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Foto Fernando
Bracho Bracho
Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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Sobre
la autora
Revista
"Cocniencia activa". Caracas, 2004.
Jacqueline
Goldberg:
Ira y mudanza de aquella memoria
Alexis
Romero
¿Cómo
se escapa de aquella memoria? ¿Cómo regresamos a ella?
¿Es posible pedirle al tiempo que nos devuelva lo que perdimos
al y por nacer? ¿Cómo pedir realidad sin llenarnos
de ciudades o pueblos en decadencia? ¿Cómo gritarnos
adentro lo que no podemos afuera? ¿Cómo abolir la
verdad que amanece mentira? ¿Cómo añorarte,
Señor, sin sentirnos huérfanos? ¿Cómo
digo realidad para que se escuche sueño? ¿Cómo
amar sin que algo se nos pudra en el alma? ¿Cómo odiar
sin que un rebaño despierte muerto en nuestros vocablos?
¿Cuáles palabras te digo, para que surja la espera
y el milagro de la huida? ¿Acaso habitar es huir de nosotros
para poder estar contigo? ¿Qué hago con estos ramos
de afirmaciones que hablan de mí olvidándote? ¿Por
qué tanta sequedad en mi labios, si tengo tus pupilas cargadas
de aguas celestiales?...
Tantas
preguntas. Tantos lugares. Pequeños despertares. Grandes
temores. La mano dulce de la ambigüedad humana. Se nos descompone
la eternidad, la perfección, la gloria y el reino. Tantas
preguntas y tantos lugares que nos regresan o se marchan, apenas
abrimos las páginas de los dos últimos libros , de
una de las escasas voces orgánicas de la poesía escrita
en Venezuela, durante las últimas dos décadas: Jacqueline
Goldberg. “El orden de las ramas”(Ediciones Torremoza,
Madrid,2003) y “Una sal donde estoy de pie(Antología,
Universidad Católica Cecilio Acosta, Maracaibo, 2003) constituyen
sendas fuentes que nos minas de interrogantes, que nos obligan a
guardar silencio para que la noticia antigua de un ser vivo brote
de las páginas y nos diga lo que ya nos fue dicho.
Y digo escasa,
porque, si bien cierto que durante este período han aparecido,
decenas de poetas, son pocos/as los/las que han concienciado la
existencia o inexistencia de una evolución orgánica
en su escritura. Al contrario, amparados en el falso poema breve,
o en una verborrea disfrazada de prolijidad e historia, han enmudecido,
paralizado y/o ignorado la continuidad lingüística,
estética y mental de la gran tradición poética
en nuestro país. De ese concierto de poetas jóvenes,
Goldberg pertenece a esa esfera mínima cuya palabra le agrega
memoria y sentido a los asombros latinoamericanos. En ese concierto,
es una de las pocas que escapa del desconcierto y el empobrecimiento
del lenguaje , las formas y ritmos heredados. Una poeta atenta a
la herencia del lenguaje. Atenta en/con la realidad. Atenta a los
matices primarios de sus alrededores. Una poeta que se estremece
ante la posibilidad de no escuchar y comprender los significados
y alcances de la cultura espiritual de su tiempo. Los estilos de
la memoria fueron ignorados o vaciados. Predominó y sigue
sucediendo el deformado ejercicio del Génesis: crear nuevas
realidades, ignorando o deformando el orden o el caos encontrados.
Sin más, dos décadas de ocultamiento y deformación
de lo que siempre será visible: La respiración de
la piedra, donde se construye el templo de la memoria, aquella memoria.
En
este panorama sucedió esta poeta. De estas circunstancias
sigue brotando su palabra renovada. Estos dos libros lo confirman.
Presenciamos dos árboles de la madurez vital, que viene a
constituir, inevitablemente, necesariamente, fundamentalmente, altura
verbal, precisión de realidad, traspaso de fronteras geográficas
y espirituales y ejercicio de claridad y sinceridad. Dos libros
diferentes en sus materialidades, pero con un único fondo:
los espacios para los posibles arraigos y estares. Los lectores,
nosotros, los demás, parafraseando a Humberto Martínez,
a propósito de José Gorostiza, esa esfinge mexicana,
tenemos que aprender a escuchar lo que dice Jacqueline Goldberg.
Textualmente: Aprender a ver sobre el desorden, la destrucción
y la imposibilidad que presentan nuestros tiempos[;] aprender que
ellos, los poetas, están tal vez más cerca de la ausencia
porque parten de la Presencia.
En
todo lo dicho hay lo no dicho. Estas palabras para la obra de Gorostiza,
también lo son, por justicia, para estos dos libros.
“En el
orden de las ramas”, hablan dos memorias, dos encuentros,
dos reencuentros, dos desencuentros, dos reclamos, dos emociones,
dos semejanzas, dos cuerpos separados por la Gracia y la Desgracia,
dos bocas que no saben cómo pronunciar el Perdón...Dos
lugares: la verdad y la mentira. Dos certezas: lo temporal y lo
eterno. Dos agonías: el arraigo y el desarraigo. Dos viajes:
el vertical y el horizontal. Dos fuentes: la belleza y la apariencia.
Dos mujeres: la costumbre y la libertad. En “Una sal donde
estoy de pie”, las flechas del arraigo y el desarraigo, de
la promesa y el exilio, del recuerdo y el olvido, del derrumbe externo
y el levantamiento interno, de la precisión y la dilatación
universal, de la irrealidad y la realidad de lo mínimo atraviesan
el piso salitre donde sueña, despierta, anda y recuerda la
poeta. Una antología que convoca al encuentro de lo exteriormente
diferente, pero profundamente semejante; que invoca a los sagrados
resortes primarios de la experiencia humana, del silencio viviente,
del vacío y los hogares iniciales, de los mandatos y horizontes
del secreto; en fin, convocación e invocación para
oír a y acudir al llamado de las palabras en cuyos vientres
descansa otro destino. Un organismo sólo brota de ambos actos:
convocación e invocación. Llamado y tributo. Llamado
y homenaje. Llamado y convicción. Estos son los hilos invisibles
que propician el nacimiento de este libro cuyo latido es diferente
al de los libros que lo suscitan. No es una antología sujeta
a criterios cronológicos, sino a respiraderos vitales. Así
habla la poeta en el proemio del libro: “Una sal donde estoy
de pie es un libro conceptualmente inédito, aunque sus poemas
tengan una genealogía precisa. Lo he fragmentado a partir
de los tres ejes temáticos que han atravesado desde siempre
mi trabajo: la conciencia del mundo, la visión femenina y
la familia... En cada uno de los segmentos he introducido algunos
textos inéditos...que constituyen discretas ventanas hacia
donde aspiro conducir mi poesía.”
La poeta se
asoma al pozo: ve la larva que impide la vida y deforma las líneas
del rostro. Ha visto cómo nacen las máscara, pero
también cómo aniquilarlas. Ha visto la palabra precisa
de la sinceridad del misterio. Ha visto la claridad sin misterio
y a éste sin aquélla. Ha visto la moneda debajo del
agua. Presiente las consecuencias de estirar la mano y alcanzar
lo que ve tan cerca , pero nos mira desde lo profundo. Así
brota Una sal..Así El orden de las ramas, como una señal
precisa de las rupturas en las estructuras vitales y lingüísticas
de su poesía. Se presiente nuevos verbos. Se avizora la llegada
de una síntesis rítmica. Han muerto las tentaciones
del falso espacio en blanco, los quiebres mudos y vacíos
de historia y sugerencia. Continuaran sus grandes temas de siempre,
pero con un decir que sólo está reservado a quienes
acuden desnudos de costumbres, trucos, recetas y formulas a los
llamados del lenguaje. Una sal... nos lo confirma. La poeta abrió
las celdas de la cárcel de la forma. Está en silencio.
Sabe que una música nombra su cuerpo. Siente una ciudad de
verbos acechando sus sueños y realidades. Estos poemas lo
confirman:
XVII
ni acercarme
ni consumar en mi lengua
los pecados de su historia
me
hago a fuerza de extenderme
por donde nadie pasa ya
me
vigila un párpado
un monte
una mujer de sal
XIX
soy oficiante
de sus incendios
sábado merodeador
que no se asusta ni grita
viajo en sombra
recorro los techos de sus pesadillas
mi palabra no logra detenerse
ando de cicatriz
en cicatriz
buscando algo que nos duela.
¿Y que
es lo que nos duele? El lenguaje. Y en él, algo que se perdió
y que presentimos a fuerza de vivir, a fuerza de morir. Porque acatar
el lenguaje es vivir de cicatriz en cicatriz. Es presenciar desnudos
los límites del lenguaje para nombrar lo sagrado que habita
en nuestros alrededores. Respirar cerca del límite. Pronunciar
en sus cercanías. Conjugar su existencia. En ambos libros
habita la angustia de vaciar los substantivos de su substantividad
y memoria. Se desgarra aquello que nos satura. El ritmo podrido
de la duda del desplazamiento. Una Poética desde la desconfianza
en el mundo, para penetrar en su voz original: la transitoriedad
de lugar, la eternidad del desarraigo, la eternidad de la llegada
a cualquier lugar...Jacqueline escribe como lo que es: una de las
herederas de la canción nacida en el desierto. Heredera de
un ritmo idéntico al de la huida, al del recogimiento de
lo indispensable, al de la prisa del animal que escuchó la
promesa y también quiso partir. Un ser sin ídolos.
Un ser obediente al lenguaje del fuego, a la intimidad y el retiro
del desierto del alma.
La poeta busca
vivir, gritar lo perdido ayer, pero recuperado gracias al presentimiento
de la palabra ordenada en las ramas; como para iniciar la creación
del mundo. Una mano que construye y destruye al amanecer sus propias
máscaras, sus propios y dérmicos engaños: creación
y destrucción de las emociones vacías de signo y templo.
Sólo para insistir en lo humano, en el eco de a imagen y
semejanza. Sólo para acatar la convicción weiliana
de que tenemos prohibido olvidar.¿Olvidar qué? Lo
que de sagrado tiene el lenguaje, a pesar de la mundanidad, gracias
a la mundanidad. Derrota del olvido. Victoria de la memoria. Aquél
no triunfa porque pesa de tanto vacío de langosta. El recuerdo
alimentado de vocablos hace posible la memoria presente de sí
misma. Encontrarse con sus poemas en entrar en los secretos de una
historia familiar, tribal, colectiva y universal, que la genética
cultural del pasado garantiza. Volvemos a presenciar la donación
de la entrega, las tablas, el desgaste, la lealtad de la ira divina,
por algo que se sabe perdido, pero en espera. Brotamos lesos, afectados
por la resignación de la piedra. Nombrados por el muro, que
aún no conoce el lamento. Temerosos de que un ángel
nos visite y recuerde que ÉL nos ama y contempla. Nos sentimos
las palabras que nos dicta. Nos presenciamos como palabras que brota
de su boca sin fisuras. También nos brota el conflicto. Te
niega. Me niegas. Te fustigo.
Te amo. Te
reniego. Me hinco. Te alabo. Te acato. Te perdono mientras olvido
las leyes y costumbres. Un tú y un yo para hacer posible
la mudanza y el regreso. Escuchamos confesiones. Escribo para llenarme
de misterio; para dotarme de secretos la vida. Respiro para la restitución
del mundo. Reclamo lo que no pudimos completar. Yo, una pésima
hacedora del Génesis. Descubrimos nuestra armonía
con algo que nos llega de la violencia. Armonía con la furia
inquebrantable y fluyente del susurro del perdón. Intentamos
regresar al primer lugar: donde las hojas aguardan su regreso a
los árboles de donde fueron arrancadas; donde vaciarnos de
saberes duele, porque se presiente la llegada de la inocencia.
La mano que
escribe mira en sí misma la historia de su memoria, de sus
ancestros. Va más allá del gozo exterior para acercarse
a la experiencia de vivir en el temor salomoniano de la sal. Su
conciencia de piedra se desmorona para fusionarse como una metáfora
de los días en que se sembraron las plantas cuyos frutos
serían el exilio antropológico y la vigilia, la definitiva
esfinge de la espera. La mirada intelectual cede un gran lugar a
la mirada de una existencia marcada por “algo” que viene
de lejos, de un lugar que no es ni ha sido de aquí. Se anda
con el sello de la extranjeridad, la expulsión, buscando
las señales prometidas; buscando que el olivo deje de clamar...
Ambos poemarios
constituye la boda del pensamiento y la sensibilidad en el oficio
de este silenciosa poeta. Allí la palabra que nos mira nos
devuelve a los íntimo del destino y el porvenir. Cada verso
es una interrogante a los libros sagrados del cielo. Ausencia de
respuestas. Es la restitución del misterio que perdemos cuando
despertamos sin señales. Una mano conmocionada porque los
signos humanos no han vuelto a encenderse. Continúan apagados.
Esta poesía es un recordatorio de la nostalgia del origen,
diría Christian Heck. Su música es la del hastío
material de las emociones, silencios y sentidos. Anuncia la petición
de un sentido que amortaje la realidad perdida, el pasado que no
cesa de volver y volvernos los mismos seres del miedo y el titubeo,
por las decisiones del tiempo. Tiempo devenido lugar. Sal y rama
devenidas tiempo. Tiempo y palabra. Langosta y verbo. Templo y danza.
Silencio y caída. Un archivo de las miserias del rito, de
la práctica disfrazada de memoria y ceremonia de lo íntimo
y eterno. Nostalgia de la pureza. Nostalgia por el silencio de la
choza. Siembra de un desierto en el desierto. La insistencia de
la pregunta : ¿Cómo se entra a la memoria de Dios:
con los ojos abiertos o cerrados?
Los lectores
de Jacqueline Goldberg presienten la trascendencia de El orden de
las ramas y Una sal donde estoy de pie en el contexto de la poesía
escrita en Venezuela. Porque con ambos libros confirmamos a George
Steiner: “La poesía debe permanecer despierta y estar
dispuesta para su encuentro con las partes contratantes [y constrastantes].
¿Quiénes son?” Bienvenida esta ruptura, de manos
de uno de los archivos espirituales de latinoamerica.
Vuelta
a Jacqueline Goldberg
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