escritores venezolanos de hoy
Jacqueline Goldberg


Foto Fernando Bracho Bracho

Vuelta
a Jacqueline Goldberg

Sobre la autora

Cegar el halcón

Alexis Romero

La poesía del resplandor no habla de impactos humanos. Es un impacto. Verbigracia: El orden de las ramas.
Un libro del ejercicio de la sinceridad del vocablo; donde se ha olvidado cómo se miente; donde el odio es perdonado, atendiendo la infancia del rencor. En cada pregunta y respuesta, en cada afirmación y negación están presente la tragedia y fortuna del árbol: el diálogo de las tensiones; la palabra hambrienta; el silencio aspirando ser cuerpo, pueblo o nación elegidos o despreciados; la voz , dígase destino, excavando qué tanto tiene de hombre, qué tanto de mujer. Se escuchan o se presienten los ruidos del comienzo, de la fe y su decepción inevitable; de la luz humana prostituida, apenas se convirtió en mandato, en opaca costumbre. Se persigue un lugar: la calma de la lengua y el lenguaje en los nichos del deterioro.

Allí donde comienza El orden de las ramas, también sucede el orden del lenguaje; es decir, el orden del espíritu. Aquí no hay poemas, sino la contundencia definitiva de un Poema. Sólo uno. Somos testigos afectados de un quiebre formal; confirmantes de los paisajes temáticos, espirituales y estéticos de este gran y delicado temblor de la poesía latinoamericana, que es Jacqueline Goldberg. Cada elemento gramatical es un siervo: una metáfora de quien siempre ha huido, pero ha respirado una obediencia consciente, voluntaria, amorosa, graciosa. De cada verso nos invade la caída: ser elegido para vivir confrontado, negado, expulsado... Lo radical, lo marginal, lo heterodoxo, encantan. No hay calles para la moda, sino para lo originario. Está ausente la palabra saciad ; presente el vocablo. Por ello este estremecimiento, esta desnudez, esta infancia.

Un diálogo para quienes esperan y vigilan los relámpagos. La ausencia del punto y aparte es un orificio natural, para que entre y/o salga el silencio del árbol. Hay un manifiesto desprecio por la sombra disfrazada de claridad; por la claridad que anula el misterio. Cada página es atravesada por el grito de un orden cuya hambre padecemos. Al leerlas oímos el llamado que siempre ha roto nuestra comodidad; nuestra certeza de poseer el aliento, el camino, la palabra y el amor del otro, el poder de conjugar. Así todos se nos marchan, dejándonos apenas la insistencia. Así nos nace el desierto que habrá de restituirnos nuestros rasgos verdaderos, recordando a Edmond Jabés. Angustia de éxodo. Debilidad por el rostro de la tierra encontrada. Esa tierra que sólo es nuestra cuando es de los demás.

La poeta insiste en cegar el halcón. Cada verbo resta una costumbre. Combate los mandatos de la palabra escrita en la piedra. Anhela la cargada de destino. Deja a un lado el sentido muerto. No en balde este diálogo en/desde lo seco. Hay algo que cuestiona la raíz de nuestra comunicación: ¿cuántos somos cuando hablamos? ¿cuántas ramas ofenden al árbol? ¿cuántas ramas brotan de mí? ¿qué es mío en este orden?

Ante El orden de las ramas debemos prepararnos para lo seco. Insistir en el incendio del espíritu. Porque el habla que nos llega es la herencia de la angustia de Dios. Esa angustia que nos hace posible. Ese hilo cargado de lugar y tiempo, llamado mujer, llamado hombre. No hay espacio ni oxígeno para las tan de moda enciclopedias del patetismo, que algunos llaman poesía. En este libro, el asco presencia la reivindicación, el perdón al impostor. Aquí vocablo significa milagro, humanidad; no palabra.


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