
Foto Fernando
Bracho Bracho
Vuelta
a Jacqueline Goldberg |
Sobre
la autora
Del
libro "Reflexiones" - Ensayos sobre escritoras hispanoamericanas
contemporáneas. Editado por Priscilla Gac-Artigas. Ediciones
Nuevo Espacio. New York, 2002.
Jacqueline
Goldberg:
Un alegato a favor del desencanto
Harry
Almela
El
domingo 28 de junio de 1998, el Papel Literario del diario El Nacional
daba continuidad a la serie El Cuaderno de Narciso Espejo
con un testimonio de Jacqueline Goldberg, acompañado de una
fotografía de su temprana infancia. El texto lo dice todo.
No sólo acerca de la fotografía en cuestión.
Aquí están todas las pistas, todas las virtudes que
su poesía ha conseguido a lo largo de los años. Dice
el texto:
Una
piscina puede ser cualquier hondura Un transparente rectángulo
apostado con lujos de cloro entre los jardines de un gran hotel
Un diminuto círculo de plástico inflable. Un charco
después de la tormenta. O una olla destinada a la lenta cocción
de camarones y cangrejos venidos de las orillas del Lago de Maracaibo
Cada domingo mi privada piscina abandonaba los fogones desparramándose
en el patio de la abuela Luba como rudimentario jacuzzi áspero
acuario donde mi desnudez de fruta asoleada el jabón la risa
de las tías y la cámara de mis traviesos padres eran
los únicos ingredientes de la ya entonces escurridiza felicidad.
Una
visión de la escurridiza felicidad es lo que, en fin de cuentas,
propone esta poética desde el atalaya de una mujer. Pero
no es nuestra intención revitalizar la antigua disputa acerca
de la llamada poesía femenina escrita en Venezuela. En cualquier
caso, vale la pena señalar lo siguiente: parte de los libros
que vamos a comentar conversan con los de algunos publicados por
coetáneas de Goldberg, quienes divulgan sus primeros títulos
entre los años ochenta y noventa. En estas poéticas,
incluyendo la de la autora que hoy nos ocupa, la modernidad literaria
se ha sometido a una dura prueba, al ampliar los registros temáticos
y la manera de abordarlos. En ellas se pueden leer los alegatos
acerca de las preocupaciones vitales y literarias de una generación
que, extendiendo los recursos retóricos de las autoras inmediatamente
anteriores, profundizaron en la escritura como testimonio. Por una
parte, pusieron en escena el cuerpo, la tristeza, la ironía
y el monólogo dramático. Por la otra, y esto marca
a muchas de esas escrituras, partieron en busca de la recuperación
del habla cotidiana en detrimento del habla culta, consagrada por
muchas de las poetas anteriores.
Una
segunda circunstancia que caracteriza a estas poéticas la
constituye el hecho de que sus autoras han disfrutado de los beneficios
propios de la cultura citadina, ya sea por la vía formal
de la instrucción universitaria o por la vía informal
de los múltiples talleres literarios que proliferaron a lo
largo y ancho del país en esas décadas. Este acceso
a los bienes culturales citadinos implicó, en relación
con la generación anterior, un desplazamiento tanto de las
materias poéticas como del lenguaje. Debido a eso, las referencias
al libro de la cultura están presentes en grandes fragmentos
de estas obras. Por otra parte, estas poéticas se desplazaron
hacia la interioridad del yo, interesadas en ampliar los horizontes
escriturales que tradicionalmente habían sido asignados a
lo específicamente femenino. De allí el interés
por el cuerpo, por la tradición mitológica que refiere
a lo femenino, la preocupación por personajes históricos
y el anhelo por testimoniar las dolencias terrenales del amor, en
detrimento de un discurso pleno de metaforizaciones de tono idealista
que caracterizó a la literatura escrita por mujeres pertenecientes
a generaciones anteriores.
Es
a partir de estas perspectivas que deseamos conversar acerca de
la particular poesía de Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966).
Autora precoz, su primer libro, Treinta soles desaparecidos,
lo publica en 1985 a los diecinueve años de su edad. Su más
reciente título publicado, Víspera,
apareció en 2000, de la mano de los amigos de Pequeña
Venecia. Estos quince años de escritura describen una larga
parábola que incluye también los siguientes títulos
en poesía: De un mismo centro (1986), En
todos los lugares, bajo todos los signos (1987),
Luba (1988), A
fuerza de ciudad (1989), Máscaras
de familia (1991), Trastienda
(1992) e Insolaciones
en Miami Beach (1995). Consideración aparte,
pues no serán tocados en estas líneas, merecerán
sus libros Una mujer con sombrero, texto para niños
(1996) y Carnadas, novela corta publicada en 1998.
Desde
sus primeros libros (y esto se ha dicho ya en muchas notas acerca
de la autora), la poesía de Goldberg ha estado marcada por
la brevedad o, mejor dicho, por la contención. Esta forma,
a mi parecer, es muy al uso en poetas que entienden el oficio como
una forma del conocimiento y que en Venezuela se corresponde con
ciertas líneas poéticas que huyen de lo barroco y
lo excesivo. Más interesada en el funcionamiento del artilugio
que en comunicar, la brevedad apunta hacia la interioridad del poema.
Sus claves reposan casi exclusivamente en los límites marcados
por la página, a pesar de su deseo de contactar con el mundo
real. De esta contradicción se desprende, en general, esa
especie de oscuridad que caracteriza esta forma poética en
Occidente. La brevedad busca la consagración del instante,
la fotografía mínima del pensamiento y la emoción.
Quizás por eso se considere siempre a la brevedad como el
filo de una navaja por donde se camina entre los precipicios del
logro y del fracaso.
En
la poesía de Goldberg, esa oscuridad es evidente en sus primeros
libros (Treinta soles desaparecidos, De
un mismo centro y En todos los lugares,
bajo todos los signos). Pero este juego entre claves internas y
mundo real, nos parece más la búsqueda de una expresión,
la tímida indagación en procura de lo que es, definitivamente,
el rasgo principal que caracteriza una obra: la Voz. En este sentido,
estos libros nos presentan a un autora más interesada en
la estructura y en el precario decir que en su eficacia comunicativa
pues, al mismo tiempo, ese decir huye de lo declarativo en beneficio
de la contención. Los poemas de esta primera época
nos parecen preparaciones para los libros que vendrán. Son
ejercicios para la estructura narrativa en la cual experimentará
en sus siguientes títulos, donde el tono del desencanto jugará
un papel principalísimo.
Logrado
ya el dominio de su Voz, la aventura poética de Goldberg
se inicia con pasos más precisos en Luba,
que narra la zaga vital de un personaje que viene del fracaso. En
este libro están las marcas y los orígenes de ese
viaje hacia el desencanto que apuntábamos anteriormente.
Y cuando hemos usado el verbo narrar, planteamos acá una
de las características de esta poesía desde este libro
en adelante: su deseo de convertir el asunto y la trama en objeto
observado desde afuera. Lo que se dice en el poema se presenta como
hecho narrado, aún en aquellos donde la voz poética
asume la primera persona. Estas narraciones, he aquí el extraño
hallazgo que caracteriza a esta voz en el conjunto de sus coetáneas,
ocurre justamente echando mano de la estructura del poema breve.
En
Máscaras de familia, este proceso narrativo
da testimonio de dos personajes, a saber, una madre y su vientre.
Ya desde el título asistimos a la desacralización
de la maternidad, a la puesta en duda de esa instancia como realización
del ideal femenino. En este libro se nos propone un viaje desde
lo sagrado a lo terrenal, relatando la historia de una zaga familiar
desde la esperanza hacia el desencanto.
En
su siguiente libro, Trastienda , vamos a asistir
a otro proceso de desacralización y en el mismo tono narrativo,
pero esta vez el personaje será el de la Amada, como sujeto
pasivo del amor. Ahora el texto expone, en distancia, la crudeza
de un testimonio donde el yo poético pareciera hablar acerca
de otra, cuando en realidad lo hace de sí misma. Además,
se pone en tela de juicio, con su sola enunciación, algunos
tópicos burgueses acerca de lo femenino. Esa banalización
de tópicos burgueses se desarrollará con más
intensidad a partir de este libro.
Insolaciones en Miami Beach marca un punto de quiebre
en esta obra. Es quizás uno de los poemarios venezolanos
más importantes de esa década, a pesar del estruendoso
silencio que acompañó su publicación. Por una
parte, y desde el punto de vista del desarrollo de la poética
de Goldberg, constituye una profundización en su visión
desacralizada de los ritos familiares y de la banalización
de los tópicos burgueses. Por la otra, están allí
presentes, en toda su crudeza, las maneras y gustos de una clase
media muy al uso en nuestro país en las dos décadas
anteriores, fascinada por su ascenso y por el acceso a los bienes
de consumo que marcan y determinan su membresía, bienes de
consumo caracterizados por un pésimo mal gusto y que rozan
el kish. Por ratos, estos poemas nos hacen recordar aquella película
de Robert Altman, Tres mujeres. Hay también en este
libro una ampliación del vocabulario poético que,
desde ahora, echará mano de palabras poco prestigiadas por
la poesía, sea por su sonoridad o por aquello que designan.
En esta ampliación reposan las marcas de ese rescate de vocablos
cotidianos que caracteriza bien a esta generación de poetas,
circunstancia sobre la cual hemos hablado en párrafos anteriores
y que nos permitimos ahora explicar con detenimiento. La modernidad
literaria heredó de la generación inmediatamente anterior
el concepto de poesía como arte del buen decir. Pero, para
los escritores de las nuevas generaciones, el vocabulario prestigiado
ya era escaso para dar testimonio de otra realidad. Además,
en esta aventura se juega la vida el poeta, pues con ese cambio
de registros se amplían el horizonte de lectores.
Vísperas
es el punto de llegada de esta manera de decir, el cual hemos caracterizado
por su tono narrativo, su desacralización de los valores
de la clase media y el uso de vocablos poco prestigiados por la
poesía. Acá toma la escena la madurez, asumida como
lo que es, una circunstancia irremediable, que se convierte acá
en reconocimiento de la desolación. La sordidez de las horas
perdidas, del recuerdo de los amores en otros cuerpos, el cansancio
que causa la repetición de los gestos, la confesión
de lo femenino harto de sí mismo, un continuo y doloroso
despojarse de las máscaras de la feminidad para asumirse
simplemente como cuerpo que transcurre en medio de la desolación
Debemos
finalizar, no sin antes dejar constancia de nuestra admiración
por esta poesía que pone en escena un intenso viaje desde
la esperanza hasta la desolación, echando mano no de los
sentimientos, sino más bien de las exterioridades, de los
paisajes, de las muecas y los gestos, tal y como si se tratara de
la escritura de un guión cinematográfico. No es sencillo
hablar del desamparo. Hacer una poesía desde lo cotidiano
y que sepa apuntar hacia lo espiritual desde la estructura de la
poesía breve son los signos de esta poesía que constituye
un lugar particular en la literatura venezolana contemporánea.
Queda ahora esperar, luego de los hallazgos del libro Víspera,
una vuelta de tuerca en esta poética que ha sabido desnudar,
con dolor y para beneficio de sus lectores, la visión acerca
de los vicios y virtudes de una clase social en difíciles
trámites de supervivencia.
Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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