| Fragmentos
Del
libro El orden de las ramas:
—Si te asemejaras al silencio que pretendes
—Créeme
que sería inútil el sacrificio. Nos arrojaríamos
sin comprender la desnudez primigenia, la represalia de ciertos
abandonos
—Padecemos el deber de perdurar, el deber del vocablo, el
deber del escarnio
—¿Tantos?
—Tantos
y muchos más, so pena de que la belleza vuelva a sus inhóspitos
caudales, de que las fieras aprendan de la carroña
—Hemos
recaído en la virtud. Imbéciles, domeñamos
la palabra para jactarnos de cuanto ocurre en vano
—Lo
peor es ser dignos y desprovistos de cimientos
—Vertebrados
por el asco. Suficientes de tanto rigor
—¿De
qué escalón se ha prendado la fatiga? ¿Qué
migaja de ella traerás a casa? ¿Eres tú quien
defiende el rumor de las palabras curtidas? ¿Tú
acaso quien rehúsa la lentitud que desolla a las bestias?
¿Tú el de la ignorancia?
—Quise
cargar con lo imperceptible, frases que maduraron a fuerza de
calcinarse como las hojas del saúco. Pero nada parecido
a tu insolencia. Nada suficiente para tu sed de insulto
—Como
si no fuera lícito cerciorarse de que las cosas siguen
teniendo nombre propio. Como si fuera una astucia desproporcionada
habitar de nuevo. Como si yo, nudoso y escampado, no tuviera derecho
a desconocerme
—Culpable.
Tuyo era el laurel, el frío subterráneo, los deslaves,
la tierra jamás prometida
—¿Puede
uno hacerse trizas en cualquier momento?
—Puede
—¿Destrozarse
en los malecones; inmolarse frente a la casa materna?
—Uno
puede rendirse, pero en silencio
—
Los zoológicos están llenos de niños a los
que hay que golpear. Sus párpados, tan volátiles,
tan gloriosos, deben ser deshojados; sus bellas dentaduras, esparcidas
sobre la copa de los abetos
—Eres
inclemente. Yo mismo pude tener una infancia masacrada en orillas
extranjeras
—Eras
entonces tan liso, tan descreído: un desmayo en el oleaje
de los charcos
—Regresamos curtidos, desmemoriados. Nos trajo el deber,
la holgura del desastre
—Quedarnos
era fingir
—Pero
volvimos indomables. Y dígase del mar y no de los arrecifes,
no del islote, no de la piedad
—Volvimos
de un caldo misericordioso que se traga a los héroes. No
podíamos ir más lejos
—En
todo paraíso hay siempre un impostor
—Me asquea el ruido de la laboriosidad materna, la obligación
de perdurar en las minucias de la casa
—Te
crees aprisionado por los océanos, por las juntas del mediodía,
cuando en realidad la templanza es en sí misma el hogar
—Es
que sospecho de las labranzas madrugadoras, la cadencia de los
vergeles, de esas largas paciencias con las que nos laceran y
nos crían
—Dicen que de estos días debo guardar la sospecha,
el deseo de arreciar entre los sarmientos
—Así
es. Cuenta la hiedra pendiente; mide el ardor de tus músculos.
Habla de los zumbidos disipados por la ebriedad. Más no
desatiendas el rencor. De él se surtirá tu memoria
y algún día la mía
—Si al menos te quedara ánimo para desertar
—No
podría entonces atarme a la bruma, curtirme en mi blanda
armadura vegetal. Estimaría ventanas como si se tratara
de la arrogancia postrera
—Dirás
que de ahí te viene lo adusto
—Apenas
me percato de ello. En el fondo sólo aspiro a la perversidad
que otorgan las ventanas clausuradas, los pórticos oxidados
—Lo
terrible, pues
—Lo
humano
—El mío era un destino de agujas, lo viré
en la torpeza de un lenguaje aniquilado. El orden de las ramas
venía dado por los destierros. No había forma de
refugiarse sino en la duda
—
No puedes abrevar en la medianía, en el engaño de
los tuyos
—Yo
sólo quería ser suficiente; colmar las formas del
sueño que pasa; superar al Creador
—Hablas poco de la muerte, de su bóveda temblorosa
—No
la eludo, espero su rodeo malicioso
—Pero
no dices de su inexorabilidad
—No
quiero darle hogar en mi lengua, pálpito en mis huesos.
Hay que dejar que la parca se repudie a sí misma. Cuando
algún día vuelva por mí, arremeterá
implacable; su tamiz dejará pasar las desgracias. Nos aliaremos
en la misma sumisión; seremos, juntos, eso que los torpes
llaman el mal
—Una
marea se disuelve sobre los techos de la ciudad
—¿Habrá
de petrificarnos en la víspera?
—Peor
aún, nos mantendrá tan interrumpidos como somos,
hediondos a sacrificio
—¿Y
las lágrimas de las noches plomizas? ¿Y la liturgia
de las casas visitadas? ¿Y qué de los minutos arraigados
en la despedida de una larga sangre?inhóspitos caudales,
de que las fieras aprendan de la carroña
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