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Jacqueline
Goldberg y su hijo Santiago.
Foto Fernando Bracho Bracho
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Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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Sobre
la autora
Verbigracia.
El Universal. Caracas, 3 de agosto de 2002
"La
casa sin sombrero" de Jacqueline Goldberg
En conexión con el alma del niño
Laura
Antillano
Un
niño es la voz en este libro de Jacqueline Goldberg. Un niño,
quien, cómplice de la ensoñación del padre,
nos cuenta acerca de sus sueños.
Su
padre es un "hacedor de casas", un soñador.
El
niño hila, encadenando en una madeja esos sueños del
padre, los que tienen como centro la posibilidad de una casa.
Lo
interesante, y he allí el origen de la materia poética,
es que este libro (La casa sin sombrero, Alfaguara,
Caracas, 2001), dentro del contexto de la obra de Jacqueline Goldberg
publicada para niños, se convierte en el resultado de un
proceso de síntesis, porque sus libros anteriores en esta
línea: Una señora con sombrero (1992)
y La novia voladora (1994), establecen ambos la
definición de un espacio subjetivo en conexión con
el alma del niño, espacio de la soledad interior y del descubrimiento
primario, que enseña cómo la imaginación puede
convertirse en un territorio de propiedad individual dotándonos
del lugar de la intimidad donde somos solos con nosotros mismos.
Para
los niños descubrir ese espacio, convertido en esa posibilidad,
constituye la definición de sí mismos como personas,
como individualidades con derecho a la autonomía.
La
autora consigue pues, otorgar a través de las palabras este
encuentro.
La
casa sin sombrero es como la metáfora la dibuja: una casa,
un lugar de los afectos y la vida, que ha nacido en y de las palabras,
y que el niño, hijo, la percibe originada a partir de las
propuestas del papá.
Pero
esa casa que partió de los sueños tiene una existencia
propia, la del poema que es: el libro. La de este imaginario comunicado
y colectivizado.
El
escritor Enrique Pérez Díaz, autor de numerosos libros
para niños, define el lugar desde la perspectiva de quien
escribe y quien lee:
"(…)
al franquearse la página en blanco, ese mítico umbral,
antes inexistente para cualquier lector, y penetrar el narrador
dentro de él, lo que sus ojos ven, intuyen, sufren, admiran,
describen, cuentan debe hallarse en un lugar determinado, lugar
que produzca en nosotros -los domesticados y serviles lectores de
siempre- aquella emoción tan necesaria y buscada para descifrar
los códigos anímicos y estilísticos (esto es,
la lectura) que nos permitan acceder ilesos a la atmósfera
real de este lugar". ("El sentimiento de lugar en los
libros para niños", 2001 / Ponencia presentada en el
Congreso Lectura 2001 para leer el XXI, La Habana).
Esta
búsqueda en la escritora Jacqueline Goldberg, en relación
con la ausencia, con la soledad cósmica, con el llenar o
rehacer un espacio de lo que no está (estuvo con el abuelo,
estuvo con la novia, está en el sueño del papá
con la casa imaginaria) cumple en la lectura y su relación
con el interlocutor-lector infantil y adolescente, con esa profunda
sensación de soledad intrínseca a esas edades, acerca
de lo cual Gaston Bachelard ha escrito tantas páginas:
"La
soledad del niño es más secreta que la soledad del
hombre. A menudo descubrimos muy tarde en la vida, en toda su profundidad,
nuestras soledades infantiles, la soledad de nuestra adolescencia
(…) el niño soñador, es un niño solo,
muy solo. Vive en el mundo de su ensoñación. Su soledad
es menos social, menos dirigida contra la sociedad, que la soledad
del hombre" (La poética de la ensoñación,
1982, pp. 163/164).
La
definición de ese lugar en las obras de la escritora Jacqueline
Goldberg concentra un motivo que se nos hace muy importante, ya
desde el punto de vista de quien acerca el libro al lector ideal,
porque, independientemente de que pensemos que el libro no tiene
edad, sino que hay lectores para cada libro, su esencia desde el
motivo mismo que genera el "lugar" en su obra, puede considerarse
para ser destinada a jóvenes y niños, dado que cumple
en términos literales con lo que podríamos señalar
como la aproximación a los motivos emocionales e intelectuales
de ese joven lector hoy, caracterizado desde la perspectiva de un
nuevo lector infantil o juvenil, "el nuevo lector implícito".
El
proceso de lectura del texto reproduce el acto de creación
de un universo interior al mismo tiempo. El niño y su papá
son lo que el lector al texto del escritor (de la escritora en este
caso).
Así,
quien nos narra manifiesta simultáneamente lo que percibe
del sueño del padre y suma a ello lo que el mismo sueña.
La belleza del texto reside en esa comunidad de voces fusionadas.
Celebramos
este libro de una poesía que no hace concesiones y que valoriza
con creces nuestra literatura publicada para niños.
Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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