Vuelta
a
Hernán Zamora
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Hernán
Zamora
Poemas
inéditos
INÚTIL INSISTENCIA
Entre silencio y silencio a veces ocurre. Surge un presagio, una
amenaza. Los ojos cerrados en un inútil amago de contención
intentan detener la calle, apagar el motor, enmudecer radios y estallar
de cansancio los minuteros. Cerrados los ojos, los oídos
se esfuerzan por escuchar el adentro. De la garganta emana un ronco
sonido. Atrapar en el aire las resbaladizas palabras, detener su
caída, armar el primer andamiaje, sentir el pulso, derramar
verbos. El recinto húmedo de la boca es ruina para el breve
y tenue latido. Los fantasmas se asoman tras el follaje, el río
no se detiene. Tras salvar la espesura de semáforos y ruedas,
el jadeo de Sísifo en el ascensor no perturba. Se llega al
zaguán. Todo está dispuesto.
CANTO
DE NAVEGACIÓN
Después de los días ¿qué se hallará
sobre la mesa, además de un lápiz deshecho, una hoja
transfigurada y un puñado de palabras que ya no logran decir?
¿Por qué intentarlo hasta el cansancio si el camino,
se sabe, conduce al silencio? El futuro está claro, pero
el presente es imprevisible, anunció Pedro. Mas el río
no se detiene y sobre el designio de tan opresiva carta de navegación
se yergue indómita una voz. Todo canto será vencido:
sesenta mil vueltas de la tierra habrán de ser necesarias
para que dos manos rocen mustios pliegos de papel; sesenta mil veces
habrá de rendirse la luna al olvido para que dos ojos desentrañen
rugosos sigilos; sesenta mil anillos de nada y un asombro, sólo
un asombro bastará para que el nombre sobreviva al resguardo
celoso del cedro, en la oscuridad de una gaveta, junto a seis caracoles,
tres canicas amarillas y un reloj que se detuvo a las tres menos
cuarto de una antigua madrugada.
TRASTIEMPO
El tiempo todo lo deshace. Sumergidos en él, los trazos de
lo vivido se disuelven ante nuestros ojos. Nada escapa a esa destrucción
eficaz, ni siquiera nuestras manos. Como notas de un saxo que intenta
detener la madrugada, apenas alcanzamos a contemplar el imperio
del silencio. Nuestras manos ceden bajo la implacable erosión
y cada vez son más incapaces de recuperarnos. Sobre ellas
se dibuja un mapa del cual ignoramos la leyenda. Un mapa que nos
muestra el territorio ajeno, desértico, accidentado y continente
de la palabra pasado. Así, ahuecados, sobrevivimos habitados
por la gárrula insistencia del ya; del minuto que nos descose;
de la gota siempre última que nos derrama; del artificio
lumínico que disipa todas nuestras sombras y nos deja desnudos
e incoloros. Escuchamos una horda de voces, carcajadas, murmullos,
exclamaciones, pero nadie nos toca, no vemos a nadie y el suelo,
precaria conjunción de fragmentos, tiembla; amenaza con desmoronarse
a cada intento nuestro de dar un paso, a cada amago nuestro por
escapar a la segura soledad que guardan las cuatro esquinas de la
casa. Donde nadie nos ve. Donde sólo podremos ver lo que
deseamos. Donde aún, tal vez, alguien nos aguarda y, amable
y fraternal como siempre hemos esperado que sea, nos reciba con
la mesa dispuesta para darnos bienvenida, lavarnos los pies, frotarnos
con aromáticos bálsamos y hablarnos, con serenidad
y con gracia, sobre lo que ha sucedido.
El tiempo tocará la puerta, pero desde el patio del fondo
ya no lo escucharemos.
Se irá cuando yo logre recordar y escriba:
he sido, soy, habré de ser.
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