
Vuelta
a
La tarde alcanzada
Vuelta
a
Alfredo Herrera |
Sobre
el libro
Papel
Literario . El Nacional. Caracas, 24 de agosto de 2002
El
poeta Alfredo Herrera ganó un concurso en Suecia
“Al
presente también hay que rescatarlo”
El
joven autor, quien con su primer poemario, Cinco árboles,
obtuvo el Premio Fernando Paz Castillo, fue galardonado en la nórdica
ciudad de Lund por su segunda obra, La tarde alcanzada,
en un certamen que organizaron la Asociación Arte Mulato
Gil y la revista Heterogénesis
Rubén
Wisotzki
A
diferencia de otros niños, y también de otros adultos,
no le hacen falta los brazos para montarse o bajarse de los árboles
de su infancia. Sí, en cambio, necesita de la palabra, de
la fuerte palabra, de la segura palabra, de la confiable palabra,
para asirse a las ramas que le han crecido a su vida.
Poema
a poema, poda tras poda, el caraqueño Alfredo Herrera, autor
de Cinco árboles,
libro galardonado en 1998 con el Premio Fernando Paz Castillo, ha
concebido un segundo brote creativo, La
tarde alcanzada, enorme mosaico de imágenes
en las que su querer se sube y se baja de las frondosas ramas de
las emociones.
Árbol
de frutos, La tarde alcanzada, ha sido galardonado
hace muy pocos días en la ciudad de Lund, Suecia, en un concurso
internacional de poesía auspiciado por la Asociación
Arte Mulato Gil y la revista Heterogénesis, y dedicado a
escritores de lengua castellana. El jurado estuvo integrado por
el poeta chileno Juan Cameron, y los escritores Leonardo Rossiello,
de Uruguay, y Julia Escobar, de España.
—Se
intuye que en su casa siempre hubo un gran jardín, ¿no?
—Claro.
Viví en una casa petareña de mi abuelo, el pintor
Tito Salas, con muchos árboles, especialmente mangos. Él
la compró para salir de Caracas, para apartarse un poco de
la gente y así poder pintar con mayor tranquilidad. Antes,
cuando la gente se iba a Los Chorros o a Petare, se despedía
con la esperanza de volver pronto.
—Pero,
¿por qué los árboles? ¿Por qué
la presencia tan fuerte de ellos en su vida?
—De
niño vivía montados en ellos. El poemario que ganó
el Premio Fernando Paz Castillo, Cinco árboles,
nace de un poema que se inicia con los siguientes versos: “Yo
tenía cinco árboles/ cuando escuché el grito...”
El nuevo poemario, La tarde alcanzada, es la continuación
de ese grito, es lo que está detrás de los árboles,
más allá de los árboles, más allá
de estas tierras, más allá de este mar.
—Es
hermoso cuando ciertas imágenes de la infancia, nos referimos
obviamente a las más dulces, se perpetúan a través
del tiempo...
—Sí,
a mí me interesa el rescate de esas imágenes. Pero
me interesa tanto el rescate del pasado como el del presente. Al
presente también hay que rescatarlo. No debemos permitir
que toda la revisión se quede en el ayer, tampoco que todos
los pronósticos sean para el futuro. Para mí, la poesía
es un lugar, un lugar creado para encontrarse. Eso no significa
aislamiento o inacción. Creo, simplemente, que la poesía
responde a una necesidad de coherencia, y esa necesidad se satisface,
al menos en mi caso, por medio de la palabra.
—¿Coherencia
con qué? ¿Coherencia para qué?
—Para
ser feliz ya. Todos los esfuerzos, los más evidentes, los
más disimulados, los mejor llevados, los peor llevados, todos
los esfuerzos buscan la felicidad. Yo quiero ser feliz ya. ¿Por
qué la feliz imagen mía montándome en los árboles
es cosa del pasado? ¿Por qué aceptar eso? Lo coherente
es que esa imagen de ayer sea también una imagen de hoy.
Que la felicidad no sea vivida en los recuerdos es una necesidad
de todos.
—De
allí La tarde alcanzada...
—Claro.
“De pronto aparecieron/ las montañas rojizas de mi
voz/ Traían una casa que sonaba/ en cuya luz/ habitaba otra
casa/ Y dijeron que la tarde alcanzada/ juntaría los días”.
Mi amigo, el poeta Alexis Romero, que leyó por supuesto este
poemario antes de que lo enviara al concurso, me leyó un
día un poema de una sola línea de Idea Vilariño,
algo realmente contundente y muy relacionado conmigo, “Nombrar
alcanza”, lo cual inmediatamente conecté con una frase
que descubrí de Hans-Georg Gadamer: “Uno no cesa de
aspirar a la claridad tanteando los nombres”.
—Dos
citas que alcanzan no sólo para una tarde...
—Esa
es la búsqueda: llegar y llegar. Yo siento que la poesía
y la pintura son hechos sociales. Si no existe la otra persona que
cierre el círculo que uno inició, la obra queda a
mitad de camino. No digo que pierda valor o sentido, pero le falta
algo. El arte no existe para aislarse, sino para incorporarse.
—Hace
cuatro años confesó que, además de los poetas
consagrados, no leía nada...
—Te
mentí, no leía nada. Nada de nada. Mira, cuando yo
era chamo mi mamá dejaba un libro sobre mi cama para que
yo lo leyera. Al final de cada capítulo colocaba entre las
páginas un billete de 100 bolívares, que era una cantidad
considerable de dinero en esa época. Pues bien, no llegué
a tener nunca uno de esos billetes en mis manos, es decir, nunca
llegué al final del primer capítulo de un libro. Luego
hubo quien me sugirió que no leyera para mantener una supuesta
frescura. Ahora sí leo, leo de todo, hasta a las personas.
Cuando uno conoce a una persona es como si estuviera disfrutando
de una lectura. —¿Qué se necesita para ser poeta?
—Se puede necesitar tantas cosas, pero hay dos que considero
indispensables: mirar y pensar, en ese mismo orden. En todos los
poemas hay una mirada y, luego, un pensamiento. Es algo formidable.
Es difícil que una persona que llegue aquí pueda renunciar
a eso. Pero no es algo fácil. Puede consumirte. Comparto
lo que dice Alexis Romero: uno llega a tener la mirada del forense,
esa mirada que escudriña hasta la saciedad en las personas
o en los objetos.
—¿Llega
lo poético tan lejos así? ¿No hay límites?
—Sí
los hay, desde una mirada hasta una engrapadora.
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