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a Párrafos sueltos
Vuelta
a Doménico Chiappe
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Párrafos
sueltos
Doménico
Chiappe
RITMOS
I.
Las cenizas del éxtasis (6 x 8. Techno – Joropo)
1
“Si, al final, puedes ver dentro de ti mismo y decirte que
jamás desististe de tus sueños, que los perseguiste
sin importar que se escaparan, entonces tú puedes morir tranquilo.”
Cuando lo escuché de esos labios amados, me emocionó.
Lo triste, y eso lo pienso ahora, es que Rita siempre fue la primera
que abandonó todo lo que no le proporcionó comodidad.
Tal vez no tuvo otra ilusión.
2
La fiesta inolvidable sucedió en aquella casa de madera que
estaba en El Guamache. La dueña decidió inaugurarla
con una Halloween Party. De la viga principal colgaba, muy alto,
un muñeco ahorcado. Fue una lástima que nadie hubiera
habitado la casa antes de que Güilo se colgara del monigote.
Le alertaron, pero no quiso bajarse. La viga cedió, los invitados
corrieron cuando sintieron el estruendo y la casa se desplomó.
La dueña lamentó que Güilo sobreviviera: bajo
los escombros nada más se escuchaba su risa.
3
La inexplicable pobreza irritó tanto a los isleños
que buscaron culpables. Su ira se volcó contra los árabes,
dueños de casi todas las tiendas del Puerto Libre. Las hordas
los persiguieron. Johnny Hassan se mueve deprisa, pero a veces es
acorralado. Entonces enseña la foto de una rubia anciana,
que guarda en el bolsillo de la camisa. “¡Es mi abuela!”,
grita con la foto en alto. El tumulto se desconcierta y busca otra
víctima.
4
A Gonzalo lo tildan de romántico, porque, cuando le preguntaron
qué era lo primero que le miraba a una mujer, él dijo:
“Los ojos. Y más que los ojos, le miro la mirada. Lo
demás lo presiento.” Un detalle: para enamorar a una
hembra, Gonzalo, hombre sin gracia, sólo cuenta con la profundidad
de sus pupilas, que le otorga una vista aguda y penetrante. También
es cierto que su premisa del presentimiento nada más le ha
dejado relaciones breves y tormentosas.
5
El amor, el duradero, cuando llega, se parece al primer beso que
se recibe en la vida. Ella siente la lengua ajena moviéndose
dentro de la boca y se pregunta, no sin cierta desilusión:
“ajá, entonces... ¿esto es?” No proporciona
el placer inmediato de las drogas; no hay ese efecto irreal. Tampoco
se asemeja a los relatos que escriben quienes sólo imaginan.
Tiene el encanto, que se entiende con los años, de ser verdadero.
También presenta el miedo de no tener retorno y de saber
que la vida ya no se puede imaginar de otro modo
6
A pesar de ser caraqueño de nacimiento, Güilo habla
con el acento de la isla. Con esfuerzo se procuró los cayos
de los pies, para que ni el asfalto hirviente de mediodía,
ni las espinas del pez-sapo, que se camufla con la arena, volvieran
a herirle. A los dieciocho años, sintió la presencia
del amor verdadero. “Cásate”, le aconsejó
Gonzalo. A esa edad ya sabía que sólo buscaba la tranquilidad
que le daba el mar. Se compró un peñero y una red
de pesca; y negoció una casa en Punta de Piedras, frente
a la plaza “Panchito Arcabuz”. Decía huir del
sistema y como relacionaba la corrupción social con la forma
de vestir, Güilo detestaba a su compañero de estudios
Johnny Hassan. El sólo quería vestir bermuda y franela.
Tal candidez le despojó de defensa cuando Rita, su mujer,
lo empujó hacia lo temido. Güilo dejó de pescar
y utilizó su bote para pasear turistas. Una leve resignación
surca el mar cuando Güilo navega hacia Cubagua.
1
Susana abrió la boca y se tragó la pastilla de éxtasis.
Al rato, el cerebro parecía despejado y el cansancio había
desaparecido. Apareció la sonrisa y el ritmo del techno caló
dentro. Lo sentía en sus huesos. Después descubrió
que si se movía, la fuerza de la droga se proclamaba a través
de su cuerpo. Comenzó a describir formas geométricas
con su cintura y sus brazos. Saltó sin contención.
Con la boca muy pegada a la de quien quisiera oírla, Susana
decía que no había ingerido nada ilegal y que era
muy feliz. Nadie le creía pero a nadie le importaba.
2
El profesor Maestrachi echó a su hija de la casa apenas supo
que estaba embarazada. Quien la preñó desapareció
igual que aquél que le contagió las verrugas en el
sexo. Nació el niño y cuando creció se pareció
demasiado al abuelo. La madre le inculcó siempre que, si
le pasaba algo, buscara al profesor Maestrachi. No le dijo dónde.
El presentimiento se hizo realidad. Ella murió y el chico
vagó por las calles. Inhalar pegamento deformó su
cerebro y le concedió paz. Un día, vio a un viejo
que tenía su mismo rostro, sentado en el Gran Café.
“Mi abuelo”, se dijo. Y se acercó. El daño
estaba en las pupilas de ambos, pero no impidió que lloraran.
3
Maritza desesperó en esa fiesta a orillas de la playa. No
había sido necesario llegar a El Tirano para saber que lo
que necesitaba no era más alcohol, sino un hombre. Se apartó
de los amigos y, en la orilla, sintió unas ganas enormes
de desaparecer. Corrió, corrió, corrió, a lo
largo de El Tirano, hasta que tropezó con un tronco y cayó
de bruces. La risa fue tanta, y tan solitaria, que se volteó
y contempló el cielo lleno de estrellas. Nunca supo cuánto
tiempo pasó. Cuando se reincorporó la playa estaba
desierta. La habían olvidado. Al día siguiente, tampoco
hubo preguntas. Dudó, entonces, haber asistido a la fogata.
4
Ricardo explica por qué consume éxtasis. “La
humanidad ha rebasado la capacidad humana. Para vivir a plenitud
las expresiones culturales se hace necesario engañar al cuerpo.”
Hay un manifiesto que suscriben los amigos raves de Ricardo: “El
hombre se ha superado a sí mismo. Ya no se puede ser humano”.
5
Mauricio nació con una cara muy feliz. “Algo en su
mandíbula no está bien”, pensó el padre.
El hijo siempre sonreía, hasta en sus horas más tristes.
“La formación de su barbilla...”, meditó
la madre. Encontrarlo por primera vez provocaba devolverle la sonrisa.
Para Mauricio, sentir que, a pesar de recibir incluso el agravio
más sórdido, no podía modificar aquella mueca,
sembró el odio. Aborreció al mundo con violencia.
Pero era tanta la alegría que causaba a su paso, que la maldad
menguó. Mauricio se ganó el resto de su vida como
animador de un programa infantil de televisión.
12
La tarde era modorra. Nada que hacer con aquel calor. Debajo de
una sombra, un niño huele-pega dormía sobre cartones.
Ricardo y Gonzalo tomaban cerveza caliente en el parque. Cuando
todo parecía que seguiría igual y las latas amenazaban
con acabarse, aparecieron las morochas, Maritza y Susana. Ricardo
las invitó y se quedaron. Pero la tarde era modorra, las
cervezas se terminaron y un auto se detuvo frente a las dos hermanas.
Ellas subieron y Gonzalo escuchó sus risas. “Hola,
Mauricio”, saludó Maritza. Verlas ahora, mientras bailan,
nada más trae el recuerdo de Ricardo, el ausente. Quizás
fue su mejor amigo, pero Gonzalo no lo entendió a tiempo.
1
Marcos caminaba con la cabeza ligeramente ladeada: un oído
inservible menguaba su equilibrio. A Marcos lo consideraban uno
de los mejores buzos del instituto marino, pero los instructores
aconsejaban no imitarlo. Los amigos festejaban las imprudencias
que hacía bajo el agua. Sus padres le compraron un ataúd
blanco. Estuvo cerrado todo el velorio, porque el cuerpo que rescataron
ya estaba deformado y carcomido por los peces. Nada más pudieron
recuperarlo de las profundidades del océano dos días
más tarde, a pesar de los inmensos esfuerzos. Paradójicamente,
quien logró llevar su cuerpo sin vida hasta la superficie,
no era amigo suyo ni se reía de sus cuentos.
2
Quien sí lloró a Marcos fue Godofredo. Formaban parte
del grupo de amigos que fumaba marihuana en la casa de El Aguila.
Godofredo quiso ir al funeral de Marcos y Jacinto ofreció
llevarlo en su camioneta descapotada. Durante el viaje a Caracas,
Godofredo se quedó dormido, cayó del auto en una curva
y se fracturó el cráneo. Su agonía fue leve.
Jacinto no quiso regresar a Margarita, para no oír los lamentos
de los hijos del amigo, y abandonó los estudios en el instituto.
El grupo se fue diluyendo, no por tanta tragedia, sino porque algunos
cambiaron de vicio.
3
El vicio de Angel se llamó Yugledys. Los ojos de pescado
hervido lo volvieron adicto al sexo de su mujer. En El Guamache,
pueblo de malas lenguas, algunos rumoran que Angel estaba más
sano, más gordito, cuando frecuentaba la casa de El Aguila.
Nunca ha vuelto a reír. El cuerpo de su mujer ha cambiado,
los chiquillos no dejan de llorar, los sancochos en la playa escasean
y, como es hombre casado, la única droga que puede consumir
se llama anís.
4
Aristóteles piensa que las personas podrían ser muy
francas en la calle. No lo son porque desprecian ser vulnerables.
Nada más se enseña lo que se quiere mostrar. Quien
gana el juego domina los recursos del anonimato, y actúa
gracias al amparo de la multitud. Una calle, ni más ni menos,
es Internet, según asegura Aristóteles. Cualquier
incógnita sobre el futuro puede ser despejada observando
el devenir de las actitudes cotidianas de quienes transitan sobre
las aceras de las ciudades. Con una diferencia, lo virtual no existe
cuando duermen los habitantes.
5
El sol calienta tanto el asfalto, que el calor traspasa las gomas
de los zapatos. Bajo un árbol, los estudiantes esperan el
autobús. Uno de ellos, Gonzalo, no tiene libros en la mano
y el chofer no quiere aceptar que pague el pasaje estudiantil (la
mitad del precio). Intimida a todos los estudiantes con su vozarrón.
Nada más Ingrid reclama y, cuando Gonzalo desciende, ella
también se apea del vehículo, en protesta. Ahora,
cuando ambos se encuentran en el pasillo del instituto, se saludan.
Los que se quedaron en el autobús buscan la mirada piadosa
de Ingrid, que se niega a redimirlos.
18
Venían de pescar. Delante de la camioneta se cruzó
una vaca. No había nadie a la vista. Godofredo sacó
un arpón y Jacinto acercó el auto. La flecha atravesó
las costillas del animal. Pero una vaca no es un mero y la cabuya
se rompió con el tirón. Jacinto la siguió.
Un nuevo disparo y otra corrida de la vaca. El camino se acabó
pero los mugidos indicaban que a la presa no le quedaba mucho aliento;
tal vez un pulmón había sido herido. A pie, con los
arpones y el cuchillo de pesca, persiguieron al animal. Lo atraparon.
Godofredo le iba a dar el tiro de gracia con el arpón, un
disparo en medio de los ojos, pero Jacinto lo detuvo. “¿Cómo
lo llevamos?” Amarraron al animal y lo obligaron a andar,
hincándole con el cuchillo por detrás. Al llegar cerca
de la camioneta, le dispararon entre los ojos, pero la flecha rebotó,
sin casi causar daño. Resolvieron atropellarla. El cuerpo
lo escondieron para buscar refuerzos que ayudaran a subirla al auto.
Llegaron con su trofeo hasta la casa de El Aguila y se celebró
la parrilla más recordada del instituto.
Gonzalo invitó a Ingrid y ella probó por primera vez
el húmedo sabor del monte. Marcos proclamó un brindis
en honor al matrimonio de su compinche Angel y Aristóteles
propuso programar una página web con el título “La
Parrilla”. La celebración se prorrogó durante
tres días y al final todos se llevaron una pieza de carne
para su casa. Desde entonces, cada viernes se organizaron cacerías
sobre cualquier animal que vieran en esos vastos paisajes, realengo
o no. Un día se reunieron trece cerdos y veintiún
gallinas. El cansancio de todos era tanto que se acostaron a dormir.
El hedor de los cuerpos podridos les despertó.
1
En un pitillito se vende la ketamina. Usualmente se utiliza para
estimular a los caballos y se expide en tiendas veterinarias. Es
anfetamina pura. Los jíbaros la secan en el microondas, la
muelen, la envasan y la revenden. Se inhala como la cocaína.
Ricardo la invita a sus amigos y todos se sienten invencibles. Hace
años, otro producto para animales también se popularizó
en los colegios. La yoembina se suministraba a las vacas para estimularlas
sexualmente. Los estudiantes la compraban y molían. La echaban
en la limonada y la ofrecían disimuladamente. Una vez, Johanna
bebió. El calor de su cuerpo fue incontrolable. Al día
siguiente, su padre, abogado, acudió al colegio a anunciar
una demanda.
2
Eva es el pseudónimo que utiliza Maritza para publicar relatos
eróticos en Internet. Sabe que hoy es la escritora que recibe
más visitas, gracias a que sus historias carecen de la irrealidad
del género. Saber que otros necesitan de su imaginación
le excita. A través del correo electrónico, sus lectores
le envían cartas en que le cuentan cómo se masturban.
Esa certeza ayuda para que Maritza olvide su soledad y llegue al
clímax.
3
Aristóteles escribía su manifiesto contracultural
en su computadora. “Un mundo donde todos los seres piensen
como uno solo... Conectados a través de la red, cada cerebro
será como una neurona del complejo... Las decisiones serán
concertadas y compartidas... es el ideal político y religioso.
Juntos seremos Dios, o iguales a Dios, si es que ya existe...”
Estaba absorto, hasta que un mosquito insistió en penetrar
en sus fosas nasales y lo sacó de sus cavilaciones. Iba y
venía de la luz de la pantalla a las aletas de su nariz.
“Habrá que pensar algo para contrarrestar la resistencia
de las fuerzas naturales que se intentarán oponer a los beneficios
cibernéticos”, escribió. A través de
internet, Aristóteles convocaba a una cruzada universal.
4
Bailan solos. Los subsónicos estremecen el cuerpo; los bajos,
estéreos, sacuden las siluetas. El tiempo de la música
no varía. Sincronizado. Un, dos, tres, cuatro. La composición
no pretende ser virtuosa. Sólo el baile importa. Si el ritmo
variara, despertaría a las mentes entumecidas. Ni siquiera
el sol despierta a la conciencia; puede encandilar, pero los ojos
sólo ven sonidos. Adiós cerebro. Bailan solos.
Susana lanza un spray imaginario que crea con los dedos y vaga,
pretende flotar, por la pista. Dispara su rayo. Mauricio se agita
con una gran sonrisa. De pronto su conciencia despierta y grita:
“¡No puedo bailar horas seguidas... Soy un viejo...!”
Se lanza fuera del tumulto, se abraza a un amplificador, busca una
mirada comprensiva y cree hallarla en un desconocido: “¡Me
atrapó!”, trata de explicar. “¡Me atrapó
por un momento!”. La respuesta es una carcajada. “¡Para
eso es el ácido! ¡Para no sentir posible el retorno!”,
trata de explicarse Mauricio, antes de sumergirse en el baile.
Bajo
las luces, Ingrid es energía. Alguien que entró al
rave sólo porque está de moda, la observa. En medio
del naufragio, de las convulsiones de su cuerpo, Ingrid abre los
ojos y encuentra la mirada extranjera. Ella piensa que él
irradia y que le ofrece la salvación, pero apenas cierra
sus ojos lo olvida. “¡Lánzate por ese tobogán!”,
grita Gonzalo eufórico. Bailan solos. Drogados. Extasis,
ácido, anfetaminas. 4 x 4. Pummmm. Pummmm. Pummmm. Pummmm.
El profesor Mastachi analizó el fenómeno: “Los
raves demuestran la alienación de la juventud, sometida a
las nuevas tendencias...”; jamás oyó el grito.
¡Nooooo! La destrucción, último acto. La información
satura con contenidos difusos. En respuesta, la música carece
de mensaje. En el movimiento, lo único que se cuela desde
el mundo exterior es la resignación. Nadie quiere que los
rechazos cotidianos ingresen a la coreografía. Se conforman
a la danza solitaria, camuflada por un acuerdo tácito de
la multitud. En el fondo, quisieran que el baile no fuera solitario.
5
Extasis y baile, el último resquicio de la rebeldía.
Al día siguiente, el dolor del cuello; las piernas temblorosas;
los ojos irritados; el cerebro, aún bajo los efectos de la
droga, responde a los bajos de la radio, entumecido. Las manos no
pueden sortear el temblor y el pito en el oído evoca que
se vive la misma miseria de siempre. “Se lleva por dentro”,
piensa Susana, cuando recuerda que su padre intentó huir
de la suya. Obtuvo una beca para estudiar teatro en Nueva York.
Ella, su hermana gemela y su madre regresaron, cuando el padre se
convenció de que ni siquiera en la ciudad de sus esperanzas
dejaba de ser él mismo. Nunca volvió. La policía
no trazó con tiza su silueta en la acera. No hubo ese último
homenaje para un homosexual atormentado que pensó que una
caída libre de 72 pisos le redimiría. La desilusión
avanza en el ánimo de Susana. La percepción decae.
El bajón es fuerte y, aunque ha terminado el movimiento,
la caída por el tobogán continúa. Inercia.
24
Quedé con las manos inservibles. El amor de mis padres se
trocó por una compasión inmensa. Sufrimiento silencioso
e inconmensurable. Abatida, un lloriqueo incontrolable se apodera
de mí cada día. Ayer, la evasión del baile
mitigaba mi descontento. Hoy, lo único que alivia el ardor
de mi piel arrugada es un lamento que no puedo articular. Egoísta
quejumbre humana. El dolor recuerda que mi rostro fue deformado
por las llamas y que mis dedos no sirven ni siquiera para suicidarme.
Quisiera gritarle a mis padres: ¡Asesínenme! En cambio,
afirmo con mi cabeza chamuscada , cuando mi madre me dice: “Ingrid,
saldrás adelante”.
II.
La biblioteca de todos los libros (4 x 4. Rock&roll)
1
Los tarantines invaden la calle. Una feria de artistas desgarbados
que compiten por la atención de los transeúntes. Es
difícil caminar; la gente se empuja para participar en los
juegos de azar, donde se apuesta la vida ajena. Se ejecuta en la
acera. Leo, el guía, se abre paso a la fuerza. Le siguen
dos hombres que le contrataron para encontrar una dirección.
Cuando traspasan el laberinto de apostadores, el guía se
detiene. Los hombres saben que el resto del camino deben recorrerlo
solos. Buscan el dinero para cancelar los servicios de Leo y no
lo encuentran. “Nos robaron”, le anuncian al guía
para justificar, temerosos. “Evité que eso pasara”,
responde Leo, al devolver algunas monedas y afirmar que ya descontó
su paga y que los esperará allí, donde se despiden.
Los dos hombres se alejan.
El paisaje, acre; las calles, de tierra, marginales. Las miradas
los persiguen como puñales. Sienten miedo. Saben que para
regresar deben encontrar a Leo por segunda vez. Vuelven sobre sus
pasos, rápido, olvidando la cautela, llamando la atención.
Hay una apuesta; un hombre vestido de negro desmonta el rifle que
cuelga de su hombro y les dispara. Ambos corren, pero hieren a uno;
equivocan la calle; se pierden dentro de un patio de zarzas. Dejan
un rastro de sangre. Leo mira desde la distancia sin ayudar. Las
figuras desaparecen entre las espinas. No lograrán salir.
Leo se alegra y se aleja ordenando, de mayor a menor denominación,
los billetes.
2
Otros sí desenredan la maraña y logran llegar hasta
el edificio. Los pasillos descubren cuartos diminutos, tan estrechos
que no hay siquiera espacio para la puerta. Dormitorios derruidos
donde vive gente que no teme; que sabe que perder la vida es ganancia.
Los pisos de vieja madera crujen. Sobre un catre, un hombre que
duerme entreabre los ojos al sentir el ruido y se tapa la cabeza
con los trazos que sirven de sábana. Ese pequeño movimiento
despide un pútrido aroma.
Quienes superan el dédalo de los tarantines quieren tocar
la única puerta que existe en aquella pensión. Alejo
la golpea. Una voz responde que nadie pasará. Pero le abren.
Alejo pasa a un recinto asimétrico: cuatro paredes desiguales.
La primera apenas tiene el ancho de la puerta, la segunda alberga
una extensa biblioteca, la tercera está ocupada por una angosta
ventana sellada y la última soporta el óleo de una
gran rosa roja que flota sobre un mar que se tiñe del color
de la flor y de los últimos rayos de un sol agonizante.
En la calle se piensa que un Dios antiguo, que escribió sus
palabras en papel, vive en este cuarto. Y es adorable porque en
este mundo, en esta época, usualmente nada sobrevive fuera
del espacio que crean los impulsos eléctricos. Alejo presiente
que lo que ha escuchado es verdad. Que allí está el
último reducto de la memoria. Que en los estantes de la biblioteca
están todos los libros que se han escrito, aunque aparentemente
no quepan.
Alejo no cree que allí estén todos los libros y busca
un manuscrito que él le regaló, cuando apenas era
un niño, a su madre moribunda. Descubre unas tapas de cartón:
“Poemas para mi mami querida”. No puede detener el llanto
y se derrumba. Entre el sollozo percibe que el lienzo se agita,
al compás de la marea de aquel mar rojizo y que la rosa se
diluye en medio del oleaje.
3
Natalia y Diego unieron las primeras letras de sus nombres y compusieron
el de su única hija: Nadie. La niña crecía.
La menstruación llegó y su cuerpo se adornó
con líneas curvas. Una tarde que lavaba, la madre notó
que la ropa de la hija tenía una mancha, transparente y plástica,
que emanaba un fuerte olor, como a lejía. Habló con
su marido. “Nadie cambia”, le respondió él.
4
Alejo se abrazaba a Nadie, como un náufrago al madero, mientras
ella lo sofocaba con su manoseo. Las horas transcurrían raudas,
detrás de la estatua de San Juan, cuando ella lograba burlar
la reciente y estricta vigilancia de su madre. Cuando Nadie faltaba
a la cita, Alejo burlaba el tedio frente a la computadora. Ese día,
después de eyacular, él quiso contarle lo que había
vivido, la tarde anterior, cuando exploraba, por primera vez, el
nuevo videojuego. Pero recordó la advertencia final que le
hizo Leo, cuando volvía de la vieja pensión de los
libros, justo antes de desconectarse: “Del cuarto de los libros
sólo salen los que no hablan luego”. Alejo calló.
1
Jaime la amaba tanto que quemaba incienso para esperarla. Pretendía,
así, no notar el aliento putrefacto que ella exhalaba cuando
la penetraba.
Ella cedió a su naturaleza y se acostó también
con Elías, el amigo de Jaime. “Me hiciste el favor
más grande”, le dijo Jaime a Elías, porque se
convenció de que la culpa siempre es de la mujer. Ahora Jaime
prende inciensos mentales para jugar fútbol con Elías
y tomar cerveza después de cada partido.
2
Entre las esquinas Puente Nuevo y Puerto Escondido, cada tarde,
duermen sobre la acera cuatro, cinco, siete, diez mendigos, que
no piden limosna. Están allí, simplemente. Permanecen
días; algunos, semanas. Después se desvanecen. En
el grupo siempre hay alguno que no calza zapatos, siempre uno diferente,
el primero que se duerme sobre su saco relleno de aluminio.
Cuando despierta, el descalzo entiende, sin saberlo, que aun en
el colmo de la miseria, se puede ser aún más miserable.
Aunque las plantas de los pies hayan perdido toda sensibilidad,
necesita hurtar un par de zapatos. Y los busca en el durmiente de
al lado.
3
Cuando era niña, Marielbi tenía una pesadilla recurrente:
se veía, sentada en el pupitre de su escuela, sin zapatos.
Sonaba el timbre del recreo y la profesora la obligaba a salir en
medias al patio. Descalzos también esperan los muertos en
la morgue de Bello Monte.
En los barrios de Caracas la vida vale el precio del zapato que
se calce. A las personas importantes se les llama Jordan, léase
yordan, y utilizan Nike, léase naik, que se deben defender,
día a día, de quienes pretenden trepar el escalafón
social a la fuerza. El código de la dignidad es simple: se
humilla quien no lucha y muere el que pierde. No es la comodidad
del deportivo, sino la admiración silenciosa del barrio,
la que impulsa el uso de las gomas.
8
Marielbi escuchó el disparo y creyó que su propia
sangre caía sobre la acera. El ladrón huyó
sin robar, porque, aunque moribundo, Jaime defendió su honor
como pudo. Cuando llegó la policía, ella lloraba arrodillada
junto al cuerpo. Antes de separarse, se abrazó a los pies.
Con suavidad, desató los nudos de los zapatos, los liberó
y los cargó como si fueran un bebé. Quienes la vieron
saben que intentó contener el sollozo oprimiendo los Nike,
léase naik, del hermano muerto contra su pecho. Su pesadilla
infantil había regresado.
1
Mafafa se droga con ácido. Cuando el efecto empieza a ceder,
se acuesta al sol del mediodía, cierra los ojos y mueve la
cabeza de un lado para otro. De las sombras luminosas que crea su
movimiento, surgen seres que le ayudan a escribir un bestiario.
Como tal vez nunca se anime a publicarlo, aquí se reproducirán
algunas notas de las que le regala a sus amigos con los que chupa
los cuadros.
2
“Lo nuevo en tecno-trasplantes son las prótesis defensivas.
El Arma-brazo se inserta en la espalda y pulula sobre el cuerpo.
Cada dedo de la extremidad es un arma mortífera, que el usuario
elige por catálogo, y, en principio, actúa según
órdenes impartidas por el cerebro de su dueño. Otro
tecno-trasplante es el Ojo-alerta, que se implanta en la nuca, en
el cráneo o en el Arma-brazo. La acción conjunta de
los dos tecno-trasplantes otorga autonomía de acción
al Arma-brazo, que puede eliminar peligros sin esperar por la reacción
del dueño, ahorrando un lapso valioso. Los compradores han
preferido operar a sus guardaespaldas, quienes acceden a permanecer
en un campo de entrenamiento mientras se perfecciona la autonomía
del complejo, pues ha habido algunos accidentes. Los inventores
llaman al Ojo-alerta, con ironía y cariño, El Iracundo,
por la facilidad con que ordena el disparo.” M.
3
Se dice que nadie se acerca a la vieja que vive en la grieta de
las montañas de Lara. Sólo el azar, maldito, guía,
a través del desierto y las rocas, a quienes la buscan. Su
presencia se presiente cuando el miedo recorre la columna, incluso
antes de divisar su silueta. Después, al ver el oscuro y
raído manto que la envuelve, se conoce el terror. Nadie regresa.
Ella está allí y de vez en cuando invade los sueños.
12
Cuando el acné destruyó su cara, Jesús pensó
en la mala suerte; cuando la calvicie amplió su frente, pensó
en la envidia de la gente; cuando se vio asfixiado por la falta
de dinero, pensó en que había sido víctima
de algún hechizo. Ahora, Jesús mira de reojo; teme
que utilicen sus cabellos, que libera el viento al menor soplo,
para el embrujo; sus amigos le dicen que sufre algún tipo
de paranoia, que se aleje del perico, que la cocaína ya fundió
su cerebro. Una noche, una mujer vendía estampitas entre
las mesas de la cervecería y Jesús se burló
de ella. La buhonera le respondió con sonidos guturales y
movimientos de mano. Jesús, aterrado, cayó de rodillas
y le suplicó a la mujer que, por favor, no le “echara
más dedo”. Mafafa vio lo que sucedió a lo lejos
y se imaginó a un mutante con implantes de ramas, santos
y un inmenso tabaco que proyectara imágenes en su humo.
1
Siempre presintió que moriría ahogado, pero no sospechó
que sería tan pronto. En el colegio, una niña que
se ufanaba de leer la palma de la mano se lo confirmó. Desde
entonces, se alejó del mar y siempre miró con recelo
cualquier cauce de agua, incluso el del apestoso río Guaire.
Demasiado tarde, Alejo supo que se podía morir ahogado de
varias maneras. Había perdido el juego. No volvería
a la biblioteca de todos los libros nunca más. No logró
volver hasta el lugar donde le esperaba Leo. Los hombres armados
lo torturaron y su cabeza entró y salió del váter
tan rápidamente que no le alcanzó el aire. El botón
que le permitiría escapar, el Esc, se veía al fondo
de aquella agua empozada, pero sus manos no pudieron llegar, aún
cuando estaban encima del teclado.
2
El pordiosero dormía en la acera. Sentía un placer
inmenso en defecar frente a la cafetería. Mientras pujaba,
buscaba la mirada del dueño que siempre le negó cualquier
alimento. El mendigo siempre sabía quién le daría
dinero. Estiraba la mano con antelación y nunca se equivocaba.
Había aprendido a reconocer a distancia el repentino fulgor
en los ojos de quienes pretendían comprar calma con limosnas.
3
“Los invitamos a entrar a un laberinto, pero no queremos que
se pierdan”, instruyó el director a sus programadores.
“Por eso hay que darles las herramientas necesarias para que
salgan indemnes... si las usan con inteligencia.” El director
del software no se sentía responsable por las vidas que se
extraviaban en el juego.
16
Marielbi avanzaba entre los tarantines y los asesinos y no sentía
la herida que producía la fricción de los zapatos
contra su pecho. Leo la vio pasar, sin rumbo. Se cruzó con
Mafafa que entraba al juego por primera vez. “Quiero saber
si las cosas que escribo ya han sido escritas antes”, le dijo
al guía que lo conducía al cuarto del Dios antiguo,
al último reducto de la memoria. Leo supo que quien informó
a Mafafa sobre la existencia de la habitación moriría
pronto o ya estaba muerto. Era la ley inevitable. Frente a ellos,
el mendigo fue ejecutado por el dueño de la cafetería.
Mafafa descifró los vericuetos del laberinto y entró
en el cuarto de los libros. El cuidador le mostró la pintura.
“Me han dicho que te gustan los cuadros”, le dijo sonriente.
Mafafa respiró el aroma de la rosa y avanzó en la
marea rojiza que comenzó a envolverlo. Detrás del
cuadro encontró un vasto paraje de libros que formaban un
sendero que conducía al desierto y las rocas. Nadie caminaba
por allí. Mafafa escuchó, muy lejana, la voz del cuidador:
“El ambicioso continúa por la ruta, pero no vuelve.
Tú todavía tienes mucho que escribir”. El consejo
lo regresó al cuarto. Antes de terminar el juego, el guía
le advirtió que sólo sobrevivían quienes protegían
la biblioteca de todos los libros con su silencio.
III.
Añicos (El imposible 3 x 4)
1
Hablaban de religión: “sacrilegio es una mujer que
se reduce las tetas”, dijo Ramiro.
2
Fucho escucha vallenato mientras viaja en el Metro. El volumen del
walkman es tan alto que la lamentable melodía llega hasta
los demás pasajeros. A cierta distancia, Miriam lo observa
desde su asiento, porque puede escuchar el quejido que escapa de
los audífonos. Fucho permanece anulado, su vista no se levanta
del suelo. Pero si alguien pide la hora, Fucho mira su reloj; si
alguien pide permiso, recoge sus pies, y, cuando el operador anuncia
una próxima parada, busca el afiche en que aparecen las estaciones
y las cuenta. Miriam viene también de un barrio, en el vallenato
también simula el aislamiento mientras la vida transcurre,
doblegada, como los hombres descritos en las letras de esas canciones.
3
Ramiro despertó con una gran idea: publicar cortos mensajes
que lo proyectaran como intelectual y que, al mismo tiempo, motivaran
a la gente. Los publicó en los anuncios del Metro. En el
vagón, Miriam y Fucho no se conocen pero se sonríen,
gracias a aquel absurdo mensaje que leen a la vez.
1
Una noticia apareció en un diario: una joven madre parió
escondida en su cuarto y asesinó a su bebé apuñalándolo
varias veces con unas tijeras. Motivo: abandono del marido. La noticia
queda, no por el crimen, sino por la paradoja: la hermana de la
madre asesina se sometía a un tratamiento de fertilidad,
porque no había podido tener hijos.
2
Lo único que Rafito no quiere que suceda cuando se involucra
con una mujer es que ella lo convierta en su confesor. Teme al letargo
que ocurre después del sexo, porque la hembra siempre lo
invade con su pasado. Y Rafito no desea perdonar viejos pecados.
6
“Mi lengua jugueteaba con la de otra mujer, mientras afuera
la gente esperaba por entrar en el baño. Estábamos
abrazadas y nuestras manos recorrían nuestros cuerpos debajo
de los incómodos vestidos. Yo me apoyé de la pared,
mientras ella subía la pierna sobre el lavamanos, para facilitar
mi exploración. Eran las tetas y el culo de mi mejor amiga
las que recorría con mis dedos. Al día siguiente,
yo lloraba desesperada, intentando develar mi sexualidad. Recordar
la sensación de su lengua dentro de mi boca despejaba las
lagunas de la borrachera. Aparecieron algunos detalles: ella puso
su mano en mi pierna y sé que a mí me gustó.
Hablábamos muy cerca, olía su aliento. No recuerdo
cuál de las dos propuso escapar de la vista de los demás.
No creo que seamos homosexuales. Ella se casó, después
de vivir un par de años con otra mujer. Yo tampoco veo nada
malo en acostarme con alguien si me gusta... ¡pero tendría
que gustarme mucho si se trata de otra mujer!..” Mientras
escuchaba a Paty, Rafito sólo miraba al techo y fumaba.
1
Matías vivió el intenso vicio del periodismo y fue
asesinado por la voluntad del pueblo.
2
El chip knowbot es un agente electrónico inteligente que
se autodestruye luego de hacer su trabajo. Hay grupos humanos que
rinden culto al knowbot y que con una orden unen los destinos de
dos personas: el ejecutor y el ejecutado.
9
Sólo con un trance de ácido se entiende al Congreso
de la República. Parece un salón de clases de primaria
festejando la ausencia del profesor. Los alumnos se paran de las
sillas, se sientan sobre los pupitres, se apoyan del estrado como
si se tratara del escritorio del maestro. Pero los parlamentarios
son adultos. Algunos fuman, otros hablan por el micrófono;
un grupo berrea por contrariar; otro bromea sin pensar. Todo el
año escolar guerrean con las tizas y se esconden los útiles.
Cuando acaba el período de sesiones, escuchan el sonido del
timbre del recreo. Se apresuran a recoger los taquitos, acomodarse
el uniforme y ordenar los pupitres. Se sientan a aprobar las leyes
en sesiones extraordinarias. Son unos muchachitos libres de vigilancia,
gracias a un profesor negligente. Los alumnos, que manejan el dinero
del colegio, hicieron un trato con el maestro: No nos cuides y te
pagamos un gran subsidio, aparte de tu sueldo. Los medios de comunicación
esperan fuera del salón y aplauden en la graduación
anual. Luego dicen que dan noticias y el periodista que contravenga
con el orden actúa como un chip knowbot (Minuta del Congreso.
Agosto de 1998).
1
Los que no consumen éxtasis se refugian en el sexo. Luego,
igual o peor, llega la resaca. “Sola en mi alma; sola en mi
cuerpo”, escribe Karina. “Soledad que a la vez me excita”.
También cuenta que busca al hombre y lo cabalga, pero que
“sabe que cuando él acabe, terminará todo y
de nuevo seré esclava de mi tristeza”. Karina dice,
sentada en el bar, que encuentra placer en “la penetración
y el orgasmo”, lo que demuestra que aún desconoce los
secretos que susurran las caricias y el abrazo.
2
“Tú misma lo dijiste”, sentenció Matías
cuando se alejó para siempre de Miriam: “No se pueden
prolongar interminablemente los inicios.”
12
La noche en que asesinaron a Matías, Rafito, su gran amigo,
soñó que sobre él llovía granitos de
arena. Virtuales, sólo luz y color, bañaban su piel.
Pero comenzaron a materializarse, a inmovilizarlo con su peso. Abrió
los párpados y en la capa que lo cubría observó
que cada grano de arena se había convertido en un cerebro
diminuto que se dejaba traspasar por un hilo para formar un gran
collar, un collar enredado como una estopa. Rendido dejó
que la joya lo asfixiara, mientras Paty gemía contra la almohada.
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