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Jacqueline
Goldberg y su hijo Santiago.
Foto Fernando Bracho Bracho
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Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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Sobre
la autora
Del
libro "Reflexiones". Ensayos sobre escritoras hispanoamericanas
contemporáneas. Editado por Priscilla Gac-Artigas. Ediciones
Nuevo Espacio. New York, 2002.
La
escritura para niños de Jacqueline Goldberg
El
libro: el universo, la casa, el cuerpo
Laura
Antillano
Uno
de los libros más hermosos que ha caído en mis manos
últimamente es La historia de la lectura
de Alberto Manguel. Con este libro revivo mi yo lector desde la
circunstancia misma de su sensualidad primaria. Manguel nos recuerda
la multiplicidad de sentidos que tiene el acto de leer en el privilegio
mismo de su razón temprana y esencial.
Leer
a Manguel cuando releo a Jacqueline Goldberg en
su obra publicada para niños, me, sitúa, en la condición
misma de lo que el texto significa, para la complicidad entre lector
y escritor.
“(...)el
lector refleja al escritor (él y yo somos uno), el mundo
se hace eco de un libro (el libro de Dios, el libro de la Naturaleza),
el libro está hecho de carne y sangre (la carne y la sangre
del escritor, las cuales mediante una transubstanciación
literaria, se hacen mías) el mundo es un libro que hay que
descifrar (el poema del escritor se convierte en mi propia lectura
del mundo)”. (Manguel, 1999, p.225).
Un
libro en el que nos adentramos, un texto que se apropia de nuestra
mirada lectora, de nuestra alma y nuestro pensamiento, pasa a ser
nuestro cuerpo. El texto, metáfora del universo, en el momento
mismo en que lo leemos, es la casa y es el cuerpo, el nuestro, el
que nos ocupa, el que ocupamos, como la matriuska rusa: el cuerpo,
el cuerpo dentro de la casa, la casa dentro del universo y a la
inversa..
Para
Manguel: “(...)el acto de la lectura sirve como metáfora
que nos ayuda a entender la incierta relación que tenemos
con nuestro cuerpo, el encuentro y el contacto y el descifrar de
signos en otra persona. Leemos expresiones en un rostro, seguimos
los gestos del amado como si fuese un libro abierto.”Tu rostro,
mi señor” le dice Lady Macbeth a su marido, “es
como un libro en el que los hombres pueden leer cosas extrañas”,
y Henry King, poeta del siglo XVII escribió, de su joven
esposa muerta:
“
Amada a quien perdí¡ desde tu prematura desaparición
mi tarea ha sido meditar
Sobre ti, únicamente sobre ti: tú eres el libro,
La biblioteca en la que busco
Aunque me haya quedado casi ciego”
(Manguel,99,p.227)
En
los tres libros de Jacqueline Goldberg a los que queremos hacer
referencia: La casa sin sombrero (2001), Una
señora con sombrero (1993) y Mi bella novia
voladora (1994), a través de diversos procedimientos
literarios se construye el espacio de identificación que
convierte a la palabra escrita en metáfora de lo existente,
del universo y su circunstancia. Leemos el mundo en el libro, leemos
nuestra soledad cósmica en el recinto de la soledad que el
libro nos refleja.
El
juego mismo de la construcción del rótulo que define
los títulos establece un intercambio de significados desde
cuya precisión podemos entrar al desciframiento de su circunstancia
global.
La
señora con sombrero, en la historia, es la muerte (“La
muerte es una señora pequeña que columpia su sombra
bajo las matas del patio”) la voz infantil en boca de quien
está la narración convive con esa presencia de la
muerte como si se hubiera ido acostumbrando a ella, a su presencia
tranquila, la muerte que ha venido a buscar al abuelo: “La
muerte es una palabra con sombrero/que de vez en cuando viene/y
nos obliga a despedirnos”/(...)”cuando pienso que la
muerte/ es una señora con sombrero/mi respiración
se hace suave/y mis sueños/comienzan a viajar/”.
La
casa sin sombrero, es el espacio abierto de la vida, del
encuentro con los otros, nacida de la invención del padre que
acompaña al niño (“Mi papá es un inventor
de casas a las que entra sin prisa el solazo del verano”) a
ese padre que inventa se le acompaña en un plural, y el ellos
sigue el ensueño, son sus cómplices: “Nuestro
papá tardó años imaginando nuestra casa abierta
al cielo”.
Y finalmente,
la “novia voladora” viaja, se ha ido, está en
otro territorio lejano, y desde la lejanía se acrecienta
el anhelo de tenerla, quien habla, construye el “tejido”,
es el que está “en tierra”, sueña y vuela
a través de la visión de aquella.”En seis semanas/estará
otra vez aquí/y me hablará/ y hablará/ de museos/colinas(...)
hablará/de su cabello trepando/el aire del río/”(p.13).
El
juego de la construcción imaginaria hace, a través
del acto de creación del texto, un gesto de reconstrucción
del universo. Somos en el libro, en el poema, cuando leemos. El
acto lúdico de escritor y lector se convierte en el único
acto posible. Hay un proceso lúdico íntegro que acuna
nuestra circunstancia. Al modo de Jean Duvignaud entendemos que:
“El juego es una especie de alarde de fuerza: en medio del
claroscuro de la vida cotidiana, lanza un reto al sosegado estancamiento
del mundo...” (Duvignaud,1982,p.152).
La
voz que hila la historia, que nos conduce a través del libro
a establecer la convención necesaria para su lectura, y nos
convence de la certeza de su sustancia cercana, revela un orden
imaginario que pone en cuestión los mandatos del llamado
orden establecido. Del mismo modo en que el niño cuando juega
ríe de la ruptura, celebra el detalle que señala la
anticonvención. Celebra el estar en otra parte. Vive un nuevo
lugar, uno extraordinario inalcanzable para el entorno convencional.
Entrar en el libro reviste ese placer.
Los espacios de la ausencia (la muerte que convierte la presencia
del abuelo es algo imaginario y lejano, la casa que no está,
que es, pero no es, con muebles transparentes, nacida del sueño
de papá, y la novia que está lejos pero a través
de cuya distancia se crea un espacio de ensoñación)
son los espacios por excelencia que esta escritora, Jacqueline Goldberg
toma para la construcción del lugar, ese lugar idealizado,
mágico, que define la circunstancia misma de la ensoñación
y el traslado.
El
"lugar" en los libros de Jacqueline Goldberg
Espacio
creado a partir de la lectura y la escritura, la gratificación
de ese placer de lo imaginario nos convierte en cómplices
y actuantes del proceso de creación del sentido en y a través
del texto.
“El
mundo, que es un libro lo devora un lector que es una letra en el
texto del mundo; de esa manera se crea una metáfora circular
para lo inagotable de la lectura. Somos lo que leemos.(...) leemos
intelectualmente a un nivel superficial, captando ciertos significados
y conscientes de ciertos hechos, pero, al mismo tiempo, invisible,
inconscientemente texto y lector se entrelazan, creando nuevos niveles
de significado, de manera que cada vez que ingerimos un texto, simultáneamente
nace algo a escondidas que todavía no hemos captado”.
(Manguel, 1999, p.231)
Se
escribe desde un lugar, se crea un lugar a través de la escritura.
El lector pasa a ese lugar, asume la voz del texto, tiene un poder,
está allí, en el texto. Se abandona, se entrega. Su
encuentro con y dentro del texto lo conectan con un mundo particular,
con un espacio indefinible.
Mangel,
habla de su contacto con el libro, su relación con la lectura:
“Lo que sucedía estaba sucediendo en el libro, y era
yo quien contaba la historia. La vida seguía su curso porque
yo pasaba las páginas”. (Manguel,1999, p.203).
Esta
noción de la presencia del lector lleva implícita
la noción de un “lugar” ganado, conocido en el
milagro mismo de la lectura del y por el texto.
Esa
intimidad que nace nueva a través del acto de comunión
entre libro y lector, define un espacio subjetivo, el lugar.
El escritor Enrique Pérez Díaz, autor de numerosos
libros para niños, define el lugar desde la perspectiva de
quien escribe y quien lee:
“
(...)al franquearse la página en blanco, ese mítico
umbral, antes inexistente para cualquier lector, y penetrar el narrador
dentro de él, lo que sus ojos ven, intuyen, sufren, admiran,
describen, cuentan debe hallarse en un lugar determinado, lugar
que produzca en nosotros –los domesticados y serviles lectores
de siempre- aquella emoción tan necesaria y buscada para
descifrar los códigos anímicos y estilísticos
(esto es, la lectura) que nos permitan acceder ilesos a la atmósfera
real de este lugar”. ( Pérez Díaz, 2001, p.2).
Esta
búsqueda en la escritora Jacqueline Goldberg , en relación
con la ausencia, con la soledad cósmica, con el llenar o
rehacer un espacio de lo que no está (estuvo con el abuelo,
estuvo con la novia, está en el sueño del papá
con la casa imaginaria) cumple en la lectura y su relación
con el interlocutor-lector infantil y adolescente, con esa profunda
sensación de soledad intrínseca a esas edades, acerca
de lo cual Gaston Bachelard ha escrito tantas páginas.”La
soledad del niño es más secreta que la soledad del
hombre. A menudo descubrimos muy tarde en la vida, en toda su profundidad,
nuestras soledades infantiles, la soledad de nuestra adolescencia(...)
el niño soñador, es un niño solo,muy solo.
Vive en el mundo de su ensoñación. Su soledad es menos
social, menos dirigida contra la sociedad, que la soledad del hombre”.
(Bachelard,1982, p.163/164).
La
definición de ese lugar en las obras de la escritora Jacqueline
Goldberg define un motivo que se nos hace muy importante, ya desde
el punto de vista de quien acerca el libro al lector ideal, porque
, independientemente de que pensemos que el libro no tiene edad,
sino que hay lectores para cada libro, su esencia desde el motivo
mismo que genera el “lugar” en su obra, puede considerarse
para ser destinada a jóvenes y niños, dado que cumple
en términos literales con lo que podríamos señalar
como la aproximación a los motivos emocionales e intelectuales
de ese joven lector hoy, caracterizado desde la perspectiva de un
nuevo lector infantil o juvenil, “el nuevo lector implícito”.
Teresa
Colomer (1998) establece una serie de características para
describir a este nuevo lector implícito, el que ha experimentado
un supuesto impulso innovador desde la década de los 60 del
siglo XX, sus señalamientos se resumen en lo siguiente:
-
Un lector propio de las sociedades actuales.
-
Un lector integrado a una sociedad alfabetizada.
-
Un lector familiarizado con los sistemas audiovisuales.
Un lector que se incorpora a las corrientes literarias actuales.
-
Un lector que aumenta en edad, al ampliar progresivamente sus
posibilidades de comprensión del mundo y del texto escrito.
Esta
perspectiva produce el nacimiento de textos que: plantean rupturas
con los modelos canónigos, aumentan su complejidad narrativa
y por lo tanto: su complejidad interpretativa. No pensamos que un
escritor se sienta a escribir como quien prepara una receta a un
consumidor de lectura X, y si creemos, y con más fundamento
en el caso de Jacqueline Goldberg, que su escritura puede realizar
la comunión con lectores de edad infantil y juvenil desde
la mirada de sus propias necesidades emocionales.
Los
textos de Goldberg mantienen un tono poético en el hermetismo
mismo de sus metáforas, requiriendo una mirada lúcida
en su lectura, que pensamos se produce, desde la mirada de estos
lectores definidos, por el encuentro en ellos de la ensoñación
alrededor de la soledad cósmica, como la define Gaston Bachelard,
tan propia de estas edades.
Dos
motivos esenciales circulan entre sus obras: la definición
de ese sitio, ese espacio interior nuevo, en comunión con
el lector, por un lado; por el otro: el encuentro con situaciones
límites de un modo no traumático, donde la circunstancia
del acto poético es implícita al entorno narrativo
y conduce al lector a una comprensión de un estado, de una
circunstancia de difícil asimilación. Pensemos en
la muerte o en la ausencia del amado.
El
profundo sentido de lo poético, sin concesiones, que prevalece
en estos libros de Jacqueline Goldberg es un alimento de creciente
valorización en su ser espejo con el descubrimiento de esa
soledad, que al ser definida como lugar idealizado, conforma al
niño y al adolescente, se con-sustancia con su ser.
“Las
vacaciones son largas/en este patio/(...)miro iguanas/trepando raices/(...)hormigas
azules/mordiendo los mangos/(...)pasa la tarde/pasan muchas tardes(...)juego/y
no me acuerdo(...)pero cuando huele a limón(...)pienso en
ella(...)mi bella novia/mi novia mía(...)volando/ sobre los
mapas(...)volando/sobre las olas” (Goldberg,94,p.19).
La
vida del lector está en la vida del libro, el libro convertido
en cuerpo,casa y universo del lector, en este caso del lector niño
o adolescente, reafirmando la riqueza de su soledad interior en
la escritura de la poesía narrativa de Jacqueline Goldberg.
Bibliografía
Bachelard
Gaston (1982) La poética de la ensoñación.
Fondo de Cultura Económica, México.
Colomer Teresa (1998) La formación del lector
literario, narrativa infantil y juvenil actual. Fundación
Hernán Sánchez Ruipérez, Madrid.
Duvignaud Jean (1982) El juego del juego.
Fondo de Cultura Económica, México.
Goldberg Jacqueline (1992) Una señora con sombrero.
Editorial MonteAvila, Caracas.
Goldberg Jacqueline (1994) Mi novia voladora,
Fundación Cultural Barinas.
Goldberg Jacqueline (2001) La casa sin sombrero.
Editorial Alfaguara Infantil, Caracas.
Manguel Alberto.(1999) Una historia de la
lectura. Editorial Norma, Santa Fé de Bogotá.
Pérez Díaz Enrique (2001) El sentimiento
de lugar en los libros para niños. Ponencia presentada
en el Congreso Lectura 2001 para leer el XXI, La Habana..
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