| Vuelta
a Párrafos sueltos
Vuelta
a Doménico Chiappe
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Párrafos
sueltos
Doménico
Chiappe
El
redactor de memorias
I.
De
mi primera emigración no tengo recuerdos. Del país
que dejé creo retener las imágenes de unas fotografías
pequeñas y sin color. No vislumbro el dolor que despidió
a mi madre. Tampoco el viaje ni el aterrizaje ni el abrazo de mi
padre, cuando se reunió con nosotros. De mis primeros años
como extranjero evoco una piscina donde no aprendí a nadar,
una vez que me perdí corriendo por el lobby del hotel donde
nos hospedamos, unos primos que pronto desaparecieron, el sonido
del heladero, un mordisco en el aula y el comenzar a utilizar palabras
que no conocían en casa. Patilla le dije a la sandía;
lechosa, a la papaya.
En
los recuerdos no sé de años, sino de lugares donde
viví, que fueron muchos. Cualquier reminiscencia me encierra
en cuatro paredes, en juegos solitarios, en el paisaje a través
de una ventana. Miradores hubo tantos como mudanzas y como excusas
de los caseros para rescindir los contratos. Del Savoy al Hilton.
De Terrazas para Lomas. De Las Mercedes para Caurimare. De una torre
para la de al lado. De un apartamento para el de abajo.
Tanto
peregrinar despertaba no poca malicia en los vecinos. Nos especializamos
en cambiarnos dentro del mismo edificio, para que la rutina permaneciera
incólume y nada más variara el alquiler, siempre en
aumento, y las privaciones para pagarlo.
Mi segunda emigración la rememoro mejor. Supe, entonces,
cuán difícil resulta guardar toda una vida dentro
de una maleta. Que lo amado no quepa por milímetros, que
un zapato sea más importante que un libro. Que tus pertenencias
nada valen cuando se rematan. Mi mayor capital eran cientos de libros
de literatura clásica, lo único que leo por consejo
de los escritores que tanto admiro. Elegí quedarme con una
docena y ya eran demasiados para el viaje. No había destino
dónde llegar. El equipaje podría levantar sospechas
en la aduana. A duras penas había conseguido la visa de turista.
El
vendedor de libros usados miró, seleccionó, arrumó
mis ejemplares. Dije mi precio y le pareció excesivo. Quiso
pagar por todos lo que no vale ni uno. Regresé sin venderlos.
Rematar la ropa, los electrodomésticos, los discos, la computadora
y la cama resultó menos doloroso. Los libros se quedaron
en las cajas. Todavía me esperan. Mi mujer desalojó
una camisa de la maleta, para que cupiera mi manuscrito, una recopilación
de cuentos.
Buscamos
la dirección de las editoriales en la sección de novedades
de una librería de Madrid. Un mes después, cuando
habíamos dejado copia del manuscrito en las editoriales de
la ciudad, viajamos a Barcelona. En el tren nos sentamos en la mesa
del cafetín, nos besamos y fingimos dormitar para no atender
al empleado que quiso, durante todo el trayecto, pedir unos boletos
que no habíamos comprado. Aunque ninguno de los dos fumaba,
prendimos un cigarrillo tras otro, para justificar nuestra renuencia
a entrar al compartimiento de literas.
En
Barcelona visitamos otras tantas editoriales. Volvimos a los hostales
de Madrid justo con el invierno. Estas mudanzas resultaban más
fáciles que las anteriores. Cada uno arrastraba su maleta
por el empedrado de la calle, como por costumbre.
Ahora
vivimos en una habitación subarrendada, que abandonamos sólo
para cocinar. Hoy llegaron las tres últimas respuestas de
las editoriales que faltaban por rechazar mis relatos. Ella guarda
todas las cartas. Para consolarme, me leyó un recorte de
periódico que decía que 17 editoriales no quisieron
publicar La Ciudad de Cristal de Paul Auster. Yo, que hubiera preferido
que me comparara con Balzac, temo a su manía de atesorar
papeles. No quiero que nuestro equipaje engorde tanto como para
esquivar nuevas mudanzas. Tampoco quiero emigrar de arriba abajo
dentro del mismo edificio, como preferían mis padres. O de
un cuarto para el de enfrente, como ya nos pasó en esta casa.
II .
La
carta de la editorial decía así: “El deleite
que me ha producido la novela, que tan amablemente nos ha enviado,
sólo ha sido superado por la lectura de la versión
original escrita por Augusto Monterroso, titulada Animales y Hombres.
La editorial que represento no posee los derechos de autor de dicha
obra y sospecho que usted tampoco. Por tanto, no podemos publicar
su no tan fiel trascripción”. Firmaba M. Aizpirrieta.
Busqué
las cartas viejas que mi mujer atesora y confirmé mi sospecha.
Más de cinco años antes, cuando recién había
emigrado a España, M. Aizpirrieta, que para entonces trabajaba
en otra casa editora, me escribió: “Debido a que su
libro de cuentos muestra muchas similitudes con Movimiento Perpetuo,
publicado en 1972 por Augusto Monterroso, sentimos comunicarle que
nuestro comité de lectura ha desestimado la publicación
de su ¿original?”
Dos
años antes, cuando quise publicar mi segunda obra, M. Aizpirrieta,
en nombre de una tercera editorial, me respondió: “Su
libro es fantástico, pero ya alguien más lo escribió:
Augusto Monterroso y lo llamó La Oveja Negra y Demás
Fábulas. Igual le agradezco la gentileza de enviarme la trascripción,
pues la relectura de este autor siempre se agradece y no roba demasiado
tiempo”.
Desde
que recibí la primera carta deseché la lectura de
Monterroso, por temor a verificar las palabras de M. Aizpirrieta.
Yo conocía el cuento más breve del mundo, El Dinosaurio,
porque siempre lo recitaba un buen amigo que sabía de memoria
miles de episodios de la vida de los escritores latinoamericanos
famosos. Tengo que reconocer que el cuento se parecía a uno
que formaba parte de un libro que aún no había enviado
a las editoriales. Sin embargo, mi protagonista no era un durmiente
y tampoco se encontraba un dinosaurio al despertar. Además,
si publicara mi obra destronaría al escritor guatemalteco
del récord, pues mi narración tenía seis palabras,
una menos que la de él. Pero siempre existirá gente
como M. Aizpirrieta, empeñada en encontrar similitudes entre
textos, tan solo para desmeritar la escritura de quienes, como yo,
cultivan la concisión.
Después
de recibir esa tercera carta de M. Aizpirrieta, salí a comprar
las obras de Monterroso. En la librería estaban los títulos
que se mencionaban en las tres cartas. Pero preferí adquirir
su obra completa, que cabía en un librito de 132 páginas.
Siempre creí que para conseguir el éxito se tenía
que ser tan prolífico como Alejandro Dumas. El cuadernillo
que compraba me consolaba. En términos cuantitativos, yo
también tenía un quehacer literario escueto.
Aunque
yo era todavía un escritor rigurosamente inédito,
había logrado vivir de la literatura: Redactaba las memorias
de quienes me contrataban. Ganaba lo suficiente como para haber
detenido las mudanzas en un bonito piso del centro de Madrid.
Al
comienzo de mi carrera de escribidor, me promocioné repartiendo
volantes en todos los buzones de la ciudad. Ofrecía la inmortalidad
al alcance del bolsillo. “¿Quiere escribir el libro
de su vida? Profesional se lo redacta. Honorarios por hora de entrevista.
Aproveche: La posteridad es más fácil de lo que usted
cree”. Los honorarios se cancelaban en tres cómodas
cuotas. La primera, antes de iniciar la sesión de entrevistas,
de dos horas por día, dos días a la semana, durante
un mes; el segundo pago, cuando entregaba el borrador, que se sometía
al escrutinio del dictador de sus memorias; y el tercero, cuando
redactaba la versión final que incluía enmiendas por
arrepentimientos de última hora de quien, al fin y al cabo,
firmaba el libro. Redactaba entre diez y doce biografías
en nueve meses. En invierno escribía mis propios libros.
Justo aquel día que recibí la carta de M. Aizpirrieta
me preparaba para la hibernación. Rehusaría cualquier
contrato, hasta acabar mi nueva obra, que sería una novela
muy experimental.
En
mi casa, ojeé el volumen de Monterroso, que no era, como
anunciaba el título, una obra completa, sino una narración
de siete páginas, acompañado de otros doce relatos.
El título me había engañado: Obras Completas
(Y Otros Cuentos). Para mi sorpresa, las narraciones eran muy similares
a algunas que yo había compuesto. Sin embargo, mis personajes
y el trasfondo crítico de mi obra difería de la de
Monterroso.
Regresé
a la librería. Compré otros nueve libros del guatemalteco.
Leí
La Oveja Negra y Demás Fábulas. Al principio
no me reconocí en los animales que dibujaba el autor, porque
en mis textos yo hago fábulas con los habitantes del ecosistema
marino. Después de rebuscar entre líneas, fungiendo
como mi propio acusador, concedí el beneficio de la duda
a M. Aizpirrieta. Algo me salvaba aún. Mi ópera prima
no se parecía a la suya, sino a su cuarta obra. Tuve cierto
sabor a triunfo, una especie de consuelo.
Sonó el teléfono.
-Llamo
por el anuncio. Quiero escribir un libro.
-Muy bien, señor, pero tendrá que esperar algunos
meses. Si desea, puedo anotar sus datos y me podré en contacto
con usted tan pronto como...
-No, usted no entiende. No hay tiempo.
La
voz era urgente, temblorosa, senil. Involuntariamente acepté
una reunión inmediata en una cafetería de Chamartín,
muy lejos de mi barrio. Recuerdo que me consolé pensando
que, durante el trayecto en Metro, leería Movimiento Perpetuo
para comprobar si también tenía parecido con mi segundo
conjunto de relatos. El sol de otoño cedía. El frío,
mi mal abrigado vestir debido a la premura con que salí y
la necesidad de escribir mi nuevo libro para desquitarme de Monterroso,
con el que tan sospechosamente coincidía, me predispusieron
para no aceptar por ningún motivo el trabajo. Bajé
en una estación cualquiera y di la vuelta. No acudiría
a la cita.
Ya
en casa, volvió a sonar el teléfono. Levanté
el auricular sin contestar. Era el viejo. Colgué. El teléfono
repicó insistente y su sonido acompañó la lectura
que hiciera de Movimiento Perpetuo. Esta obra, debo admitirlo,
se parecía aún más a mi segundo libro. Su intento
de elaborar una antología sobre las moscas, que a mí
tanto me obsesionaban; los palíndromos que escribió
en Onís Es Asesino eran los mismos que había fabricado
yo después de cientos de horas de trabajo para un relato
parecido, aunque hago la salvedad de que no eran iguales; y la odisea
narrada en Cómo me Deshice de Quinientos Libros era la misma
que yo había inventado para satirizar mi enorme nostalgia
por los libros que dejé en mi tierra.
Lo
terrible, sin embargo, se presentó cuando leí Lo Demás
es Silencio. Era un calco a lo que yo me había propuesto
escribir. Y el mismo final, que había sido lo primero que
se me había ocurrido. Concluí que mi trabajo ya había
sido hecho. Imaginé la carta de rechazo de M. Aizpirrieta:
“El suyo es un esfuerzo sobrehumano que merece ser reconocido.
Nunca nadie persiguió tanto a un autor para arrebatarle sus
obras. Aunque no puedo desear que su constancia sea recompensada,
sí espero, por esta amistad forjada a lo largo de corteses
misivas de envíos suyos y rechazos míos, que la editorial
que represento nunca entable un juicio contra usted”.
Cuando
cerré el libro, sólo escuché el teléfono
que, en realidad, nunca calló. Contesté.
-Señor,
ya hemos perdido un tiempo del que no dispongo.
No asistir a la entrevista había sido miserable. De todos
modos no quería el encargo, menos el de un moribundo. Le
respondí:
-Pero
sucede que la empresa tiene un retraso de más de un año
y dar prioridad a su encargo supondría una inversión
muy alta.
-Comprendo. Diga una cifra, la que sea. La pagaré.
Yo
quería desaparecer. Llegar a un lugar donde nadie hubiera
oído mencionar a Monterroso. ¿Existía acaso?
Intuí que esta era mi oportunidad para olvidar la literatura.
Pedí mucho dinero, suficiente para comprar una franquicia
de hamburguesas. Le exigí la mitad por adelantado. El hombre,
de seguro un millonario, aceptó y me citó en el mismo
lugar para el día siguiente.
En
la cafetería, el hombre, muy viejo, esperaba sentado, mirando
a la puerta. Me vio entrar, pero no se levantó. Su cabello
y su traje eran, ambos, blancos, muy limpios, más reluciente
el cabello que el traje, porque ni siquiera la minuciosa pulcritud
puede disimular las telas percudidas ni el corte tan pasado de moda.
Las manos del hombre descansaban debajo de la mesa, donde el mantel
se sacudía brevemente. Sobre el cenicero, un cigarrillo prendido
y varias colillas quemadas hasta el filtro. En cuanto lo observé,
supe que no podría pagar los honorarios que le solicité
y yo no estaba dispuesto a negociar formas de pago ni rebajas. La
entrevista sería fugaz. Sentí la prepotencia con que
se trata a los desposeídos. Sé que el hombre advirtió
lo que yo pensaba apenas me miró a los ojos y ni siquiera
hizo un ademán de saludo. Sacó un montón de
billetes descubiertos, sin delicadeza. La mano le temblaba en exceso.
-Quiero
dictarle un libro, que debe estar listo en tres días. Comencemos
de una vez.
Soltó
los billetes y pretendió tomar el cigarrillo. Mientras luchaba
con su mano trepidante, el viejo me invitó a contar el dinero.
-El
adelanto está completo –retó-. No necesito que
me firme ningún papel. Somos caballeros, ¿o no?
Los
billetes eran, casi todos, de la denominación más
baja, estaban desordenados y, muchos, arrugados o doblados en pequeños
paquetes. Los guardé. Yo, para romper la tensión,
iba a preguntar: “¿Rompió la alcancía
del nieto?” Pero callé al ver el esfuerzo del viejo
por llevar su mano hasta los labios.
-¿Se
siente usted bien, señor? –interrogué.
-No es nada. Sólo Parkinson.
Sin perder tiempo, sin esperar a que pidiera un café, comenzó
a narrar. Yo grabé.
Al cabo de cinco horas, ambos estábamos muy cansados.
-Lo espero mañana en este mismo sitio –me dijo antes
de marcharse. Pagué la cuenta: doce cafés que yo ingerí.
El no tomó nada. Durante los siguientes días, el viejo
narró aventuras sin tregua. Sin tregua en su hablar y sin
tregua en su vida.
-Tiene usted una gran historia –dije al final de la última
sesión.
El
viejo ni siquiera sonrió.
Comencé
a transcribir. “Nací en 1934 y soy hijo de un prófugo
de la justicia”.
El
primer recuerdo del niño fue un desfile militar y supo por
qué huía su progenitor. Diez años después,
se alistó en la juventud comunista y participó en
una intentona golpista que fracasó. Un amigo del régimen
y de su madre llamó para avisar que lo sacaran del país.
Cuando la policía llegó a buscarlo, ya había
partido a Praga donde se decepcionó de la burocracia del
partido y regresó a su “país chiquito asediado
por el imperio”. Organizó la revuelta y el primer combate
lo tuvo con su propio batallón. Supo que había perdido
cuando los mismos chicos a los que dio el rifle conformaron el pelotón
de fusilamiento.
Escuché
mi voz en la única interrupción que le hice mientras
hablaba. Pregunté, tímidamente, porque el viejo estaba
conmovido, cómo escapó y en qué año
sucedió. No me miró. Recuerdo que dijo: Estoy seguro
de que alguno habrá llorado mientras disparaba.
Cambió
de historia sin más.
El
hombre vagó por los escenarios parisinos como espectador,
siempre con la tentación de actuar. Al fin, hizo una audición,
nervioso, joven y obtuvo un papel. Hizo carrera. Triunfó.
La primera vez que viajó, su padre, hombre que nunca había
demostrado cariño, lloró. Actuó en Inglaterra,
España, Buenos Aires, Moscú. En aquella ciudad, su
madre le envió un mensaje: Su padre había muerto.
Le dijo que había callado su enfermedad para no interrumpir
su carrera artística, que tanto le enorgulleció.
Anoté
que debía preguntarle cómo se había salvado
del pelotón de fusilamiento y cuándo su padre había
dejado de ser prófugo.
El hombre se exilió en México, donde escribió
poesía y conoció a una mujer que lo subyugó.
Él tuvo que abandonar la ciudad. En la despedida, ella le
hizo jurar que no la olvidaría y él se dio cuenta
que no sabía su nombre completo. El apellido que ella reveló
era igual al suyo. El único de la familia que había
emigrado a aquel país había sido su padre, cuando
abandonó a su madre. Una corazonada amarga le obligó
a preguntar de quién era hija. Ella le contestó sin
fingir: De nuestro padre.
Pregunté
el nombre de ella y cuándo su padre había emigrado.
Dijo algo inaudible, difícil de escuchar.
Retrocedí
el casete, presté más atención. Un murmullo.
Rebobiné la cinta otra vez. Cerré los ojos, subí
el volumen hasta que escuché el ruido del vacío. “Aquella
poesía bien valía la pena el suicidio”. De frases
así se tejió la confusa historia del viejo.
Los combatientes agonizaban por carecer de armas y municiones. El
dinero sólo alcanzaba para enviar a una persona a pedir ayuda
a los países comunistas. Los líderes de la insurrección
lo eligieron a él. Viajó a Argelia y registró
una sociedad anónima dedicada a la exportación de
aceite. Ordenó la fabricación de toneles para transportar
el líquido, pero que debían tener doble pared y con
la cara interna cóncava. Entre las láminas internas
y externas, de pesado acero, se esconderían armas y municiones
que compraría en China mientras se preparaban los cilindros.
Allá probó el opio, cuyo sendero lo condujo hasta
la India. Negoció con drogas y mujeres. Un traficante lo
apuñaló. Los bidones quedaron varados en el puerto,
a la espera de un cargamento de armas que no llegaría.
Otra pausa, otro día.
En
la selva perdonó la vida a una osa que protegía a
su cachorro. Luchó en el frente comandado por su hermano.
Juntos inauguraron la lucha armada de la revolución, cuando
acribillaron la fachada de una prefectura andina. Después
asaltaron el tren de El Encanto, secuestraron al futbolista más
célebre del planeta que se hospedaba en un hotel de San Bernardino.
En una escaramuza, perdió a su hermano. Ocurrieron elecciones.
Un hombre le preguntó la hora y cuando levantó la
vista del reloj, estaba rodeado de militares. No llevar armas esa
tarde le salvó la vida. En el fortín excavó
un hoyo con una cuchara, escapó. Se firmó la pacificación.
El y otros guerrilleros engrosaron la lista de desempleo. Decidieron
volver a las armas, pero esta vez para beneficio personal. Su primer
atraco fue una agencia bancaria de la provincia. Asaltaron treinta
entidades en dos años. Por aventura, comenzaron a atracar
también los camiones blindados, mucho mejor protegidos. Alguien
delató una operación y los cercaron. Ninguno se rindió
ni escapó.
Mientras desgrababa el casete, anoté, para interrogar al
viejo en nuestro próximo encuentro, en el que puliríamos
los detalles de la historia, cuántos murieron en aquel asalto
y cómo se salvó él.
El hombre preparó el gran golpe. Robaría la remesa
que llevaba a la capital el dinero íntegro de las sucursales
bancarias de la isla, que era enviada con escasa custodia en un
vuelo comercial. Después de jurar a una mujer amada que sería
el último atraco de su vida, abordó el avión
como cualquier pasajero. Diez minutos después del despegue,
ya encañonaba al piloto y lo obligaba a desviar su ruta y
aterrizar en una pequeña pista al borde de la playa de Higuerote.
Cargó con las once valijas de dinero y montó en un
velero que lo esperaba. Sus cómplices fueron apresados.
Tres décadas después, en una cafetería de Madrid,
recordaba el robo.
Terminé
de transcribir las sesiones y, antes de comenzar a redactar, debía
aclarar todas las dudas. Parecía como si en vez de una vida,
el viejo me hubiera narrado seis.
Cuando
nos volvimos a ver, quise que mitigara las sombras del relato. Rehusó
detallar fechas y nombres.
-Ya
dicté el fin. ¿Cuándo debo cancelar la otra
mitad?
Sólo entonces me fijé que todos los días que
nos vimos siempre llevó el mismo traje blanco, cada vez más
sucio, y que el hombre estaba verdaderamente agotado: Las ojeras
hundían su rostro. Recordé entonces la frase con que
me respondió cuando le pedí que dijera cómo
se llamaba. “No quiero que mi nombre aparezca. Yo soy muchos”.
-Dentro
de quince días, cuando yo le entregue la versión definitiva
-concluí.
-Necesito el libro para mañana.
-Imposible.
-Le pagaré cuatro veces más si lo tiene para esa fecha.
¿Cree usted que la editorial que publicará el libro,
cómo dijo que se llamaba, tenga algún ejemplar listo
apenas termine de redactar?
-No sabe usted cómo me gustaría poder editar todos
los libros que escribo.
-¿Aún no sabemos quién publicará este
libro? ¡Vaya!
-Señor, el contrato no incluye la edición. Yo sólo
redacto.
-¡Busque usted una editorial y podrá quedarse con los
derechos! –al arrebato le siguió el desconsuelo-. Yo
nada más quiero un ejemplar en mi mano lo antes posible.
Acepté
sólo por no contrariarlo. El viejo se marchó. ¿Quién
es este hombre?, me pregunté. No tenía su dirección
ni su teléfono y nada más podría verle otra
vez en esa cafetería. Decidí seguirlo. Me mantuve
a distancia. Llegamos a un geriátrico público, casi
en ruinas. El viejo entró y yo tras él. Vivía
allí, entre habitantes ateridos y olor a orín. ¿Cómo
pudo cancelar la altísima suma que le pedí para aceptar
el contrato? Le devolvería el dinero. Para no herirlo, esperaría
a la próxima reunión, cuando él llegara sin
el importe restante del contrato. Le mentiría. Le diría
que una editorial había mostrado interés y que esto
lo exoneraba del pago. Además, agregaría, compartiríamos
las regalías. Ambos firmaríamos el ejemplar.
Regresé
a casa. Redacté como nunca antes, afiebrado por el remordimiento.
Articulé las historias con la magia que tienen las palabras
cuando vuelan y velan toda referencia. Terminé el trabajo
justo a la hora en que debía ver al viejo.
Pero antes de la cita, buscaría a M. Aizpirrieta. En la editorial,
le mandé a decir que el plagiador de Monterroso lo esperaba,
con urgencia, en la planta baja. Que esta vez había escrito
un libro inédito de veras.
-Haga
el favor de leer este original –le dije cuando estuvimos cara
a cara-. Se trata de las memorias de un personaje que no vivirá
mucho tiempo. Quiero saber, con la prisa que tiene el agonizante,
si usted recomendará su publicación.
Muy
cortésmente prometió leerlo y llamarme en caso de
tener buenas noticias. Le dejé mi teléfono móvil,
el que no doy nunca a mis clientes.
Llegué
retrasado a la cafetería de Chamartín. El viejo no
estaba. Indagué con el mesonero, por si acaso se hubiera
marchado, pero me respondió que no lo había visto
hoy. Le esperé pero no llegó.
Lo
busqué en el geriátrico. Nadie controlaba el acceso.
Adentro, en una sala paupérrima, varios ancianos se acurrucaban
entre sí para brindarse calor. Pregunté por el viejo.
Lo describí. Una anciana me pidió entrar a una habitación,
donde, sobre una cama, un hombre moría.
-Salió
muy temprano esta mañana –me respondió la mujer.
El hombre que moría balbuceó algo.
-Se
llevó mi betún –agregó ella-. ¿Y
usted quién es?
-Su biógrafo.
Ella sonrió.
-¿Y ya terminó su trabajo?
-Vengo a entregarlo.
-¿Puedo verlo? Las memorias son de nosotros también,
que se las dictamos a él, para que se las contara a usted.
-¿Dónde está? –pregunté ya con
angustia.
-Ha ido a buscar el dinero que nos faltaba para pagarle.
La mujer me sacó de la habitación. Me señaló
al moribundo:
-Queremos regalarle el libro con nuestros recuerdos... Yo fui una
actriz famosa.
-Había seis historias.
-Incluimos la de tres grandes amigos que se fueron hace tiempo.
-¿Pero dónde está él ahora?
-Ya le dije: Salió a buscar el resto de su dinero. Me pidió
que lo exonerara de una vieja promesa. Yo accedí porque él
me aseguró: ‘Nunca robar un banco ha merecido tanto
la pena’. Quise acompañarlo pero se negó. Me
dijo que nada más tenía una pistola. Busqué
una media de nylon, pero no la encontré. Por eso le di el
betún. También quise ayudarlo a embadurnarse la cara,
pero él me dijo que lo haría en la entrada del banco.
¿Dice usted que no llegó a la cita que tenían
ustedes? ¡Siempre ha sido tan puntual!
Mareado,
caminé a la salida y me senté en el brocal del geriátrico.
Necesitaba respirar un aire menos rancio. Sonó el teléfono
móvil. Era M. Aizpirrieta.
-Le
recomiendo postular su novela en nuestro certamen literario. Tiene
muchas probabilidades de ser electo por el jurado.
-Falta
el último capítulo –le contesté.
-¿Sí? ¿Y cómo termina?
-Aún espero saberlo, pero temo que no será un final
feliz.
III.
Así
me alejé de la influencia de los clásicos y de la
estela de Monterroso. Encontré mi voz en los recuerdos ajenos.
Cuando el libro ganó el concurso de novelas, lo aplaudió
la crítica, se filmó en cine y yo me enriquecí
con las ventas, conté la historia que hoy escribo. Nadie
me creyó. Mi mujer, que guarda todos los recortes de prensa,
me sugirió que escribiera un cuento, para que la verdad exista
en la ficción. Es lo que acabo de hacer.
A Oswaldo Barreto y Teodoro Petkoff
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