| Vuelta
a Doménico Chiappe
|
De
la serie
Oficios
-
Me compré un coche que siempre aparco en la calle. Gano lo
suficiente para pagar la hipoteca, comprar discos en la Fnac y no
en el top manta, hablar por móvil sin restricciones y abonar
el parquímetro cada dos horas. Saldría más
barato alquilar una plaza de garage, pero prefiero estacionar fuera.
Cada dos horas suena la alarma de mi reloj para avisarme que debo
bajar a meter un euro a la máquina. Y lo agradezco. Trabajo
ocho horas diarias en la sección virtual de Interpol. Me
dedico a rastrear pedófilos en internet. Ocho horas saltando
de un hipervínculo a otro en la pornografía más
dura, hasta encontrar nuevos sites donde divulgan abusos a niños.
No se trata sólo del horror de los impúberes, sino
de la complacencia de los sometedores. Cada dos horas salgo a la
calle y demoro algunos minutos en calmar mi pulso lo suficiente
para acertar la ranura por la que debo introducir la moneda. Hasta
esta imagen renueva las escenas atroces que me asaltan incluso al
tratar de dormir. No lo comento con el psicólogo. Me obligaría
a dejar el trabajo y quién pagaría las cuotas de Banesto,
de Telefónica, del Mazda. No creo que tenga hijos jamás,
cómo acariciarlos sin pensar en la lascivia de las parejas
que ofertan a los suyos.
-
Nunca leí Rayuela, pero conozco una buena frase de Cortázar:
"no hay derecho a escribir tan mal". Graciosa y cruel,
como gusta al público conocedor. Borges y Monterroso son
verdaderas canteras de ocurrencias. De Vázquez Montalbán,
Pérez Reverte, Cabrera Infante, Vila-Matas y demás
apellidos compuestos de la literatura hispanoamericana me sé
alguna que otra historia. Si las anécdotas son suficientes,
para qué leer miles de páginas. Teoría de los
polisistemas, gracias por los favores recibidos. Yo soy el hombre
que sabe de libros. Si alguien me habla de Iwasaki, sonrío
y muevo la cabeza afirmativamente. Si de Aira, arrugo los ojos y
aprieto los labios. Si la conversación deriva hacia una crítica
seria, lo que sucede a veces, rompo la conversación con un
tema cautivador: mi recuento sobre el puñetazo público
que Vargas Llosa le propinó a García Márquez
y los porqués que ningún biógrafo se ha atrevido
a publicar. Antes tenía amigos escritores, ahora sólo
tengo protegidos. Alguno ha quedado fuera de mi amparo y sé
que dice de mí: "Hay que tenerle cuidado: si bajas la
guardia, te asesora". Allá él, nunca lo recomendaré
para las becas que da el ministerio.
-
Desde mi habitación escucho cómo ella se levanta cuando
cree que todos dormimos en la casa. Sigilosa, cruza el pasillo y
entra en la habitación del fondo. Trato de escuchar sus gemidos
apagados. Hace dos meses que sé de esas visitas nocturnas,
pero no sé desde cuándo suceden. En la oscuridad,
imagino cómo la espera él, ansioso y atemorizado.
Creo que ellos intentan compensar el afecto que nunca han recibido
y que yo jamás les mostraré. No puedo arriesgarme
a perder autoridad. Durante el desayuno no vislumbro ni siquiera
un intercambio de miradas cómplices entre ambos; nunca apelan
al doble sentido; han perfeccionado el arte del disimulo. Yo podría
interrumpir sus
exploraciones adolescentes, sorprenderlos esta misma noche, hacer
que la dirección los separe, que envíe a uno de ellos
a otro hogar de acogida. Pero prefiero escucharlos, imaginarlos,
saber que alguien se ama dentro de esta casa.
Vuelta
a Doménico Chiappe
|