escritores venezolanos de hoy
Jacqueline Goldberg


Foto Fernando Bracho Bracho

Vuelta
a Jacqueline Goldberg

Sobre la autora

Verbigracia. Diario El Universal. 12 de octubre de 2002

Las vastedades del adiós

Gina Alessandra Saraceni

cada orfandad
sufre su propia culpa
Jacqueline Goldberg


Dolor, enfermedad y pérdida constituyen el hilo conductor del nuevo poemario de Jacqueline Goldberg, La salud (Fondo Editorial La Nave Va-Instituto Cultural Venezolano Israelí, Caracas, 2002) ganador de la Bienal Mariano Picón Salas de Mérida, mención Poesía, 2001. Un libro lúcido e intenso sobre el tránsito entre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte; sobre ese estar en “la cuerda floja” sin saber si se tendrá el equilibrio suficiente para salvarse de la caída y del abismo.

Experiencia de umbrales y fronteras, de suspenso e incertidumbre, es lo que el libro busca representar: una lenta travesía hacia esas “vastedades del adiós”, donde “la verdad es siempre un escándalo”. Este, según mi lectura, es quizás una de los aspectos más interesantes del poemario: intentar la escritura de lo indecible, decir lo que no tiene palabras para ser dicho: ese más allá del dolor que constituye la pérdida (o la posibilidad de la pérdida) de un ser querido, y ese más allá de la vida que todavía no es la muerte, pero que es casi la muerte, que experimenta quien está enfermo.

En ambos casos se trata de enfrentar la posibilidad de la pérdida: para el enfermo, de su propia vida; para sus familiares, de un ser querido; en ambos casos una experiencia límite que anticipa la carencia que todo duelo implica.
Llama la atención la mirada radiográfica de los versos de Goldberg, su precisión y exactitud para penetrar esas zonas de espera, donde enfermo y familiares aprenden a soportar el desgaste cotidiano que causa la incertidumbre de no saber cuál será el diagnóstico del día siguiente:

soportamos
en la guarida
más desinfectada

aunque afuera se intrinquen
mejores certezas
nadie aspira salir con vida
(p. 23).

Habitar ese espacio de la agonía que la enfermedad supone es una forma de morir, como si la muerte se pagara viviendo, para decirlo con palabras de Giuseppe Ungaretti.

En ese umbral de la espera, donde los familiares aguardan “el veredico hematológico”, “la anchura respiratoria”, “el conteo de las esperanzas”, “la bacteria misteriosa”, “un maldito recodo de la sangre”, “un respiro incompetente”, la sinceridad del afecto es puesta a prueba por el miedo, la culpa, la piedad, porque justo allí donde está en juego la vida de un ser querido, somos más vulnerables al error, al remordimiento e incluso a la tentación de fingir: “reconocemos sus fortalezas/justo en aquello que nunca fue/era bueno/caritativo/honorable/-añadimos haciendo uso de una cronología bochornosa/…todo sentimentalismo se hace repugnante”.

Alrededor del agonizante y su familia, Goldberg mueve los hilos de otros personajes –“las parturientas”, “los condenados”, “los recién llegados”, los moribundos- que conforman una especie de gran “paciente”, un paciente prototipo que es el portavoz de las miserias que desfilan en los pasillos del hospital.

Aquí salud y enfermedad, vida y muerte se oponen para igualarse, para mostrar que no hay escapatoria ni refugio que pueda amparar la carencia que nos habita, dentro y fuera de los territorios del dolor que todo hospital supone. Que no hay salud que nos resguarde de nuestra irreparable fragilidad.


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