoli, Turquía, en 1992, a los
treinta y tres años. La familia, Augusto incluido, lo adversó,
nunca le perdonaron que fuese tan totalmente él-mismo. Contrapusieron
su "fracaso" al prematuro éxito de su hermano menor.
Sin quererlo, o queriendo, generaron una virtual antipatía
de envidias y competencias. La distancia fue mutua. Claro que ayer
Augusto (ya comenzaban los discursos) se increpaba que pudo hacer
más pero no. Debía resolver tantas cosas relativas
al destino. Y Augusto se decía: "Pero ¿cómo
no va a ser así, si yo conozco mi misión pero César
no? ¿No habrá, por ahí, un Señor F.
benévolo que le diga lo que tiene que hacer?"
La
fama vino temprano. Se le consideró un "niño
prodigio" a los quince años y comenzó la serie
"Macrocosmos" a los dieciocho. Su libro más célebre:
"Tauromaquia en Asperión" fue concluido a los 27
años, cuando su hermano moría. César fue pescador
en el Pacífico, guía turístico en Australia
y traficante en España. Los problemas con la ley se hicieron
característicos, no accidentales. Su fantasma (metafórico,
por supuesto) sumía a Augusto en desasosiego, frente a la
sala llena. "Quizá si yo hubiera...", se repetía,
torturado, pero no puede concluir la frase. Si hubiera ¿qué?
Su
recuerdo... ayer. En medio de las batallas propias del día,
mencionaron su nombre y se puso a tono con la ceremonia. La solemnidad,
el espíritu de observación y reverencia que se acumula
lo invadió y desde ese momento desechó las preocupaciones
y se abocó al evento. "Por una obra rigurosa y novel,
que invita a imaginar los destinos de la sociedad en el complejo
mundo de la tecnología y de otros mundos posibles..."
le llamaron y entregaron el premio. "La ciencia-ficción,
por fin, a la altura de otras literaturas", comentó
el Presidente Internacional de su Club de Fanáticos.
La
ceremonia concluía y los galardonados se entregaron a los
vigorosos aplausos. En vez de gente, la mirada de Augusto sólo
registraba unamancha de rostros desdibujados, trazas alargadas,
como un tejido multicolor y móvil. Los premiados formaron
una línea, frente al público y fue entonces cuando
lo vio. Era un viejo, favorablemente conservado, con todas las modificaciones
que introduce la máscara de la edad, pero bastó contactar
sus ojos para reconocer, en primera fila y de etiqueta, al Señor
F. Tenía barba blanca y bigotes grisáceos, pero era
él. Se movió nervioso cuando constató que Augusto
lo había divisado.
"Dios
mío", pensó, "qué noticia me trae
este mensajero".
La
prolija imaginación se activó:
"Hice
un pacto con Mefistófeles y viene a buscarme."
"Ha habido una cancelación y este evento y mi carrera
se desvanecerán hasta dejarme con una vida absolutamente
mediocre."
"Si el fotógrafo me fotografía todo será
falso."
"Si el fotógrafo no me fotografía todo
será falso."
Los
aplausos se sucedieron en medio de un ligero mareo. Al terminar
el acto oficioso la gente se transformó en una manada atropellante.
Apretones de manos, entrevistas, reporteros de televisión,
personalidades. Hizo un esfuerzo supremo para no parecer indispuesto
o apurado. Buscaba desesperadamente al Señor F., a quien
no detectaba en la muchedumbre. Subió a un pequeño
presidio, a un lado, y trató de escrutar en el gigantesco
salón, pero no lo ubicaba. El gentío se volvió
a apoderar de él. Luego de saludos, besos y enhorabuenas,
tuvo un encuentro muy emotivo con sus padres y amigos. Salieron
a festejar hasta tarde. Se evaporó la tensa ceremonia, se
disolvieron César y el mismísimo Señor F.,
aunque de vez en cuando volvía el pensamiento: "Está
-o estuvo- en Suecia." A ése y a otros vuelcos del pensamiento
los ahogó en alcohol y de veras que gozó la noche.
Dejó para hoy, incluso, una faena con la animosa sueca que
lo invitó a su "cottage", hacia las 2:00 am. Creía
él que era una funcionaria del ministerio de cultura o algo
así.
Esta
mañana su cuerpo fue benévolo y apenas le dio un eco
de jaqueca y la típica resequedad de boca. Desayunó
temprano, postergó algunos compromisos para la tarde y salió
a deambular un poco por las hermosas plazas de Estocolmo. No fue
fácil, pero contó con la complicidad de un funcionario
de la Embajada que hizo como que lo buscaba y lo soltó por
ahí, para recogerlo más tarde.
Su mente atormentada se debatía todavía entre las
hipótesis. Sea lo que estuviese determinado no ocurrió
en la ceremonia. ¿O sí? Quizá incluso fue una
visión, alimentada por su frenesí. Cruzó un
kiosco de periódicos y allí estaba la foto, a su juicio
la misma de hace treinta y seis años, tomada por un reportero
de Associated Press. Compró el periódico pero lo mantuvo
bajo el brazo, como los tigres que cazan y llevan el cadáver
a mejores lugares para deglutir.
Recorrió los alrededores de una serie de palacios y se perdió
entre calles medievales. Ya consciente de su lejanía y recordando
la invitación en la Universidad y -¡claro!- el tryst
con la sueca, dio media vuelta, sólo para encontrarse de
frente con el mismísimo Señor F., que lo seguía
trabajosamente.
El
Sr. F. en persona, tal cual lo había visto en la ceremonia,
sólo que más informal. Era un sexagenario. Ninguno
de los dos podía pronunciar palabra, paralizados como estaban.
Con gran esfuerzo, Augusto rompió esa tensa inacción.
- Hola...
- Señor Qui, tengo que hablarle.
Ubicaron
a lo lejos un café y se convidaron simultáneamente.
La mente de Augusto se bloqueó durante esos minutos. Su fábrica
de especulaciones se detuvo. El señor F. lucía más
a tono con los tiempos. Le pareció a Augusto -y ahora le
da risa- que había estudiado mejor la moda de la época
para volver. Porque hoy, cerca de las 2:00 pm Augusto creía
que había vuelto. Ordenaron al mesonero y finalmente se abandonaron
a la controversia de quién empezaba.
El Sr. F. evadía el contacto visual, pero tomó la
iniciativa.
- He decidido hablar con usted, no pude elegir mejor momento. En
realidad no sé cómo decirlo.
Notó
un lejano acento castizo que no sintió aquella vez. Se apresuró
a contestar:
- Bueno, diga cualquier cosa. ¿Quién es usted?
- Mi nombre es Vladimir Chenko, nací en Rusia hace sesenta
y cuatro años. Soy residente actual de España.
El
Sr. F. hablaba mirando hacia un punto perdido del mantel y en la
última frase dirigíale a Augusto una mirada fija,
como queriendo recalcar lo dicho.
- A veces las raíces del triunfo están enterradas
más abajo de lo que puede escarbarse superficialmente, señor
Qui.
- Supongo que sí.
- Los entuertos de la vida, lo que llamamos "avatares",
son misteriosos hechos que se pensaron de un modo y salieron de
otro, para bien o para mal. En el caso suyo para bien, en el caso
de su hermano para mal.
- ¿Mi hermano? ¿Qué sabe usted de César
Qui?
- Sé que fue un romántico. A pesar de su violencia,
de su rebeldía a veces incausada y un tanto caprichosa, miraba
el mundo con una voluntad de cambio, utópico pero sincero.
Es cierto que era impulsivo, pero muchas veces preparaba sus acciones
con la paciencia de un relojero, acariciando cada pieza y cada fase
del plan.
- ¿Cómo lo sabe? ¿Qué tiene que ver?
- Dedicaba grandes cantidades de energía a tareas que no
tenían ganancias tangibles -fingió no oírle-
o que pronto desechaba para interesarse en otras cosas. ¡Cuán
distinto a usted, Augusto, que trabajaba secretamente la obra del
futuro, sin desviarse un centímetro!
- Nos habíamos separado...
- César lo amaba, pero a su manera. Más de una vez
lamentó la distancia física y emotiva entre ambos.
Recuerdo un peñasco en Grecia. Fue la última vez que
lo vi, en 1981.
- Ah, fue en Europa que lo conoció...
- Hablamos. César confesó que lo extrañaba
mucho y que deseaba abrazarlo... Luchaba internamente, por volver,
por recuperar su vida, retornar a la raíz. Pero algo no le
permitía moverse y nunca supe exactamente qué.
- Nosotros tampoco.
- Fíjese que César tenía una teoría
que, en definitiva, desató todo. Me lo explicaba así:
para un niño hasta un pequeño refuerzo puede significar
una diferencia sustancial en la vida. Si un menor se acerca a nosotros
con un dibujo y le decimos: "¡Qué bueno, me encanta,
vas a ser un gran pintor!", esa frase puede ser un detonante
en su historia.
- Ja, -respondió evocador- César era así...
aunque...
- Y cuidaba muy bien de estimular a los niños, de darle palmaditas
en la espalda cuando marcaban un gol o cuando mostraban dibujos
"y que" figurativos. Él intuía un principio
de trascendencia, señor Qui. Su hermano tenía una
sensibilidad infinita.
- Cierto pero ¿y?
- César me contó que un día estaba, como casi
siempre, de mal humor, presionado por sus señores padres,
"sintiendo lo que los Rolling Stones en ´Satisfaction´".
Se acercó usted de ocho años, para mostrarle las tiras
cómicas de batallas espaciales y globitos con letras que
acababa de terminar. En un arranque César le dijo que se
largara ¿se acuerda?, que no tenía tiempo para leer
semejantes sandeces. ¿Lo... recuerda? Usted, un aprendiz
de escritor de apenas ocho años se retiró deshecho
en lágrimas.
- Pues creo que algo así ocurrió... ahora que... me
dolió ¿sabe?
- Y su hermano de malhumorado pasó a avergonzado, que no
hallaba cómo recuperar ese desastre. Intentó disculpas,
pero usted estaba muy sentido. Miró su cuaderno, a escondidas
y lo conmovieron profundamente los ejércitos de pequeños
soldados, los caminos encrispados de Marte y el planeta tierra,
semi redondo, exhibiendo el continente americano de punta a punta.
"Dame para leerlo", le dijo. "No, ahora no quiero",
contestó usted.
- Algo así...
- Entonces se le ocurrió una idea... Como trabajaba de aprendiz
en una imprenta, se le metió entre ceja y ceja que podía
falsificar una noticia, ni siquiera del pasado sino del futuro.
Logró imprimir una muy mala copia de tal noticia en papel
periódico.
Augusto miraba la nada, al frente:
- Papá ¡ja! claro...
- Sí, para ello bastó una foto de su padre y un texto
que César mitad copió, mitad confeccionó él
mismo. No crea que lo hizo a la ligera. Pensó cada una de
las palabras de ese texto y, una vez obtenida la página,
le hizo un maquillaje para envejecerla y deteriorarla levemente.
"El paso siguiente no era menos fácil: ¿Quién
sería el personaje? Debía tener porte misterioso,
preferiblemente foráneo y no debía verse más
por esos lares. Entonces pensó inmediatamente en éste
servidor.
"Yo era marinero, pronto me iba del país. César
me consideraba "buen contador de historias" y podía
exagerar mi acento ruso de entonces. Me lo planteó un día,
con mucha seriedad, razón por la cual acepté ayudarlo.
Es imposible negarle un favor a quien lo pide con tanta vehemencia.
"Y confeccionamos la pequeña estratagema. Aprendí
el parlamento, lo ensayé, preparamos qué decir si
venía alguien o si usted se rebelaba. Fue trabajo de tres
reuniones.
"Recuerdo las ansias con las que César, luego del encuentro,
me pidió que reconstruyera el diálogo. "¿Qué
cara puso? ¿Qué dijo?" Fue una infantil alegría,
una travesura con trasfondo muy serio. Era 1974." Augusto respiraba
con sobresalto.
- Pero la vida se llevó a César, como una hoja en
el río -concluyó un ser de carne y hueso mil veces
más misterioso que cualquiera de los alienígenas y
héroes que poblaban sus novelas.
En
1983 César murió bajo extrañas circunstancias,
en Turquía. Los padres viajaron y dejaron el cuerpo allá,
en una tumba cristiana. Eso les bastó a todos, incluso a
Augusto, para quien César como mito de la infancia ya se
había desdibujado.
- Él me dijo frente al Egeo: "Ya sabes de mi hermano.",
yo le contesté: "Sí, es un niño prodigio...
Me imagino que le contaste.", él me reiteró que
nunca se lo confesó... que no sabía que creer, que
como usted era genial quizá lo descifraría, le daba
vergüenza y hasta risa. "¿Piensas decírselo?"
fue mi obvia pregunta. "No lo sé", me contestó,
"quizá sea el final de una magia."
- "Es el final de una magia", le riposté. ¿Sabe
lo que me dijo?
Sonrío al girar la cucharita en la taza.
- "O el principio de otra"...
- Eso es "tan" César...
- De la muerte de su hermano me enteré mucho tiempo después,
a través de un amigo mutuo. Mi conflicto ya era grande para
entonces. Por un lado apoyaba la opinión de César
sobre una magia que no debía romperse. Pero por otro consideraba
injusto que usted no supiera esa verdad, aunque fuera para homenaje
de su hermano.
Y
es por eso que llora, porque Chenko le retrotrajo ese ser fabuloso,
como en sus mejores tiempos, el sorprendente primer motor de su
profecía personal.
- Ya sé -dijo Augusto- de dónde viene: "Antigua
sombra desconocida, ahora duende omnipresente."
- He temido -volvió Chenko-, créame usted, que tras
esta confesión, me gane de usted un merecido desprecio. Pero
ya no aguantaba más -suspiró- ... creo que puedo morir
en paz.
Mientras
contaba esto Augusto había detallado su rostro. El "Señor
F.", Vladimir Chenko, tenía el aspecto de un anciano benévolo,
con ojos tristes o, mejor dicho, que saben estar tristes si las circunstancias
lo ameritan. Precisó los pedestres detalles de la gente común:
ropa arrugada, medias que no van con la camisa, un lado del bigote
alzado y el otro peinado... Sin embargo, aquel hombre poseía
el donaire de dignidad y sapiencia que podría exhibir un visitante
del futuro.
- Buen casting, César.
Sostuvieron
otras palabras, para satisfacer curiosidades: qué hicieron
entre tal y cual fecha; qué foto usaron; porqué Grecia,
etc. Se despidieron con un apretón y una mezcla de alivio,
conmiseración, melancolía.
Por
eso Augusto llegó a su habitación tan movido que tiende
a la estaticidad. "Las cosas poco a poco irán emergiendo",
se dice, a falta de mejor cosa... "y ya llegará el momento
de la intensidad". Porque en este momento, de verdad, Augusto
no tiene idea de cómo expresar lo que siente. Y quizá
en esa búsqueda de expresión se esconda el futuro
de su obra y de su vida.
Mas
¿quién quiere hablar ahora del futuro?
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