
Foto Fernando Bracho
Bracho
Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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Sobre
la autora
Papel
Literario. El Nacional. 2 de noviembre de 2002
Tarima
brava
Francismar
Ramíres
Ingresar
a un hospital, como paciente o custodia, se asemeja mucho a la forma
que el boxeador Many Chávez emplea en el filme Bendito Infierno
(Sin noticias de Dios) para describir la lona: “En mi tierra
(México), la llaman tarima brava”. Esto no es Tijuana,
de acuerdo, pero basta rozar el final para sentir que se vive en
el Lejano Oeste. Si se salva, el enfermo entenderá en el
futuro la necesidad de tomar distancia de lo blanco: a fin de cuentas,
en materia hospitalaria sólo se logra la comunicación
cuando se domina el registro del blanco pasillo, blanco enfermera,
blanco tapabocas, blanco camilla, blanco emergencia (en el mejor
de los casos) y otros sustratos desabridos. Sólo en términos
de suero, vena, vía, tubos, dolor-anestesia, dolor-conciencia
y terror a no quedar ni remotamente parecido (ni por dentro, ni
por fuera), se entra y sale de la realidad de la salud. Si se salva
(porque en este sentido los familiares se salvan con el paciente),
el acompañante de ojos enrojecidos, insomne, desde el antepecho
de la ventana, habrá avanzado también en la “tarima
brava”.
Justo
por haber vivido una experiencia límite, Jacqueline Goldberg
sorprende de nuevo con un poemario titulado La salud,
escrito a partir de la coincidencia temporal entre la enfermedad
de un familiar y la gestación de su maternidad. Dedicado
entonces a dos personas importantísimas, aro de despedida
y aro de inicio (“a Abraham, mi tío, que me reveló,
sin proponérselo, la vastedad del adiós” y “a
Santiago, mi hijo, que desde el comienzo me exigió huir de
toda pesadilla”), la escritora maracucha describe la angustia
de la espera con imágenes –no puede ser de otra forma–
demoledoras: personas forzadas a respirar, pacientes que emanan
de su encierro, corazones que bombean parsimonia, familias más
unidas que nunca y más podridas que antes, agonizantes que
se salvarán de titubeos con la despedida y peticiones cien
por ciento lícitas: “Hay una conversación privada/que
no reza ya por el caído//¡que se vaya!/¡que nos
deje en paz!//por pura decencia lloramos en coro”.
Con
31 poemas –cinco de los cuales viajan en voz de las plañideras,
un bajo continuo que, en cursivas, subraya que “la familia
resiste en la cuerda floja”– la autora de Luba
y Víspera, harta de sí, se desprende
del egocentrismo femenino trabajado en libros anteriores: “A
este familiar, tío al que le dedico el libro, le hicieron
una operación muy seria. Estuvo en cuidados intensivos durante
mes y medio, y en ese momento yo estaba embarazada. Fue una situación
familiar dura, porque además debía intentar concentrarme
en mí misma, pensar en la salud, que en este caso es como
la alegría de Ungaretti, una ironía –guardando,
claro está, todas las distancias. Dejé los poemas,
me daba un poco de vergüenza leerlos, no podía verlos
sin sentir culpa. Pero los temas no siempre los busca uno. Aquí
hay un salto: quizás porque son más años, más
lecturas, más conciencia de mi propio trabajo”.
Galardonados
con el Premio Caupolicán Ovalles en la Bienal Mariano Picón-Salas
(Mérida, 2001), los versos de La salud constriñen
el pecho y reflejan, entre poema y poema, la verdad como un templo
que el escritor latino Publius Aelius Hadrianus verbaliza en sólo
tres palabras, y que ahora aparecen como epígrafe: “Animula
vagula, blandula” (“pequeña alma mía”).
Igual que el estadounidense Harold Brodkey en su libro de despedida
(Esta salvaje oscuridad), para quien la medida
justa consistía en saber manejar el peso entero de la vida
controlando las tripas (“el resto es locura, rabia, humillación”),
Jacqueline Goldberg asume este sentir devastador, humano por demás,
en sólo seis líneas: “Si queda alma/la salud
será paraíso transitorio//un día más/la
carne soporta//y un día basta/para que claudique”.
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a Jacqueline Goldberg
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