La
Rebelión de los espejos
Fernando Núñez
Noda
EL
DIQUE DE FREUD
Relatar
una cosa la hace real.
Decir que algo ocurre es hacer que ocurra.
Por eso deseo contar una historia: para salir de ella.
Siempre
quise -al inaugurar tal historia- pronunciar una frase como: "Mi
nombre no importa", pero resulta que sí, porque tiene un
valor ilustrativo: me llamo Marco Aurelio, homónimo de aquél
estoico romano. Esta historia ha surgido de la reflexión
que yo he llamado "concéntrica" y quiero dedicársela
al tocayo.
Sucede
que por largos años tuve problemas para orinar rápida
y confiadamente. Es decir, me costaba un mundo expeler ese líquido
caliente si no estaba completamente solo y tranquilo. Eso marcó
mi vida física y también sicológica; a pesar
de su sordidez inicial, la experiencia ha terminado por ser muy
edificante.
Pero
¡ojo! su esencia es el terror, no se confundan, mucho sudor frío.
No podía orinar en sitios públicos y a veces ni siquiera
en privados. Era una lucha contra mecanismos ingobernables dentro
de mi cuerpo y mi espíritu.
Les
narraré la ida típica a un baño público
sin "cubículos". Llegar, bajarse rápidamente el cierre,
sacarlo y ligar que nadie entrara. Porque no esperaba un
abrir suave de la puerta y un visitante discreto, sino un portazo,
una colisión que me obligaba a interrumpir la expelida.
Ese
bloqueo, ese dique, tenía que ver con el rechazo a constreñir
los delicados tejidos urológicos y detener el flujo contra
la voluntad. Sudar un poco, pensar y tratar de no pensar, en la
inseguridad, en la falta de continuidad de mis acciones físicas.
En ese momento había una suspensión de la obediencia
de mi cuerpo al cerebro. No podía forzar mi vejiga a evacuar
el líquido.
Pasaba
largos minutos, allí, con él en la mano, fingiendo
orinar pero no pudiendo. Si había gente yo esperaba que salieran
y me dejaran concentrarme solo. Como ustedes podrán imaginarse,
muchas veces hube de retirarme sin hacerlo, de vuelta a una larga
ronda de innings en béisbol o a una reunión donde
deseaba estar más descargado.
¿Qué
terribles acontecimientos habían producido esa imposibilidad?
¿Dónde y cómo se había gestado esa patología?
Todo
ocurrió una noche, alrededor de 1985. Había una reunión
en el apartamento de unos amigos: música, mujeres y tragos.
Se acabó el hielo o algo por el estilo. Dos voluntarios salimos
a comprarlo. Era una misión de rutina.
De
vuelta bebimos dos cervezas. Estacionamos y al bajar, casi en un
pensamiento simultáneo, a ambos nos provocó orinar
en una hermosa y oscura pared a un lado del edificio.
Todo
lucía inocuo, sobre todo porque la calle estaba sola y el
orine se hundiría en una franja de tierra con grama. La sensación
fue deliciosa, porque la impulsaba la urgencia y un poco también
la vanidad de poder satisfacer los instintos en tanto se presentaban.
La
delicia se desvaneció abruptamente. Una patrulla salió
de la esquina. Sus dos policías tripulantes se bajaron como
saetas. Fue muy rápido. Uno hacia mi amigo, otro hacia mí,
tenían linternas.
-
¡Epa, epa, quietos ahí!
A
decir verdad, estábamos en actitud altamente sospechosa.
Incrustados en la sombra, cercados por dos carros de lujo estacionados
en la acera. El ver que orinábamos no nos ayudó mucho;
el acercamiento fue hostil.
Yo
contraje la uretra y esto provocó un dolor muy grande, pero
dejé de orinar al instante y procedí a guardar el
lesionado apéndice dentro del pantalón. Luego vino
la humillación de ser registrado, contra la pared, donde
justamente nos hallábamos segundos antes.
Mostrar
la cédula de identidad, mascullar disculpas, escuchar las
típicas amenazas ("Este como que duerme "encanado" esta noche")
o los sermones de rigor. Eso lo hizo más tortuoso. Las ganas
de orinar se evaporaron.
Por
supuesto no transcurrieron más que treinta segundos hasta
que nos soltaron. Subí y olvidé.
UNA
NUEVA ERA
Al
día siguiente fui a orinar. Sentí que el líquido
se desplazó de la vejiga hacia la uretra, pero una fuerza
irresistible ordenó cerrar el orificio final. El represamiento
fue sorpresivo. Mi cuerpo estaba protagonizando un abierto desafío
al cerebro.
Era
como si un funcionario menor detuviera un pasajero que ya tenía
orden presidencial de salida. Al principio una reacción violenta
contra la insubordinación. Luego una percatación incómoda.
YO:
¿Qué me pasa?
UNA
VOZ INSONDABLE DENTRO DE MI: Me da miedo soltar el líquido
y después tener que detenerlo abruptamente.
YO:
¿Y porqué habríamos de detenerlo?
VOZ:
¿Por qué va a ser, Marco Aurelio? Por una irrupción
súbita; una sorpresa ruidosa; la necesidad inmediata de evacuar
el edificio, por ejemplo, o dos policías que surgen en la
quietud de la noche.
YO:
Es impredecible.
VOZ:
Por eso prefiero esperar...
YO:
¿Esperar qué?
VOZ:
A que no haya posibilidad de interrupción súbita.
YO:
Pero eso es nunca.
VOZ:
Correcto, yo apunto a que no salga nunca.
YO:
Pero eso es absurdo.
VOZ:
Precisamente, lo que tienes que hacer es no hacerme caso.
YO:
No puedo.
VOZ:
Entonces tendrás que convivir conmigo...
A
veces en el fondo calmo y concéntrico de un excusado, mi
mente se iba hacia consideraciones sobre la energía del cuerpo
y la eteridad de la mente. ¿Puede la mente más que
el cuerpo, realmente? Yo, humillado, tenía que aceptar que
no, o no siempre o no en mi caso. De cualquier forma, "no", la palabra
odiada por los optimistas.
¡Ay
de mí cuando me hallaba en una fiesta donde había
un solo baño público! A los pocos minutos de entrar
comenzaban a golpear la puerta. Para quien orina normalmente esto
es una leve basurilla. ¡Ah! Pero para mí...
Mi
bloqueo aumentaba al sentir la mismísima posibilidad de interrupción.
Una vez salí sin orinar, muy molesto conmigo mismo. Erré
por jardines, vagué entre automóviles hasta sumergirme
en el resquicio de un parque y escanciar el amarillento líquido
con el placer de un sediento que encuentra un oasis del Sahara.
Luego
de largos segundos en los cuales, no yo, sino ese censor rebelde
que tomó por fuerza mi voluntad urinaria se percataba del
murmullo de la soledad, entonces dejaba salir al viajero, abría
agujeros en el dique de Varsovia.
Y
así seguí por largos años. Yo me posaba frente
a la poceta o el urinario, miraba su blanca cerámica, cruzada
por capas tenues de agua, su desagüe y sus placas metálicas
desafiantes a la herrumbre.
En
mis largos ejercicios de observación, había catalogado
setenta tipos de tornillos; re-escrito las leyes sanitarias de supervisión
de baños públicos; entendido la mecánica de
fluidos y quizá encontrado un auténtico confesionario
y templo. Hubiera podido fundar una ciencia sobre grietas en la
pared y a decir verdad sobre otras cuestiones escatológicas
que ofenden el olfato.
Mi
problema era sicosocial: un conflicto íntimo que se desató
-y yo presumí que se resolvería- por una interacción
social traumática. Mi propio análisis, sin embargo,
era precario. Fueron días de incertidumbre y dispersión.
Recuerdo divagaciones en plena exposición de la Universidad
y mucho después inquietudes y temblores que espantaron algún
buen prospecto femenino. Pedí ayuda.
EL
DIVÁN
Nunca
lo había hecho, pensaba incluso que era muestra de debilidad.
Estaba equivocado. Ir al sicólogo es pagarle a alguien para
que nos deje hablar de nosotros mismos, para que permita o construya
una escenografía en la cual declamar sobre ese tema favorito
con total entrega.
Es
una profesión inteligente y exitosa, por no decir muchas
veces vampiresca.
Particularmente
conseguí una muy comprensiva, calmada y aguda, aunque novata,
recién graduada. Después de sesiones preparatorias,
comenzó a construir un pre-diagnóstico. El punto inicial
fue, sorprendentemente, mi signo zodiacal: Virgo.
Esta
sicóloga dejábase seducir por la analítica
freudiana, con Eros y Oneiros, con Edipo como arquetipo. Para ella
yo era un espécimen muy interesante aunque un tanto estándar:
un racionalizador de sus propias culpas.
-
Como nativo típico de esa Casa, tú tiendes a la más
pura castidad, hacia la virginidad como ser natural. No lo puedes
comprender, porque no te sientes así, pero actúa por
debajo, ajeno a tu percepción, es la responsable de esa conciencia
ética.
Ese
era el lado bueno. El Mr. Hyde de la historia era un disoluto, un
ser irresponsable que quería derribar todas las barreras.
Disfrutaba la actividad sexual con total desparpajo y, perdonen
la expresión, se cagaba en la virginidad de Virgo.
En
la Constelación de Virgo -por cierto- hacia ese cuadrante
estelar, se encuentra la mayor acumulación conocida de masa
en el cosmos. Los astrofísicos coinciden que, si es cierto
que el universo se mueve, lo hace en esa dirección, incluido
nuestro sol, nuestra tierra y nuestros globos oculares.
Eso
prueba, para la doctora, que Virgo es un atractor aunque en este
caso parecía ser de problemas. El Inquisidor célibe
creó un mecanismo de culpa muy poderoso: culpar al sexo,
no por el bloqueo, sino por la imposibilidad de superarlo.
-
Es una represión a posteriori.
-
¿Un mecanismo de defensa o una preparación para la próxima?
-
No lo sé... quizá ambas y ninguna.
Su
estrategia era luchar contra esa culpa, lo cual implicaba por supuesto
encontrarla primero, para derrotarla como quien frena la caída
hacia un gran atractor.
Como
medida preventiva más que curativa me dijo:
-
Se hace indispensable restringir y racionalizar el sexo, sobre todo
la masturbación, en aras de no irritar la uretra al punto
de generar un miedo a que la constricción del orine sea por
eso. Hay que derrotar a Virgo.
No
estaba mal, como pieza, pero yo estaba impaciente. Cumplida penosamente
varios meses, hube de abandonar ese celibato, más pronto
que tarde a mi juicio.
Si
como enseñan los sicoanalistas, develar el rostro de un monstruo
nos hace inevitable enfrentarlo y a veces vencerlo, éste
no era mi caso, porque produje el monstruo en mi mente y no me causaba
el menor miedo.
-
Eso se debe a que la causa del trauma no es el episodio policial.
-
¿No?
-
Es un mero detonante.
El
origen del bloqueo, para mi sicóloga cuyo nombre estoy en
la obligación de callar como paciente profesional, estaba
en una experiencia probablemente horrible que viví de niño
y olvidé.
Sin
conocer demasiado, sí había leído sobre la
terapia freudiana y sus innumerables sesiones, por lo cual me pregunté
con mucha seriedad si estaba dispuesto a someterme a tan larga agonía.
¡QUÉ
VAINA ES ESA!
Suspendí
unilateralmente mi condición de paciente y decidí,
un día, sin más, asumir de una vez por todas mi caso.
Comprendí que el punto dramático del problema estaba
en los primeros segundos del acto, no en la preparación previa.
El bloqueo se daba no importa cómo estuviese el espíritu.
El
primer viso de cura se dio por casualidad.
Estaba
trancado, como siempre, tratando de hacerlo salir. Súbitamente
recordé un compromiso que tenía, muy importante, para
el cual no me había preparado. Mi mente se escapó
del retrete, porque en esa reunión me jugaría el cuello.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y entonces
el líquido salió en forma tersa, como si jamás
lo hubiesen obstaculizado.
Pensé:
"Ahora sólo me basta crear situaciones tensas artificiales
y orinar fluidamente sobre un escalofrío". Mi estallido de
alegría (recuerdo que por exceso apunte el chorro hacia la
papelera) fue, sin embargo, prematuro.
Al
principio sí, quizá las dos primeras veces,
pero como esos organismos que crean resistencia a los insecticidas,
pronto los recuerdos angustiosos no funcionaron. ¿Por qué?
Bueno, porque requerían un escalofrío.
El
primero fue tan fuerte que funcionó la segunda y tercera
vez, pero al tratar de angustiarse para generar un escalofrío
terminaba con el mismo problema: cómo resolver el bloque
con algo contundente, que no pase de cinco segundos. Vuelta al principio.
Incluso
me involucré en algunas experiencias peligrosas para tener
motivos, pero en general resultaba complicado construir una experiencia
aterradora ante un espíritu resistente a lo artificioso.
Ese escalofrío espinal, en el momento preciso, era un tesoro
para mí.
Por
otro lado, tomé algunas medidas, como la de orinar antes
de salir o buscar sitios cómodamente solitarios, donde pudiese
demorarme excesivamente sin que me encontrasen.
Una
vez estaba muerto de las ganas. Era una importante reunión
de negocios y yo llevaba quince minutos explicando sobre una pizarra.
Tomaba mucha agua para refrescar la garganta y al sentir ganas no
podía ir porque era un momento crítico, que se extendió
por largos minutos:
-
Convénzame de invertir los dieciocho millones.
Estuve
cinco minutos más aportando argumentos. Al alcanzar el tope
de incomodidad pedí permiso y salí. Nunca supe si
ya había convencido al inversionista. Llegué al baño
y el bloqueo estaba en su máxima expresión.
No
tenía tiempo ni concentración para producir un estrés
y esta terrible represión me impedía angustiarme por
algo tan obvio como la mismísima reunión en la que
me hallaba. El sudor que ya poblaba mi frente se hizo copioso y
las gotas eran una burla cruel: estaba orinando por mis poros. Allí,
aprisionado, queriendo salir y no pudiendo, urgido por correr y
ver si había convencido al anciano millonario.
Entonces
vi una imagen. No sé como describirla pero lucía así:
un barco anclado, dando tumbos cerca de la orilla, en un lago azotado
por la tormenta. Atrás los nubarrones anulan el atardecer
familiar de Aragua. El horizonte, condenado a un gris lunar, deja
estallar una que otra explosión azul.
El
cuerpo produjo un milagro accesorio: las ganas desaparecieron, de
repente y aunque no pude sacar el líquido, éste pareció
desvanecerse. Volví a la reunión y, mientras caminaba
al podio, apunté mi dedo hacia el señor.
-
Compre, no se lo pregunte más.
-
Pero...
-
Nada de peros ¿quién tiene un bolígrafo?
Vendimos
treinta millones, pero todo fue suerte, lo juro.
"SIEMPRE
HAY TIEMPO PARA UNA ESTRATEGIA"
Ese
mecanismo casi bramánico me relajó mucho e hizo la
vida muy llevadera. Permitióme transitar mejor los corredores
tumultuosos de la vida social obligada. El fraternizar para poder
vender el fruto de nuestro trabajo, amigo, eso sí es incómodo
a veces.
Mi
desideratum era una vida más silvestre, donde el baño
estuviese en todas partes, sin puertas, con una vista clara del
próximo visitante. Era yo un "ludita".
Pero
la liberación que trajo el mecanismo se hizo "arena y sal",
como dicen por ahí, para significar que se escapan de las
manos no importa cuán fuerte los apretemos. El mecanismo
dependía si acaso de las emergencias que lo activaban, no
de un franco dominio del trauma, como mi sanidad mental requería.
-
Doctora, la llamo de nuevo, no me basta con esa capacidad, necesito
aniquilarlo por entero.
-
Prueba estrategias, tú eres un hombre ritual.
-
Pero no quiero terapias, ni sesiones.
-
No te preocupes, no las necesitas. Házte una estrategia personal.
Lo
hice sin darme cuenta. El freno voluntario del orinar tenía
un grave problema: era incompatible con el hedonismo que guiaba
mi vida por entonces. De modo que orinar era un objeto de placer
y por tanto de deseo.
Vuelta
a los escalofríos, o a la búsqueda de escalofríos,
mejor dicho, aquellos mismos que electrizaban mi espina cuando entraba
en alguna faena romántica. El bloqueo de la micción,
por efecto físico de un trauma, era un caso sicológico
extremadamente interesante para mí: un ser de conducta normal.
El
deseo de derrotarlo también tenía causas prácticas:
dolía ver tanto tiempo perdido confeccionando extravagancias
del mundo de los retretes, contra mi voluntad, sólo porque
bastaba salir sin orinar para que las ganas retornaran.
Un
día me tocó una larga. Era el baño de una tía
abuela, en La Castellana, ella dormía y mi tío también.
Era una larga y hermosa tarde caraqueña. Pero yo no podía
salir, preso y sudoroso tratando de expeler sin esperar y temer
un dolor.
Allí
me dije: "Bien, puedo estar aquí toda mi vida." Y, sin darme
cuenta, la reducción al absurdo funcionó, porque me
imaginé lo estúpido de pasar hambre y sueño
en ese baño, o en el de la Universidad Central, o de esas
fuentes de soda en el centro, o de la propia casa que en todo caso
sería más cómodo.
Por
primera vez pude estupidizar el bloqueo, hacerlo más pequeño
que la vida. Surgió el líquido, pareció extenderse
por horas y el hedonismo tuvo allí su clímax.
Entendí
que el secreto de mi problema estaba en el tiempo, en la consideración
del tiempo. Cómo transcurre, hasta dónde sucede, cuánto
dura el nombre de algo.
No
era pensar el tiempo, sino sentirlo, por lo cual también
surgía el problema de la sinceridad. ¿Cómo puede uno
engañar a su propio cuerpo sobre la base de una actuación
teatral? No, no se puede.
LA
TÁCTICA AGUSTINIANA
La
comprensión no es uniforme. A veces llega por un ejercicio
racional, sistemático; pero en otras oportunidades el entendimiento
se da en un plano dérmico.
Ese
entendimiento es profundo, porque nos pone a vibrar. Su vislumbre
es clara, sin ruido, como quien observa en un día soleado
y seco. Es una visión sincera. Ocurre y ya.
Y
he allí mi gran limitación: la percepción del
transcurrir del tiempo, como convicción inevitable del cambio
perpetuo que nos rige, tenía que ser natural, no forzada,
un estado de meditación para el cual -lo confieso- no estaba
siempre preparado.
San
Agustín decía que cuando pensaba en el tiempo no lo
entendía, pero que cuando no pensaba en él sí.
Igual ocurría en mi caso, bastaba no importarme la situación
actual, estar un poco fuera de mi mismo, para sentirme sumergido
en el río temporal, el mismo que dio la clave a Sidharta.
De
modo que era una muy compleja forma de percepción: inconsciente,
que desataba el río amarillo y desesperado.
No
siempre funcionaba esta finura intelectual y, de hecho, dejó
de dar resultados cuando su falta de contundencia se impuso. Vuelta
al origen, pasé meses sumido en el bloqueo.
En
una sesión intensiva, en un baño antiguo y semi olvidado
en Nueva York, sentí de repente un vacío extraño
al pensar: "Seré nada". Es decir, no importa lo que haga
o deje de hacer. Si me quedo aquí toda mi vida, aquí
quedará mi cadáver. El orine salió al instante.
LLEGAR
ANTES
No
sé si era la angustia de buscar mejores cosas que hacer que
contemplar grafitis frente al urinario o una auténtica aprehensión
de la sensación de la muerte, del cesar, del instante mágico
que contiene todas las edades y los afanes y las respuestas.
Nunca
llegué a ese instante, sino a una especie de antesala, pero
era suficiente para producir el "escalofrío supremo", aquel
que derrotaba toda malcriadez temporal. Ese estado inercial, esa
sensación de la no sensación, activaba la micción
como si nunca hubiese sido afectada.
Pero
el logro de un "escalofrío supremo" no es fácil, porque
la vida en todas sus facetas conspira contra la idea de muerte.
Nos vemos, al decir de Espinoza, "bajo el aspecto de la eternidad",
con la inconsciente y falsa convicción de la persistencia.
De
modo que el ejercicio resultaba baladí si no se acompañaba
con una sincera profundización, un aislamiento oscuro del
alma, un corredor donde nos dirigíamos a toda velocidad hacia
el fin de nuestros días. De otra forma había un filosofar
vacuo.
Probé
la meditación y logré algunos resultados. Pero la
meditación emulaba la vida y al final nunca conducía
a la muerte. El "escalofrío supremo" hacía salir el
orine al instante. Lo malo era que se demoraba tanto como buscar
el orine sin él.
El
stress sexual dio resultados por un tiempo. El orine también
salía, pero igual se trastocaba el mecanismo cuando no había
concentración suficiente para desconcentrarse. Lo
sexual también acarreaba los peligros del exceso: un flirteo
con lo morboso.
Para
mi doctora el gran atractor no cesaba sus subterráneas maquinaciones.
Me sugirió la creación de un personaje, una imagen
didáctica para que mi estupidez se exacerbara y mi cuerpo
recobrara la cordura.
Y
como me dejó la responsabilidad de inventarla, yo creé
a una señora gordita y de pelo negro, ajena a la humana vergüenza.
Su
timbre de voz, de por sí, era humillante, como quien nos
considera de un cociente intelectual igual a 20. Jamás conjeturaba:
explicaba. Nunca argumentaba: describía.
He
aquí un notorio monólogo, en un baño de hojalata
en Río Chico, bajo un sol abrasador. Digamos, 40 grados a
la sombra:
-
OK, señoras y señores, bienvenidos, ahora vamos a
orinar, dicho así de simple, porque si hay algo fácil
en este mundo, mis queridos pitoquitos, es orinar, botar un liquidito
por el huequito al final del pipí. Este acto natural, que
viene por sí solo y, miren, nada lo detiene en individuos
que tienen algún valor social -por supuesto- es insensible
a cosas tan insignificantes como 40 grados a la sombra, a menos,
por supuesto, que seamos ligeramente retrasados mentales.
¡Ja!
Salía el condenado como un flujo efervescente y vencedor,
entregado al suelo, a aquello que lo contuviese. Ese día
oriné y sudé como tres litros de agua, por cierto.
El resto del tiempo, cuando hacía el pequeño acto
de subestimación, funcionaba a la perfección.
Sin
embargo, también la maestra se desvirtuó porque se
hizo "maldita", es decir, una inmisericorde predicadora, fanática,
el disfraz del gran atractor y la venganza de Virgo: la derrota
del sexo libre por la moral.
En
mis largas correrías por los mundos del trauma, hube de crear
innumerables subterfugios. Eran necesarios para proporcionarle algún
sentido a las situaciones más extrañas, o al pensamiento
sobre tales situaciones, al menos. Por eso las cosas se diferían
permanentemente, por necesidad.
Mi
imposibilidad era variable, caprichosa, dependía de circunstancias
que no formaban un catálogo lógico aunque sí,
con el tiempo, uno más o menos sistemático.
Hice
una pequeña lista de lugares y situaciones en las que era
propicio o no orinar:
MUY
DIFÍCIL: Si hay botes de agua, remolinos en la poceta
o grietas que dejaran escapar agua hacia el piso. Razonamiento:
El agua que fluye es producto de filtraciones ¿me estoy filtrando?
EN
MENOS DE DOS MINUTOS: Cuando un almanaque de mes completo cuelga
a la vista, porque un paseo por sus días numerados me regalaba
sin darme cuenta una consideración agustiniana del tiempo.
CASI
NUNCA: Si hay una ventana que permita ser vistos.
INFALIBLE
DE NOCHE: Rodeado de ídolos católicos, por aquello
de la muerte.
JAMÁS:
Con una puerta que no cierra bien o del todo.
AL
RATO: Si se oía a lo lejos el mar.
HOLA
THEO
-
Tu rollo no es sexual -díjome un día la doctora. Es
de naturaleza emotiva, pero individual. Es producto de un choque
o de una caída.
Esas
palabras me atormentaron y no las entendía. De cualquier
forma despedí a la muy antipática gordita. Me dediqué,
yo mismo, a hablarme de frente, a tratarme de tú a tú,
a dirigirme la palabra en forma de emplazamiento. El punto que encontré
fue el orgullo propio.
-
Me precio de ser inteligente pero ¿lo soy? Creo que no tanto como
creía porque no puedo dominar el cuerpo con la mente. Es
una lástima no ser como uno quiere, ni poder realmente alcanzar
aquello por lo que salivamos. Quizá la inteligencia
no está o no nos sirve de mucho, como el dios de Epicuro:
si existe se olvidó de nosotros. A pesar de nuestra superlativa
capacidad para entender el pasado -o creer entenderlo, por supuesto-,
es patética la capacidad de acertar el futuro.
Esa
ironía magistral me dejó entonces con un mecanismo
poderoso, que pareció derrotar el bloqueo, pero no del todo.
El pensamiento surgió así: "Dios existe ¿no es así
Dios?" Y al decir Dios un escalofrío plateado, rápido
y lento a la vez, cruzó mis huesos y mi piel, para liberar
el líquido una vez más.
Van
Gogh decía a su hermano Theo, que al enfrentarse a su lienzo
experimentaba "un principio de religión". Mi ironía
me enfrentó, sin muchas armas tampoco, con el inefable mundo
de Teo (teocracia, tesensia)... la consideración del ser
supremo.
Eso
fue fundamental para mi vida, pero pronto falló y estaba
yo sin orinar pensando teología. Delicioso, pero ineficiente.
-
Marco Aurelio, deja de engañarte a ti mismo. Nunca lo lograrás
si no te enfrentas con el pasado. Los policías son
meros detonantes.
-
Pero proponga algo, estoy seco de ideas.
Y
entonces sugirió aquello que me curó para siempre.
AL
FONDO DEL POZO
No
podría contar a lo que llevó esa propuesta, sin antes
describir cómo la imaginé. Un salón oscuro,
piso de madera, largas cortinas rojas enlazadas, como ven, un mobiliario
decimonónico, freudiano.
Yo,
no acostado, sino recostado a un brazo del diván hablo y
repentinamente elevo la cabeza. Ojos más que cerrados, con
un gesto como para que no haya duda. Para mi terror, hablo con una
voz que no conozco, pero resulta ser como me oyen fuera de la vibración
de mis huesos craneales. Digo cosas pero entiendo que ese hablar
está desconectado de la conciencia, porque no recuerdo
haberlo dicho.
Quizá
el decorado de una obra de Ibsen describa bien este mobiliario.
Mobiliario imaginario, porque el real, el que fue distó mucho
de ese oropel.
La
oficina de mi sicóloga es oscura, pero tiene matas y su dotación
es muy contemporánea: un televisor, una PC, fotografías
enmarcadas. Nada que ver con Charcot. Corridas las cortinas incluso
parecía más un consultorio médico que la guarida
de un brujo.
Mi
sicóloga no era muy ducha en hipnosis, incluso había
ejecutado pocas -como después averigüé- y no
había podido formarse una opinión seria sobre los
resultados. Sus pacientes aceptaban sentir algo parecido al sueño,
no muy espectacular y ella tampoco estaba muy segura.
La
primera que funcionó fue en la mañana, en ayuno. Asistí
a su consultorio muy temprano. La sesión duró mucho
y fue inicialmente frustrante. Mi mente se rehusaba a entrar en
fase mesmérica. La doctora intentó con la paciencia
del experimentador. Ella, por supuesto, también estaba ensayando.
Sentí
un relajamiento a ratos invencible. La doctora insistía en
que estaba cansado, en que los miembros pesaban mucho. Hacía
hincapié en mi comodidad. Estaba cómodo y relajado.
Sereno y a la vez lúcido. De pronto me olvidé del
cuerpo.
Por
instantes me sentí como una pequeña esfera de luz
que flotaba en el aire, bamboleada por el viento, sin mayor voluntad
sobre su dirección o velocidad. Lo único que sentía
era un uso de mis sentidos y mis pensamientos, pero no de mi peso
o de mis miembros. Al rato desperté.
Siguieron
otras, cada vez más profundas y se repitieron más
de lo que yo hubiera imaginado. ¿Resultado? Terminé tomándole
un cierto gusto. Al principio se lograba una indudable ensoñación,
aunque en realidad nada que no hubiera podido romper con algo de
esfuerzo.
-
Es el mundo de Morfeo -me explicaba mi doctora. El otro, el onírico
es del dios Hipnos. De modo que "hipnosis" implica un estado de
sueño del cuerpo, no de la mente, para que pueda estar activa
y, cómo decirlo...
-
Ingrávida -me permití intervenir.
-
Exacto.
La
mente que vuela, he ahí el quid del asunto. Imagínense
un sistema tan eficiente como la mente, capaz de volar como una
mota luminosa y dirigida. No contentos con poder tomar cualquier
velocidad, resulta que nos es posible recorrer físicamente
los tiempos dentro de la propia memoria.
Mi
doctora (y he aquí una clave que facilitaría su identificación),
desarrolló una terapia hipnótica de "mente voladora".
Empezaba
como un mero deslinde de lo consciente, vapuleado por la brisa.
Poco a poco, a medida que uno colaboraba más, esta ruptura
producía motas luminosas más definidas y permitía
ejercer mayor voluntad sobre su trayectoria y aceleración.
He
aquí una inducción de la fase media:
-
Estás cómodo, los brazos pesados que caen por sí
solos. Poco a poco dejas de sentir la columna vertebral, las piernas,
ya incluso la cabeza flota, todo tú flotas, no pesas... qué
cómodo. Ahhh. Qué rico. No hay cuerpo, sólo
mente, la mente flota porque el cuerpo está dormido. Sin
ese voluminoso teatrino de ochenta y cinco kilos (estás un
poco pasado de peso), sin esa armazón de hueso y piel, la
mente se puede desplazar por las distancias y los tiempos. Uuuuu.
Qué cómodo. La mente se mueve en el tiempo. Por favor,
Marco, voltea ciento ochenta grados. A tus espaldas hay un corredor,
largo, el fondo sumido en negra noche. Ese corredor llega hasta
las riberas del Orinoco, pasando por los Valles de Aragua y la Victoria.
No tienes que caminarlo porque la mente, que es un globo incandescente
con tu rostro en él, se puede desplazar como volando, a una
velocidad que el cuerpo sólo sueña.
De
allí no recuerdo nada, excepto que una fracción de
segundo después ya estaba despierto.
Mi
doctora tenía la mano en el corazón y su rostro revelaba
un choque que me era imposible entender. Fue mi primera "regresión
con la conciencia oscurecida".
-
Estuviste siete minutos en estado inconsciente, una especie de salida
por fin. Tu voz me heló la sangre, más aun lo que
dijiste.
Yo
me había asustado: "¿Y qué dije?"
-
Primero cosas muy extrañas, Marco, el nombre Temístocles
repetidas veces, una tal Raquel de nombre torcido, algo sobre un
secreto en las olas. Yo estaba muy asustada, apenas pude escribir.
Luego dejaste de hablar y comenzaste a emitir una especie de reverberación
interna, que sólo después de mucho se hizo audible.
Hablaste de una parrilla en una finca, eso sí lo entendí
muy claro. Humo, amigos jugando, una cerca "con fallas". Luego comenzaste
a decir: "No tía, no", con cara de persona que quiere razonar.
Volviste a Temístocles, al cual le agregaste, "de Burgodea".
Entonces vino, Marco, lo verdaderamente escalofriante.
-
Qué pasó...
-
Apretaste mi brazo y dijiste, con pavor: "¡Me muero!"
Te
intenté despertar y seguías diciendo: "Me muero",
ya incluso en un tono más despreocupado. Hice un chasquido
al azar y despertaste.
Yo
estaba muy excitado. En sesiones muy próximas el grado de
inconsciencia aumentaba e igual así la distancia recorrida
por la mente ingrávida dentro de mi propia memoria.
QUIÉN
ES QUIÉN, QUÉ ES QUÉ
Poco
a poco se fueron desenredando ciertas marañas, aunque se
complicaron otras. Lo de Temístocles de Burgodea tenía
que ver con el personaje de un cuento que leí a los nueve
años. Era un alquimista, mago de una corte medieval, que
pregonaba la "mecánica corporal", es decir, el cuerpo como
engranaje de mecanismos internos y no divinos.
La
"Raquel de nombre torcido" era una niña que tenía
un collarín de accidentada. Cuando me dijo por primera vez
su nombre a mi me pareció que el nombre salió doblado,
siguiendo la trayectoria curva de su cuello malogrado. Su puesto
en mi trauma parece ser cero.
El
secreto de las olas es una filosofía, acaso oriental, de
la que aprendí cuando adolescente. Reza así, más
o menos: las olas no sólo llegan a la orilla, sino que se
retiran de ella. Por tanto, todo viaje hacia el futuro de nuestras
vidas también lo es hacia el pasado. Cada movimiento hacia
los demás es uno dirigido también a nuestro yo. Su
relación con el bloqueo aun es desconocida.
Lo
de la finca fue más difícil de ubicar y hube de indagar
con mis padres. La tía permaneció en la oscuridad
interpretativa.
Las
sesiones se sucedieron y la doctora las grababa.
Es
terrorífico, lo juro. No sólo porque la voz no suena
nuestra sino porque no es nuestra.
La
pequeña grabadora de mano yacía íngrima, sobre
un papel blanco. El casete, accionado, reprodujo entonces una sesión
por demás inquietante y de la cual nada recordaba.
-
Sí, estoy por fin en un lugar... -dije con una voz que no
era de este mundo.
-
En un lugar agradable, oscuro pero confortable y tu sigues muy pero
muy cómodo, acostado, dormido. No tienes cuerpo...
-
Ojalá no tuviera cuerpo porque flotaría sobre
el agua.
La
conversa fue larga. A ratos era un monólogo semi coherente
y, después, súbitamente, como salida de un volcán,
la voz se tornó en un grito desgarrador:
-
¡No tía, aquí no, así no!
La
doctora intentó despertarme y entonces volví a asirme
desesperado a su brazo:
-
¡Doctora, gente de la fiesta, me muero, me ahogo!
Desentrañar
estos misterios tomó su tiempo, pero ya no los aburriré
más. Indagamos con familiares, libros, fotos. Las sesiones
se concentraron en la tía y en el ahogo. Una vez desperté
desesperado del estado mermérico, a pesar de estar muy profundamente
inconsciente.
-
Así sería tu tensión, Marco. -Se asombraba
la doctora.
Después
de estos episodios intensos mi sicóloga dio su veredicto,
que junto a mis propios ajustes, se expresa así:
Tres
meses antes de cumplir dos años, mi tía me llevaba
en el carro. Me dieron ganas de orinar y le pedí, en mi lenguaje
babélico, que me ayudara porque estaba fuera de mi casa y,
sobre todo, lejos de mi mamá y no podía resolver
el problema.
-
¡Pipí, pipí! -grité.
Ella,
inocente, detuvo el carro y llevóme a un claro de la carretera.
Bajó mis pantalones y me colocó en posición
idónea para lanzar el chorrito. Pero ¡oh! ella ignoraba que
yo había sido entrenado durante seis meses (una cuarta parte
de mi vida) a orinar sólo en la bacinilla. No en el
suelo, jamás en la cuna. ¡En la bacinilla!
Yo
no pude orinar y balbuceé que nos fuéramos. Mi tía
interpretó que había sido un capricho y retomó
el camino. El resto es historia.
Sin
embargo, en todo el acto de regresión se colaron otras cosas
que ¡vaya Dios a saber! si tienen o no relación. A los ocho
años asistí con mis padres a una fiesta. Era una finca
que colindaba con el majestuoso Lago de Valencia. El día
estaba lluvioso.
Frente
a la casa esta gran masa de agua no se veía claramente por
una gran cerca tapizada de matas. Había mesas en la grama
y mis padres junto a otros invitados conversaban animosamente. Guiados
por un movimiento browniano, decenas de niños correteábamos
entre los manteles, hacia la cerca.
Yo
me alejé del grupo y contemplé un agujero en la cerca
bien mimetizado por las enredaderas. Me acerqué al entramado
y pude ver el artificio que el azar lograba: parecía cerrado,
pero incluso las grisáceas aguas se dejaban traslucir. Crucé
aquel orificio y, como si hubiese atravesado una pared, pronto estuve
del otro lado y el sonido de voces y copas se desvaneció.
Frente a mí otra barrera, natural, alzaba sus frondosas ramas
y me impedía ver el lago en su extensión.
Bordeé
los arbustos y pisé una especie de playa. Había una
mata de palma y el contacto del agua con la costa estaba tapizado
por un alga babosa. Comenzó una brisa fuerte. La superficie
del lago se erizó e igual así mis vellos.
Hice
equilibrio sobre unos peñones y caminé hacia un muelle
natural. En pocos segundos comenzó a llover. La lluvia fue
tan fuerte y repentina que perdí momentáneamente la
orientación hacia la cerca. Tampoco me pareció mala
idea mojarme e incluso meter mis zapatos en la orilla del lago.
Pero
¡ay de mí! que al tratar de abandonar el muelle natural pisé
un tronco hueco y colapsó la estructura por completo. El
promontorio, precario sin parecerlo, se precipitó al agua
y yo caí de bruces. Mi sensación fue de terror, porque
el agua estaba muy fría y la visibilidad adentro era nula.
Al
emerger ya no sabía donde estaba y comencé a ahogarme.
Me agité desesperadamente pero eso empeoró las cosas
y en un momento dado me pareció girar sobre mi eje y no ver
tierra alguna. La brisa helada, una corriente o un aleatorio movimiento
de mi nadar aturdido, me empujó a unas ramas que me permitieron
sujetarme y, luego, trepar semi ahogado a un borde de pantano.
El
esfuerzo fue tal que casi me desmayo. Mi madre me buscaba preocupada,
creyéndome dentro de la casa. Cuando salió al jardín
el pequeño ciclón se había transformado en
una llovizna y aparecí yo, empapado, pero impertérrito.
Por dentro lloraba y jadeaba, pero por fuera no dije ni una palabra
al respecto.
Para
mi doctora, yo había deformado ese hecho, haciéndolo
ver como el recuerdo difuso de un chapuzón fallido, cuyo
cenit fue el susto de confundir un tronco con un cocodrilo. Al recordar
y entender lo sucedido, pude resolver problemas colaterales que
jamás sospeché que tuviesen su germen en ese mal paso.
Por ejemplo, mi extrema temeridad en el mar (ese irme lejísimos
nadando) se aplacó bastante desde entonces.
EL
AGUA ARRASA EL DIQUE, PERO TAMBIÉN EL PUEBLO A SUS PIES
De
modo que aquel evento simple de rompimiento de normas, aquella generosa
invitación a mear frente a una autopista, fue mi primera
gran malinterpretación y me produjo una latencia que explotó
cuando los dos polizontes nos asaltaron. Saber eso y conjugar un
poco lo mejor de la terapéutica aplicada, me devolvió
a la normalidad urológica y a una vida con otros inconvenientes,
sí, pero otros.
Nunca
más tuve sesión sicoanalítica o hipnótica.
Ahora soy amigo de la doctora e incluso la he asistido en sesiones
mesméricas con terceros.
Orino
cuando quiero, incluso cuando no tengo ganas, con gente alrededor,
solo e incluso frente a puertas que no cierran bien. Abandoné
por completo la investigación científica del mundo
de los sanitarios.
A
pesar de mi liberación, extraño con vehemencia el
bloqueo, porque produjo en mí grandes transformaciones y
descubrimientos. Al contar esta historia he salido de ella tan enteramente
que la extraño, extraño sus momentos e incluso su
sobrecogedora tensión.
Vuelvo
a mis consideraciones "baño adentro" y las encuentro triviales,
sin la profunda carga que tuvieron entonces.
Mas
son cosas que pasan. Es menester enfrentar grandes obstáculos
para clamar heroicos trabajos. Quizá es necesario desafiar
lo más fuerte y terrible de nosotros para poder descubrirnos
en todo nuestro esplendor. Pero no podemos vivir las historias para
siempre.
Ésta,
por ejemplo, se ha terminado.
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