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Doménico Chiappe

Vuelta
a Párrafos sueltos

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Párrafos sueltos
Doménico Chiappe

Olvidos

Cuando reinó la paz y en los ejércitos ya nada más se enrolaban voluntarios ordenados, pulcros, adoradores del mundo homogéneo y de los adornos brillantes, los fanáticos religiosos, que se creían aniquilados, reaparecieron.

Para entonces, la guerra era sólo un recuerdo eludido, desmentido. A nunca existió y, por tanto, no libraba una guerra civil, en donde, como en toda pelea, había buenos y malos, justo cuando en el extremo del mundo, en E, donde vivían sólo los más buenos, tampoco sucedió un sangriento atentado.

E jamás miró al mundo con su lupa ni decidió que los más malos del mapa eran los perversos de A y, por tanto, obvio, culpables de su desdicha. Tampoco pidió al resto de naciones que no sólo no censuraran su venganza, sino que le apoyaran porque el germen del horror se escondía dentro de cualquier frontera.

P no aceptó que los combatientes de E se atrincheraran en su frontera para acribillar a los ciudadanos de A. Los habitantes de P nunca manifestaron contra la acción de su gobierno, que, para calmarlos, no señaló a los adoradores de otro Dios, ni rompió un costoso tratado de paz cuando envió batallones a la frontera con I, que, como nada de esto pasó, no respondió a la agresión ni compró nuevo armamento.

En el corazón del planeta, L no embistió contra S, que jamás reaccionó con tal fuerza que borró del mapa a L, porque se supo que la existencia de ese estado fue una gran mentira que inventó la oscuridad.

En el sur, J no se defendió de la conspiración atacando a D y D tampoco contraatacó, no sólo a J, sino a sus otros tres vecinos, porque aquellos regímenes débiles no reprimían la emigración ilegal y D se había llenado de gente de otro color.

En el sureste, los gobiernos de ningún modo aseguraron que toda protesta de sus ciudadanos era parte de un plan internacional contra la libertad, que los enemigos utilizaban el terror como política y que todo insurgente pertenecía a una sola organización.

Nunca sucedió el clamor unánimemente de exterminio que los dueños de la razón y la moral, durante el consejo extraordinario de naciones, legitimaron. Ni se ordenó que, para librarse de toda sospecha, los estados debían paralizar cualquier diálogo y ordenar a sus fuerzas federales que mataran a los rebeldes y detuvieran a quien no apoyaba incondicionalmente el fortalecimiento de los países buenos.

Nadie murió en los campos de concentración, a donde no encerraron al que no admitiera la restricción del libre tránsito de personas e información.

Todo esto era una fábula de libros antiguos del género de ficción.
Como jamás ocurrieron esos enfrentamientos, nadie supuso que los vencidos habían sobrevivido, se organizaban y multiplicaban dentro de laberintos excavados en las áridas laderas del desierto.

Cuando la seguridad de los estados de todo el mundo se convirtió en tarea exclusiva de una única organización secreta y los ejércitos se dedicaron a cuidar un mundo uniforme donde la paz era indiscutible, los vencidos salieron de sus escondites y eligieron, entre quienes se lograron acostumbrar a la cegadora luz del sol, a aquellos que se diluirían por las ciudades para cumplir con una de las más importantes ordenanzas de las escrituras: Evitar que el hombre adore imágenes, pues Dios no tiene alguna sobre la tierra. Sus antepasados habían destruido todo icono en los territorios que ocuparon. Ahora la tarea divina consistía en eliminar los principales reductos de cultura.

Los vencidos se armaron con pistolas, lanzallamas y dinamita, las guardaron en bolsos y llegaron a las puertas de sus objetivos en taxi o en Metro. En el momento concertado, irrumpieron en los cientos de objetivos dispersos por todo el planeta. Tal era la diferencia de horario que algunos entraron a los recintos minutos antes de la hora de cierre y otros cuando apenas se habían abierto sus puertas. Asesinaron a los vigilantes amodorrados por la rutina y a los visitantes. Cerraron y pertrecharon todas las posibles entradas. No sintieron piedad por aquello que se mostró ante sus ojos tan desprotegido como un bebé recién nacido. El fuego quemó todo lienzo y la dinamita redujo a pedazos toda piedra.

Cuando los ejércitos terminaron de pulir los escudos dorados de sus uniformes de batalla y marcharon a salvar la memoria de la tierra, ya todos los museos ardían. Pero todo esto tampoco sucedió porque las obras de arte, que se dijo que habían sido destruidas, nunca existieron, como se comprobó de inmediato.


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